sábado, 15 de diciembre de 2012

La leyenda de Bibi Khanum

Estos fueron los avatares de la construcción de la mezquita de Bibi Khanum, tal como me los relataron los sabios en Samarcanda.

Andaba una vez el emperador Tamerlán trabajando en lo suyo fuera de casa: unos pillajes, unos saqueos, unos incendios, unas cabezas cortadas… La rutina.

Mientras tanto, a su mujer Bibi Khanum se le ocurrió prepararle una sorpresa para la vuelta. Pensó: «Vamos a construirle una mezquita a lo grande. Pero grande, grande. La puerta la ponemos de treinta y tantos metros de alto. Que venga el arquitecto de la corte».

Y así empezaron los trabajos, a mayor gloria y prez del ladrillo.

Hasta que un día…

–Arquitecto, ¿esto va un poco lento, no? ¿Te falta argamasa, pintura, esclavos? ¿Qué necesitas?
–Un besito.
–¿Eh?

Ahí lo tenéis, el arquitecto había caído prendado de la sin par Bibi Khanum, y para concluir el encargo exigía darle un beso en la mejilla.

Mira que hay tíos lelos por el mundo. Pudiendo pedir amatistas, rubíes y topacios…

Claro, la emperatriz le contestó que como se enterase su marido del atrevimiento, le iba a hacer pupa.

Y el hombre, dale que te pego con su ósculo. O beso o paraba la obra.

Ella cedió. Si nadie se enteraba…

Él acercó sus labios enfebrecidos.

Chuic.

Hala, ya está.

Cuando los separó, a su majestad le había entrado un buen sofoco.

Es que Tamerlán no la besaba así. En lo de cortar cabezas sería un hacha, nunca mejor dicho, pero en lo de los cariñitos… El roce del arquitecto, que iba como una moto (o como un camello turbodiésel recalentado), le dejó una marca en la mejilla.

Entre nosotros, esta parte de la historia la escuché un poco escéptico. ¿No habría estado comiendo dátiles y tenía los labios pringosos?

Sea como sea, los dos quedaron más que contentos de la experiencia. La emperatriz le regaló un anillo a su admirador y este por su parte levantó lo que quedaba. Me refiero al edificio.

Por fin, el rey de reyes regresó de sus correrías.

–Hola, cariño. Te voy a enseñar lo que hemos hecho en tu ausencia.

«Ajá, hum, oooooh». De esta manera iba expresándose según recorría las estancias.

–En el centro podemos poner una fuente, aquí y allá plantamos árboles, en aquella esquina unas alfombras…

Fue entonces cuando Tamerlán reparó en la marca sobre la piel de la hermosa Bibi Khanum. Y se mosqueó.

–Por cierto, este que te hace la reverencia es el artista que lo ha diseñado. Salúdale.

El terror de las estepas se quedó mirando el anillo que el otro no había dudado en lucir. Huyyyyyy, gato encerrado. Ese brillo de mala leche en su mirada no auguraba venturas para nadie.

El arquitecto, que lo notó, se puso a trabajar como un poseso en un medio de locomoción que tenía en mente.

Y cuando por fin apareció la guardia timúrida para tener unas palabritas de parte de su jefe, se fue volando. Literalmente.

Había fabricado unas alas gigantes y, agitándolas mucho, que le echaran un galgo. Dicen que su rastro se perdió en dirección a Isfahán.

¿Y qué ocurrió con Bibi Khanum? Dicen también que se avino con su marido. Para ponerla a prueba, este la ordenó que entrara en el palacio y volviera a salir con aquello que él más apreciase, lo más valioso del reino. Si acertaba, bien; si no…

La emperatriz se presentó ante él sin nada, monda y lironda. De donde se deducía que ella misma era el mayor tesoro.

Pues nada más. Colorín, colorado…



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