lunes, 21 de marzo de 2016

Sueño de un domingo por la mañana

Sueño que es hora de irme. Tengo que regoger, de verdad. Pero quizá me haya dejado algo en la planta de abajo. Salgo del aula hacia las escaleras.

Ya estoy en la habitación. Abro el armario de la derecha. Está lleno de toallas. Las de color granate son mías, pero no me caben en la mochila, ya me las llevaré. ¿Y en el armario de la izquierda?

Un chubasquero. No estoy seguro de que me pertenezca, así que lo cuelgo de nuevo en la percha. Tampoco cojo ninguno de los donuts que encuentro apilados. Vaya sitio más raro para guardarlos.

Hay un hombre. No le reconozco, pero me sigue. Llego otra vez al aula, es muy grande. Al fondo está la mesa donde creo que trabajo.

Tres o cuatro personas más se sientan por allí. El hombre misterioso abre la puerta y declara la imposibilidad de resolver el problema. ¿El problema? Todos le miramos.

Habla sin parar, es un catedrático de matemáticas y se le ha ido la olla. Ahora se dirige a mí directamente: «Cuando estés reunido contigo mismo, con tu verdadero ser, y todo el mundo intente analizar los resultados del trabajo y sean absurdos, acuérdate de que es imposible».

Se va. ¿Y yo? ¿No me tenía que ir también, desde hace un rato? Entonces, ¿cómo es que de repente tengo una melena negra, un cuerpo musculoso y viajo a lomos de un elefante? Ah, es que soy Conan de Cimmeria…

Espera… No puedo ser Conan, eso sí que resulta absurdo. Por lo de la melena negra, más que nada. ¿Por qué ha cambiado el sueño de hace un momento?

Abro los ojos lentamente. Muy lentamente. A través del ventanal, la luz inunda el dormitorio.

No debería dormir tanto los domingos por la mañana.



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