jueves, 20 de diciembre de 2012

Últimas horas

Estaba yo hace un rato escuchando a Boris Kovač
Just imagine:
There is only one starry night left till the end of this world.
What would we do?
Some would be despairing, hopelessly.
Some would gather their riches and take them with them full of hope.
Some would pray to God in faith.
Some would enter the bacchanalia to pleasure themselves.
Some would spend the last intimate moment with their nearest and dearest love.
(…)
Y caí en la cuenta de que efectivamente a lo mejor mañana se acaba todo, como hay quienes andan pregonando.

A mí, la verdad, me pilla en mal momento. Mejor lo dejamos para otro día.

¿Pero qué haría en tal caso? ¿Desesperarme, juntar "mis riquezas", rezarle a algún dios, apuntarme a una bacanal?

En fin, si esto fuera la despedida, ha sido un placer. Y si no, un placer mayor.

Voy a apagar el ordenador, a ver si encuentro una bacanal de esas por algún sitio. Porque ya con tantas prisas, encontrar a my nearest and dearest love, pues…


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sábado, 15 de diciembre de 2012

La leyenda de Bibi Khanum

Estos fueron los avatares de la construcción de la mezquita de Bibi Khanum, tal como me los relataron los sabios en Samarcanda.

Andaba una vez el emperador Tamerlán trabajando en lo suyo fuera de casa: unos pillajes, unos saqueos, unos incendios, unas cabezas cortadas… La rutina.

Mientras tanto, a su mujer Bibi Khanum se le ocurrió prepararle una sorpresa para la vuelta. Pensó: «Vamos a construirle una mezquita a lo grande. Pero grande, grande. La puerta la ponemos de treinta y tantos metros de alto. Que venga el arquitecto de la corte».

Y así empezaron los trabajos, a mayor gloria y prez del ladrillo.

Hasta que un día…

–Arquitecto, ¿esto va un poco lento, no? ¿Te falta argamasa, pintura, esclavos? ¿Qué necesitas?
–Un besito.
–¿Eh?

Ahí lo tenéis, el arquitecto había caído prendado de la sin par Bibi Khanum, y para concluir el encargo exigía darle un beso en la mejilla.

Mira que hay tíos lelos por el mundo. Pudiendo pedir amatistas, rubíes y topacios…

Claro, la emperatriz le contestó que como se enterase su marido del atrevimiento, le iba a hacer pupa.

Y el hombre, dale que te pego con su ósculo. O beso o paraba la obra.

Ella cedió. Si nadie se enteraba…

Él acercó sus labios enfebrecidos.

Chuic.

Hala, ya está.

Cuando los separó, a su majestad le había entrado un buen sofoco.

Es que Tamerlán no la besaba así. En lo de cortar cabezas sería un hacha, nunca mejor dicho, pero en lo de los cariñitos… El roce del arquitecto, que iba como una moto (o como un camello turbodiésel recalentado), le dejó una marca en la mejilla.

Entre nosotros, esta parte de la historia la escuché un poco escéptico. ¿No habría estado comiendo dátiles y tenía los labios pringosos?

Sea como sea, los dos quedaron más que contentos de la experiencia. La emperatriz le regaló un anillo a su admirador y este por su parte levantó lo que quedaba. Me refiero al edificio.

Por fin, el rey de reyes regresó de sus correrías.

–Hola, cariño. Te voy a enseñar lo que hemos hecho en tu ausencia.

«Ajá, hum, oooooh». De esta manera iba expresándose según recorría las estancias.

–En el centro podemos poner una fuente, aquí y allá plantamos árboles, en aquella esquina unas alfombras…

Fue entonces cuando Tamerlán reparó en la marca sobre la piel de la hermosa Bibi Khanum. Y se mosqueó.

–Por cierto, este que te hace la reverencia es el artista que lo ha diseñado. Salúdale.

El terror de las estepas se quedó mirando el anillo que el otro no había dudado en lucir. Huyyyyyy, gato encerrado. Ese brillo de mala leche en su mirada no auguraba venturas para nadie.

El arquitecto, que lo notó, se puso a trabajar como un poseso en un medio de locomoción que tenía en mente.

Y cuando por fin apareció la guardia timúrida para tener unas palabritas de parte de su jefe, se fue volando. Literalmente.

Había fabricado unas alas gigantes y, agitándolas mucho, que le echaran un galgo. Dicen que su rastro se perdió en dirección a Isfahán.

¿Y qué ocurrió con Bibi Khanum? Dicen también que se avino con su marido. Para ponerla a prueba, este la ordenó que entrara en el palacio y volviera a salir con aquello que él más apreciase, lo más valioso del reino. Si acertaba, bien; si no…

La emperatriz se presentó ante él sin nada, monda y lironda. De donde se deducía que ella misma era el mayor tesoro.

Pues nada más. Colorín, colorado…



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domingo, 25 de noviembre de 2012

En el metro (IV)

−Jo, tía…

Reunión de quinceañeras alrededor de la barra. La del metro, quiero decir.

−A mí me ha salido que soy de Huffelpuff.

Ah, mira, un tema literario.

−Halaaa, a mí también. Huffelpuff mola, Gryffindor es un asco.
−Eh, que yo soy de Gryffindor.
−Claro, es que tú eres vasca.
−¿Y…?

Eso mismo me pregunto yo. ¿Y?

−Pues que sólo a ti se te ocurriría ir a pelear con Voldemort con esa varita como una cuchara de cocinero.

−Ja, ja, ja, oye, ¿os gusta mi nuevo eyeliner? Es verde porque se les había acabado el negro, y creo que…

La parte extraliteraria ya no me interesa. Desconecto.



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domingo, 18 de noviembre de 2012

El terror

Bodas. Esponsales. Ceremonias nupciales.

Escalofríos cuando recibo los tarjetones de invitación. Porque el enemigo jamás descansa. La sombra que siempre me acecha querrá encararse conmigo una vez más, exhalándome su aterrador aliento.

Es como si lo viera. Según van avanzando las manecillas del reloj, los entrantes, la vichysoisse, el sorbete de limón, la carne o el pescado, la tarta, el café, me vuelvo más parco en la conversación con mis vecinos de mantel: «Sí, no, ajá, quizás, hum…».

Incluso llego a cortar la ingesta de bebidas espirituosas. Sólo levanto la copa de agua.

Necesito mantener todos mis sentidos alerta. Necesito buscar el mejor sitio para ocultarme. Detrás de aquella columna, entre las hojas de aquella planta tan frondosa, cerrando el pestillo en el cuarto de baño…

El momento que temo se va acercando. La gota de sudor frío se instala permanentemente en mi nuca.

El momento en que… ¡Oh, no, ya empiezan!

¡La gente sale a la pista!

Presa del pánico, olvido las precauciones con el licor que había tenido hasta entonces. ¡Rápido, camarero, tráigame cualquier cosa! En vaso largo, que pueda excusarme por estar ocupado sosteniéndolo. Ah, y con hielo: on the rocks, muchos, muchos rocks, que tarden en derretirse.

A pesar de ello, existe el riesgo de que alguien se acerque, llegue a atisbar mi presencia en el escondrijo elegido e insista en que abandone mi bucólica paz: «¿Pero qué haces ahí? Venga, a mover el esqueleto, ¡cumbia, salsa, macarena!».

Sí, hombre, y lambada, ¿no te fastidia? Y mambo, y Paquito el chocolatero…

Y yo, el color de la faz ascendiendo a los tonos más cálidos de la escala cromática, niego con la cabeza. Los nudillos se aferran con fuerza al cristal del vaso.

