–Hemos celebrado un referéndum.
–¿Eh?
–Unas cuantas chicas de la oficina hemos votado sobre el nivel estético de nuestros compañeros.
–(Voy a arrepentirme de preguntar, seguro). Ajá, ¿y cómo salgo yo? ¿El último?
–Buenooooo... (se lo piensa). Tampoco es eso. No exactamente. Sacas buena nota en... (vuelve a pensárselo) estilismo.
–¿Estilismo?
–Sí, tu forma de vestir está bien.
–Vaya, me alegro.
–Pero tu forma de moverte, por ejemplo... pues no.
–¿De moverme?
–De moverte. Lenguaje corporal al andar. Ahí tienes que hacer algo.
Mmmm, si quiero avanzar posiciones en la próxima evaluación, por la cuenta que me trae, no queda otra que aprender, que copiarme de los mejores. Creo que en mercadotecnia a eso se le llama benchmarking.
¿Y dónde están esos modelos? ¿Dónde encontrar el adecuado escaparate que me enseñe a levantar pasiones? Es evidente: en el mundo del cine. Así que, cada vez que veo una película, observo con detenimiento cómo se mueven los actores. Voy tomando notas. Y después de un exhaustivo trabajo de campo, me parece que por fin he alzanzado el secreto, la piedra filosofal que ha de convertir en puro oro la coordinación dinámica entre mis piernas, tronco y brazos.
Hasta la fecha, mis pasos habían seguido una cadencia simplona, al desgaire: pam-pam, pam-pam, pam-pam.
Mal.
Monótono.
Muy soso.
Así, ni flojera mandibular, ni temblor de canillas, ni gaznates resecos cuando me aproximo, ni nada de nada.
Debería introducir algo por encima de ese ritmo. Esteeee... Una melodía propia, distintiva... Hum, algo como...
¡Claro, esa es la solución! Pam-pam, tararará, pam-pam. El tararará del medio es la clave, me pongo ahora mismo a practicar por los pasillos. Oh sí, ya noto cómo se me quedan todos mirando. Pura envidia. ¡Cuidado, que aquí llega el futuro Mr. Universo!
Buena música, libros, cosas que me pasan, que recuerdo, que se me ocurren, ficciones, viajes, algunas fotos y qué sé yo cuántas cosas más...
domingo, 25 de marzo de 2012
domingo, 18 de marzo de 2012
Mejor...
No recuerdo cuándo la vi por primera vez. Ni tampoco qué día exacto empecé a esperar con impaciencia verla de nuevo. Tampoco estoy seguro del momento en que sus gestos cotidianos, tan nimios como tocarse el pelo o quitarse las gafas, comenzaron a transcurrir a cámara lenta frente a mis ojos.
No recuerdo cuándo alcancé a escuchar su voz y ese sonido ya no se desvaneció. Ni a partir de qué instante aprendí a distinguirla entre cualquier multitud, sin necesidad de buscar. O qué mañana desperté, me miré al espejo y pensé que bueno, quizá...
Y sin embargo, supongo que debería acordarme. Si los planetas se alinearan benevolentes bajo mi signo, unas cosas llevaran a otras y en el futuro ella me preguntara, abrazados, por alguna de esas fechas, pues... estaría perdido.
Así que mejor le ahorro el disgusto y doy marcha atrás ahora que estoy a tiempo.
No recuerdo cuándo alcancé a escuchar su voz y ese sonido ya no se desvaneció. Ni a partir de qué instante aprendí a distinguirla entre cualquier multitud, sin necesidad de buscar. O qué mañana desperté, me miré al espejo y pensé que bueno, quizá...
Y sin embargo, supongo que debería acordarme. Si los planetas se alinearan benevolentes bajo mi signo, unas cosas llevaran a otras y en el futuro ella me preguntara, abrazados, por alguna de esas fechas, pues... estaría perdido.
Así que mejor le ahorro el disgusto y doy marcha atrás ahora que estoy a tiempo.
domingo, 11 de marzo de 2012
Algunas fiestas armenias.
Según me contaron, las fiestas más de guardar en Armenia son las independencias y el año nuevo. Aparte, en el lado triste, conmemoran el recuerdo del genocidio.
La primera independencia, la del imperio otomano, es el 28 de mayo. La moderna, el 21 de septiembre. Hay desfiles y exaltaciones patrióticas, porque tuvieron líos bélicos con sus vecinos azerbayanos (con quienes aún se llevan malísimamente mal).
