domingo, 25 de noviembre de 2012

En el metro (IV)

−Jo, tía…

Reunión de quinceañeras alrededor de la barra. La del metro, quiero decir.

−A mí me ha salido que soy de Huffelpuff.

Ah, mira, un tema literario.

−Halaaa, a mí también. Huffelpuff mola, Gryffindor es un asco.
−Eh, que yo soy de Gryffindor.
−Claro, es que tú eres vasca.
−¿Y…?

Eso mismo me pregunto yo. ¿Y?

−Pues que sólo a ti se te ocurriría ir a pelear con Voldemort con esa varita como una cuchara de cocinero.

−Ja, ja, ja, oye, ¿os gusta mi nuevo eyeliner? Es verde porque se les había acabado el negro, y creo que…

La parte extraliteraria ya no me interesa. Desconecto.



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domingo, 18 de noviembre de 2012

El terror

Bodas. Esponsales. Ceremonias nupciales.

Escalofríos cuando recibo los tarjetones de invitación. Porque el enemigo jamás descansa. La sombra que siempre me acecha querrá encararse conmigo una vez más, exhalándome su aterrador aliento.

Es como si lo viera. Según van avanzando las manecillas del reloj, los entrantes, la vichysoisse, el sorbete de limón, la carne o el pescado, la tarta, el café, me vuelvo más parco en la conversación con mis vecinos de mantel: «Sí, no, ajá, quizás, hum…».

Incluso llego a cortar la ingesta de bebidas espirituosas. Sólo levanto la copa de agua.

Necesito mantener todos mis sentidos alerta. Necesito buscar el mejor sitio para ocultarme. Detrás de aquella columna, entre las hojas de aquella planta tan frondosa, cerrando el pestillo en el cuarto de baño…

El momento que temo se va acercando. La gota de sudor frío se instala permanentemente en mi nuca.

El momento en que… ¡Oh, no, ya empiezan!

¡La gente sale a la pista!

Presa del pánico, olvido las precauciones con el licor que había tenido hasta entonces. ¡Rápido, camarero, tráigame cualquier cosa! En vaso largo, que pueda excusarme por estar ocupado sosteniéndolo. Ah, y con hielo: on the rocks, muchos, muchos rocks, que tarden en derretirse.

A pesar de ello, existe el riesgo de que alguien se acerque, llegue a atisbar mi presencia en el escondrijo elegido e insista en que abandone mi bucólica paz: «¿Pero qué haces ahí? Venga, a mover el esqueleto, ¡cumbia, salsa, macarena!».

Sí, hombre, y lambada, ¿no te fastidia? Y mambo, y Paquito el chocolatero…

Y yo, el color de la faz ascendiendo a los tonos más cálidos de la escala cromática, niego con la cabeza. Los nudillos se aferran con fuerza al cristal del vaso.

«¡Que están ahí las amigas de la novia, a ellas, tigre!».

Los servidores del terror, el ejército oscuro, salen de todas partes. Me agarran del brazo, me empujan, pretenden arrastrarme sobre el entarimado, hacerme perder el sentido del equilibrio, de la dignidad y quién sabe qué otras maldades.

El pánico hace bombear mi sangre. Huyo, escapo perseguido por sus rítmicos pies, por la voracidad de los altavoces que retumban a mi alrededor, enloqueciéndome.

No, no, no… ¡No me atraparéis!

El terror…


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