Sin embargo, esta circunstancia me dio pie a recoger cierta leyenda, relacionada con una de las marcas de nicotina más populares del país: Akhtamar. De todo hay que sacar su lado positivo.
Tamar era una doncella que, como suele ocurrir en los cuentos, resultaba una verdadera monada. Bellísima, excelsa, sublime. Y además, simpática.
Tenía su residencia en una isla, en el centro del lago Van. Allí vivía feliz, entre sones de caramillo, guirnaldas de flores silvestres y suspiros de añoranza por su amor.
Ah, que Tamar estaba enamorada, ¿qué os creíais? Incluso las modelos de pasarela son personas, sujetas por tanto a esos golpeteos del músculo cardíaco sobre los barrotes de su prisión. La hermosa bebía los vientos por...
Anda, pues no apunté cómo se llamaba, pero tampoco resulta demasiado relevante. Para el caso, denominémosle "el príncipe azul".
Ignoro igualmente cómo se conocieron, si ella estaba tomando un baño cuando la barca de él acertó a pasar por allí y ¡zas!, flechazo. Aunque no, barca no debía de tener, ni siquiera tabla de surf, tal como se desarrolla después la historia.
Resulta que a los vecinos de Tamar no les caía bien ese novio. Era de otro pueblo, cruzando el lago, lo cual resultaba sospechoso. A lo mejor traía costumbres diferentes, como ponerse los pantalones empezando con la pernera izquierda en lugar de la derecha, como todo el mundo sabe que ha de hacerse.
Y cada noche, se iban a dormir confiados en que las aguas detendrían las ardientes aspiraciones de ambos jóvenes. Pero no contaban con que la fortuna favorece a los audaces, y la recompensa de besos, abrazos y demás arrumacos era para los dos tan irresistible como para desafiar al mayor de los peligros.
Al caer el sol, el Van se volvía turbio. Por ello, Tamar encendía un fanal en la orilla, y su chico se lanzaba a nadar en pos de la luz. Brazada, brazada, brazada... Weissmüller, Spitz, Phelps, pandilla de aficionados domingueros.
Pero... ooooooh, he aquí que la fatalidad se cirnió sobre los amantes. Los vecinos descubrieron el engaño a las ordenanzas municipales que estaba ocurriendo frente a sus propias narices, y vengativamente, un crepúsculo sin luna, apagaron a la fuerza la llama de la salvación.
¡Qué gentuza! El príncipe azul, que ya se había puesto en camino, se encontró de repente sin faro. Y desesperado, a ciegas, sin poder adivinar hacia dónde dirigirse, se ahogó.
Sus últimas palabras, con voz tan potente para que todos pudieran escucharlas (y algún escribano trasladar al pergamino), fueron: «¡Akh, Tamar!» Lo que viene a significar «¡Ay, Tamar!». Así, el nombre ganó la inmortalidad; hasta convertirse en reclamo de cigarrillos, no había más que un paso.
Y esto ha sido todo por hoy, siento la ausencia de final feliz. No obstante, para compensar, tenemos la canción que se me ha ocurrido como acompañamiento. Pertenece el disco Ayre, de Eduardo Golijov, y la toca a la guitarra su propio autor, Gustavo Santaolalla, con la voz de Dawn Upshaw. Disfrutad.
Suéltate las cintas de tu cabello y la falda
y devoremos la noche hasta el alba, así,
muchachita descalza.
No necesitamos cielo si vos tenés a mi espalda
y yo la luna enlazada, así,
tu cintura de plata.
Si mañana en el pueblo te ríes sola, espera,
no digas el secreto en que me llevas, así,
junco, flor, miel y arena.





