lunes, 30 de marzo de 2015

En el metro (X)

Vi un lienzo blanco que caía de su bolsillo y me dije: refrena el trote, gascón, que quizá una aventura galante pone la fortuna a tus pies.

Cierto que por mi pensamiento cruzó la sombra de una duda. ¿Y si resultaba un caso similar al de D'Artagnan?

Ya sabéis: Aramis arroja un pañuelo, el aspirante a mosquetero se lo hace notar, negación de la evidencia, indiscreción sobre la identidad de su verdadera dueña, reto a dirimirlo por el acero, los guardias del cardenal meten las narices, etc. etc.

Pero no, a la luz de los fluorescentes esa sombra se disipó. Resolví pues recogerlo, alcanzar a la poseedora en las escaleras mecánicas y, tras despojarme del chambergo (imaginario, qué tiempos estos), devolvérselo con la más gentil de las reverencias.

Me agaché, ensayando mentalmente la mise en scène: excusez-moi, mademoiselle...

Mmmmm, la textura, las arrugas, la calidad del tejido en general...

Ejem, un kleenex.

Ejem, ¿usado?

Ya lo único que me quedaba era arrojarlo a la papelera más cercana y continuar mi camino con disimulo.

Y fue realmente una lástima, porque tenía yo el ánimo con ganas de cortesías, caramba.



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1 comentario:

Monique LaMer dijo...

Mannelig, por qué a mí no me pasan cosas tan interesantes en el metro?