«¡Que están ahí las amigas de la novia, a ellas, tigre!».

Los servidores del terror, el ejército oscuro, salen de todas partes. Me agarran del brazo, me empujan, pretenden arrastrarme sobre el entarimado, hacerme perder el sentido del equilibrio, de la dignidad y quién sabe qué otras maldades.

El pánico hace bombear mi sangre. Huyo, escapo perseguido por sus rítmicos pies, por la voracidad de los altavoces que retumban a mi alrededor, enloqueciéndome.

No, no, no… ¡No me atraparéis!

El terror…


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domingo, 28 de octubre de 2012

En el metro (III)

Hay quien se toma los paros del metro, y los consiguientes apelotonamientos, con pésimo humor. Bien maldice a la multitud para que le dejen abandonar el vagón, bien replica al desesperado con amenazas de vudú por pretender atravesar un espacio adquirido a sangre y fuego. Ya no digo nada cuando el número de los que esperan para entrar es mayor de los que consiguen salir.

¡Ah, la especie urbanita! El caso es que iba yo el viernes por la tarde total y absolutamente prensado. No cabía ni un parroquiano más.

Llegamos a una estación. Andén de bote en bote. Pocos desertores de nuestra comunidad regularmente avenida. Nuevas sardinas que quieren introducirse a toda costa en la lata.

Y una demoiselle pelirroja que se pega a mí cual político a su sillón de escay.

Pardon, me dijo sonriente.

Detrás de ella, otra media docena de galas lanzaban alegres grititos por la aventura de no separarse.

Asentí en silencio. Lo mío son las lenguas nórdicas, nacidas en los umbríos bosques de Teutoburgo. El francés se me resiste.

Sonó el silbato. De forma inverosímil, el tren arrancó con más ocupantes.

No se podía girar el tronco, no se podía mover la cabeza, no se podía obedecer la regla de nunca mirar a los ojos. ¿Conseguir doblar el codo para sostener frente al rostro alguna lectura? ¡Ja!

Con espíritu de caballero, intenté ponérselo más fácil a la recién llegada: dejé de respirar.

Llenar de continuo los pulmones ensancha el perímetro torácico.

No obstante, tras otras dos estaciones, el contacto había alcanzado el nivel de la fusión. Ignoro si fría o caliente, pero seguro que los resultados encenderían al menos una bombilla.

El altavoz anunció que habíamos llegado a la mía. Pardon, repetí a mi vez, retorciéndome, culebreando para escapar.

Creí distinguir una pizca de satisfecho arrebol en sus mejillas.

Al llegar a casa empecé a considerar si convendría que mejorase mi francés.

Es que la semana que viene hay más paros.




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sábado, 20 de octubre de 2012

Y decirte...

Resulta difícil de explicar, pero de repente lo supe. Me avisó una percepción más allá de la vista, el gusto, el aroma, el tacto y el oído. Un sexto sentido que tensó cada fibra de mi cuerpo.

Yo llevaba en mis manos el alimento de la jornada, y la idea era calentarlo en el microondas. Con la paciencia del cazador que acecha en silencio a su presa, así contemplaba la tartera dando vueltas tras el cristal.

Y de repente lo supe. Sentí una presencia que...

Aún intenté comportarme con dignidad, sabedor de lo fútil del gesto.

Aún quise meter tripa y sacar pecho, todavía me esforcé en recordar si por la mañana me había echado la colonia de la suerte.

Tuve el tiempo justo para lamentar haber cogido una camisa arrugada del armario y haber postergado un par de semanas la visita al peluquero.

Porque sonó el timbre, saqué mis guisantes con jamón de york, me giré y…

Ella estaba allí.

Ella en persona.

La bella más bella de las bellas del comedor.

Glub...

Miraba a través de mí, con patente disgusto por tener que compartir el electrodoméstico con gusarapos. Mudo, avergonzado, con los calcetines escurriéndoseme temblorosos por las pantorrillas, salí pitando.

Cuando lo que hubiera querido decirle es…



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domingo, 7 de octubre de 2012

Sueños raros

Soñé que esperaba en la parada del autobús. Pasó una avioneta y me recogió.

En vez de volar, nos deslizamos por el asfalto. De repente, otra avioneta se saltó un ceda el paso, lo que provocó la airada respuesta del piloto. Después me dijo que había obras en la calzada. Fin de trayecto.

Me apeé y sonó el despertador.



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lunes, 1 de octubre de 2012

El oro del Rhin

Como decían de la tónica, creo que a quien no le guste la ópera es porque la ha probado poco. Hay otros géneros, de acuerdo, y también otros estilos, y en todos pueden alcanzarse elevadas cumbres. Pero la ópera es a la música como la novela a la palabra escrita: la culminación.

Por eso, en una labor desinteresada, altruista, pensando en el bien de nuestros tataranietos, intentaré describir en sucesivas entradas algunos ejemplos de este arte tal como yo los siento. Hoy toca El oro del Rhin. ¡Heda, heda, hedo!





El oro del Rhin es el prólogo de la famosa Tetralogía de Wagner. Richi, para los amigos (los deudores le llamaban de otra forma). El asunto comienza cuando un tipo renegrido, con muy mala baba e intenciones sospechosas (*) sale de una cueva y se acerca hasta el río. Allí se encuentra con unas chavalas que están para mojar pan, haciéndose aguadillas.

(*) Nota: por alguna extraña razón, la gente suele asociar la palabra «nibelungo» con un cachas nórdico de firmes pectorales, pantorrillas de gimnasio y rubia cabellera, cuando se trata de señores de escasa estatura que viven bajo tierra, se lavan poco y no se espulgan la barba. Espero haber contribuido a aclarar el error popular.

Pues el nibelungo este, que se llama Alberich, intenta hacerse amigo de alguna de las Hijas del Rhin. Pero amigo de los de roce. Woglinde, Wellgunde, Flosshilde, lo mismo le da. Y ellas, que tienen el listón bastante alto, le toman el pelo. Como consecuencia, Alberich pilla un monumental mosqueo hacia todo el sexo femenino.

Resulta que en el Rhin hay un tesoro, y su resplandor se vislumbra desde la superficie. Las ninfas guapetonas le cuentan al canijo que quien lo consiga será poderoso, el amo, el jefe, el number one, pero tiene un precio: deberá renunciar antes al amor. Alberich contesta que ahí se quedan, que el amor es algo sobrevalorado, y escapa al Nibelheim con el oro. Allí mandará forjar un anillo mágico.

En el cuadro segundo los dioses están a punto de recibir las llaves de su chalé, Villa Valhalla. Al frente tenemos a Wotan, que enarbola una lanza a modo de cetro, y a su esposa Fricka. El astuto Loge se ocupa del fuego, Donner de los truenos y relámpagos, Froh maneja el sol, y la dulce y delicada Freia cuida el jardín. Tarea importante, porque en él crecen las manzanas que mantienen a la familia eternamente lozana, sin cremas exfoliantes ni botox. No hay nada como un atracón de vitaminas.

Wotan es tuerto porque de joven cedió uno de sus ojos para arrancar una rama del fresno del mundo, con la que talló la lanza, y beber del manantial de la sabiduría. En tenaz lucha venció a la raza de los gigantes y sólo dos sobreviven, Fafner y Fasolt. Estos son los que ha contratado de albañiles, y si terminan la obra en plazo les concederá a Freia como recompensa. Trata de blancas, evidentemente. Aunque cree que, llegado el momento de sacar la chequera, podrá tentarles con alguna otra cosilla.

