El valle quedó atrás, la nave se elevó en busca de los vientos. Era un frío amanecer.
Mis ojos abarcaron el mundo, mis manos querían tocarlo. La llama se confundió con mi propia respiración.
Desconocía el destino. Cada segundo podía ser un minuto, cada minuto una hora, cada hora un día, cada día un año...
Cada año una vida.
Pero todo viaje tiene un final.
Retorné a tierra. Y la vida continuó.
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¡Qué maravillosa canción...me lleva por las alturas y no siento frío ni calor! Besos
ResponderEliminarUna actividad ideal para mi vertigo, monsieur. Creo que es una experiencia que nunca conseguiran venderme, aunque lo relaten de modo tan bello como usted lo hace.
ResponderEliminarFeliz tarde
Bisous
Ha sido el suyo un bonito paseo por encima de estas nubes que hoy no dejan de echarnos agua aqui en Buenos Aires. abrazo colega
ResponderEliminarMe muero de la envidia de muerte que se ha despertado en mi corazón rabioso. Que inmenso placer escuchar los sonidos, esos que están ahí desde siempre y unirse a ese todo que somos.
ResponderEliminarEnhorabuena por tu aventura
Que suerte... debe ser una maravillosa experiencia poder surcar los cielos de esa forma, y sentir como el aire te da en la cara...aayy, yo quierooooo
ResponderEliminarUn beso cielo
Volar y ser libre. Siempre hay que volar, aunque sea con la imaginación.
ResponderEliminarTodo viaje tiene un final, es cierto, pero puede ser un nuevo inicio.