lunes, 23 de abril de 2012

Mozart, camino de Praga.

Es duro tener que elegir, casi inhumano. Pero puestos a ello, diría que Don Giovanni es mi ópera favorita. Recuerdo una representación en el Liceu de Barcelona...




Cuando se alzaba el telón había un Mercedes, y en sus asientos traseros el barítono y la soprano ponían a prueba los amortiguadores, mientras Leporello vigilaba. Hasta el momento, poco que objetar. Al fin y al cabo, el libreto indica que Don Giovanni acaba de seducir a Doña Anna cuando llega el comendador y le corta el rollo.

Pero más adelante, los personajes se pasaban el rato abriendo latas de cerveza (y aliviando consecuentemente la vejiga), derramando snacks sobre el sofá del picadero (qué pena de tapicería), cocinando tortillas de patata y vistiendo el chándal del Barça, equipo del que tanto el burlador como su criado resultaban ser fanáticos. Es decir, lo mismo que hace la gente de la calle (aunque no me veo yo con ese chándal, no me veo...).

Ahí estaba el quid de la escenografía, parece ser, que todo fuese lo más realista posible, lo más cercano al espectador. Lo que ya no sé es si Wolfgang Amadeus se hubiera unido con gusto a la gran juerga o se hubiera rascado bajo la peluca, desconcertado. ¿Qué idea tendría él en la cabeza cuando escribió esta música?

"Hice sonar un acorde y me di cuenta de que había llamado a la buena puerta, detrás de la cual se apelotonaba ya la legión de horrores que se desencadena al final. Así surgió primero un adagio en re menor, sólo cuatro compases, luego una segunda frase de cinco… En el teatro, me imagino, resultará algo inusitado, porque acompañan a las voces los instrumentos de viento más potentes. Por de pronto, escúchenlo, en la medida en que es posible hacerlo aquí.
Sin más, apagó las bujías de los dos candelabros que tenía al lado, y en el silencio de muerte del salón resonó el canto aterrador: «Di rider finirai. Aria dell’aurora!». En la noche azul, las notas de trompetas de plata, frías como el hielo, caen de constelaciones lejanas atravesando el cuerpo y el alma.
«Chi va lá? Chi va lá?», se oye preguntar a Don Juan. Entonces se escucha de nuevo la voz, monótona como antes, pidiendo a ese hombre sacrílego que deje en paz a los muertos.
Cuando esos sonidos amenazadores se hubieron extinguido en el aire, hasta en sus últimas vibraciones, Mozart continuó:
–Como se comprenderá, ya no podía detenerme. Cuando el hielo se rompe en una orilla, pronto se quiebra en el lago entero, resonando hasta en sus últimos rincones. Involuntariamente, volví a tomar el hilo en la cena de Don Juan, cuando Donna Elvira acaba de marcharse y el fantasma, aceptando la invitación, aparece... Escuchen".

Eduard Mörike intenta tambien imaginárselo, aunque de forma más decimonónica. Para ello sitúa al compositor de viaje a Praga, donde va a estrenar la obra, y durante una parada arranca una naranja de los jardines de un conde, destinada a celebrar cierto compromiso matrimonial. Aclaradas tanto su buena fe como su identidad, le invitan a almorzar.

Durante la velada, se convierte en el centro de atención. Con su buen humor característico entretiene a los anfitriones interpretando al piano varios de los pasajes aún inéditos. Y el momento clave llega cuando les habla sobre la escena final, esa en la que el insaciable amante afronta su destino frente al espectro del comendador, negándose a arrepentirse pese a conocer de antemano las consecuencias. Clave, porque en él se contienen sus propios fantasmas.

El perenne intento de complacer a Constanza, su esposa, ansiosa por ascender en la escala social. El sentimiento de humillación frente a aristócratas y alumnos mediocres, de los que sin embargo depende para tener ingresos. Su espíritu manirroto, sin mirar al futuro, quemando la vida antes de que sea tarde...

Mozart, camino de Praga: novela breve y todo un clásico del romanticismo alemán.


domingo, 15 de abril de 2012

Por orden de mi vecina.

Una curiosa virtud de mi vecina es el alto grado en que se preocupa de mi bienestar espiritual. Sus indicaciones suelen invitarme a la reflexión, a meditar profundamente sobre los caminos que me conviene recorrer en la vida. Por ejemplo, cuando se dirige a mí en términos como:

–Yo lo que quiero es que te cases.

