Dadas las circunstancias, no dejó de tener cierta gracia, porque si bien debieron de elegirla basándose en la belleza de la música, la letra viene a significar lo siguiente: "Déjame que llore mi cruel suerte y suspire por la libertad. Que el dolor rompa estas cadenas de mis martirios, sólo por piedad".
Así que, de forma subliminal, es como si los tortolitos estuvieran diciéndose el uno al otro: con lo bien que vivía yo hasta ahora, cual gorrión silvestre, en menudo embolado me he metido...
Es broma, es broma, que están muy bien juntos. En su novela Intimidad, Hanif Kureishi viene a darle el milésimo repaso a ese tema tan sencillo y tan complicado de las relaciones de pareja. Todo comienza, en palabras de Jay, el protagonista, "la noche más triste". Dentro de unas horas, cuando Susan, su esposa, vaya a trabajar, la abandonará a ella y a los niños.
"Me obligo a comer. Los próximos días necesitaré reunir todas mis fuerzas. Pero nunca el tomate me había resultado tan poco apetecible. De pronto Susan me acaricia la cara con las puntas de los dedos.
–Tú –dice.
–¿Sí?
Tal vez percibe la velocidad y confusión de mis pensamientos.
–Simplemente tú, Jay. No pasa nada. Simplemente eso.
La miro fijamente. La ternura de su gesto me impacta. Me pregunto si de alguna manera, en cierto modo, me quiere. Y si uno tiene la suerte de ser amado, debería sin duda saber apreciarlo. Yo contaba con que nos pelearíamos. Eso me habría permitido marcharme de casa esta noche. Pero sé que debo hacer esto manteniendo la calma y la compostura, no salir corriendo como si me ardiera el pelo, o como si tuviese una alucinación, o como si quisiera asesinar a alguien.
Esta noche quiero mantener mi irracionalidad bajo control, que no se me vaya de las manos, por favor".
¿Qué le falta para ser feliz? Disfruta de un trabajo exitoso, una buena casa, una familia, amigos... ¿Se atreverá finalmente a hacerlo? ¿De qué manera siente él un matrimonio que para nadie más presenta síntomas de crisis? ¿Es que ya no se aman? Las preguntas se van sucediendo, recuerda, duda, razona, intenta justificarse a sí mismo, porque no está seguro de si las causas en realidad existen, o es que simplemente todo en la vida ha de tener un comienzo y un final.
Con estos mimbres ya se anticipa cierta densidad en la trama, a riesgo de que a veces se convierta en un pequeño embrollo, con excesivos giros sobre las mismas ideas. O quizá sea Kureishi quien busca ese efecto premeditadamente, para trasladarnos la confusión que atormenta al personaje. En cualquier caso, a mí me costó un poco zambullirme en ella, aunque reconozco que la obra en conjunto tiene sus virtudes. El encargado de la librería incluso me felicitó por haberla elegido, cuando fui a pagar.
Nada más por hoy. Otro día, más y mejor.

