miércoles, 27 de mayo de 2015

La casta

De nuevo en la peluquería. Al principio, lo habitual: sonrisa, bienvenido, su chaqueta, pase por aquí, por favor.

Ah, pero un cambio se adivina cuando me toca una señorita diferente a los habituales jacobinos con la longitud del corte. Nada más terminar los tijeretazos, el resultado en el espejo es asombroso. Si casi no parezco… casi no parezco yo.

Me siento un privilegiado al pasar por caja con una pinta tan reluciente.

Pero al cruzarme con el siguiente que va a disfrutar de esos dedos de seda, se me cae el alma a los pies.

Comprendo que he traicionado a la causa.

Ya no creo que pueda conciliar el sueño.

El ministro se dirige al mismo sillón que yo acabo de abandonar. Y es de los de peor fama.

Entonces, si frecuento los mismos establecimientos capilares, si me codeo con ese tipo de gente, significa…

¡Ay madre, que yo también voy a ser de la casta!


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