miércoles, 22 de enero de 2014

Otro sueño

Iba con una amiga por una calle de mi antiguo barrio. Giramos a la derecha y de repente no reconocí dónde nos encontrábamos.

Entramos en un taller. Recuerdo que había dos antiquísimos 600, herrumbrosos, cayéndose a pedazos. Pasamos por un patio, subimos un terraplén, atravesamos una malla metálica…

Aún no me orientaba, pero seguimos caminando hasta alcanzar un seto. Entre hojas y ramas, mi amiga descubrió una consola con teclas. Me susurró que marcara una secuencia de números.

Se abrió una puerta secreta en el seto. Al otro lado nos aguardaba una sala en semipenumbra, con una escalera de caracol elevándose en el centro.

Un estrecho pasillo. Una ventana muy alta. Ella me pidió que la levantara, haciendo estribo con las manos, para poder mirar.

Llegó un oso polar con una gorra en la cabeza y nos dio la bienvenida.

Las seis de la mañana. Despertador.

A toda prisa garabateé estas notas, con una letra que ahora me resulta difícil entender. Atisbé si estaba nuboso tras el cristal de mi habitación.

Y me planteé qué me depararía la jornada.



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