Haciendo otro inciso, lo de la sabiduría de Wotan es cuestionable. ¿Cómo pudo llegar a la poltrona de mandamás? Los gigantes lo que quieren es echarse novia y perpetuar la especie, y Freia les viene al pelo. Son brutos, pero no tontos.

Así que ambos aparecen a cobrar. Donner y Froh se oponen con vehemencia, y piden a Wotan que rompa el pacto. Pero la estabilidad del universo depende de que un dios cumpla con sus compromisos; si no, adónde iríamos a parar. Como mínimo, subiría la prima de riesgo.

Hasta que Loge propone un trueque: les habla de Alberich y el oro arrebatado. ¿Les interesaría quizás a los forzudos mejorar sus finanzas?

Mmmm, novia, cuenta bancaria…, novia, cuenta bancaria..., novia, cuenta bancaria... Vale, eligen cuenta bancaria, pero mientras tanto se llevan a Freia en prenda. Sin sus manzanas (y en esa época todavía no se ha inventado la sidra), los dioses se quedan mustios.

Llegamos al cuadro tercero. El comienzo mola un montón, cuando Wotan y Loge descienden al Nibelheim y se escuchan golpes de yunque al unísono: tan tarantan tarantantan tan tan… Richi estuvo fino ese día, la música nos pone a cien.





En las profundidades Alberich ha montado una dictadura, y obliga a sus congéneres a malear los metales preciosos a punta de látigo. Además del anillo, ha ordenado a su hermano Mime, el maestro herrero, que le fabrique un yelmo con el que puede convertirse en cualquier otro ser, así como volverse invisible y espiar lo que se habla a sus espaldas: el Tarnhelm.

Wotan se pone chulo. Que tú no sabes con quién estás hablando, que soy la autoridad, que trae para acá el anillo, que se va a montar una gorda, que bla, bla, bla… Sin resultado.

Loge, por su parte, se lo trabaja mejor: reta a Alberich a demostrar sus habilidades transformistas. La enorme serpiente que este elige es todo un logro, está conseguida, da mucho miedo, pero… ¿podría volverse algún bicho pequeño? Seguro que es más difícil.

El nibelungo (otro que anda ágil de entendederas) se convierte en sapo. Y Loge le captura.

Total, que para ganar su libertad no le queda más remedio que donar el anillo, junto con el resto de bienes gananciales, el yelmo y tal, a Wotan. No sin proferir una maldición: quien no lo posea lo deseará con ansia, y su dueño vivirá siempre con la angustia de que le sea arrebatado.

A la deidad suprema la baratija le gusta. Su color dorado hace juego con sus trenzas, y quiere conservarlo. Consulta a Erda, espíritu primordial de la naturaleza, pero lo que esta contesta va a misa: Cumple tu palabra a los gigantes. Mientras el anillo esté en tu mano, mal yuyu.

A regañadientes, Wotan accede. Freia vuelve a casa y el anillo se suma al pago del rescate. Fafner y Fasolt se fijan ambos en él y pelean por lucirlo. Fafner mata al otro gigante y se apodera de todo.

La escena final (hace un rato que habíamos puesto el pie en el cuadro cuarto) también es justamente famosa, de las que hacen que nos hierva la sangre.

Donner blande su martillo, convocando a los elementos, y Froh abre un arco iris. Loge murmura amargado que nadie le quiere, pese a ser el más guay del grupo, y que esa se la guarda. Las Hijas del Rhin lloran su pérdida y Wotan, haciendo caso omiso de los presagios, toma de la mano a Fricka para entrar en el Valhalla: ven, chata, que te voy a enseñar el jacuzzi. Trompas, trompetas, trombones y demás parafernalia les acompañan a todo decibelio (recomendado el subwoofer a tope, a freír espárragos los vecinos).

Y de esta manera hemos pasado el rato. Entretenido, ¿verdad? Insisto, es que la ópera engancha. Ya vendrán luego las trotonas valquirias, Siegfried tocando el cuerno, y se desmoronará el tinglado en el ocaso. Pero esas son otras historias.
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sábado, 1 de septiembre de 2012

El retorno

Hay veces en que la repetición de los días casi puede con nosotros.

Nos levantamos por la mañana y vemos el mismo paisaje de hormigón, de ladrillo, de cristal.

Y nos decimos: ya está bien.

Tomamos entonces un camino diferente, uno que lleve adonde no exista el color gris.

Cruzamos montañas, cielos, nubes... Tras el horizonte pueden esperarnos profundas aguas y fantásticas criaturas que se asoman curiosas a nuestro paso. ¿O sólo lo soñamos?

Y al llegar la noche, cuando alzamos los ojos hacia el último segundo de luz, quizá vivamos también el último segundo de ese sueño.

Es el retorno.



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miércoles, 4 de julio de 2012

Esperanza

¡Loor a los héroes! ¡Gloria a los inmortales! ¡Ceñid el laurel, oh vosotros, elegidos! ¡Sean entonados cánticos de alabanza a los supremos señores! ¡Éxtasis! ¡Épica! ¡Fútbol, fútbol, fútbol!

¡Ah, titanes! ¿Es que no bombean los corazones ríos de vida con el color de la camiseta? ¡Casillas, Iniesta, Xavi, Torres…! ¿No es acaso la Tierra sobre la que vuelan vuestras plantas una esfera, un orbe, un inmenso balón?

En fin, ya lo dejo. Habiendo alcanzado el cénit colectivo de la felicidad, creo que… Pero no, un momento: si yo a lo que venía era a hablar de un libro. Si yo venía a hablar de Esperanza...
Pero los que quedaron demostraron ser de "fierro", como comúnmente se dice. Tolosa recuperó al poco tiempo su habitual buen estado de ánimo, debido a que Caruso, el instructor, le hizo saber que si bien eran pocos, había en ellos mucho entusiasmo y dedicación. Aunque las palabras que mejor motivaron a Tolosa fueron: "Estos chicos tienen pasta para conseguir buenos resultados, principalmente Molinari".

Tolosa no perdió tiempo en hacérselo saber a la comisión, animándose incluso a prometer aunque sea una copa para antes de fin de año. Los dirigentes le sonrieron y lo alentaron a continuar con ese ímpetu ganador, aunque más que nada por compromiso, ya que había que ser realista y la realidad marcaba que apenas hacía tres meses que esos chicos se encontraban entrenando. Para resultados, era lógico, habría que esperar mucho más tiempo.

Pero Tolosa no se equivocó. En noviembre de ese primer año de práctica, con apenas ocho meses de vida deportiva, el plantel del club fue invitado a participar como invitado especial en una regata interna del club nicoleño donde había dado clases el instructor Caruso.

Aunque en algo, a decir verdad, se equivocó. No fue una copa, sino tres. Y el pibe Molinari fue la gran figura. Sí, ese rubiecito callado, solitario, que a veces se pasaba las horas sentado en algún banco del club, sin otra compañía que un libro, fue la estrella de la tarde, participando en las tres coronaciones. Ganó su prueba de single, estuvo en el par victorioso y colaboró en el cuatro que triunfó en la última competencia de la jornada.

Atengámonos a los hechos: hay quienes han nacido para tocar una pelota y poner a medio mundo patas arriba, haciendo olvidar cualquier tristeza, mientras la mirada se pierde con embeleso en sus artes.

Pues bien, de la misma manera hay aquellos, como Ernesto Antonio Parrilla, cuyo talento natural es el de escribir.

Aquí nos presenta varias historias con el nexo común del Club Atlético Esperanza, una institución de tercera o cuarta categoría según dictan la lógica de los números y la liga regional en que compite. Pero que para Don Anselmo, el narrador, significa poco menos que su propia vida.

