Itsjok Katzenelson sí estuvo allí. Ya había perdido a su mujer y dos hijos, y había visto lo suficiente como para saber que pronto se reuniría con ellos. Por eso, en una carrera desesperada contra el reloj, empezó a escribir en apretadas líneas, aprovechando centímetro a centímetro el papel, El canto del pueblo judío asesinado. No había tiempo para repasar o corregir los versos. Cada palabra podía ser la última.
«¡Canta! Toma el violín vaciado y hueco
y arroja sobre sus delgadas cuerdas tus dedos,
pesados como corazones doloridos. Y canta el último canto
acerca de los últimos judíos en tierra europea.»
–¿Cómo cantar? Cómo abrir la boca siquiera
habiendo quedado completamente solo,
sin mi mujer, sin mis dos pequeños. ¡Es un espanto!
El horror me habita... Escucho un llanto a lo lejos...
«¡Canta, canta! ¡Alza la voz, quebrada y dolorida,
búscala! Busca el canto allá arriba, si aún está,
y cántalo... Canta el último canto acerca del último judío;
vivió, murió, quedó insepulto y ya no existe más...»
En 1940 comienza el confinamiento en el gueto. En 1941, las autoridades nazis deciden "deshacerse" de sus habitantes. En 1942, 350.000 personas ya han sido deportadas. En 1943, la insurrección: se lucha casa por casa, hasta no dejar una en pie. En 1944, el levantamiento general de Varsovia es aplastado.
Katzenelson, que junto con el único hijo que le queda, Zvi, es miembro de la resistencia, consigue salir clandestinamente antes de ese gesto. En el campo francés de Vittel, bajo el gobierno colaboracionista de Vichy, escribe en yidis su memoria. Introduce el manuscrito en botellas y queda enterrado para salvaguardarlo. Al poco, les encierran a los dos en un tren con destino a Auschwitz.
Es poesía, sin duda, un libro de poemas. Pero es al mismo tiempo mucho más, infinitamente más: el testimonio de la historia humana más sincero, más estremecedor, valga lo simple del adjetivo, que podamos imaginar.
Es el final. El cielo arde por las noches, de día se cubre de humo y al anochecer vuelve a encenderse
como en el desierto, en nuestro comienzo mismo: de día una columna de humo, de noche una de fuego.
Pero entonces mi pueblo iba alegre, con fe, con una vida joven por delante; ahora es el final...
En esta tierra nos asesinaron a todos, del más chico al más grande nos masacraron aquí a todos.