En cuanto al año nuevo, se sigue el calendario armenio tradicional, con trece días de diferencia sobre el gregoriano. La costumbre establece que se ha de visitar a todos los parientes y amigos, y desearles parabienes. Como curiosidad culinaria, el plato más apreciado en las reuniones familiares es el arroz cocido con frutas y frutos secos.
Pero además de las ya mencionadas, encontramos otras fechas que gozan de reconocimiento social. Veamos una breve descripción de tres de ellas.
23 de febrero: el "Día de los hombres".
Sí, sí, tal como suena: el día del macho armenio. El cual ha de celebrarse a base de regalos, muchos regalos, buenos regalos. Hay que mimarle, pasarle generosamente la mano por el lomo, demostrarle que es lo más. Aunque en realidad esa generosidad sea interesada, se espera contraprestación.
Y a no demasiado tardar, por cierto: cada 8 de marzo llega la hora de pagar el principal más los intereses. Ese es el "Día de las mujeres".
Un inciso, con cierto punto de egoísmo: gran parte de las damas armenias con las que me crucé por la calle me parecieron bastante guapas. Sus contrapartes masculinos, pues... no, la verdad. Evidentemente, yo estaba contentísimo.
Retornando al asunto principal, el Día de las mujeres, más vale que todo el esfuerzo de agasajo que ellas han invertido durante el Día de los hombres les sea reintegrado con creces. Lo mínimo son toneladas de flores. Si no, directos a dormir al sofá o a la bañera. O al balcón, con el frío que hace...
Es ley de vida, pero resulta que existe una fecha desniveladora de la balanza: el 7 de abril, "Día de la belleza".
¡Menuda injusticia! ¡Ellas tienen dos días propios y ellos apenas uno! (ya dije antes que en temas de belleza no hay comparación posible). Como gabelas propias de la jornada, las chicas obtienen aún más flores (todos los mercados que visité estaban bien surtidos), rebajas en las tiendas y dulces gratis en las cafeterías.
En fin, otro apunte etnográfico en la libreta. Continuará.
La primera independencia, la del imperio otomano, es el 28 de mayo. La moderna, el 21 de septiembre. Hay desfiles y exaltaciones patrióticas, porque tuvieron líos bélicos con sus vecinos azerbayanos (con quienes aún se llevan malísimamente mal).
En cuanto al año nuevo, se sigue el calendario armenio tradicional, con trece días de diferencia sobre el gregoriano. La costumbre establece que se ha de visitar a todos los parientes y amigos, y desearles parabienes. Como curiosidad culinaria, el plato más apreciado en las reuniones familiares es el arroz cocido con frutas y frutos secos.
Pero además de las ya mencionadas, encontramos otras fechas que gozan de reconocimiento social. Veamos una breve descripción de tres de ellas.
23 de febrero: el "Día de los hombres".
Sí, sí, tal como suena: el día del macho armenio. El cual ha de celebrarse a base de regalos, muchos regalos, buenos regalos. Hay que mimarle, pasarle generosamente la mano por el lomo, demostrarle que es lo más. Aunque en realidad esa generosidad sea interesada, se espera contraprestación.
Y a no demasiado tardar, por cierto: cada 8 de marzo llega la hora de pagar el principal más los intereses. Ese es el "Día de las mujeres".
Un inciso, con cierto punto de egoísmo: gran parte de las damas armenias con las que me crucé por la calle me parecieron bastante guapas. Sus contrapartes masculinos, pues... no, la verdad. Evidentemente, yo estaba contentísimo.
Retornando al asunto principal, el Día de las mujeres, más vale que todo el esfuerzo de agasajo que ellas han invertido durante el Día de los hombres les sea reintegrado con creces. Lo mínimo son toneladas de flores. Si no, directos a dormir al sofá o a la bañera. O al balcón, con el frío que hace...
Es ley de vida, pero resulta que existe una fecha desniveladora de la balanza: el 7 de abril, "Día de la belleza".
¡Menuda injusticia! ¡Ellas tienen dos días propios y ellos apenas uno! (ya dije antes que en temas de belleza no hay comparación posible). Como gabelas propias de la jornada, las chicas obtienen aún más flores (todos los mercados que visité estaban bien surtidos), rebajas en las tiendas y dulces gratis en las cafeterías.
En fin, otro apunte etnográfico en la libreta. Continuará.
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domingo, 4 de marzo de 2012
La historia de Tristán e Isolda.