Él conoce cada detalle desde el momento de la fundación, año por año. Y ahora que ya es mayor desea compartir con un cronista ciertos hechos, protagonizados por otros personajes del pasado que también le dedicaron su sudor.

El primer partido, allá por el año 18, inicio de la lucha sin tregua contra el poderoso Sportivo. El fantasma cuyos gemidos nocturnos atemorizaron la cancha. El clásico imperecedero del 72, cuyo resultado decidiría el campeonato. De qué extraña forma una imagen religiosa los salvó de la bancarrota. Un soborno que pudo haber destruido el honor del club...

Mi impresión es muy positiva, así que lo recomiendo con calor. Son sus principales virtudes la fuerza narrativa, la soltura y, sobre todo, la pasión.

Nada más. A dormir, que tantas emociones agotan.
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martes, 19 de junio de 2012

Memorias encontradas en una bañera

Stanislaw Lem escribió Memorias encontradas en una bañera alrededor de 1960. Muchas cosas han pasado desde entonces. Y sin embargo, ¿por qué esta novela sigue manteniendo un aura de credibilidad bajo su ropaje satírico? ¿Se trata verdaderamente de un futuro que ya no puede cumplirse?
Entré en la secretaría muy impresionado por mi conversación con el Jefe. Las secretarias estaban pintándose y removiendo su té. Del tubo neumático del correo saltó un legajo de papeles con mi nombramiento firmado por el general. Una de las funcionarias estampó en todos el sello «alto secreto» y los entregó a otra que anotó todo el fascículo en un registro; acto seguido el registro fue cifrado con una máquina manual, la clave del cifrado destruida ante una comisión, y todos los originales quemados. La ceniza, después de cribarla y anotar en otro registro, quedó sellada en un sobre lacrado con mi número encima y fue enviada inmediatamente a la cámara del tesoro subterránea. Aturdido por la inesperada marcha de los acontecimientos, no pude dedicar la atención debida a este complicado procedimiento. Las enigmáticas frases del general se referían, sin duda alguna, a asuntos tan secretos que sólo se podía hablar de ellos en términos alusivos. Tarde o temprano alguien tenía que esclarecerme el misterio, ya que de otra manera no podría cumplir mi Misión. Ni siquiera sabía si mi nombramiento tenía algo que ver con el documento perdido, pero esta duda quedaba desvaída ante mi imprevisto ascenso.

Dentro de algunos siglos, los historiadores estudiarán extrañados la época actual, el Neogeno Tardío. Apenas quedan evidencias de nuestros logros, aunque se supone que habíamos alcanzado la cúspide de la civilización. Más nos valdría haber legado inscripciones en piedra, ya que, cuando una sonda de exploración espacial volvió a la Tierra transportando el catalizador alienígena que desintegraba el papyr, todo se derrumbó.

Papyr, un término cuyo influencia sobre la vida de los individuos aún se discute por los expertos. Algunos plantean que quizá fuera una deidad con múltiples encarnaciones: Thoolar, Bool-Sah o Kap-Eh-Taal, por ejemplo, de culto ampliamente extendido. De lo que no cabe duda es que todo el saber científico se depositaba en él. Su pérdida supuso el gran colapso.

Por ello es tan importante el hallazgo arqueológico de un complejo de túneles bajo las Montañas Rocosas. Allí, en una bañera, bajo los restos de dos esqueletos, ha aparecido un rollo con el relato de alguien que lo presenció de primera mano: Las notas de un hombre del Neogeno.

Lem es un escritor extraordinario, y este libro supone una de sus mejores creaciones. No es difícil identificar una crítica al "sistema" en un sentido amplio, a través de un protagonista que deambula por pasillos y oficinas de un inmenso refugio atómico, desde las cuales se dan órdenes contra unos presuntos enemigos a las que ya nadie hace caso, donde el poder es... de papel.

Y nada más por hoy. Hala, a disfrutar.
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domingo, 10 de junio de 2012

Un encuentro de dos

¿Cuál es la primera impresión de Senta sobre Thomas? Cuarenta y tantos, pectorales algo caídos, brazos demasiado largos, corte de pelo antediluviano, gusto discutible al elegir la ropa, incluso un ojo que... ¿bizquea ligeramente?

Pero ese color verde tras los párpados la vuelve loca cuando él se la queda mirando.

¿Y Thomas? ¿Qué piensa él de Senta?
–Estabas allí de pie como si fueses una aparición –le dijo ella más adelante–. Cuando entré, en el O-Paradies no había ni un alma, estaba muy tranquilo, bueno, bastante tranquilo, no tenían puesta la música, y al acercarme a la barra para pedir mi copa de vino blanco, casualmente miré hacia un lado y allí estabas tú mirándome como un trol.
–Como un silfo –corrigió él.
–Y ya no supe qué hacer –confesó ella.
–Pero primero tú también te quedaste mirándome –comentó él–, jamás olvidaré la forma en que me observabas. Como aterrorizada.
–Pero tú me mirabas igual de aterrorizado…
–Bueno, sí, porque tú... porque tú estabas tan... ¡Uf!

Los protagonistas de Un encuentro de dos, de Iris Hanika, han salido a despejarse una noche de verano berlinesa.

Thomas se siente hastiado de su trabajo como analista informático. O más que de su trabajo, de la monotonía existencial, de levantarse cada día a la misma hora, hacer las mismas cosas, volver a su casa como siempre... Lo mejor es «cerrar el programa, detener el proceso, borrar la memoria». Un par o dos de cervezas ayudarán.

Senta, al cuidado de una galería de arte sin clientes, se encuentra deprimida porque llama a la puerta del amor, pero no le abren. No consigue que un tal Rainer se interese en ella, y más atrás en el tiempo, sus intentos de construir algo duradero siempre han fracasado.

El escenario, un bar de la Oranienstrasse que ambos frecuentan en horarios diferentes, pero en el que en esta ocasión han coincidido. Dos extraños. ¿Dará uno de ellos algún paso? ¿Quién? ¿Se comportarán por el contrario de forma "educada" y pasarán de largo tras una última mirada de soslayo?

Mi impresión... mmm... Me gustan sus intenciones, la frescura del planteamiento y la construcción empática de los personajes, sus maneras de ser diferentes. En el debe: literariamente algo floja. Para ser creíble, más allá del tópico de "no dejes pasar la oportunidad", hubiera necesitado ofrecer un desarrollo más rico de la historia. En resumen, una comedia ligera para entretenerse un rato.

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domingo, 3 de junio de 2012

El alfabeto armenio

Siglo V d.C.: un monje vivía allende las montañas armenias, entre el balar de los corderillos y el piar de los gorriones.

En época tan remota, en su profesión no se dedicaban aún a la mejor actividad posible tras los muros de un monasterio. Ad maiorem homini gloriam, al menos: la fabricación de cerveza. También tenemos lo de meditar, tocar a maitines y plantar guisantes en el huerto, pero vamos, donde estén los trapenses...

De manera que el hombre, que por cierto se llamaba Mesrob Mashtots, se entretenía leyendo un montón. En griego y latín sacaba sobresaliente, y también le daba al siríaco en sus ratos libres. Hasta que su fama de enterado llegó al rey del lugar.

Había mucho pagano suelto por el mundo, y el rey creyó que para difundir los intríngulis de la religión había que explicárselos a la gente de manera un poco más clara. En griego o latín, pues... no, definitivamente no. Llamó al venerable para pedirle consejo, y a este se le ocurrió inventar un nuevo alfabeto.

Y hala, ya está. Desde el año 405, mes arriba mes abajo, hasta hoy mismo: el alfabeto armenio.

