Durante el reciente paseo que fui a dar por Tailandia, llegó a confundirme el interés que algunos habitantes de este país pusieron en mi estado civil. La primera muestra la viví apenas aterrizado en Bangkok.
Esta es la vista desde mi habitación del hotel. Pues bien, las palabras de bienvenida de quien había de llevarme hasta allí fueron: «¿Dónde está su mujer?»
A mí, que llegaba con los biorritmos alterados por el cambio de horario y deseando echar un sueñecito, se me pusieron todos los sentidos en alerta: ¡ay, que no la veo, que me la he dejado olvidada!
Pasaron unos segundos antes de darme cuenta de que algo no cuadraba. Perooooo… Si yo no estoy casado… Creo. Y aclaré al indagante la confusión.
Este no se rindió, como esperando una súbita aparición divina: «¿Viene con su novia?»
Huuuuum… pues tampoco. Pero vengo con mi cámara de fotos, que es casi lo mismo. No pienso separarme, la mimaré, la acariciaré, le quitaré el polvo al objetivo y mi último pensamiento diario antes de caer en el mundo de Morfeo será para ella: ¿tiene cargada la batería?
Ergo, moví la cabeza a derecha e izquierda.
Y él en plan cabezón: «¿Con una amiga?»
Mi autoestima se cuarteó. Es verdad –pensé–, te has chupado doce horas de vuelo a lo tonto, viendo películas y leyendo el tomo sexto de los diálogos de Platón, sin intercambiar palabra con las vecinas de asiento, sin pasar tu vista de aguilucho depredador por las filas del Boeing en busca de una amiga con potencial para escalar hasta el estatus marital. Qué manera de perder tiempo y oportunidad. No tienes perdón.
Los hombros se me hundieron. Dirigí la mirada a la punta de los zapatos. Asomaron lágrimas en la comisura de los párpados. Apenas levanté la voz para contestar: No. Vengo solo.
Tardó en asimilarlo. Pude percibir su lucha por aceptar algo tan inaudito, debatiéndose entre lo conmiserativo y lo burlón. Y cuando creía que me iba a llamar pringado, inútil, y más cosas feas…
«Usted prefiere vivir sin problemas, ¿eh?» Y asió mi maleta.
La segunda experiencia la viví en un hotel de Chiangrai, más al norte. La vista variaba bastante, no era tan urbana.
Llego al mostrador de recepción, me presento (soy tal y tal, a fe de hidalgo) y espero a recibir la llave magnética. Miran en el ordenador, me miran a mí, miran junto a mí, miran detrás de mí, miran más allá de mí.
«¿Y su acompañante?»
Pensaba que esa fase ya la habíamos superado. Deja que te explique…
«Ah, es que en la reserva figura una cama king size».
Puse cara de póker. ¿Qué querría insinuar? Pues estupendo, king size, viva la monarquía: Recesvinto, Recaredo, Leovigildo, Wamba... Con lo divertido que es acostarse en un extremo de esas inmensas superficies y amanecer despatarrado en el otro.
Y aún habrían de poner a prueba mi fibra moral en Phuket, días más tarde, mientras me mostraban sobre un plano los "atractivos" a visitar.
«Si va por este lado llega a la playa, si tuerce por allá, al templo de no sé qué, un poco más adelante, la estatua de…» Se detuvieron en la explicación y con un rotulador rojo marcaron una calle.
«Pero no pase por aquí».
Confieso que soy de las personas a quienes se dice «no hagas esto» e inmediatamente nos corroe la tentación. Pero bueno, me quedé callado y continuaron con el recorrido turístico.
«En esta otra zona hay muchos restaurantes y sitios de copas. Bla, bla, bla… Y recuerde, no pase por aquí».
La línea roja marcada en el mapa. La delgada línea roja.
Murmuré que de acuerdo, que ya lo había entendido al principio.
«También puede alquilar una scooter y pasarse por el centro de elefantes de… Ah, esta calle ni pisarla, lo más lejos posible».
Vale, ya está bien. Le di el gusto de preguntar: ¿cuál es exactamente el problema?
«Usted es un hombre».
Sí, esa mañana lo era. Estoy seguro de que me miré al espejo y lo constaté sin ningún género de duda.
«Un hombre solo».