Tristán no se lo esperaba. ¿No era el más fiel servidor del rey? El primero en las lides, el más audaz, el paladín de Cornualles.
Y tampoco Isolda. Ese hombre herido e indefenso que había hallado en la playa era precisamente aquél de quien había jurado venganza, el enemigo de su familia.
De manera que la sorpresa fue doble: amantes. Qué cosas pasan...
A Joseph Bédier le gustaba esta leyenda, de manera que en mil ochocientos y muchos se imaginó en el papel de un poeta medieval: ¿cómo reconstruirla a partir de los fragmentos originales? El resultado de su esfuerzo fue nuestro título de hoy: La historia de Tristán e Isolda.
Claro, nos vienen imágenes operísticas a la cabeza por cortesía de Wagner, otro que se interesó por el tema: ella le perdona la vida, le cura, y él regresa más tarde para llevarla como esposa a su soberano; tan humillada se siente, que prepara un veneno. Tristán adivina su intención, y aun así lo bebe. Isolda le arrebata la copa y hace lo propio, pero la dama de compañía lo había sustituido por un filtro de amor. A partir de ahí, cuatro horas de pasión, mua, mua, citas clandestinas, shhhhhh, traiciones, grrrrrr, duelos a acero desnudo, clinc, clinc, chas, y la culminación, el acabose, la repera, aaaaaah, la Liebestod.
Sin embargo la versión de Bédier no es igual, vamos a disfrutar de unos cuantos detalles novedosos. Preparaos para una novela de caballerías de tomo y lomo, en la que los elementos célticos se funden con los trovadorescos igual que quisieran hacer los labios de sus protagonistas.
Empieza narrando el nacimiento del héroe, vástago del rey Rivalén de Leonís y Blancaflor, hermana a su vez de Marcos de Cornualles. El duque Morgan ataca sus tierras, y como consecuencia de la guerra el bravo Rivalén ya no vuelve a su castillo de Kanoel. La reina espera a dar a luz y también abandona la vida. El mariscal Rohalt cuidará del pobre huérfano como si fuera de su propia sangre, para que el duque ignore su existencia.
Con el tiempo, el niño se convierte en un apuesto joven. El escudero Gorvenal se encarga de prepararle en artes que le serán de utilidad: manejar la espada, el escudo, el arco, el corcel, lanzar discos de piedra, odiar la mentira, cantar, tocar el arpa... ¿Qué más se puede pedir? Luego unos marineros le raptan, hay una tormenta, llega hasta la costa cercana a Tintagel...
Tras recuperar el trono de manos del usurpador, ha de hacer frente al Morholt, el enviado de Irlanda, que reclama un tributo de trescientos muchachos y trescientas doncellas al rey Marcos, su tío. Nadie más se atreve a desafiarle, pues se trata de un guerrero de fuerza descomunal.
En singular combate le vence, aunque él queda algo pachucho por culpa de una pica envenenada. Alegría en Cornualles, enfado entre los parientes del caballero irlandes; sobre todo, el resultado no le hace ninguna gracia a su sobrina. Ya adivinaréis de quién se trata... exacto, de Isolda. Isolda la Rubia, por más detalles.
Dado que no encuentran remedio a sus heridas, Tristán pide que le dejen en una barca a la deriva. Unos pescadores le encuentran y le llevan al puerto de Weisefort, donde casualmente reside la rubia, que también casualmente es diestra en plantas curativas.
Y bueno, desde ese encuentro inicial en el que ni fu ni fa, pasando por el instante en que ambos se dan cuenta de que son muy guapos, y cuando ya la cosa se pone al rojo vivo, ocurren docenas de aventuras. No falta un solo mito: si hablábamos de traición, aquí la tenemos por arrobas, así como batallas hasta en el desayuno, dragones, velludos gigantes, hechiceros jorobados, rescates in extremis, huidas, separaciones, etc. Dichoso filtro, origen de todos los males –o todos los bienes, según se mire–.
¿Una sola frase que me sirva para resumir? Sí, tengo una: ¡qué bien me lo pasé leyendo este libro!
Y tampoco Isolda. Ese hombre herido e indefenso que había hallado en la playa era precisamente aquél de quien había jurado venganza, el enemigo de su familia.
De manera que la sorpresa fue doble: amantes. Qué cosas pasan...
