sábado 7 de enero de 2012

Corto de vista.

Aunque las maravillas del láser me permitan transitar ahora por el mundo sin parabrisas, como miope de pura raza no puedo olvidar la época de mi vida en que la primera preocupación matutina consistía en averiguar al tacto dónde había dejado las gafas.

Por ejemplo, en secundaria resultaba una hazaña saltar sin su ayuda los aparatos de gimnasia. Yo distinguía unas formas borrosas a lo lejos, y mientras tomaba carrerilla pensaba: "bueno, cuando llegue justo al lado del potro, ya me daré cuenta". Efectivamente me daba cuenta, aunque fuera gracias a otro sentido, el del oído. La señal para estirar los brazos y tomar impulso era el suspiro de terror del resto de la clase, convencidos de que, a esa velocidad y dada la escasa distancia que me separaba del obstáculo, la prueba del salto mortal iba a hacer honor a su nombre.

¿Y durante la universidad? La existencia no era fácil para los que usábamos modelos del tipo "Volvo" sobre la nariz, con formas cuadriculadas, de sólido acero, que dejaban marcas en el caballete. El caso es que teníamos tendencia a despojarnos de ellos al cruzarnos con compañeras de buen ver (¡qué contrasentido!). Confiábamos en dar esquinazo al mandato de la naturaleza, por el que sólo los ejemplares físicamente sin tacha están llamados a perpetuar la especie. Sin embargo, el arquitecto que había dispuesto los traicioneros escalones en los pasillos de la facultad resultaba de lo más darwinista, y en ausencia de vidrios que dieran nitidez a nuestros pasos, uno se arriesgaba a dejarse los dientes por girar un poco la cabeza.


Sí, lo reconozco, las lentillas vinieron a paliar estos problemas. No obstante, tampoco resultaban la solución universal. No podía bañarme con ellas puestas, y si me iba de vacaciones a la playa, resultaba una pequeña aventura encontrar de nuevo la toalla al salir del agua. Me hacía un mapa mental, como quien busca un tesoro: treinta pasos a la izquierda de aquella palmera grande, rodeando a la señora del helado, pasando junto a la tumbona roja, a tantos grados de ángulo sobre la vertical del Sol. Ja... ¿Y si a la vuelta habían plantado una sombrilla donde antes no estaba? ¿Y si el helado se había evaporado? ¿Y si la Tierra se había movido de su posición?

Sin mencionar un hecho de enorme trascendencia para mi formación emocional: más allá de vagas siluetas, me perdía "el panorama", la exhibición de las epidermis, la gran fiesta de los cuerpos serranos tomando el sol, jugando al frisbee o correteando voluptuosamente en la orilla. Todo ello le estaba vedado a la agudeza de mis ojos. Qué triste.

Con tales antecedentes, ¿cómo sorprenderse de mi reacción facial de incredulidad, cuando no de abyecto terror, tras escuchar recientemente unas cifras por boca de alguien que vestía bata blanca?

–Una veinticinco en el derecho, y una cincuenta en el izquierdo.

Aaaaaaaaah, ¡me han vuelto a subir las dioptrías! ¡Una cincuenta! Entonces, entonces... ¿Volverán los tiempos oscuros, los días de nieblas y penumbras? ¿Volveré a parecer un intelectual en lugar de un intrépido aventurero, como Indiana Jones cuando da clase en lugar de andar por ahí descubriendo arcas perdidas?

No me lo puedo creer...

6 comentarios:

Winnie0 dijo...

Yo nUNCA me apañé con las gafas. Siempre he sido (porque ha sido posible) de lentillas....¡menos mal! Un besito

Monique LaMer dijo...

Oh, Mannelig, tú también perteneces a este amplio club?Cuando me libré de las gafas y las lentillas un primo mío, miope también, me dijo que no olvidara nunca que en el fondo de mis genes seguía siendo una cuatro ojos; resulta muy tentador olvidarse cuando por la mañana abro los ojos y lo veo todo nítido y perfecto.
No podías bañarte con las lentillas? Hombre, yo no buceaba, pero en la playa las llevaba, porque si no, no veía absolutamente nada....Y no te preocupes si vuelven a ponerte gafas: seguro que te dan un aire interesante. :D

Edurne dijo...

Yo no soy miope, que ahora mismo, hasta desde mi orilla te puedo ver!
;)

Pero tengo una presbicia que no "veas"...!
Y para mí las gafas, colgantes, se han convertido en mi atuendo decorativo por excelencia, me las quito cuando se me cae el libro de las manos en la cama, y me las cuelgo de nuevo cuando pongo los dos pies en la alfombra por la mañanita...

Nadie es perfecto, ayyy!
;)

Miguel Baquero dijo...

Tío, benvenido al club. Yo me operé de miopía hace como ocho años, dejándome todos los ahorros, pero estaba maravillado de la vida. Sin embargo, de un tiempo acá cada vez veo peor y cuando me hice la revisión anual del trabajo me dijeron que tenía que graduarme la vista...

UFRV dijo...

Ay, qué me vas a contar... los ratos en la playa eran un horror. Lo mío no es la miopía sino el astigmatismo, pero el resultado es el mismo.

Por desgracia (realmente suerte, ahora lo verás) nunca me decidí a operarme porque con 5 dioptrías de astigmatismo te dicen los cirujanos que bueeeno, es que verás... puede que quedes más o memos bien...

Pero entonces cumplí la cuarentena. Y empecé a tener que quitarme las gafas porque veía mejor sin ellas que con ellas. Casi me alegré. Hasta que decidí ir a la Óptica. Y en mayo de 2011 me pusieron lentes progresivas. Presbicia, ¡a mi edad!

Vamos, que entiendo tu padecimiento. Pero ten tranquilidad, que la presbicia solo afecta a la visión de cerca. Podrás seguir disfrutando de las bonitas vistas de pigmentadas epidermis veraniegas. Siempre y cuando estén a más de un metro de distancia. Si estuvieren más cerca, tendrás que utilizar el sentido del tacto (cosa que, por otro lado, no es mala perspectiva, ¿no crees? :-D)

Netomancia dijo...

Ánimo don Mannelig, toda mi vida disfruté de una gran vista y desde hace cuatro años debo ver el mundo a través de cristales. Al menos, pienso, ahora lo veo.
Aunque hay cada cosa para ver que a veces pienso en arrojarlos lejos... ja.
Un abrazo!