lunes, 28 de mayo de 2012

El canto del pueblo judío asesinado.

Él no estuvo allí, pero en Un superviviente de Varsovia, Arnold Schönberg resume en apenas siete minutos de música y narración cómo fue la "vida" en esa ciudad durante varios años.





Itsjok Katzenelson sí estuvo allí. Ya había perdido a su mujer y dos hijos, y había visto lo suficiente como para saber que pronto se reuniría con ellos. Por eso, en una carrera desesperada contra el reloj, empezó a escribir en apretadas líneas, aprovechando centímetro a centímetro el papel, El canto del pueblo judío asesinado. No había tiempo para repasar o corregir los versos. Cada palabra podía ser la última.


«¡Canta! Toma el violín vaciado y hueco
y arroja sobre sus delgadas cuerdas tus dedos,
pesados como corazones doloridos. Y canta el último canto
acerca de los últimos judíos en tierra europea.»

–¿Cómo cantar? Cómo abrir la boca siquiera
habiendo quedado completamente solo,
sin mi mujer, sin mis dos pequeños. ¡Es un espanto!
El horror me habita... Escucho un llanto a lo lejos...

«¡Canta, canta! ¡Alza la voz, quebrada y dolorida,
búscala! Busca el canto allá arriba, si aún está,
y cántalo... Canta el último canto acerca del último judío;
vivió, murió, quedó insepulto y ya no existe más...»

En 1940 comienza el confinamiento en el gueto. En 1941, las autoridades nazis deciden "deshacerse" de sus habitantes. En 1942, 350.000 personas ya han sido deportadas. En 1943, la insurrección: se lucha casa por casa, hasta no dejar una en pie. En 1944, el levantamiento general de Varsovia es aplastado.

Katzenelson, que junto con el único hijo que le queda, Zvi, es miembro de la resistencia, consigue salir clandestinamente antes de ese gesto. En el campo francés de Vittel, bajo el gobierno colaboracionista de Vichy, escribe en yidis su memoria. Introduce el manuscrito en botellas y queda enterrado para salvaguardarlo. Al poco, les encierran a los dos en un tren con destino a Auschwitz.

Es poesía, sin duda, un libro de poemas. Pero es al mismo tiempo mucho más, infinitamente más: el testimonio de la historia humana más sincero, más estremecedor, valga lo simple del adjetivo, que podamos imaginar.


Es el final. El cielo arde por las noches, de día se cubre de humo y al anochecer vuelve a encenderse
como en el desierto, en nuestro comienzo mismo: de día una columna de humo, de noche una de fuego.
Pero entonces mi pueblo iba alegre, con fe, con una vida joven por delante; ahora es el final...
En esta tierra nos asesinaron a todos, del más chico al más grande nos masacraron aquí a todos.

martes, 22 de mayo de 2012

Fedro.

Voy en el metro, leyendo ensimismado el Fedro...

"Tal como hicimos al principio de este mito, en el que dividimos cada alma en tres partes, y dos de ellas tenían forma de caballo y una tercera forma de auriga, sigamos utilizando también ahora este símil. Decíamos, pues, que de los caballos uno es bueno y el otro no. Pero en qué consistía la excelencia del bueno y la rebeldía del malo no lo dijimos entonces, pero habrá que decirlo ahora. Pues bien, de ellos, el que ocupa el lugar preferente es de erguida planta y de finos remos, de altiva cerviz, aguileño hocico, blanco de color, de negros ojos, amante de la gloria con moderación y pundonor, seguidor de la opinión verdadera y, sin fusta, dócil a la voz y a la palabra. En cambio, el otro es contrahecho, grande, de toscas articulaciones, de grueso y corto cuello, de achatada testuz, color negro, ojos grises, sangre ardiente, compañero de excesos y petulancias, de peludas orejas, sordo, apenas obediente al látigo y los acicates. Así que cuando el auriga, viendo el semblante amado, siente un calor que recorre toda el alma, llenándose del cosquilleo y de los aguijones del deseo, aquel de los caballos que le es dócil, dominado entonces, como siempre, por el pundonor, se contiene a sí mismo para no saltar sobre el amado. El otro, sin embargo, que no hace ya ni caso de los aguijones, ni del látigo del auriga, se lanza, en impetuoso salto, poniendo en toda clase de aprietos al que con él va uncido y al auriga, y les fuerza a ir hacia el amado y traerle a la memoria los goces de Afrodita. Ellos, al principio se resisten irritados, como si tuvieran que hacer algo indigno y ultrajante. Pero, al final, cuando ya no se puede poner freno al mal, se dejan llevar a donde les lleven, cediendo y conviniendo en hacer aquello a lo que se les empuja. Y llegan así junto a él, y contemplan el rostro resplandeciente del amado".

