Con más horas surcando los aires de las que probablemente jamás tuvo el conde Zeppelin sobre sus espaldas (diez vuelos en las últimas semanas, por ser concreto), mi cuerpo ha decidido volver a casa. Pero sólo mi cuerpo...
Mi mente se halla aún en un estado intermedio de conciencia, en la lejana y misteriosa Birmania.
Estoy cansado de aviones. Supongo que debe de haber maneras más naturales de desplazarse por el mundo sin prisas. Así de buenas a primeras, y que yo haya visto o experimentado alguna vez, se me ocurren:
Por tierra, en velocípedo conducido por un chófer gigante.
O en el carro de reparto de cerveza.
Cuando no hay carreteras (en el desierto del Sáhara, por ejemplo), nada mejor que una barca. Como he dicho, sin prisas. Ya soplará el simún y podremos izar la vela, ya...
Aunque por vías lacustres, en ausencia de trapo y de viento, no queda más remedio que darle un poco al remo.
O si el viaje ha de ser atravesando las nubes, por lo menos que se trate de un medio de transporte sin ronroneo de motores, por favor.
En fin, teniendo en cuenta que durante las vacaciones he olvidado hasta cómo teclear, dejémoslo por hoy aquí. Cuando encuentre de nuevo la cabeza, más.
Buena música, libros, cosas que me pasan, que recuerdo, que se me ocurren, ficciones, viajes, algunas fotos y qué sé yo cuántas cosas más...
lunes, 29 de agosto de 2011
lunes, 8 de agosto de 2011
Ha llegado mi turno.
Había señales que lo anticipaban. Y por fin ha llegado mi turno.
Desde hace semanas, personas que conocía iban desapareciendo de repente, sin dejar rastro. Teléfono, correo, todo dejaba de funcionar. Incluso el timbre de sus casas sonaba con un eco en el vacío, como si en realidad nunca hubieran estado ocupadas.
Y de repente, algunas de ellas regresaban. Pero... no eran ellas, no exactamente. Es difícil de explicar. Sólo yo parecía advertir los detalles, sutiles, como si se tratase de copias, de seres obtenidos a partir de un molde original.
Ese brillo extraño en el tono de su piel, esa languidez en sus movimientos, la expresión ausente de su mirada... Pero lo peor estaba en su interior, en lo que nos hace humanos, en el espíritu. Lo peor estaba en el agujero en el que había caído su memoria.
–¿Te acuerdas de lo que hablábamos hace veinte días, sobre...?
–No, no me acuerdo de nada.
Durante su ausencia, algo había difuminado sus recuerdos, insertando otros en su lugar. Palabras como piscina, playa, tumbona, mojito, paella, surgían continuamente en su conversación. Una especie de clave para comunicarse entre ellos.
Fue entonces cuando la sospecha se trocó en certeza. Primero uno, y luego otro, y otro, vinieron a preguntarme:
–Y tú, ¿cuándo te vas?
¿Irme? ¿Adónde? ¿Por qué? ¿Qué significaba eso? ¿Acaso querían deshacerse de mí? ¿Acaso querían... convertirme?
Son ellos, lo sé. Viven entre nosotros, pero no son como nosotros. Semillas que han cruzado las inmensidades del espacio para germinar sobre la Tierra, vainas que duplican nuestro aspecto físico durante un proceso que llaman vacaciones. Es la invasión de los ladrones de cuerpos.
Ahora tengo en mi mano un billete de avión, a un destino remoto. Quizá una vaina repose ya en el compartimento de carga, quizá esas vacaciones me traigan la felicidad pero, ¿a qué precio? ¿Volveré indemne de ellas, con los mismos sentimientos, emociones y recuerdos? ¿Continuaré siendo yo mismo? ¿Continuaré siendo... humano?
Sólo el tiempo podrá decirlo.
Desde hace semanas, personas que conocía iban desapareciendo de repente, sin dejar rastro. Teléfono, correo, todo dejaba de funcionar. Incluso el timbre de sus casas sonaba con un eco en el vacío, como si en realidad nunca hubieran estado ocupadas.
Y de repente, algunas de ellas regresaban. Pero... no eran ellas, no exactamente. Es difícil de explicar. Sólo yo parecía advertir los detalles, sutiles, como si se tratase de copias, de seres obtenidos a partir de un molde original.
Ese brillo extraño en el tono de su piel, esa languidez en sus movimientos, la expresión ausente de su mirada... Pero lo peor estaba en su interior, en lo que nos hace humanos, en el espíritu. Lo peor estaba en el agujero en el que había caído su memoria.
–¿Te acuerdas de lo que hablábamos hace veinte días, sobre...?
–No, no me acuerdo de nada.
Durante su ausencia, algo había difuminado sus recuerdos, insertando otros en su lugar. Palabras como piscina, playa, tumbona, mojito, paella, surgían continuamente en su conversación. Una especie de clave para comunicarse entre ellos.
Fue entonces cuando la sospecha se trocó en certeza. Primero uno, y luego otro, y otro, vinieron a preguntarme:
–Y tú, ¿cuándo te vas?
