Cuando se alzaba el telón había un Mercedes, y en sus asientos traseros el barítono y la soprano ponían a prueba los amortiguadores, mientras Leporello vigilaba. Hasta el momento, poco que objetar. Al fin y al cabo, el libreto indica que Don Giovanni acaba de seducir a Doña Anna cuando llega el comendador y le corta el rollo.
Pero más adelante, los personajes se pasaban el rato abriendo latas de cerveza (y aliviando consecuentemente la vejiga), derramando snacks sobre el sofá del picadero (qué pena de tapicería), cocinando tortillas de patata y vistiendo el chándal del Barça, equipo del que tanto el burlador como su criado resultaban ser fanáticos. Es decir, lo mismo que hace la gente de la calle (aunque no me veo yo con ese chándal, no me veo...).
Ahí estaba el quid de la escenografía, parece ser, que todo fuese lo más realista posible, lo más cercano al espectador. Lo que ya no sé es si Wolfgang Amadeus se hubiera unido con gusto a la gran juerga o se hubiera rascado bajo la peluca, desconcertado. ¿Qué idea tendría él en la cabeza cuando escribió esta música?
"Hice sonar un acorde y me di cuenta de que había llamado a la buena puerta, detrás de la cual se apelotonaba ya la legión de horrores que se desencadena al final. Así surgió primero un adagio en re menor, sólo cuatro compases, luego una segunda frase de cinco… En el teatro, me imagino, resultará algo inusitado, porque acompañan a las voces los instrumentos de viento más potentes. Por de pronto, escúchenlo, en la medida en que es posible hacerlo aquí.
Sin más, apagó las bujías de los dos candelabros que tenía al lado, y en el silencio de muerte del salón resonó el canto aterrador: «Di rider finirai. Aria dell’aurora!». En la noche azul, las notas de trompetas de plata, frías como el hielo, caen de constelaciones lejanas atravesando el cuerpo y el alma.
«Chi va lá? Chi va lá?», se oye preguntar a Don Juan. Entonces se escucha de nuevo la voz, monótona como antes, pidiendo a ese hombre sacrílego que deje en paz a los muertos.
Cuando esos sonidos amenazadores se hubieron extinguido en el aire, hasta en sus últimas vibraciones, Mozart continuó:
–Como se comprenderá, ya no podía detenerme. Cuando el hielo se rompe en una orilla, pronto se quiebra en el lago entero, resonando hasta en sus últimos rincones. Involuntariamente, volví a tomar el hilo en la cena de Don Juan, cuando Donna Elvira acaba de marcharse y el fantasma, aceptando la invitación, aparece... Escuchen".
Eduard Mörike intenta tambien imaginárselo, aunque de forma más decimonónica. Para ello sitúa al compositor de viaje a Praga, donde va a estrenar la obra, y durante una parada arranca una naranja de los jardines de un conde, destinada a celebrar cierto compromiso matrimonial. Aclaradas tanto su buena fe como su identidad, le invitan a almorzar.
Durante la velada, se convierte en el centro de atención. Con su buen humor característico entretiene a los anfitriones interpretando al piano varios de los pasajes aún inéditos. Y el momento clave llega cuando les habla sobre la escena final, esa en la que el insaciable amante afronta su destino frente al espectro del comendador, negándose a arrepentirse pese a conocer de antemano las consecuencias. Clave, porque en él se contienen sus propios fantasmas.
El perenne intento de complacer a Constanza, su esposa, ansiosa por ascender en la escala social. El sentimiento de humillación frente a aristócratas y alumnos mediocres, de los que sin embargo depende para tener ingresos. Su espíritu manirroto, sin mirar al futuro, quemando la vida antes de que sea tarde...
Mozart, camino de Praga: novela breve y todo un clásico del romanticismo alemán.