Así, palabra por palabra. Cualquiera se queda indiferente. Claro que la reacción puede variar: desde caer en un estado melancólico, de suspiros menesterosos, hasta salir a aullarle a la luna llena, en plan libre e indomable.

O bien, cuando me llama la atención acerca de lo inapropiadas que para ese trascendental objetivo resultan ciertas prendas de mi vestuario:
–Te tengo que echar una bronca.
–¿Eh?
–El domingo tendiste la ropa.
–Sí...
–¿Y de verdad te pones el pijama que había en las cuerdas?
–Eh, ah, yo...
–Con eso no vas a ligar nada.
–(...)
–Traes a una señorita a casa, te ve con él por la mañana y sale corriendo.
–Pero es tan calentito...
–Nanananana, tíralo, es por tu bien.

Bueno, no recuerdo haber causado nunca una impresión tan, tan negativa como para que nadie saliera por piernas. Pero mejor no tentar a la suerte. Además es el pijama de invierno, ya le queda poco para acabar en el fondo del armario.

Y tampoco he de echar en saco roto sus recomendaciones acerca de técnicas de aproximación y asedio a la presa. En este tipo de lides cinegéticas yo suelo ser más bien sutil como el raposo, taimado como la hiena, sibilino como la comadreja.


Sin embargo, mi vecina tiene otras ideas al respecto:
–Lo que tienes que hacer es plantarte delante de (póngase aquí algún nombre) y decirle «Moza, me vas».

Hum, no sé, no sé... Demasiado directo, ¿no? Supongo que a estas alturas del siglo XXI, que ya tenemos rayos láser y casi hemos llegado a Marte, mejores tácticas podré aplicar. Más modernas, diferentes a las de mi abuelo. Tengo una caída de ojos, buah, infalible.

Pero en fin, hay que dejar de dar largas al destino, reconozco que llevo demasiado tiempo vagueando en este asunto. Si hay que ponerse en ridículo, uno se pone. Si hay que convertirse en el hazmerreír de la dama que tenga la desgracia de cruzarse en mi camino, trato hecho. Si hay que relinchar un «mozaaaaa», pues qué le vamos a hacer. Nadie podrá echármelo en cara, de todas maneras.

Es por orden de mi vecina.

lunes, 9 de abril de 2012

Otra vez es primavera...

Recién estrenada la primavera, se nota que la vida bulle: todo ser vivo de la creación, grande o pequeño, siente llegado el momento de perpetuarse. ¿Lo veis? ¿Lo oís? Ya zumban de aquí para allá las abejas, celestinas del saludo amoroso entre las flores. Ya inician los somormujos su parada nupcial, contoneándose, erizando las plumas, agitando las alas. Ya los seres humanos...

Bueno, lo de los seres humanos no importa, no nos dejemos influir por la estación. Yo, por ejemplo, me encuentro a pie firme en mi puesto de trabajo, inmerso en una tarea que requiere disciplina. Nada que me distraiga, nada que me haga perder las referencias, nada que desmadeje mi acusada fibra moral. La cabeza tiene que estar donde tiene que estar.

Mis ojos recorren pavimentos de números, columnas de cifras, bóvedas de códigos sobre la pantalla del ordenador. Hasta que llegados a determinado punto, una sirena de alarma comienza a ulular. La vista se me nubla. La lengua asoma con descaro fuera de su cueva. La cabeza se vence, escora de forma acusada, se me va, se me va...

Ah no, por el bien de mi carrera laboral, necesito que vuelva como sea. Dichosa época del año... Mmmmm, quizá si escucho la música apropiada, podría recuperar esa concentración. Creo que tengo por aquí algunas melodías medievales, melismáticas, contemplativas. Me inserto los auriculares y elijo al azar.


¿Equilibrio craneal, engranajes que se van poniendo en marcha, mano que ase de nuevo con firmeza el ratón? ¡Ni mucho menos! Ahora ya sí que estoy perdido: en vez de un buen coro gregoriano, lo primero que me ha salido es el Tempus est iocundum, ese que dice:

Tempus est iocundum
o virgines,
modo congaudete
vos iuvenes.

Oh, oh, oh,
totus floreo,
iam amore virginali
totus ardeo,
novus, novus amor
est, quo pereo.

(…)

Y claro, si es tiempo para el cachondeo y totus floreo y totus ardeo y novus amor y tal y cual, pues... resulta irremediable: los pensamientos se vuelven simples, al mismo nivel que las flores o los somormujos. Miro por la ventana. Suspiro. Qué le vamos a hacer.

Otra vez es primavera...