A Joseph Bédier le gustaba esta leyenda, de manera que en mil ochocientos y muchos se imaginó en el papel de un poeta medieval: ¿cómo reconstruirla a partir de los fragmentos originales? El resultado de su esfuerzo fue nuestro título de hoy: La historia de Tristán e Isolda.
Claro, nos vienen imágenes operísticas a la cabeza por cortesía de Wagner, otro que se interesó por el tema: ella le perdona la vida, le cura, y él regresa más tarde para llevarla como esposa a su soberano; tan humillada se siente, que prepara un veneno. Tristán adivina su intención, y aun así lo bebe. Isolda le arrebata la copa y hace lo propio, pero la dama de compañía lo había sustituido por un filtro de amor. A partir de ahí, cuatro horas de pasión, mua, mua, citas clandestinas, shhhhhh, traiciones, grrrrrr, duelos a acero desnudo, clinc, clinc, chas, y la culminación, el acabose, la repera, aaaaaah, la Liebestod.
Sin embargo la versión de Bédier no es igual, vamos a disfrutar de unos cuantos detalles novedosos. Preparaos para una novela de caballerías de tomo y lomo, en la que los elementos célticos se funden con los trovadorescos igual que quisieran hacer los labios de sus protagonistas.
«¡Ay de mí! ¿Qué he pensado? Isolda es vuestra esposa y yo vuestro vasallo. Isolda es vuestra esposa y yo vuestro hijo. Isolda es vuestra esposa y no puede amarme».
Pero Isolda lo amaba. Quería odiarlo, pues ¿no la había desdeñado vilmente? Quería odiarlo y no podía, irritada en su corazón por aquella ternura más dolorosa que el odio.
Brangel los observaba con angustia, más cruelmente atormentada aún que ellos, pues sólo ella sabía el mal que había causado. Pasó dos días espiándolos, vio cómo rechazaban todo alimento, toda bebida y todo consuelo, los vio buscarse como dos ciegos que avanzan a tientas el uno hacia el otro, desdichados cuando languidecían separados, más desdichados todavía cuando estaban juntos y temblaban ante el horror de la primera declaración.
Empieza narrando el nacimiento del héroe, vástago del rey Rivalén de Leonís y Blancaflor, hermana a su vez de Marcos de Cornualles. El duque Morgan ataca sus tierras, y como consecuencia de la guerra el bravo Rivalén ya no vuelve a su castillo de Kanoel. La reina espera a dar a luz y también abandona la vida. El mariscal Rohalt cuidará del pobre huérfano como si fuera de su propia sangre, para que el duque ignore su existencia.
Con el tiempo, el niño se convierte en un apuesto joven. El escudero Gorvenal se encarga de prepararle en artes que le serán de utilidad: manejar la espada, el escudo, el arco, el corcel, lanzar discos de piedra, odiar la mentira, cantar, tocar el arpa... ¿Qué más se puede pedir? Luego unos marineros le raptan, hay una tormenta, llega hasta la costa cercana a Tintagel...
Tras recuperar el trono de manos del usurpador, ha de hacer frente al Morholt, el enviado de Irlanda, que reclama un tributo de trescientos muchachos y trescientas doncellas al rey Marcos, su tío. Nadie más se atreve a desafiarle, pues se trata de un guerrero de fuerza descomunal.
En singular combate le vence, aunque él queda algo pachucho por culpa de una pica envenenada. Alegría en Cornualles, enfado entre los parientes del caballero irlandes; sobre todo, el resultado no le hace ninguna gracia a su sobrina. Ya adivinaréis de quién se trata... exacto, de Isolda. Isolda la Rubia, por más detalles.
Dado que no encuentran remedio a sus heridas, Tristán pide que le dejen en una barca a la deriva. Unos pescadores le encuentran y le llevan al puerto de Weisefort, donde casualmente reside la rubia, que también casualmente es diestra en plantas curativas.
Y bueno, desde ese encuentro inicial en el que ni fu ni fa, pasando por el instante en que ambos se dan cuenta de que son muy guapos, y cuando ya la cosa se pone al rojo vivo, ocurren docenas de aventuras. No falta un solo mito: si hablábamos de traición, aquí la tenemos por arrobas, así como batallas hasta en el desayuno, dragones, velludos gigantes, hechiceros jorobados, rescates in extremis, huidas, separaciones, etc. Dichoso filtro, origen de todos los males –o todos los bienes, según se mire–.
¿Una sola frase que me sirva para resumir? Sí, tengo una: ¡qué bien me lo pasé leyendo este libro!
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