Sorpréndeme…
«En esta calle hay muchas mujeres. Todas son guapas. Le cojen de la mano y le llevan, todas dicen mío, mío».
Todas dicen mío, mío…Me brotó un hilillo de saliva.
«Pero… (siempre hay un pero)… no todas son de verdad mujeres. Algunas sólo lo parecen».
Ya.
Total, pudiendo quedarme a descansar en el hotel, con la vista tan bonita que tenía, disfrutando de la brisa marina y las puestas de sol, ¿para qué iba a pasar por la dichosa calle?
Y así termino el reporte con lo más destacado de las vacaciones. A ver si me encuentro con alguien no demasiado exigente, paso de una vez por los juzgados y dejan de ocurrirme cosas raras.
Cualquier día de estos.
Buena música, libros, cosas que me pasan, que recuerdo, que se me ocurren, ficciones, viajes, algunas fotos y qué sé yo cuántas cosas más...
domingo, 23 de septiembre de 2012
domingo, 16 de septiembre de 2012
La premonición.
Tenía el don de la premonición.
No es que fuera capaz de predecir terremotos, cierres de bolsa, el número de la lotería o los resultados deportivos. No, su habilidad era más limitada: sólo le permitía anticipar lo que iba a ocurrirle a lo largo del día, y así ejecutar cada uno de sus actos según los augurios.
Ah, y sin cartas de tarot, horóscopos, runas ni engañabobos por el estilo. Su peculiar secreto se basaba en… la música, en la primera melodía sinfónica que le rondara por la cabeza. Si por ejemplo se despertaba con las notas de la Pastoral, significaba una jornada risueña y luminosa. La Sinfonía de los Juguetes también era un buen vaticinio. Con la Sinfonía Fúnebre y Triunfal la cosa pintaba algo peor al principio, aunque por la tarde remontaba seguro.
Por supuesto las opciones eran numerosas, pero la práctica le había enseñado a interpretarlas. ¿Que de repente empezaba a sonar la Escocesa? A la compra, tenía el mueble bar vacío. ¿La Asturiana? Chorizo a la sidra en el restaurante, sin necesidad de preguntar el menú. ¿La Luz? Factura gorda. ¿Matías el pintor? Hora de darle un par de manos a las paredes. La Inacabada, la Titán, la Expansiva… Conocía el significado de todos los avisos, podía afrontar con antelación cualquier circunstancia en la vida. Su tranquilidad era perfecta.
Hasta el momento en que acurrió “aquello”.
Eres un tío grande –pensó satisfecho mientras tarareaba las notas de la Júpiter en la ducha –. Hoy vas a salir ahí fuera y te van a querer, te van a adorar, es que tú lo vales. Al pasarse la brocha de afeitado, sin embargo, detectó la primera señal contradictoria.
Hum, ¿la Sinfonía Doméstica? Era extraño, pero le prevenía de que mejor se quedara en casa.
Estuvo meditándolo mientras removía el café del desayuno. ¿Y si llamaba al trabajo para decir que estaba enfermo?
Por primera vez decidió hacer caso omiso.
La Sinfonía del Reloj pasó fugazmente por su pensamiento, ya se le hacía tarde. Echó la llave y se apresuró en llegar a la estación de metro más próxima.
Ecos de la Sinfonía Dante le asaltaron frente a los escalones. Vaya, esa era como un anticipo del descenso a los infiernos. Se detuvo nuevamente a reflexionar.
El desafío ya estaba lanzado, y fue su perdición. Bajó al andén en silencio, aunque de todas maneras nada hubiera podido servirle para hallar sentido a lo que ya se aproximaba desde el túnel. Ni siquiera La edad de la ansiedad. Porque cuando se abrieron las puertas del convoy…
Corcheas, negras, semifusas… Los pentagramas danzaron enloquecidos en su mente, una orgía de sonidos sacudiéndole. Todos los títulos que podían describir lo que estaba experimentando acudieron a la vez: Romántica, Fantástica, Primavera, Sorpresa, Sinfonia sopra una canzone d’amore… El ritmo cardíaco amenazó con colapsarle.