Caramba, qué ideas tan originales se le ocurrían al amigo Platón. Lo de los jacos es la pera. ¿Y los goces de Afrodita? Ja, ja, ja, me encanta, tenían una imaginación estos griegos...

En fin, ya llegamos al trabajo, se acabó la filosofía. Creo que voy a sacar un café de la máquina, a ver si empiezo el día despejado.


Jiiiiiiiiii, prrrrrfffff.

Ante la visión de la preciosidad que espera delante de mí su café, las pupilas se me agrandan. Los belfos me sobresalen. Los ollares se me dilatan. ¿Estoy piafando?

Horrorizado, el auriga tira de las riendas e intenta dominarme, pugnando por que recupere mi cara de póquer, reconduciéndome al camino de lo estrictamente platónico.

Lo consigue. Creo que va a ganar el caballo dócil y racional.

Y sosaina.

Ay. Y es que la belleza corresponde a los dioses...


martes, 15 de mayo de 2012

Las aventuras de...

Ya está, ya ha ocurrido. Me han hecho tío.

A ver, no será la primera vez que me digan ven aquí tío, qué pasa tío, este tío es… (agréguese cualquier adjetivo, en función de la simpatía que me tuvieran), oye tío bueno (esto en menos ocasiones), etc. Y tampoco es que antes fuera tía y ahora haya cambiado a tío. No, no, no.

Es que acabamos de recibir al pequeñín de la familia, al sobrino que asegura la continuidad del apellido, que llevará nuestro linaje y escudo de armas por las venideras palestras de la vida. De manera que soy un tío como mandan los cánones, afeitado pero con toda la barba.

Como tal, al principio no se me ocurría para qué puedo servir, la verdad. Afortunadamente, su padre me ha dado alguna pista: él ya tiene preparados un montón de capítulos de los Fraguel. Así que yo también ayudaré en la labor educativa, voy a recopilar la lista de títulos a regalarle cuando sepa leer.

Y cierto que no hay prisa, pero entre ellos, las aventuras de Pippilotta Viktualia Rullgardina Krusmynta Efraimsdotter Långstrump caen, ya lo creo que caen. O en la forma abreviada de su nombre, nuestra amiga Pippi Calzaslargas.


Escuchar esta melodía es como revivir en un par de minutos toda una sucesión de imágenes, personajes y situaciones que forman parte de la memoria colectiva. He leído por ahí que la intención de Astrid Lindgren era apenas escribir una historia para entretener a su hija, y que incluso la primera editorial rechazó publicarla. Pero los resultados, como en otros ejemplos literarios, sobrepasaron su idea original.

A estas alturas tampoco es necesario hacer un panegírico de la irreverente y creativa niña que reside en Villa Villekula, junto a su caballo Pequeño Tío y al mono Señor Nilsson. Su padre, capitán de un velero, aparecerá algún día para llevarla a la isla de Taka Tuka. Mientras tanto, gracias a su imaginación, increíble fuerza y la maleta con monedas de oro que guarda en casa, en compañía de sus vecinos Tommy y Annika traerá de cabeza a los biempensantes adultos de la localidad. Y más tarde, a los piratas que han capturado a su padre en los mares del sur.

