miércoles, 4 de julio de 2012

Esperanza

¡Loor a los héroes! ¡Gloria a los inmortales! ¡Ceñid el laurel, oh vosotros, elegidos! ¡Sean entonados cánticos de alabanza a los supremos señores! ¡Éxtasis! ¡Épica! ¡Fútbol, fútbol, fútbol!

¡Ah, titanes! ¿Es que no bombean los corazones ríos de vida con el color de la camiseta? ¡Casillas, Iniesta, Xavi, Torres…! ¿No es acaso la Tierra sobre la que vuelan vuestras plantas una esfera, un orbe, un inmenso balón?

En fin, ya lo dejo. Habiendo alcanzado el cénit colectivo de la felicidad, creo que… Pero no, un momento: si yo a lo que venía era a hablar de un libro. Si yo venía a hablar de Esperanza...
Pero los que quedaron demostraron ser de "fierro", como comúnmente se dice. Tolosa recuperó al poco tiempo su habitual buen estado de ánimo, debido a que Caruso, el instructor, le hizo saber que si bien eran pocos, había en ellos mucho entusiasmo y dedicación. Aunque las palabras que mejor motivaron a Tolosa fueron: "Estos chicos tienen pasta para conseguir buenos resultados, principalmente Molinari".

Tolosa no perdió tiempo en hacérselo saber a la comisión, animándose incluso a prometer aunque sea una copa para antes de fin de año. Los dirigentes le sonrieron y lo alentaron a continuar con ese ímpetu ganador, aunque más que nada por compromiso, ya que había que ser realista y la realidad marcaba que apenas hacía tres meses que esos chicos se encontraban entrenando. Para resultados, era lógico, habría que esperar mucho más tiempo.

Pero Tolosa no se equivocó. En noviembre de ese primer año de práctica, con apenas ocho meses de vida deportiva, el plantel del club fue invitado a participar como invitado especial en una regata interna del club nicoleño donde había dado clases el instructor Caruso.

Aunque en algo, a decir verdad, se equivocó. No fue una copa, sino tres. Y el pibe Molinari fue la gran figura. Sí, ese rubiecito callado, solitario, que a veces se pasaba las horas sentado en algún banco del club, sin otra compañía que un libro, fue la estrella de la tarde, participando en las tres coronaciones. Ganó su prueba de single, estuvo en el par victorioso y colaboró en el cuatro que triunfó en la última competencia de la jornada.

Atengámonos a los hechos: hay quienes han nacido para tocar una pelota y poner a medio mundo patas arriba, haciendo olvidar cualquier tristeza, mientras la mirada se pierde con embeleso en sus artes.

Pues bien, de la misma manera hay aquellos, como Ernesto Antonio Parrilla, cuyo talento natural es el de escribir.

Aquí nos presenta varias historias con el nexo común del Club Atlético Esperanza, una institución de tercera o cuarta categoría según dictan la lógica de los números y la liga regional en que compite. Pero que para Don Anselmo, el narrador, significa poco menos que su propia vida.

Él conoce cada detalle desde el momento de la fundación, año por año. Y ahora que ya es mayor desea compartir con un cronista ciertos hechos, protagonizados por otros personajes del pasado que también le dedicaron su sudor.

El primer partido, allá por el año 18, inicio de la lucha sin tregua contra el poderoso Sportivo. El fantasma cuyos gemidos nocturnos atemorizaron la cancha. El clásico imperecedero del 72, cuyo resultado decidiría el campeonato. De qué extraña forma una imagen religiosa los salvó de la bancarrota. Un soborno que pudo haber destruido el honor del club...

Mi impresión es muy positiva, así que lo recomiendo con calor. Son sus principales virtudes la fuerza narrativa, la soltura y, sobre todo, la pasión.

Nada más. A dormir, que tantas emociones agotan.
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