viernes, 26 de julio de 2019

Brevísima y elogiosa nota sobre… (XLII)

Yo iba buscando algo muy concreto. Mi objetivo era el que era. Sabía lo que deseaba.

Eso cuando entré en la librería. Porque cuando volví a salir, lo que llevaba en la mano lucía un título diferente.

Telefónica.

Qué fibra ni qué móvil. La novela.

Ilsa Barea-Kulcsar terminó de escribirla en 1939. Y si encontrarla resultó inesperado, solo puedo decir que vivan las sorpresas.

Aunque estrictamente los personajes y la trama pertenezcan a la ficción, lo cierto es que Ilsa llegó a Madrid durante la Guerra Civil para trabajar como censora de la prensa extranjera. La oficina se ubicaba en la sede de Telefónica en Gran Vía.

De manera que sus experiencias influyeron mucho en el texto. Como ella, Anita, la protagonista, es una exiliada con conocimiento de idiomas a quien encargan de controlar las crónicas que envían los corresponsales.

Madrid es primera línea del frente, y el rascacielos un centro estratégico de comunicaciones, muy visible para los obuses y bombarderos que la asedian.

Allí conocerá a su superior, Agustín –trasunto de quien se convertiría en el marido de la autora, el afamado Arturo Barea–, y al resto de habitantes del edificio: milicianos, telefonistas, reporteros, familias refugiadas del horror bélico…

Así como otros con quienes hubiera sido mejor no cruzarse, como la policía política que persigue a potenciales disidentes. Son tiempos de "paseos" de los que nunca se vuelve.

Quizá sea la descripción de estos caracteres el punto más débil del libro. Cada persona, puesta a prueba, resulta casi un modelo de nobleza o mezquindad, según el rol que le toque. Se echa en falta la gama de grises que la mayoría llevamos dentro.

No obstante, brillan con fuerza otras virtudes. El sentido dramático, las sensaciones de peligro y ansiedad, están muy bien conseguidos. Sin duda sabe reflejar aquel ambiente en que tantas vidas se vieron golpeadas.

Y las luchas internas, la desconfianza e incluso el odio mutuo según la organización en que se milite –anarquismo, socialismo, comunismo stalinista o trotskista– también quedan recogidos con acierto.

Sin olvidar el menosprecio con que a menudo una sociedad machista recompensaba a las mujeres que querían participar en ella activamente.

Elogiable recuperación literaria.



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