ա բ գ դ ե զ է ը թ ժ ի լ խ ծ կ հ ձ ղ ճ մ յ ն շ ո չ պ ջ ռ ս վ տ ր ց ւ փ ք օ ֆ

A ojos de los profanos, prefiere la línea curva de todas las maneras posibles: hacia arriba, hacia abajo, a los lados, con un rabito aquí, con otro allá... Consta de treinta y ocho caracteres (dos de ellos más tardíos, del siglo XIII), y pese a alguna reforma ortográfica moderna, viene a ser el mismo salido de la mollera de Mashtots.

Incluso, durante mucho tiempo, sirvió como sistema numérico. Las diez primeras letras equivalen a la primera decena de números: 1, 2, 3, 4... Las nueve siguientes simbolizan el 20, 30, 40... Luego van por centenas, hasta el 1000. Más tarde por millares, y así llegamos hasta el 9000 (las dos letras medievales no cuentan). Para cifras más altas, se suman combinaciones.

Pero que el lejano visitante deseche cualquier preocupación. Los armenios son tan majos como para escribir también la versión latina en casi todos los carteles públicos. Al menos, en los nombres de las calles de Ereván. Porque de otra manera, si se quisiera ir a la avenida Բաղրամյան, lo más fácil sería acabar en...



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lunes, 28 de mayo de 2012

El canto del pueblo judío asesinado

Itsjok Katzenelson vivía en Varsovia. Ya había perdido a su mujer y dos hijos, y había visto lo suficiente como para saber que pronto se reuniría con ellos. Por eso, en una carrera desesperada contra el reloj, empezó a escribir en apretadas líneas, aprovechando centímetro a centímetro el papel, El canto del pueblo judío asesinado. No había tiempo para repasar o corregir los versos. Cada palabra podía ser la última.
«¡Canta! Toma el violín vaciado y hueco
y arroja sobre sus delgadas cuerdas tus dedos,
pesados como corazones doloridos. Y canta el último canto
acerca de los últimos judíos en tierra europea.»

–¿Cómo cantar? Cómo abrir la boca siquiera
habiendo quedado completamente solo,
sin mi mujer, sin mis dos pequeños. ¡Es un espanto!
El horror me habita... Escucho un llanto a lo lejos...

«¡Canta, canta! ¡Alza la voz, quebrada y dolorida,
búscala! Busca el canto allá arriba, si aún está,
y cántalo... Canta el último canto acerca del último judío;
vivió, murió, quedó insepulto y ya no existe más...»

En 1940 comienza el confinamiento en el gueto. En 1941, las autoridades nazis deciden "deshacerse" de sus habitantes. En 1942 ya han sido deportadas 350.000 personas. En 1943, la insurrección: se lucha casa por casa. En 1944, el levantamiento general de Varsovia es aplastado.

Katzenelson, junto con el único hijo que le queda, Zvi, es miembro de la Resistencia y consigue salir clandestinamente antes de ese gesto. En el campo francés de Vittel, bajo el gobierno colaboracionista de Vichy, escribe en yidis su memoria. Introduce el manuscrito en botellas y queda enterrado para salvaguardarlo.

Al poco, les encierran a los dos en un tren con destino a Auschwitz.

Es poesía, sin duda, un libro de poemas. Pero es al mismo tiempo mucho más, infinitamente más: el testimonio de la historia humana más sincero, más estremecedor, que podamos imaginar.
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martes, 15 de mayo de 2012

Pippi Calzaslargas

¿Qué se me ha ocurrido para hoy? Huy, recomendar uno de aventuras. Uno en que la protagonista tiene un nombre algo complicado: Pippilotta Viktualia Rullgardina Krusmynta Efraimsdotter Långstrump.
Su cabello tenía exactamente el color de las zanahorias y estaba recogido en dos trenzas que se levantaban en su cabeza, tiesas como palos. La nariz tenía la misma forma que una diminuta patata y estaba sembrada de pecas. Su boca era grande y tenía unos dientes blancos y sanos. Su vestido era verdaderamente singular. Ella misma se lo había confeccionado. Era de un amarillo muy bonito, pero como le había faltado tela, era demasiado corto, y por debajo le asomaban unas calzas azules con puntos blancos. En las piernas, largas y delgadas, llevaba un par de medias no menos largas, una negra y otra de color castaño. Calzaba unos zapatos negros que eran exactamente el doble de grandes que sus pies. Su padre se los había comprado en América del Sur, teniendo en cuenta que los piececitos de la niña pudieran ir creciendo dentro de ellos, y Pippi no quería ponerse otros.

¡Claro que sí! De forma abreviada, nuestra amiga Pippi Calzaslargas. Dicen que la intención de Astrid Lindgren era sólo escribir una historia para entretener a su hija, y que al principio las editoriales rechazaron publicarla.

Pero a estas alturas no es necesario esforzarse mucho para hacer un panegírico de la irreverente y creativa niña que reside en Villa Villekula, junto a su caballo Pequeño Tío y al mono Señor Nilsson. Espera a su padre, capitán de un velero, que aparecerá algún día para llevarla a la isla de Taka Tuka.

Mientras tanto, gracias a su imaginación, increíble fuerza y una maleta con monedas de oro que guarda en casa, en compañía de sus vecinos Tommy y Annika traerá de cabeza a los biempensantes adultos de la localidad. Y más tarde, a los piratas que han capturado a su padre en los mares del sur.

En fin, toda una sucesión de personajes, imágenes y situaciones que forman parte de nuestra memoria colectiva. ¿Qué más se puede decir?
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lunes, 7 de mayo de 2012

Vecinos de asiento

Es lo propio del avión: le echan el candado a las puertas cuando despega y ya no hay manera de escapar.

Al menos corpóreamente, porque existen circunstancias en las que el alma pide a gritos alzar el vuelo igual que la gran máquina, para perderse entre brumas y vapores. La mejor manera de conseguirlo es que la azafata ponga una amplia selección de bebidas espirituosas a nuestro alcance. De las de muchos octanos.

¿Y qué o quién podría motivar ese deseo de amorrarse a las minibotellas? Ah, presentemos a esa figura de –injustamente– poco reconocida influencia sobre nuestro estado de ánimo: el vecino de asiento.

–Disculpe.

Levanto la vista del libro.

–¿Sí?
–¿Usted es cura?

¿Cu... cu... cu...? No doy crédito a mis oídos.

–¿Cómo?
–Que si es cura.
–Eh... no.

Se queda en silencio, meditando la respuesta. Me mira. Vuelve a hacer girar las ruedecitas del pensamiento. Me mira de nuevo.

–¿De verdad que no es cura?
–En absoluto.
–Es que lo parece.

Voy a ser el hazmerreír de todos mis amigos. Se van a chotear de mí hasta las piedras. Mi vecina de asiento se dirige ahora hacia la pasajera de ventanilla.

–Dice que no.
–Te lo advertí. Los curas llevan eso que no me acuerdo cómo se llama en el cuello, aunque estén de vacaciones.

La próxima ocasión iré precavido. He estado estudiando métodos psicológicos para afrontar este tipo de situaciones. Me he documentado a fondo en Aterriza como puedas...