Agarrada a la barra del vagón, un Poema divino, el ser más hermoso, más maravilloso, más Grande, más Inextingible de la creación parecía no disfrutar de las mismas emociones. Una mirada de soslayo, quizás, extrañándose de que aquel tipo con cara de Simple, tambaleante, no entrara aún, pese al silbato que anunciaba la partida. Sólo en el último momento dio el paso.
Él se quedó a su lado. Había sentido los compases de la Heroica llamándole a reaccionar. Estaba transpirando. Quería presentarse, quería casarse con ella, quería tener muchos hijos.
Gregorio Marañon, Nuevos Ministerios, Santiago Bernabéu, Cuzco, Plaza de Castilla… Cada vez que carraspeaba y abría la boca, la sinfonía La gallina se apoderaba de él. Luchaba por que acabase imponiéndose la del Canto de la noche, pero no había manera. Hasta que el altavoz anunció: “próxima estación, Chamartín”. Ella se preparó a salir.
¿Y ahora, qué, ahora qué? –se repitió desesperado–. ¡Se va! Golpes de caja disminuyendo ominosamente de intensidad. Reconoció el final de la Patética en su interior y supo que no había nada que hacer.
En cinco segundos, el destino decidió por él: se quedó en blanco para siempre, perdió su poder. El leve chasquido de los engranajes metálicos cerrándose fue lo último que pudo escuchar, mientras el metro se sumergía en la tristísima oscuridad, separándoles…
Desde entonces, roto por el amor, no ha vuelto a levantar cabeza. Tan sólo de vez en cuando escucha en la radio, con la expresión perdida, los 40 Principales.
No es que fuera capaz de predecir terremotos, cierres de bolsa, el número de la lotería o los resultados deportivos. No, su habilidad era más limitada: sólo le permitía anticipar lo que iba a ocurrirle a lo largo del día, y así ejecutar cada uno de sus actos según los augurios.
Ah, y sin cartas de tarot, horóscopos, runas ni engañabobos por el estilo. Su peculiar secreto se basaba en… la música, en la primera melodía sinfónica que le rondara por la cabeza. Si por ejemplo se despertaba con las notas de la Pastoral, significaba una jornada risueña y luminosa. La Sinfonía de los Juguetes también era un buen vaticinio. Con la Sinfonía Fúnebre y Triunfal la cosa pintaba algo peor al principio, aunque por la tarde remontaba seguro.
Por supuesto las opciones eran numerosas, pero la práctica le había enseñado a interpretarlas. ¿Que de repente empezaba a sonar la Escocesa? A la compra, tenía el mueble bar vacío. ¿La Asturiana? Chorizo a la sidra en el restaurante, sin necesidad de preguntar el menú. ¿La Luz? Factura gorda. ¿Matías el pintor? Hora de darle un par de manos a las paredes. La Inacabada, la Titán, la Expansiva… Conocía el significado de todos los avisos, podía afrontar con antelación cualquier circunstancia en la vida. Su tranquilidad era perfecta.
Hasta el momento en que acurrió “aquello”.
Eres un tío grande –pensó satisfecho mientras tarareaba las notas de la Júpiter en la ducha –. Hoy vas a salir ahí fuera y te van a querer, te van a adorar, es que tú lo vales. Al pasarse la brocha de afeitado, sin embargo, detectó la primera señal contradictoria.
Hum, ¿la Sinfonía Doméstica? Era extraño, pero le prevenía de que mejor se quedara en casa.
Estuvo meditándolo mientras removía el café del desayuno. ¿Y si llamaba al trabajo para decir que estaba enfermo?
Por primera vez decidió hacer caso omiso.
La Sinfonía del Reloj pasó fugazmente por su pensamiento, ya se le hacía tarde. Echó la llave y se apresuró en llegar a la estación de metro más próxima.
Ecos de la Sinfonía Dante le asaltaron frente a los escalones. Vaya, esa era como un anticipo del descenso a los infiernos. Se detuvo nuevamente a reflexionar.
El desafío ya estaba lanzado, y fue su perdición. Bajó al andén en silencio, aunque de todas maneras nada hubiera podido servirle para hallar sentido a lo que ya se aproximaba desde el túnel. Ni siquiera La edad de la ansiedad. Porque cuando se abrieron las puertas del convoy…
Corcheas, negras, semifusas… Los pentagramas danzaron enloquecidos en su mente, una orgía de sonidos sacudiéndole. Todos los títulos que podían describir lo que estaba experimentando acudieron a la vez: Romántica, Fantástica, Primavera, Sorpresa, Sinfonia sopra una canzone d’amore… El ritmo cardíaco amenazó con colapsarle.
