miércoles, 27 de enero de 2010

Hoy.



Si no existieras, si no fueras tú, serías un sueño escondido. Te soñaría buscándote, te buscaría soñándote, rasgando el velo de los abismos, inundándolos de luz.

Si no conociese tu nombre, me abrasaría la sed. Si no respirase tu mismo aire, agonizaría sin aliento. Porque susurrar tu nombre calma el fuego de mi garganta. Porque un segundo de ti significa la eternidad.

Si tú me lo pidieras, me elevaría por encima de los árboles, de las lomas, las montañas. Si tú me lo pidieras, me elevaría por encima del cielo, libre al fin, sin vértigo, sin temor.

Si pudiese mirarte hoy a los ojos y decirte...

lunes, 25 de enero de 2010

Despertares.

No, creo que no ha sonado el despertador. ¿O sí? Siento que estoy en medio de una bruma (en la que flotan agradables visiones, todo sea dicho), así que es difícil llegar a una conclusión al respecto. No obstante, es necesario decidirse, ya que la secuencia a seguir depende de ello. Que sí: entonces me levanto. Bueno, dentro de cinco, ejem, diez, quince minutos. Que no: pues sigo inmerso en esta onírica felicidad. Mmmmm...


¡Arriba, muchacho! ¡Con brío! Ya no cabe más duda. El despertador asume el mando, me quita de encima la ropa de cama y, dándome una patada en las posaderas, consigue que me arrastre penosamente hasta la ducha. De camino, un vistazo en el espejo me hace estremecer. ¡Ay, madre! ¿Esta cara es la mía? ¿Así me ven por las mañanas? Y sólo es lunes. Me vendría bien..., me vendría bien cualquier cosa, porque a peor ya no podemos ir.

miércoles, 20 de enero de 2010

Cenizas.

Mana fuego de la tierra. Respiro fuego. Me quemo por dentro, lentamente.

Dicen que quien nada espera, nada puede perder.

Por eso, anhelo deshacerme de la esperanza. Por eso, sueño con no soñar.

Mientras tanto, avanzan imparables las cenizas.

No lo conseguiré.

domingo, 17 de enero de 2010

Maldito karma.

He leído que acumular buen karma, haciendo felices a los demás, es fundamental para asegurarnos una satisfactoria reencarnación, en nuestro largo camino en pos del nirvana. Porque la ausencia de buen rollito podría causar que volviéramos a nacer con seis patas, dos antenas y un gran abdomen, por ejemplo. Y la existencia en esas condiciones no es la más cómoda imaginable. Que se lo pregunten a Casanova. O a Kim Lange.


“De las memorias de Casanova: En toda mi triste vida de hormiga, sólo se cruzaron en mi camino tres personas reencarnadas. La primera fue el temible Gengis Kan. Según me contó, ya arrostraba unas cuantas vidas, alguna como pulga del cerdo. Oírlo me divirtió mucho. Pero mis carcajadas le hicieron temblar de cólera: «Antes habría ordenado que te tiraran en aceite hirviendo. Pero ahora soy más pacífico.» Dicho esto, hizo un nudo gordiano con mis antenas. A partir de entonces, evité en lo posible cruzarme en el camino del «pacífico» Gengis. La segunda persona reencarnada que conocí fue una hormiga que se me presentó como Albert Einstein. Albert se tomaba su destino con paciencia y no cesaba de señalar que, por lo visto, el universo era mucho más relativo de lo que él había considerado posible. Y la tercera persona reencarnada con la que pude entablar amistad siendo un insecto fue madame Kim. El ser que cambiaría radicalmente mi lastimosa existencia.”

En su novela Maldito karma, David Safier nos ofrece conocer mejor a ambos personajes. Kim es una presentadora de debates en televisión, casada con Alex, un hombre encantador, y madre de una niña pequeña, Lilly. Sus éxitos profesionales, coronados con una nominación al premio más prestigioso del ramo, colman cualquier ideal que una chica crecida entre bloques de cemento prefabricados en Alemania del Este, hubiera podido soñar.

Cierto que su relación de pareja se encuentra algo deteriorada, pues no se sube en la escala social sin hacer renuncias en lo personal. Cierto también, que ha pisado unas cuantas cabezas en esa ascensión, que despierta por lo tanto pocas simpatías entre sus colaboradores y que yo, mí, me, conmigo, son sus pronombres favoritos. ¿Y qué importa? Va a llevar un vestido exclusivo de Versace en la entrega de galardones, y hasta podría disfrutar de una sesión de sexo supercalifragilisticoespialidoso más tarde, con el deseado presentador de informativos Daniel Kohn. Perfecto, todo perfecto.


Si no fuera porque el lavabo de una estación espacial rusa fuera de órbita, al precipitarse sobre la Tierra, la pilla justo debajo. Gran fastidio. Y cuando abre de nuevo los ojos, es el colmo: se ha reencarnado en una hormiga, con la natural indignación hacia Buda y sus estúpidas reglas. ¿De qué manera volverá al mundo de los humanos? ¿Qué pasos seguirá, para ganar puntos? Parece que va a necesitar la ayuda de otro insecto con más experiencia, ciento quince vidas ya, y motivos más que suficientes para quejarse de su actual cuerpo: el signore Giacomo Casanova.

