Senta y Thomas se encuentran. ¿De qué manera le ve ella a él?: cuarenta y tantos, pectorales algo caídos, brazos demasiado largos, corte de pelo antediluviano, gusto discutible al elegir la ropa, incluso un ojo que... ¿bizquea ligeramente?
Pero ese color verde, el más puro y claro, ese color tras los párpados, ese color que la vuelve loca cuando él se la queda mirando... Toda su vida ha soñado con ese hombre. No con otro más perfecto, sólo con él.
¿Y Thomas? ¿Cuál es su primera impresión sobre Senta?
–Estabas allí de pie como si fueses una aparición –le dijo ella más adelante–. Cuando entré, en el O-Paradies no había ni un alma, estaba muy tranquilo, bueno, bastante tranquilo, no tenían puesta la música, y al acercarme a la barra para pedir mi copa de vino blanco, casualmente miré hacia un lado y allí estabas tú mirándome como un trol.
–Como un silfo –corrigió él.
–Y ya no supe qué hacer –confesó ella.
–Pero primero tú también te quedaste mirándome –comentó él–, jamás olvidaré la forma en que me observabas. Como aterrorizada.
–Pero tú me mirabas igual de aterrorizado…
–Bueno, sí, porque tú... porque tú estabas tan... ¡Uf!
Para él, está como un tren, para mojar pan, es la tía más buena que existe sobre la superficie del planeta, le quitaría la ropa a dentelladas. Pero en su lugar se queda paralizado como una estatua, no puede ni abrir la boca.
Ambos han salido a tomar algo, una noche de verano berlinesa. Thomas se siente hastiado de su trabajo como analista informático. O más que de su trabajo, de la monotonía existencial, de levantarse cada día a la misma hora, hacer las mismas cosas, comer casi lo mismo, volver a su casa como siempre... Lo mejor es «cerrar el programa, detener el proceso, borrar la memoria». Un par o dos de cervezas ayudarán.
Senta, al cuidado de una galería de arte sin clientes, se encuentra deprimida porque llama a la puerta del amor, pero no le abren. No consigue que un tal Rainer se interese en ella, y más atrás en el tiempo, sus intentos de construir algo duradero han fracasado. Les irá mejor o peor, pero hace años que sus amigas encontraron a su medio cítrico, se casaron, han tenido hijos...
El escenario, un bar de la
Oranienstrasse que los dos frecuentan en horarios diferentes, pero en el que en esta ocasión han coincidido.
Él deja su copa vacía sobre la barra y va al baño. Ella se acerca para pedirle algo al camarero.
Él vuelve.
Ella aún está allí.
Ya he contado lo de la parálisis, la súbita e inexplicable emoción que les embarga. ¿Luchar contra ella? ¿Resistirse? Son extraños. ¿Dará uno de ellos algún paso? ¿Quién? ¿Se comportarán por el contrario de forma "educada" y pasarán de largo tras una última mirada de soslayo?
El resto de páginas de la novela nos da todas las respuestas, pero no es cuestión de desvelarlas. Para eso, habrá que leerla:
Un encuentro de dos, de
Iris Hanika.
Mi impresión... mmm... Me gustan sus intenciones, la frescura del planteamiento y la construcción empática de los protagonistas, sus maneras de ser diferentes. En el debe: literariamente floja. Para ser creíble, más allá de los tópicos "qué bonito es el amor", "no dejes pasar la oportunidad" etc., hubiera necesitado profundizar, ofrecer un desarrollo mucho más rico de la historia, aprovechando por ejemplo a personajes secundarios que no pasan de meros figurantes. En resumen, una comedia ligera para entretenerse un rato.