jueves, 6 de diciembre de 2018

Manifiesto cívico (VIII)

Cuando redactamos la primera, allá por 1812, supuso un avance impresionante. Y digo redactamos, en vez de redactaron, porque es un acervo del que sentirse orgullosos, como si hubiéramos estado allí.

De repente, la voluntad o el simple capricho de un rey "por gracia divina" no resultaban la última palabra. Aparecieron otras como Nación, ciudadanos, electores y derechos.

Y si hoy en día nos parece lógicamente anticuada, no debemos olvidar su época y su propósito. ¡Qué historia tan diferente si los absolutistas enemigos de sus ideas no hubieran prevalecido!

De la misma manera, la Constitución de 1978 nació con un propósito: nunca más sujetos, no ya a la voluntad o simple capricho de un rey, sino a cualquier tiranuelo con espuelas.

Pero es que ni siquiera nuestros representantes, con toda la legitimidad de sus cargos, pueden promulgar leyes partidistas que vayan en contra de la norma fundamental.

Por eso conviene tener muy claro qué es la Constitución. Y también qué no es.

Su raíz, principio y origen es la soberanía del pueblo español, del que emanan, como señala el artículo segundo, los poderes del Estado.

Es decir, muchos millones de conciencias individuales, voluntades, formas de pensar y sentir. Muchos millones que, en sociedad, compartimos nuestras vidas.

La Constitución es un acuerdo. De mínimos, si se quiere, pero un acuerdo. Hay renuncias particulares para obtener a cambio un bien común. Quizá no el soñado por todos, pero uno que no aparta a nadie.

Ni siquiera a quienes quisieran apartarse por sí mismos, por no aceptar otra cosa que su propia e "iluminada" visión del mundo. Absolutistas de nuestra era. Incluso a ellos la Constitución les protege.

Por otro lado, la Constitución no es una panacea. La desigualdad, la injusticia, la violencia –la lista sería larguísima–, no se resuelven solo con un libro en la mano. Hay que remangarse con pico y pala.

Aunque si no tuviéramos ese libro, tampoco tendríamos los materiales con que fabricar las herramientas.

Acuerdo no excluyente y un fin que requiere poner los medios para cumplirse. Así lo entiendo yo, ciudadano de a pie nada más. Pero tampoco nada menos.

¿Nos hace entonces la Constitución más fuertes? ¿Seguiremos celebrándola? ¿Defenderemos con fe sus valores? ¿Merece de verdad la pena?
La Nación española, deseando establecer la justicia, la libertad y la seguridad y promover el bien de cuantos la integran, en uso de su soberanía, proclama su voluntad de:
Garantizar la convivencia democrática dentro de la Constitución y de las leyes conforme a un orden económico y social justo.
Consolidar un Estado de Derecho que asegure el imperio de la ley como expresión de la voluntad popular.
Proteger a todos los españoles y pueblos de España en el ejercicio de los derechos humanos, sus culturas y tradiciones, lenguas e instituciones.
Promover el progreso de la cultura y de la economía para asegurar a todos una digna calidad de vida.
Establecer una sociedad democrática avanzada, y
Colaborar en el fortalecimiento de unas relaciones pacíficas y de eficaz cooperación entre todos los pueblos de la Tierra.


Sí, definitivamente la merece.

¡Viva la Constitución Española!



No hay comentarios: