viernes, 6 de diciembre de 2019

Manifiesto cívico (XIII)

Si alguien ha tenido la paciencia de visitar más de una vez estas corcheas, se habrá dado cuenta.

Soy un convencido, tenaz, apasionado constitucionalista.

Lo contrario a un fanático, para quien solo "su verdad" tiene el privilegio de existir sobre la Tierra.

El sistema constitucional asegura que nadie, creyéndose por encima de los demás, pueda empuñar un látigo. Nos da equilibrio.

Es un puente hacia la pluralidad de pensamiento, donde los ciudadanos podemos expresar lo que queremos y lo que no queremos con respeto, sin aplastar a quienes tienen otra visión.

Si se hubiera empezado de cero en la isla de Robinson, con seguridad habríamos podido escribir algo diferente. ¿Mejor? Sí, por qué no: algo mejor.

Pero con tantos cientos de años a nuestras espaldas, de oportunidades al alcance de la mano perdidas, el resultado me parece razonablemente bueno.

Quizá por ello, tanto como me cuesta entenderlo, haya algunos que lo odian.

Que no conciben nada más allá de su tribu, que no soportan otra ley que su voluntad egoísta, para los que ser bajo o alto, rubio o moreno, hombre, mujer o transgénero, ateo o devoto, o ir por la calle en paz, hablando en cualquier lengua, solo les resulta aceptable siempre que se trate de "los suyos".

A ellos no les gusta.

Pues un nuevo año en que celebramos el 6 de diciembre. Un nuevo año en que no hemos caído. Ni el que viene, ni el siguiente, ni…

Un nuevo año en el que decir con orgullo:

¡Viva la Constitución Española!



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