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lunes, 23 de abril de 2012

Mozart, camino de Praga

En Mozart, camino de Praga, Eduard Mörike sitúa al compositor de viaje a la ciudad donde va a estrenar Don Giovanni. Durante una parada arranca una naranja del jardín de un conde, destinada a celebrar cierto compromiso matrimonial. Aclaradas tanto su buena fe como su identidad, le invitan a almorzar.
Hice sonar un acorde y me di cuenta de que había llamado a la buena puerta, detrás de la cual se apelotonaba ya la legión de horrores que se desencadena al final. Así surgió primero un adagio en re menor, sólo cuatro compases, luego una segunda frase de cinco… En el teatro, me imagino, resultará algo inusitado, porque acompañan a las voces los instrumentos de viento más potentes. Por de pronto, escúchenlo, en la medida en que es posible hacerlo aquí.

Sin más, apagó las bujías de los dos candelabros que tenía al lado, y en el silencio de muerte del salón resonó el canto aterrador: «Di rider finirai. Aria dell’aurora!». En la noche azul, las notas de trompetas de plata, frías como el hielo, caen de constelaciones lejanas atravesando el cuerpo y el alma.

«Chi va lá? Chi va lá?», se oye preguntar a Don Juan. Entonces se escucha de nuevo la voz, monótona como antes, pidiendo a ese hombre sacrílego que deje en paz a los muertos.

Cuando esos sonidos amenazadores se hubieron extinguido en el aire, hasta en sus últimas vibraciones, Mozart continuó:

–Como se comprenderá, ya no podía detenerme. Cuando el hielo se rompe en una orilla, pronto se quiebra en el lago entero, resonando hasta en sus últimos rincones. Involuntariamente, volví a tomar el hilo en la cena de Don Juan, cuando Donna Elvira acaba de marcharse y el fantasma, aceptando la invitación, aparece... Escuchen.

Durante la velada se convierte en el centro de atención. Con su característico buen humor entretiene a los anfitriones, interpretando al piano varios de los pasajes de su ópera aún inéditos.

Y el momento clave llega cuando les habla sobre la escena final, esa en la que el insaciable amante afronta su destino frente al espectro del comendador, negándose a arrepentirse pese a conocer de antemano las consecuencias. Clave porque en ella se contienen sus propios fantasmas.

El perenne intento de complacer a Constanza, su esposa, ansiosa por ascender en la escala social. El sentimiento de humillación frente a aristócratas y alumnos mediocres, de los que sin embargo depende para tener ingresos. Su espíritu manirroto, sin mirar al futuro, quemando la vida antes de que sea tarde...

Un clásico del romanticismo alemán.
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domingo, 15 de abril de 2012

Por orden de mi vecina

Una curiosa virtud de mi vecina es el alto grado en que se preocupa de mi bienestar espiritual. Por ejemplo, cuando me suelta cosas como:

–Yo lo que quiero es que te cases.

Palabra por palabra.

Y más curioso aún es que no se detenga en el aspecto teórico de la cuestión. Observemos por ejemplo cómo guía mis pasos en el mundo de la moda para conseguirlo:

–Te tengo que echar una bronca.
–¿Eh?
–El domingo tendiste la ropa.
–Sí...
–¿Y de verdad te pones el pijama que había en las cuerdas?
–Eh, ah, yo...
–Con eso no vas a ligar nada.
–Pero...
–Cualquiera que te vea con él por la mañana sale corriendo.
–Es que es tan calentito...
–Nanananana, tíralo.

Pijama directo al ropavejero, evidentemente.

Asi que habrá que mentalizarse. No debería de quedar demasiado para los fastos.

Es por orden de mi vecina.



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lunes, 9 de abril de 2012

Tempus est iocundum

Me encuentro a pie firme en mi puesto de trabajo, inmerso en una tarea que requiere disciplina. Nada que me distraiga. La cabeza tiene que estar donde tiene que estar.

Recorro pavimentos de números, columnas de cifras, bóvedas de códigos sobre la pantalla del ordenador. Hasta que llegados a determinado punto... La vista se me nubla. La lengua asoma con descaro fuera de su cueva. La cabeza se vence, escora de forma acusada, se me va, se me va...

Ah no, por el bien de mi carrera laboral necesito volver como sea. Mmmmm, quizá si escucho la música apropiada, podría recuperar la concentración. Creo que tengo por aquí algunas melodías medievales, tan melismáticas y contemplativas. Me inserto los auriculares y elijo al azar.
Tempus est iocundum
o virgines,
modo congaudete
vos iuvenes.

Oh, oh, oh,
totus floreo,
iam amore virginali
totus ardeo,
novus, novus amor
est, quo pereo.

(…)
¡Buenoooooo! Ahora ya sí que estoy perdido: en vez de un coro gregoriano, lo que me ha salido es el Tempus est iocundum.

Y claro, si ha llegado el tiempo para el cachondeo y totus floreo y totus ardeo y novus amor y tal y cual, pues...

Otra vez debe de ser primavera.



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domingo, 11 de marzo de 2012

Algunas fiestas armenias

Según me contaron, las fiestas más de guardar en Armenia son las independencias y el Año Nuevo. Aparte, en el lado triste, conmemoran el recuerdo del genocidio.

La primera independencia, la del imperio otomano, es el 28 de mayo. La moderna, de la URSS, el 21 de septiembre. Hay desfiles y exaltaciones patrióticas, porque tuvieron líos bélicos con sus vecinos azerbayanos (con quienes aún se llevan malísimamente mal).

En cuanto al Año Nuevo, se sigue el calendario armenio tradicional, con trece días de diferencia sobre el gregoriano. La costumbre establece que se ha de visitar a todos los parientes y amigos, y desearles parabienes. Como curiosidad culinaria, el plato más apreciado en esas reuniones familiares es el arroz cocido con frutas y frutos secos.

Pero además de las mencionadas, encontramos otras fechas que gozan de reconocimiento social. Veamos una breve descripción de tres de ellas.

23 de febrero: el "Día de los hombres".

Sí, sí, tal como suena: el día del macho armenio. Hay que hacerle regalos, mimarle, pasarle la mano por el lomo y demostrarle que es lo más. Aunque esa generosidad sea interesada, se espera contraprestación.

Y a no demasiado tardar, por cierto. Cada 8 de marzo llega la hora de pagar el principal más los intereses en el "Día de las mujeres". Lo mínimo son toneladas de flores.

Ah, pero resulta que hay una efeméride para desnivelar la balanza: el 7 de abril, "Día de la belleza". Como gabelas propias de la jornada, las chicas obtienen aún más flores (todos los mercados que visité estaban bien surtidos), rebajas en las tiendas y dulces gratis en las cafeterías.

En fin, otro apunte etnográfico en la libreta. Continuará.


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domingo, 4 de marzo de 2012

La historia de Tristán e Isolda

Preparaos para una novela de caballerías de tomo y lomo, en la que los elementos célticos se funden con los trovadorescos igual que quisieran hacer los labios de sus protagonistas: La historia de Tristán e Isolda, de Joseph Bédier.
«¡Ay de mí! ¿Qué he pensado? Isolda es vuestra esposa y yo vuestro vasallo. Isolda es vuestra esposa y yo vuestro hijo. Isolda es vuestra esposa y no puede amarme».
Pero Isolda lo amaba. Quería odiarlo, pues ¿no la había desdeñado vilmente? Quería odiarlo y no podía, irritada en su corazón por aquella ternura más dolorosa que el odio.
Brangel los observaba con angustia, más cruelmente atormentada aún que ellos, pues sólo ella sabía el mal que había causado. Pasó dos días espiándolos, vio cómo rechazaban todo alimento, toda bebida y todo consuelo, los vio buscarse como dos ciegos que avanzan a tientas el uno hacia el otro, desdichados cuando languidecían separados, más desdichados todavía cuando estaban juntos y temblaban ante el horror de la primera declaración.

Empieza narrando el nacimiento del héroe, vástago del rey Rivalén de Leonís y Blancaflor, hermana a su vez de Marcos de Cornualles. El duque Morgan ataca sus tierras y, como consecuencia de la guerra, el bravo Rivalén ya no vuelve a su castillo de Kanoel. La reina espera a dar a luz y también abandona la vida. El mariscal Rohalt cuidará del pobre huérfano como si fuera de su propia sangre, para que el duque ignore su existencia.

Con el tiempo, Tristán se convierte en un apuesto joven. El escudero Gorvenal se encarga de prepararle en artes que le serán de utilidad: manejar la espada, el escudo, el arco, el corcel, lanzar discos de piedra, odiar la mentira, cantar, tocar el arpa... Luego unos marineros le raptan, hay una tormenta, llega hasta la costa cercana a Tintagel...

Tras recuperar el trono de manos del usurpador, ha de hacer frente al Morholt, el enviado de Irlanda, que reclama un tributo de trescientos muchachos y trescientas doncellas al rey Marcos, su tío. Nadie más se atreve a desafiarle, pues se trata de un guerrero de fuerza descomunal.

En singular combate le vence, aunque él queda algo pachucho por culpa de una pica envenenada. Alegría en Cornualles, enfado entre los parientes del caballero irlandes. Sobre todo, el resultado no le hace ninguna gracia a su sobrina. Ya adivinaréis de quién se trata... Exacto, de Isolda. Isolda la Rubia, por más detalles.

Dado que no encuentran remedio a sus heridas, Tristán pide que le dejen en una barca a la deriva. Unos pescadores le encuentran y le llevan al puerto de Weisefort, donde casualmente reside la rubia, que también casualmente es diestra en plantas curativas.

Y bueno, desde ese encuentro inicial en el que ni fu ni fa, pasando por el instante en que ambos se dan cuenta de que son muy guapos, y cuando ya la cosa se pone al rojo vivo, ocurren docenas de aventuras: batallas hasta en el desayuno, dragones, velludos gigantes, hechiceros jorobados, rescates in extremis, huidas, separaciones, etc.

¿Una sola frase que me sirva para resumir? Sí, tengo una: ¡qué bien me lo pasé leyendo este libro!

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domingo, 26 de febrero de 2012

El compromiso

Tallin es una ciudad realmente bonita, con sus murallas almenadas y sus torres de cucurucho. Haciendo guardia en lo alto no sería difícil presentir a un centinela de los de yelmo, rodela y alabarda.

Pues bien, en Tallin y alrededores es donde tiene lugar el argumento de El compromiso, de Serguey Dovlátov.
En la puerta me encontré con Teppe:
–Kuzina, del ala sexta, acaba de dar a luz. Los datos: ella es estonia, conductora de autobús. Su marido trabaja de tornero en los astilleros; es ruso, afiliado al Partido. El niño entra dentro de todo lo que se considera normal.
–Gracias a Dios. Creo que este servirá. Pero será mejor que llame por si acaso.
Turonok dijo:
–Excelente. Ocúpese de que el niño reciba el nombre de Lémbit.
–Guiénrig Fránzevich –supliqué–: ¿quién le pondría Lémbit a su hijo? Está tan anticuado que sólo se ve en el folclore...
–He dicho que le llamen Lémbit. ¿Qué más les da a ellos? Lémbit suena bien: varonil, simbólico. Llamará la atención en el número del Aniversario.
–¿Usted le hubiera puesto a su hijo Bovoy? ¿O Mikula?
–No empiece con su demagogia. Tiene un encargo. El material debe estar listo para el miércoles. Si se niegan a llamarle Lémbit, prométales dinero.
–¿Cuánto?
–Unos veinticinco rublos. Enviaré a un fotógrafo. ¿Cómo se apellida el niño?
–Kuzin, del ala sexta.
–Lémbit Kuzin. Suena de maravilla. Bueno, a ello.

Después de cumplir el servicio militar en su Rusia natal, Dovlátov se empleó en un diario estonio. Sus primeros escritos de ficción encontraron el veto inmediato de las autoridades, y el hecho de que terminaran publicándose en occidente sólo le sirvió para ser expulsado de la Unión de Periodistas de la URSS. Tras emigrar, vivió en Nueva York hasta su temprana muerte en 1990, por problemas de salud. Amaba demasiado el vodka.

El compromiso es una novela autobiográfica. Su protagonista es un reportero que cubre noticias "de interés público" para el Estonia soviética. Tarea nada sencilla, ya que el redactor jefe es capaz de detectar errores ideológicos en los textos. Cuando escribe que especialistas de Dinamarca, Finlandia, Hungría, Polonia, RDA, etc., se han reunido en el VII Congreso de Estudios Escandinavo-Fineses, podría interpretarse como síntoma de desafección al Partido. Primero tiene que ir la URSS en la lista, por supuesto. Luego los países "demócratas", en medio los neutrales y al final los del bloque capitalista. Ah, y cuidado con poner a Hungría antes que a la más ortodoxa RDA. Si llegara a ser calificado como disidente, su vida podría convertirse en un cúmulo de incomodidades.

De manera que van sucediéndose sus aventuras y las de sus compañeros en pos de los encargos: el nacimiento del habitante 400.000 (es bastante complicado encontrar a un bebé presentable), los buzos que dragan el fondo del puerto con estajanovista entusiasmo (para encontrar la dentadura de oro que se le ha caído al agua al encargado del taller), una lechera que bate plusmarcas de producción gracias a las sabias disposiciones del Comité Central (hay que darse prisa en redactar la carta anunciándolo al camarada Brézhnev, porque la respuesta ya ha llegado), y así continuamente.

Irónica, mordaz, divertida, son algunos calificativos que la obra merece. Los regímenes que pretenden decidir lo que sus ciudadanos deben leer, escribir o pensar, sirven por el contrario de acicate a las imaginaciones rebeldes. Dovlátov fue un ejemplo más.
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domingo, 19 de febrero de 2012

E lucevan le stelle

El proceso ha comenzado. Y es irreversible.

Ya no llego como antes.

Me estoy...

Abaritonando.

Un tenore di forza de toda la vida, de los de E lucevan le stelle, pasándolo ahora fatal en la ducha con las notas altas.

Decadencia.


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domingo, 5 de febrero de 2012

Budapest

Ah, Budapest, Budapest… La gran Plaza de los Héroes, el Parlamento, el Puente de las Cadenas, la Avenida Andrássy, el Bastión de los Pescadores, las olas rompiendo en la ensenada de Botafogo, el cerro Corcovado...

¿Que me he hecho un lío? No, de ninguna manera, estoy seguro. Budapest... ¿Cómo no iba a captar mi atención una novela con ese título? Aunque curiosamente haya sido imaginada por el brasileño Chico Buarque.
Debería estar prohibido burlarse de quien se aventura en una lengua extranjera. Cierta mañana, al bajarme del metro por error en una estación azul igual a la de ella, con un nombre semejante al de la estación próxima a su casa, telefoneé desde la calle y dije: estoy llegando casi. Supuse en el mismo instante que había dicho una burrada, porque la profesora me pidió que repitiese la oración. Estoy llegando casi… había probablemente un problema con la palabra casi. Sólo que, en lugar de señalar el error, ella me hizo repetirlo, repetirlo, repetirlo, después soltó una carcajada que me llevó a colgar el teléfono. Al verme a la puerta de su casa, tuvo un nuevo acceso, y cuanto más se le encendía la risa en la boca, más se sacudía al reírse con el cuerpo entero. Dijo por fin haber entendido que yo llegaría poco a poco, primero la nariz, después una oreja, después una rodilla, y el chiste no tenía tanta gracia. Tanto es así que Kriska se quedó enseguida un poco triste y, sin saber pedir disculpas, rozó con la yema de los dedos mis labios trémulos.