¿Irme? ¿Adónde? ¿Por qué? ¿Qué significaba eso? ¿Acaso querían deshacerse de mí? ¿Acaso querían... convertirme?
Son ellos, lo sé. Viven entre nosotros, pero no son como nosotros. Semillas que han cruzado las inmensidades del espacio para germinar sobre la Tierra, vainas que duplican nuestro aspecto físico durante un proceso que llaman vacaciones. Es la invasión de los ladrones de cuerpos.
Ahora tengo en mi mano un billete de avión, a un destino remoto. Quizá una vaina repose ya en el compartimento de carga, quizá esas vacaciones me traigan la felicidad pero, ¿a qué precio? ¿Volveré indemne de ellas, con los mismos sentimientos, emociones y recuerdos? ¿Continuaré siendo yo mismo? ¿Continuaré siendo... humano?
Sólo el tiempo podrá decirlo.
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jueves, 4 de agosto de 2011
Nada más importa.
Dos bodas seguidas en una semana, no está mal.
Eh, que yo iba en la claque, no de protagonista polígamo. Como mucho, en la segunda me sacaron al púlpito, a leer eso de:
Encargo que, por cierto, no sé si me hicieron con intenciones irónicas. ¿Qué insinuaban? ¿Qué tiene de malo el metal que resuena, vamos a ver?
Y en cuanto a la primera, no me resisto a contar una breve anécdota.
El momento curioso de la jornada se dio cuando el celebrante, en vez de echarnos el previsible discurso sobre las florecillas y los pajarillos del campo, le preguntó directamente al interesado:
–¿Y por qué estamos hoy aquí? ¿Qué has visto en esta mujer para invitarnos a compartir este día con vosotros?
Cinco segundos... Diez segundos... Alguna tos entre el público...
Ah, ¿que no era una pregunta retórica? ¿Esperaba realmente una explicación para continuar? Pobre hombre, eso no estaba ensayado. Al cabo algo dijo, pero no se le escuchó muy bien a partir de la tercera fila. La novia al menos tuvo tiempo para improvisar unas palabras sobre el proyecto de futuro, cuando le tocó el turno.
Fue más tarde, mientras le felicitaba sin ahorrarle una pequeña chanza sobre ese "momento de pánico", cuando me aclaró por qué estábamos allí:
–Lo que siento cuando nado en sus ojos...
Bueno, supongo que es una razón. Como cantan los del metal que resuena, habrá veces en que... nada más importa.
Eh, que yo iba en la claque, no de protagonista polígamo. Como mucho, en la segunda me sacaron al púlpito, a leer eso de:
"Ya podría yo hablar las lenguas de los hombres y de los ángeles; si no tengo amor, no soy más que un metal que resuena o unos platillos que aturden."
Encargo que, por cierto, no sé si me hicieron con intenciones irónicas. ¿Qué insinuaban? ¿Qué tiene de malo el metal que resuena, vamos a ver?
Y en cuanto a la primera, no me resisto a contar una breve anécdota.
El momento curioso de la jornada se dio cuando el celebrante, en vez de echarnos el previsible discurso sobre las florecillas y los pajarillos del campo, le preguntó directamente al interesado:
–¿Y por qué estamos hoy aquí? ¿Qué has visto en esta mujer para invitarnos a compartir este día con vosotros?
Cinco segundos... Diez segundos... Alguna tos entre el público...
Ah, ¿que no era una pregunta retórica? ¿Esperaba realmente una explicación para continuar? Pobre hombre, eso no estaba ensayado. Al cabo algo dijo, pero no se le escuchó muy bien a partir de la tercera fila. La novia al menos tuvo tiempo para improvisar unas palabras sobre el proyecto de futuro, cuando le tocó el turno.
Fue más tarde, mientras le felicitaba sin ahorrarle una pequeña chanza sobre ese "momento de pánico", cuando me aclaró por qué estábamos allí:
–Lo que siento cuando nado en sus ojos...
Bueno, supongo que es una razón. Como cantan los del metal que resuena, habrá veces en que... nada más importa.
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Cosas que me pasan
lunes, 1 de agosto de 2011
Uno, dos, tres.
Y por esta serie de razones, bla, bla, bla, en mi ausencia te dejo a ti como responsable. Te ha tocado la china.
Ay, que me da, que me da... Hiperventila... ¡Mi jefe me deja dos semanas en su puesto!
Se nota que es nuevo. O que le ha dado una crisis, porque elevarme aunque sea provisionalmente a su poltrona denota un estado cercano al frenopático. ¿No se da cuenta de los desastres que puedo cometer? ¿Y cómo van a mirarme mis compañeros? Ya empiezo a percibirlo, ya. Les oigo susurrar a mis espaldas, siento las ganas que tienen de llamar por mí al ascensor, de abrirme corriendo la puerta, de ponerse firmes y honrar con un choque de talones mi presencia. ¿Qué será lo próximo? ¿Tendré que pronunciar a todas horas esas dos palabras que se resisten a salir de mis labios? ¡Sitzen machen!
