martes, 19 de junio de 2012

Memorias encontradas en una bañera

Stanislaw Lem escribió Memorias encontradas en una bañera alrededor de 1960. Muchas cosas han pasado desde entonces. Y sin embargo, ¿por qué esta novela sigue manteniendo un aura de credibilidad bajo su ropaje satírico? ¿Se trata verdaderamente de un futuro que ya no puede cumplirse?
Entré en la secretaría muy impresionado por mi conversación con el Jefe. Las secretarias estaban pintándose y removiendo su té. Del tubo neumático del correo saltó un legajo de papeles con mi nombramiento firmado por el general. Una de las funcionarias estampó en todos el sello «alto secreto» y los entregó a otra que anotó todo el fascículo en un registro; acto seguido el registro fue cifrado con una máquina manual, la clave del cifrado destruida ante una comisión, y todos los originales quemados. La ceniza, después de cribarla y anotar en otro registro, quedó sellada en un sobre lacrado con mi número encima y fue enviada inmediatamente a la cámara del tesoro subterránea. Aturdido por la inesperada marcha de los acontecimientos, no pude dedicar la atención debida a este complicado procedimiento. Las enigmáticas frases del general se referían, sin duda alguna, a asuntos tan secretos que sólo se podía hablar de ellos en términos alusivos. Tarde o temprano alguien tenía que esclarecerme el misterio, ya que de otra manera no podría cumplir mi Misión. Ni siquiera sabía si mi nombramiento tenía algo que ver con el documento perdido, pero esta duda quedaba desvaída ante mi imprevisto ascenso.

Dentro de algunos siglos, los historiadores estudiarán extrañados la época actual, el Neogeno Tardío. Apenas quedan evidencias de nuestros logros, aunque se supone que habíamos alcanzado la cúspide de la civilización. Más nos valdría haber legado inscripciones en piedra, ya que, cuando una sonda de exploración espacial volvió a la Tierra transportando el catalizador alienígena que desintegraba el papyr, todo se derrumbó.

Papyr, un término cuyo influencia sobre la vida de los individuos aún se discute por los expertos. Algunos plantean que quizá fuera una deidad con múltiples encarnaciones: Thoolar, Bool-Sah o Kap-Eh-Taal, por ejemplo, de culto ampliamente extendido. De lo que no cabe duda es que todo el saber científico se depositaba en él. Su pérdida supuso el gran colapso.

Por ello es tan importante el hallazgo arqueológico de un complejo de túneles bajo las Montañas Rocosas. Allí, en una bañera, bajo los restos de dos esqueletos, ha aparecido un rollo con el relato de alguien que lo presenció de primera mano: Las notas de un hombre del Neogeno.

Lem es un escritor extraordinario, y este libro supone una de sus mejores creaciones. No es difícil identificar una crítica al "sistema" en un sentido amplio, a través de un protagonista que deambula por pasillos y oficinas de un inmenso refugio atómico, desde las cuales se dan órdenes contra unos presuntos enemigos a las que ya nadie hace caso, donde el poder es... de papel.

Y nada más por hoy. Hala, a disfrutar.
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