Agarrada a la barra del vagón, un Poema divino, el ser más hermoso, más maravilloso, más Grande, más Inextingible de la creación parecía no disfrutar de las mismas emociones. Una mirada de soslayo, quizás, extrañándose de que aquel tipo con cara de Simple, tambaleante, no entrara aún, pese al silbato que anunciaba la partida. Sólo en el último momento dio el paso.
Él se quedó a su lado. Había sentido los compases de la Heroica llamándole a reaccionar. Estaba transpirando. Quería presentarse, quería casarse con ella, quería tener muchos hijos.
Gregorio Marañon, Nuevos Ministerios, Santiago Bernabéu, Cuzco, Plaza de Castilla… Cada vez que carraspeaba y abría la boca, la sinfonía La gallina se apoderaba de él. Luchaba por que acabase imponiéndose la del Canto de la noche, pero no había manera. Hasta que el altavoz anunció: “próxima estación, Chamartín”. Ella se preparó a salir.
¿Y ahora, qué, ahora qué? –se repitió desesperado–. ¡Se va! Golpes de caja disminuyendo ominosamente de intensidad. Reconoció el final de la Patética en su interior y supo que no había nada que hacer.
En cinco segundos, el destino decidió por él: se quedó en blanco para siempre, perdió su poder. El leve chasquido de los engranajes metálicos cerrándose fue lo último que pudo escuchar, mientras el metro se sumergía en la tristísima oscuridad, separándoles…
Desde entonces, roto por el amor, no ha vuelto a levantar cabeza. Tan sólo de vez en cuando escucha en la radio, con la expresión perdida, los 40 Principales.
sábado, 1 de septiembre de 2012
El retorno.
Hay veces en que la repetición de los días casi puede con nosotros. Nos levantamos por la mañana y vemos el mismo paisaje de hormigón, de ladrillo, de cristal. Y nos decimos: ya está bien, y tomamos un camino diferente, uno que lleve hacia otros horizontes donde no exista el color gris, desconectados de lo habitual, de los teléfonos, los correos, las prisas, las tensiones, como si nada conocido realmente existiese. Salimos a ver mundo.
Cruzamos campos, montañas, cielos, nubes... Tras la lejanía siempre pueden esperarnos profundas aguas, y en ellas fantásticas criaturas que se asoman curiosas a nuestro paso. ¿O sólo lo soñamos?
Y al llegar la noche, cuando alzamos los ojos al último segundo de luz, antes de que caiga sobre nosotros el telón infinito, quizá vivamos también el último segundo de ese sueño.
Al fin, el círculo se cierra. Estamos en casa de nuevo. Pero ahora la mirada ha cambiado, es más sabia. Ya desde el alba, a través de la ventana…
Los días vuelven a transcurrir, pero nos fijamos mejor en aquello que nos rodea.
E incluso donde antes se alzaba el hormigón, los ladrillos, el cristal, apreciamos que hay algo más, algo hermoso por donde caminar.
Se acabó el tiempo de ausencia, pero ha valido la pena.
Es el retorno.
Cruzamos campos, montañas, cielos, nubes... Tras la lejanía siempre pueden esperarnos profundas aguas, y en ellas fantásticas criaturas que se asoman curiosas a nuestro paso. ¿O sólo lo soñamos?
Y al llegar la noche, cuando alzamos los ojos al último segundo de luz, antes de que caiga sobre nosotros el telón infinito, quizá vivamos también el último segundo de ese sueño.
Al fin, el círculo se cierra. Estamos en casa de nuevo. Pero ahora la mirada ha cambiado, es más sabia. Ya desde el alba, a través de la ventana…
Los días vuelven a transcurrir, pero nos fijamos mejor en aquello que nos rodea.
E incluso donde antes se alzaba el hormigón, los ladrillos, el cristal, apreciamos que hay algo más, algo hermoso por donde caminar.
Se acabó el tiempo de ausencia, pero ha valido la pena.
Es el retorno.
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