La verdad es que, jefe o plebeyo, apenas puedo detenerme a comentar esta película. Me da la risa floja. La última vez que la vi, hace poco, no se me desencajó la mandíbula de puro milagro. Si Uno, dos, tres no es una obra maestra, entonces no sé qué podría serlo.
C.R. MacNamara, el gerente de Coca-Cola en Berlín Oeste justo antes de la construcción del muro, tiene algún que otro problemilla: su mujer suspira por que le destinen a Atlanta, la sede central de la compañía, después de haber vivido como trotamundos durante años; cada vez que se cruzan con él, sus empleados hacen un irritante honor a la fama de disciplinados cabezas cuadradas prusianos; la misión comercial rusa intenta birlarle a Fräulein Ingeborg, su secretaria; y para colmo, Scarlett, la casquivana hija del director general, que han dejado a su cargo, se aventura constantemente al otro lado de la Puerta de Brandemburgo para encontrarse con Otto, comunista convencido con quien se ha casado en secreto, y que pretende llevársela a Moscú.
Ahí es donde se demuestran las dotes de mando, en las situaciones críticas. Uno, conseguir el ascenso y que le trasladen a Londres, Atlanta es sólo para fracasados. Dos, atender debidamente a su secretaria, añadiendo "extras" a su sueldo, como ese modelito de alta costura que la tiene encandilada. Tres, convertir al fiel seguidor de las consignas del partido a las mieles del capitalismo: quizá, si le hiciera pasar por un refinado aristócrata, calmaría el disgusto de sus suegros.
Billy Wilder nos regala una sucesión de escenas en las que, a base de humor inteligente, se mofa de todo y de todos: la guerra fría, la incorruptibilidad de "los ideales", los tópicos nacionales alemanes, rusos, norteamericanos... Tiene frases geniales, como cuando Scarlett, que está embarazada, discute con Otto sobre el porvenir de su vástago:
Y por supuesto, no puedo pasar por alto la celebérrima secuencia sobre técnicas de negociación empresarial, al animado ritmo de la danza del sable de Khatchaturian. Simplemente, disfrutemos...
Ay, que me da, que me da... Hiperventila... ¡Mi jefe me deja dos semanas en su puesto!
Se nota que es nuevo. O que le ha dado una crisis, porque elevarme aunque sea provisionalmente a su poltrona denota un estado cercano al frenopático. ¿No se da cuenta de los desastres que puedo cometer? ¿Y cómo van a mirarme mis compañeros? Ya empiezo a percibirlo, ya. Les oigo susurrar a mis espaldas, siento las ganas que tienen de llamar por mí al ascensor, de abrirme corriendo la puerta, de ponerse firmes y honrar con un choque de talones mi presencia. ¿Qué será lo próximo? ¿Tendré que pronunciar a todas horas esas dos palabras que se resisten a salir de mis labios? ¡Sitzen machen!
La verdad es que, jefe o plebeyo, apenas puedo detenerme a comentar esta película. Me da la risa floja. La última vez que la vi, hace poco, no se me desencajó la mandíbula de puro milagro. Si Uno, dos, tres no es una obra maestra, entonces no sé qué podría serlo.
C.R. MacNamara, el gerente de Coca-Cola en Berlín Oeste justo antes de la construcción del muro, tiene algún que otro problemilla: su mujer suspira por que le destinen a Atlanta, la sede central de la compañía, después de haber vivido como trotamundos durante años; cada vez que se cruzan con él, sus empleados hacen un irritante honor a la fama de disciplinados cabezas cuadradas prusianos; la misión comercial rusa intenta birlarle a Fräulein Ingeborg, su secretaria; y para colmo, Scarlett, la casquivana hija del director general, que han dejado a su cargo, se aventura constantemente al otro lado de la Puerta de Brandemburgo para encontrarse con Otto, comunista convencido con quien se ha casado en secreto, y que pretende llevársela a Moscú.
Ahí es donde se demuestran las dotes de mando, en las situaciones críticas. Uno, conseguir el ascenso y que le trasladen a Londres, Atlanta es sólo para fracasados. Dos, atender debidamente a su secretaria, añadiendo "extras" a su sueldo, como ese modelito de alta costura que la tiene encandilada. Tres, convertir al fiel seguidor de las consignas del partido a las mieles del capitalismo: quizá, si le hiciera pasar por un refinado aristócrata, calmaría el disgusto de sus suegros.
Billy Wilder nos regala una sucesión de escenas en las que, a base de humor inteligente, se mofa de todo y de todos: la guerra fría, la incorruptibilidad de "los ideales", los tópicos nacionales alemanes, rusos, norteamericanos... Tiene frases geniales, como cuando Scarlett, que está embarazada, discute con Otto sobre el porvenir de su vástago:
"Cuando cumpla dieciocho años, dejaremos que decida qué quiere ser, si un capitalista o un comunista rico".
Y por supuesto, no puedo pasar por alto la celebérrima secuencia sobre técnicas de negociación empresarial, al animado ritmo de la danza del sable de Khatchaturian. Simplemente, disfrutemos...
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