La historia es francamente simpática, fresca, entretenida. Kim habrá de pasar del orden de los himenópteros a otros superiores: cobaya, ternera, lombriz (un desafortunado paso atrás), escarabajo de la patata, ardilla, perro, llevando a cabo acciones meritorias que le permitan recuperar a su familia. Y no le conviene perder demasiado tiempo, pues su mejor amiga de juventud, Nina (a quien Casanova considera un ejemplar de bípedo de arrebatadoras características), se muestra muy interesada en seducir a su marido. Sin desvelar más, no lo dudéis: lectura recomendada.

jueves, 14 de enero de 2010

Capricho (II).

−Oye, Patrick...
−........
−¿Patrick?
−Sí, perdona. Es que, como no me llamo...
−¿Te he contado que voy a clases de danza del vientre?
−Ah.
−Han inaugurado hace poco un hammam. ¿Te apuntas?
-¿Un jamón?
−Ja, ja, ja, un hammam, hombre, unos baños árabes.
−Pues gracias otra vez, pero...
−Incluso podemos encargar un masaje.
−Lo que iba a decir era... Hum, ¿masaje?
−Claro. Primero, un té con menta. Después, un circuito de aguas. Al final, un masaje. ¿Qué prefieres, relajante o exfoliante?
−........
−¿Patrick?
−No sé, ando muy liado, me parece que...
−Estupendo, entonces cuento contigo. Dime tu teléfono y te aviso.
−........
−¿Patrick?
−No me acuerdo.
−¿Cómo no te vas a acordar?
−Nunca me llamo a mí mismo.
−¿Tienes aquí el móvil?
−Sí (ay, ¿seré bocazas?)
−A ver, déjamelo. Voy a marcar mi número, y así tú también te quedas con él, grabado en la memoria. Ya está.


Unos días más tarde:

−Mensaje entrante: Prepara el bañador para el viernes.
−Mensaje entrante: ¿Has leído mi mensaje?
−Mensaje entrante: ¿Patrick?
−Llamada entrante perdida.
−Mensaje saliente: Hola, ¿quién eres?
−Mensaje entrante: ¿¡Qué!? ¡Soy Linda! ¿¡No me habrás borrado de tu agenda!?
−Mensaje entrante: ¿¡Patrick!?
−........

lunes, 11 de enero de 2010

Capricho (I).

−Oye, Patrick, esta salsa está buenísima, ¿la has preparado tú?
−Eh... gracias, pero creo que...
−¿Cuál es la receta?
−¿Del guacamole? Pues básicamente, aguacate y...
−Espera, espera. Chicas, venid y probad lo que ha traído Patrick a la fiesta.
−Si es que yo...
−Ya ves, a mis amigas también les gusta, creo que vamos a llevarnos bien. ¿Qué más sabes hacer, Patrick?
−Uh...
−Vaya, tú no hablas mucho, ¿verdad?
−Sí. No. A veces. No me llamo Patrick.
−Ay, qué gracioso, ja, ja, ja. Deja que te mire... Tienes cara de Patrick. Por lo tanto, eres Patrick. Yo soy Linda.

Y con el nombre de Patrick tuve que quedarme.


viernes, 8 de enero de 2010

El gran mercado.


En nuestra época de avanzadas técnicas de mercadotecnia, del marketing one to one, es perfectamente posible describir a una persona por el contenido de la publicidad que recibe. Al menos, de forma teórica. Cualquier compra que haya efectuado anteriormente, cualquier pago con plástico, cualquier búsqueda por la internet, cualquier interés pasajero que haya manifestado por este o aquel objeto, es suficiente para que sus patrones de conducta queden registrados en bases de datos, y las tiendas del inmenso zoco planetario se dirijan solícitamente a ella, ofreciéndole una maravillosa customer experience y, en definitiva, aportando colorido y diversidad a su existencia.


Entonces, si me miro en el espejo de lo que me mandan… Empecemos por esas invitaciones a conciertos raros de música contemporánea, a los que nunca voy. ¿Tendré cara de intelectual avant-garde? Quizá dejándome perilla… Tampoco sé qué insinúa la librería online que me mantiene al día con sus recomendaciones. Según ellos, justo lo que necesito en este momento es algo titulado Kama Sutra en la empresa: 69 posturas que te darán placer en el trabajo. Bueno, no digo que no, pero, ¿y si empezáramos por la nueva edición de la Historia de Heródoto, para entrar en calor?

Destaca especialmente por su cariño, la más conocida cadena de grandes almacenes a este lado del Mississippi: hasta se acuerdan de mi cumpleaños. Entre sus últimas cartas en el buzón, se incluye una entrada para asistir a un desfile de moda, donde podré conocer en vivo y en directo a un diseñador internacional de ropa muy cool y muy fashion, que me regalará un libro de fotografías firmado por él mismo. Según esto, ¿soy miembro de la gente guapa? Ah, pues mola.

