sábado, 29 de marzo de 2014

La encrucijada de Carabanchel

La Guerra Civil.

De las novelas que haya podido leer al respecto, La encrucijada de Carabanchel, de Salvador García de Pruneda, es la que más vívidamente acude a mi memoria para relatar los años que acabaron conduciendo a aquella locura.
Se despidieron. Tomó Enrique el metro. Vio en las escaleras los mismos mendigos de siempre y en los coches atestados una humanidad que se hacinaba, camino de las Ventas.
−¡Sin empujar, que hay sitio!
Una muchacha de servir le decía a un soldado:
−¡Militar, no me meta la mano!
Cuando al entrar en una estación el tren frenaba, la masa humana iba hacia adelante; cuando arrancaba, hacia atrás. Miraba Enrique el movimiento alterno de las cabezas de aquella pobre gente, sus modestos atuendos, su alegre resignación.
−Vamos como sardinas en banasta –comentaba una vieja.
−A mí no me gusta la soledad –decía un hombre de unos cuarenta años, con pinta de jaque.
−Pues va usted bien servido, caballero –le contestaba una jamona.
Pensó Enrique en el confortable ambiente de Sakuska, en el césped mullido del hipódromo.
−Es mucha la diferencia –musitó entre dientes.

La historia abarca desde las boqueadas de la dictadura de Primo de Rivera hasta 1936. Dos de sus protagonistas, Enrique y Paco, son jóvenes estudiantes recién llegados a Madrid. Se habían conocido de niños y por casualidad vuelven a encontrarse durante una protesta universitaria.

Llevados a la comisaría, comienzan a forjarse de nuevo esos lazos perdidos. Amistad a la que se unen otros condiscípulos y profesores, inflamados por los cambios que se avecinan en el destino del país.

Y también reaparece Ana María, aquella niña con quien jugaban y que ya no es una niña.

Los acontecimientos siguen su curso. Por un lado, los que quedarán recogidos en los anales: cae el gobierno, pasa sin pena ni gloria la "dictablanda" del general Berenguer, elecciones municipales, el rey abdica, se proclama la República…

Por otro, los pequeños detalles, las experiencias cotidianas que van moldeándoles: expectativas, incertidumbres, tertulias en el mítico café Granja el Henar, mentores como Don Mariano, figura valleinclanesca… También, en el caso de Enrique, la difícil elección entre el amor platónico por la aristocrática Ana María, o el mucho más carnal que le ofrece Fina, artista de variedades.

Y poco a poco, todos van tomando posiciones. Aquellos compañeros que antes formaban una piña comienzan a desconfiar unos de otros, a mirarse de manera diferente según su adscripción política: falangistas, comunistas, anarquistas, monárquicos, republicanos... Cada bando cree tener la razón de su parte, cada uno sueña con un ideal. Y Enrique ha de nadar entre aguas, sin querer renunciar a nada ni a nadie.

Hasta que llega el 18 de julio. Los sublevados en la capital se concentran en el Cuartel de la Montaña. Los milicianos pretenden tomarlo al asalto, imposible quedarse al margen. ¿Cómo reaccionarán Enrique y Paco? ¿Cómo lo harán los demás personajes que les han acompañado página a página? ¿Dentro o fuera de los muros? ¿Dispararán sin importarles quien se encuentre bajo la mira de sus fusiles?

El relato es absorbente. Los caracteres, incluso los secundarios, presentan un gran caleidoscopio de matices. La sociedad de la época se describe con maestría.

El resultado es un libro redondo. Se editó hace ya mucho y no queda otro remedio que buscarlo de segunda mano, pero quien busque hallará. Vale la pena.
Share to Facebook Share to Twitter Email This Pin This Share on Google Plus Share on Tumblr
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

No hay comentarios: