domingo, 26 de septiembre de 2010

Los cañones de agosto

Dicen que Los cañones de agosto, de Barbara W. Tuchman, era el libro que tenía Kennedy en mente cuando la crisis de los misiles cubanos. Relata lo ocurrido en los albores de la Gran Guerra, en aquellas jornadas de verano de la Belle Époque, cuando una cadena de circunstancias que "nadie había empezado" llevó hasta el desastre.
Ahora, en la noche del primero de agosto, Moltke no estaba de humor para que el káiser interfiriera de nuevo en los asuntos militares, ni para que pusiera obstáculos a los planes que ya habían sido aprobados y estaban en marcha. Mandar dar la vuelta a un millón de hombres en el mismo momento en que se ponían en marcha, requería más nervios de acero que los que podía exhibir Moltke en aquellos momentos. Veía cómo todos sus planes se derrumbaban, cómo irían los suministros por un lado y los soldados por otro, y quedarían compañías sin oficiales, divisiones sin plana mayor, y los 11.000 trenes que habían de partir en intervalos de diez minutos se verían sumidos en la mayor confusión de la historia militar.

«Majestad, no se puede hacer», replicó Moltke en aquellos momentos. «El despliegue de millones de hombres no puede ser improvisado. Si Vuestra Majestad insiste en mandar todo el Ejército al Este, no será un ejército dispuesto a entrar en batalla, sino un desorganizado grupo de hombres armados que no podrá contar con suministros de ninguna clase. Estas disposiciones han requerido una labor muy minuciosa durante un año...», y Moltke guardó un breve silencio después de haber pronunciado estas palabras, para añadir la base de todo gran error alemán, la frase que provocó la invasión de Bélgica y la guerra submarina contra Estados Unidos, la frase inevitable de los militares cuando intervienen en la política: «... y lo que está dispuesto, no puede ser alterado».

Qué, quién, cómo, por qué, todos los aspectos van engarzándose en una escalada que atrapa con fuerza la atención. A lo largo de sus páginas asistimos al ultimátum austro-húngaro sobre los serbios, el apoyo ruso a estos, la consiguiente reacción alemana, el gobierno de París activando su alianza con el zar, las presiones del káiser para traspasar la frontera belga hacia las Ardenas, la inmediata oposición británica...

Su tesis final consiste en que, llegados a determinado punto, por extraño que pueda parecer, resultaba más fácil desencadenar las hostilidades que modificar los horarios de los ferrocarriles transportando coordinadamente a las tropas hacia el frente. Así que no habría retorno aunque se hubiera deseado.

Obra, en resumen, muy amena y esclarecedora. Me ha gustado. Hala, a leer.
Share to Facebook Share to Twitter Email This Pin This Share on Google Plus Share on Tumblr
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

4 comentarios:

Luis dijo...

Mi querido amigo, tu sabiduría en cuestiones de historia mundial me dejan con la boca abierta y el asombro reflejado hasta en las uñas de los pies.
Yo ando a vueltas con nuestra contienda que después de la lectura de dos libros esclarecedores, (“La noche de los tiempos” de Antonio Muñoz Molina e “Inés y la alegría” de Almudena Grandes) comienzo a entender y a situar en su justo lugar.
Gracias por la recomendación, tomo nota y así intentaré ampliar conocimientos.
Un saludo afectuoso.

Netomancia dijo...

Me encanta la forma de presentar el libro. Amena y original.
Saludos don Mannelig.

Erato dijo...

Insisto.Eres de una originalidad que abruma.Me encantó esta entrada, amigo.Y siempre, siempre, consigues arrancarme una sonrisa.Un abrazo encontrado.Yo salgo y tú entras casi a la par.

Lola Mariné dijo...

Hasta hace poco no conocia este libro, pero ultimamente he oido hablar de el varias veces...
tendré que leerlo.