También me invitan el preestreno de una película de Disney. Qué curioso, si no tengo churumbeles, que yo sepa (aquí, la súbita imagen de un Manneligito o una Manneligita esperando a papi cuando les va a recoger al colegio, me pone tierno, muy tierno…) Y en cuanto a lo culinario, parece que soy público objetivo para una revista dedicada a los gourmets. Está bien, lo confieso, alguna vez compro queso de cabra canario, por ejemplo, con su deliciosa capa de pimentón. Mmmm. Pero también abro una lata de guisantes y la vuelco en la tartera diaria, en menos que canta un gallo, así que…

El boletín mensual de Médicos sin fronteras me trae un poco de esperanza. Significa que contribuyo un poco al bien del mundo, ¿no? Vale, demasiado poco, casi nada, de forma simbólica. Finalmente, el spam que con regularidad aporta su granito de arena al correo electrónico, lo descarto totalmente. Al tratarse de algo masivo, sin personalizar, no hacen que me decaiga la moral las ofertas de esotéricas píldoras, brebajes, pociones, aparatos extensores de…, de…, que dan repelús, o trucos para conseguir en dos semanas unos abdominales tersos y firmes, dignos de Febo Apolo.

En resumen, que según esas bases de datos que pululan por ahí, soy un buen consumidor. Y encima, empiezan las rebajas. Mi vida está, por lo tanto, perfectamente integrada en el entorno. Es plena, ¿qué más se puede pedir? Debería ser tan, tan feliz...

martes, 5 de enero de 2010

Ya vienen, ya vienen…

Entramos en la librería, con papel de carta en la mano. Hay tantas posibilidades, las opciones se multiplican de manera tal que, igual que ocurre con las personas, jamás estaremos seguros de que nuestros anhelos nos vayan a conducir hasta las adecuadas, hasta aquéllas gracias a las que nuestra existencia se verá un poco más enriquecida.


Anaqueles hasta el techo, docenas de secciones, por géneros, épocas, autores, países, orden alfabético, colecciones editoriales… Ni en años conseguiríamos desentrañar todo lo contenido en ellos, y cada día llegan más. Nos sentimos algo perdidos, es difícil que la mirada recorra sin vértigo la montaña rusa de lomos, éstos con el título hacia arriba, aquéllos hacia abajo, algunos en horizontal, lustrosos y opulentos, otros sin embargo a dieta, apenas con espacio para una delgada línea de presentación.

Los recién llegados al mundo, junto con los que viven una segunda o tercera juventud, nos guiñan un imaginario ojo desde sus portadas. Descansan plácidamente tumbados en las mesas de novedades, en lugar de alinearse erguidos, en apretadas filas, aguardando su oportunidad. Unos cuantos, no muchos, se revisten de tapas duras, coriáceo abrigo; se imponen numéricamente, por el contrario, las cubiertas airosas, ligeras, de humilde y flexible cartón.

Hay corsarios y filibusteros, ávidos de botín, hay mohicanos, los últimos de su estirpe, hay robots de corazón casi humano, y más de un humano sin corazón. Hay gigantes de un día y liliputienses al siguiente; ¡tierra, tierra!, ¡paso al correo del zar! Amanece en Macondo, llega el sol a su cénit sobre Alejandría, acaricia el ocaso la infinita Mar del Sur, es noche rugiente en el viejo castillo alpino de Frankenstein…

Como el vilano, un espíritu alado nos posee; dos gacelas gemelas respiran, escondidas, palpitantes, y con los labios trémulos de deseo, seguimos a la apasionada andaluza hacia la perdición. Nos deslizamos gritando por lianas; en pos de orcos, cabalgamos por la Tierra Media, nos hacemos invisibles, incluso a veces dudamos de si ser o no ser, vaya cuestión. Descendemos al infierno, rompemos nuestras cadenas de esclavos, cruzamos el espejo, viajamos hasta la Luna dentro de una gran bala de cañón.

Desde un estante, nos recuerdan que la vida sólo es un sueño; desde otro, nos observa cierto hermano implacable; más allá, nos llama un rumor de quimeras, un eco, un susurro de adiós. De vuelta a casa, navegamos por mares de leyenda, con el nombre de la princesa de Troya escrito indeleble en la piel. Desafiamos a todos los guardias del cardenal, reímos, lloramos en silencio, conocemos a cronopios y famas, a los rudos habitantes de Cimmeria, nos inclinamos ante el Gran Khan, asistimos a la gloria y a la ruina de Ávalon…

Se está haciendo tarde, y ya vienen los Reyes.

sábado, 2 de enero de 2010

Single malt scotch whisky.



Las dos de la madrugada. En penumbra, la persona más estúpida del mundo está sentada frente a la ventana. Junto a él, un vaso ya sin hielo. Total, ¿para qué? No se lo explica. No entiende nada. La lógica, la razón, hace tiempo que dejaron de estar de su parte.


La persona más estúpida del mundo no se mueve. Excepto sus ojos. Sus ojos traspasan el cristal, atraviesan los sólidos muros de los edificios al otro lado, no se detienen ante el techo de estrellas, se adelantan a la noche, alcanzan más allá del alba. Y lo que ven es...