domingo, 25 de noviembre de 2012

Más metro, más.

Metro de Madrid, nuevamente. Entro, me siento y… no hay mucho que adivinar: abro mi libro.

Hay pocas cosas capaces de distraerme cuando voy concentrado en una buena lectura. Y desde luego, ninguna de ellas es previsible que ocurra a lo largo de un túnel de mortecinos fluorescentes, en un vagón que transporta a mustios ciudadanos como yo de vuelta a casa, tras una agotadora jornada laboral que… que… qué pierna tan interesante ha aparecido de repente sentada a mi lado. Está enterita: tiene su tobillo, y su pantorrilla, y su hueco poplíteo, y…

–(…)

Escucho hablar algo que sin duda es alemán. ¿Con acento mecklemburgués-antepomeranio? Eso explicaría que no me haya enterado ni de media palabra, los acentos se me dan fatal. Giro discretamente el ojo para cerciorarme y me doy cuenta de que en realidad allí no hay uno, sino ¡dos! pares, ¡dos!, de extremidades inferiores de larguísimo recorrido, con sus tobillos, y sus pantorrillas, y sus huecos poplíteos, etc. etc.

Bueno, tampoco es para tanto –me consuelo–. Uno ya es una persona adulta, de pelo en pecho, y vistos unos cuantos huecos de esos es como si se hubieran visto diez mil. Volvamos a la novela: parece que Elsie  estaba a punto de decirle a Patrick que…

Excuse me, do you speak English?

Ahora ya no giro el ojo, sino el torso entero. Una representante de la gran nación teutona se dirige a mí en lengua franca internacional; si todo el mundo se pone a sus órdenes cuando llama por teléfono la Merkel, ¿cómo voy a ser yo menos con este pedazo de compatriota suya frente a frente?

Yes, I do.

En aras de la mejor comprensión lectora, mostraré a continuación nuestro intercambio de impresiones ya traducido. Por ejemplo, la traducción literal de Yes, I do sería algo como: «Pues sí». No obstante, todo buen intérprete ha de saber elevarse sobre la simpleza de lo literal, buscando el matiz, el tono, el sentido implícito entre líneas. Lo que yo llamo traducción contextual: «Pues sí, tiremos ahora mismo del freno de emergencia, salgamos a la superficie y tengamos muchos hijos. Primero un pequeño Papageno, después una pequeña Papagena, más tarde otro Papageno, luego otra Papagena»...






–¿En qué estación tenemos que bajarnos para llegar aquí?

Me enseña un papel en el que se lee: Barrio de la Justicia, Calle de Larra.

No se me escapan los detalles simbólicos de la nota. La justicia bien podría estar representada por el juez que dice eso de «en virtud de las facultades que me han sido otorgadas, os declaro desde este momento»… Y Larra era un escritor romántico, ¿no? ¿Qué más señales del destino son necesarias?

Descendiendo a la triste realidad, no tengo ni idea de por dónde para esa calle.

–Lo siento, pero… –y en ese momento se me ilumina el magín. ¡Por favor, si estamos en pleno siglo XXI!

Extraigo el teléfono móvil. Botón de aplicaciones. Botón de mapas. Introducir la localización. Enter.

No hay cobertura. Cachis…

No me falles ahora. No me falles, tecnología, no me falles, que la Fräulein está pendiente de cada uno de mis gestos, decidiendo si me interviene o no me interviene. Enter, enter, enter.

Larra, paralela a Fuencarral, esquina con Barceló. Te adoro, red universal de comunicaciones inalámbricas, mua, mua, mua.

–Tenéis que seguir hasta Tribunal.

Esa es la traducción literal. La otra: «Yo te acompaño, bella Hildegarda. ¿Te gusta la ciudad? ¿Necesitas un cicerone que te enseñe sus monumentos, que te muestre sus palacios, que te acompañe a sus garitos, que camine bien pegado a ti en sus callejones oscuros, que»…?

–Gracias –y deja de prestarme atención, devolviéndosela a su amiga.

Vuelvo al libro, pero muy herido ante su falta de sensibilidad por las traducciones contextuales. Al poco alcanzamos mi propia estación de transbordo; me levanto y con el corazón en la mano le dedico una última palabra en su propio idioma.

Tschüss.

Traducción literal: «adiós». Significado: «Oh, diosa nórdica, ya que en tu pueblo sois igual de tacaños a la hora de las demostraciones afectivas que el gobernador del Bundesbank para soltar la guita, parto con tristeza a hallar consuelo en las estepas del Asia Central. Mientras recorro su árida inmensidad, entre rocas y escorpiones, al mirar hacia el firmamento rememoraré las pupilas que ahora brillan ante mí».

Las puertas están a punto de cerrarse. Y entonces ella…