En fin, nada más. Bienvenido al mundo y vete preparándote, porque encontrarás muchas cosas que mejorar en él. Pero muchas. Y tener cierto espíritu de Pippi no nos vendría nada mal para ello.
 
 

lunes, 7 de mayo de 2012

Vecinos de asiento.

Es lo propio del avión: le echan el candado a las puertas cuando despega, y ya no hay manera de escapar. Al menos corpóreamente, porque existen circunstancias en las que el alma pide a gritos alzar el vuelo igual que la gran máquina, para perderse entre brumas y vapores. La mejor manera de conseguirlo es que la azafata ponga una amplia selección de bebidas espirituosas a nuestro alcance. De las de muchos octanos.

¿Y qué o quién podría motivar ese deseo de amorrarse a las minibotellas? Ah, presentemos a esa figura de –injustamente– poco reconocida influencia sobre nuestro estado de ánimo: el vecino de asiento.

Puede que el azar nos depare conocer a vecinos de asiento con algún interés, no lo voy a negar. Yo mismo tengo unos amigos que pasaron su primer par de horas codo con codo en tan estrecho espacio, y por donde acabaron pasando fue por la vicaría. Así que no debemos desconfiar a priori.

Pero ni por asomo estoy seguro de que se trate del resultado más habitual, o quizá es que mi karma particular no se muestra lo bastante propicio. En mi penúltimo viaje, por ejemplo, la experiencia fue la siguiente:

–Disculpe.

Vuelvo la cabeza hacia la señora que me interpela.

–¿Usted trabaja en la Administración?

¿Que si trabajo en...? Me reconozco confuso por la pregunta. Elevo el arco de las cejas.

–Pues... no.
–Mi hija sí.

Su hija. Ajá.

–Vive en Talavera. ¿Ha estado en Talavera?
–Pues... tampoco.
–Si pasa por allí, no olvide venir a visitarnos. Pregunte por nosotros en la calle de... ¿Quiere que se lo escriba?

¿Será algún programa de televisión de los que gastan bromas con cámara oculta? Mejor que me saque el perfil izquierdo, salgo más favorecido.

–Y si puedo preguntarle... ¿es usted de la religión católica?

(Azafata, acérquese con el carrito, si hace el favor. No, no hace falta que traiga el zumo de naranja. Ni el hielo).

Quién sabe si perdí la gran oportunidad de mi vida con la hija invisible, pero sigo sin acercarme a Talavera. El caso es que, más próximo aún en el tiempo, el fin de semana pasado, me ocurrió esto otro:

–Disculpe.

Levanto la vista del libro. Otra señora. Se me eriza el pelo de la nuca.

–¿Usted es cura?

¿Cu... cu... cu...? No doy crédito a mis oídos.

–¿Cómo?
–Que si es cura.

Si esto me lo cuentan, no me lo creo. Y si lo cuento yo, casi ni me creo a mí mismo.

–Eh... no.

Se queda en silencio, meditando la respuesta. Me mira. Vuelve a hacer girar las ruedecitas del pensamiento. Me mira de nuevo.

–¿De verdad que no es cura?
–En absoluto.
–Es que lo parece, tiene el aire.

Voy a ser el hazmerreír de todos mis amigos. Se van a chotear de mí hasta las piedras. Mi vecina de asiento se dirige ahora hacia la pasajera de ventanilla.

–Dice que no.
–Te lo advertí. Los curas llevan eso que no me acuerdo cómo se llama en el cuello, aunque estén de vacaciones. Me debes una cena.

¡¿Han hecho una apuesta?! ¡Azafataaaaaa! ¡Urgente, por favor, el carrito! ¡Lo más fuerte que tenga!

Así que, la próxima ocasión que tome este medio de transporte, iré precavido. He estado estudiando métodos psicológicos para afrontar este tipo de situaciones. Me he documentado a fondo en Aterriza como puedas...