José Costa no acaba de ser feliz en la vida. Se dedica a escribir por encargo de otras personas: discursos, artículos, libros que quizá se hagan famosos y en los que su nombre nunca aparecerá.

Siempre llega a casa tarde y su matrimonio con Vanda se resiente.

Tras asistir a una convención internacional de "autores anónimos", hace escala en Budapest, donde escucha por primera vez una lengua de extraño sonido: el húngaro.

En Río de Janeiro la rutina parece continuar. Pero comienza a hablar en sueños, y no lo hace en su portugués natal.

De nuevo vuela a la ciudad del Danubio, donde conoce a Kriska. Ella será su profesora... y algo más

Mientras tanto, Vanda progresa en su carrera. No se ha resignado a esperar llorosa, abrazada al pequeño hijo de ambos, el retorno de José.

Él lo abandona todo. Kósta Zsoze será su identidad magiar. Un nombre distinto para un hombre distinto.

Mi comentario personal es que se trata de un libro estupendo. Refleja con maestría cómo la personalidad del protagonista se desdobla y salta fuera de sus goznes. Quizá el final, con sus tintes oníricos, resulte desconcertante y un poco abrupto, pero insisto: sus méritos están sobradamente en el lado bueno de la balanza. Un libro de los de regalar, muy, muy recomendado.
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sábado, 28 de enero de 2012

La leyenda de Tamar

¿Qué? ¿Que queréis saber de dónde viene el nombre de Akhtamar, una de las marcas de nicotina más populares de Armenia? ¿Sí? ¿De verdad?

Tamar era una doncella que, como suele ocurrir en los cuentos, resultaba una verdadera monada. Bellísima, excelsa, sublime. Y además, simpática.

Tenía su residencia en una isla, en el centro del lago Van. Allí vivía feliz, entre guirnaldas de flores silvestres y suspiros de añoranza por su amor.

Porque Tamar estaba enamorada. Incluso las modelos de pasarela se hallan sujetas a esos golpeteos del músculo cardíaco sobre los barrotes de su prisión. La hermosa bebía los vientos por...

Anda, pues no apunté cómo se llamaba, pero tampoco resulta demasiado relevante. Para el caso, denominémosle "el Príncipe Azul".

El caso es que a los vecinos de Tamar no les caía bien ese novio. Era de otro pueblo, cruzando el lago, y cada noche se iban a dormir confiados en que las aguas detendrían las ardientes aspiraciones de ambos jóvenes.

Pero no contaban con que la fortuna favorece a los audaces, y la recompensa de besos, abrazos y demás arrumacos era para los dos tan irresistible como para desafiar al mayor de los peligros.

Al caer el sol, el Van se volvía turbio. Por ello Tamar encendía un fanal en la orilla y su chico se lanzaba a nadar en pos de la luz. Brazada, brazada, brazada...

Pero... ooooooh, he aquí que la fatalidad se cirnió sobre los amantes. Los vecinos descubrieron el pastel y, un crepúsculo sin luna, apagaron a la fuerza la llama de la salvación.

¡Qué gentuza! El Príncipe Azul, que ya se había puesto en camino, se encontró de repente sin faro. Y desesperado, a ciegas, sin poder adivinar hacia dónde dirigirse, se ahogó.

Sus últimas palabras, con voz tan potente para que todos pudieran escucharlas (y algún escribano trasladar al pergamino), fueron: «¡Akh, Tamar!». Lo que viene a significar «¡Ay, Tamar!». Así, el nombre ganó la inmortalidad.

Hasta convertirse en reclamo de cigarrillos, no había más que un paso.


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domingo, 22 de enero de 2012

Canciones armenias

Me encontraba una noche en una taberna de Ereván, mientras un grupo ofrecía muestras del folclore local.

Eran melodías muy bonitas, y los músicos lo hacían realmente bien. Pregunté de qué iban las letras.

–Está claro –me respondieron. –De amor.

Aaaah, es verdad. Si nos paramos a pensarlo, de cada cien canciones noventa y ocho tratan de lo mismo. Pero quería algo más de precisión, más detalles, así que me tradujeron una de ellas:

«Eres tan esbelta como un plátano, voy a poner velas para que salgas al campo y la brisa te acaricie».

Me dio la risa floja.

–¿De qué te ríes? El plátano es un árbol muy esbelto.

Pues es verdad.

Oye, ¿y si funciona? Nada, nada, yo me lo apunté y no veo el momento de empezar a practicar: «Hola, ¿sabes que me recuerdas a un plátano que...?».


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martes, 17 de enero de 2012

Nueva compañera

Sí, de acuerdo. Le he sido infiel.

Después de tanto tiempo juntos, de tantas alegrías, de tantos kilómetros recorridos de la mano... Lo que he hecho es bigamia, por lo menos.

Y sin embargo, no he podido evitarlo. La recién llegada se le parece, pero con más, con muchos más... botones. Resulta interesante averiguar su reacción cuando pulso alguno de ellos.

Además, ella me pedía cosas que cada vez resultaban más difíciles. Que si cámbiame el carrete, que si límpiame el objetivo, que si ya no le prestas tanta atención como antes a mis baterías...

Así que lo siento, pero mi nueva compañera ha venido para quedarse. Tendremos que convivir los tres. Se llama Nikon, pero eso me suena a japonés, yo prefiero Hildegarda, o Eloísa, o Gertrudis, algo con raigambre.

Ya hemos salido alguna noche, para ir probando cómo nos acoplamos. Y creo que nuestra relación va a resultar fructífera.



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jueves, 12 de enero de 2012

Fantasmas petersburgueses

–Marquesa...
–¡Querido conde!
–En este vergel de hermosas flores, vos sois la rosa que...

–¡Pepeeeee! ¡Ponte más a la derecha!

–Qué galante, Nicolái Petróvich.
–Oh, Natalia Feodorovna, mi nombre en vuestros labios es como el rocío que...

–¡Pepeeeee! ¡Junto al chorrito de la fuente!

–Seguid, seguid.
–Em... el rocío que baña los prados del Elíseo cuando la divina Venus...

–¡Pepeeeee! Otra vez, que te has movido.

–Sois verdaderamente irresistible, conde, no os detengáis.
–La divina Venus suspira de envidia por vuestros ojos, vuestra nívea garganta, vuestro excelso talle, vuestro...

–¡Pepeeeee! Ahora hazme tú a mí otra.

–¡Se acabó! Yo, así, no puedo.
–Pero, pero, ¿qué os ocurre?
–¿Dónde habré metido el rapé? Excusadme, marquesa, es que no consigo concentrarme. Llevamos aquí más de dos siglos y medio, y de un tiempo a esta parte, desde que todo el mundo entra al palacio con esos extraños objetos de retratar, esto es un suplicio.
–Ay, plebeyos...
–Marquesa...
–¿Conde?
–Estaba pensando...
–¿Sí?
–Dos siglos y medio...
–¿Siií?
–Creo que vos y yo...
–¿Siiiiií?
–Vos y yo...
–¿Siiiiiiiií?
–Ya va siendo hora de que...
–¿Siiiiiiiiiiií?
–Os lo ruego, esperadme esta noche junto al pabellón de la zarina.
–¿Siiiiiiiiiiiiiií?
–Tantos años de fantasmas y aún no le hemos dado un buen susto al vigilante.
–Jijijijiji. ¿De los de gritar y ulular? Travieso...



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