sábado, 26 de noviembre de 2011

Intimidad.

En cierta boda escuchamos un aria de Haendel dedicada a los novios: la celebérrima Lascia ch'io pianga. Sí, esa que también salía en la película Farinelli...




Dadas las circunstancias, no dejó de tener cierta gracia, porque si bien debieron de elegirla basándose en la belleza de la música, la letra viene a significar lo siguiente: "Déjame que llore mi cruel suerte y suspire por la libertad. Que el dolor rompa estas cadenas de mis martirios, sólo por piedad".

Así que, de forma subliminal, es como si los tortolitos estuvieran diciéndose el uno al otro: con lo bien que vivía yo hasta ahora, cual gorrión silvestre, en menudo embolado me he metido...

Es broma, es broma, que están muy bien juntos. En su novela Intimidad, Hanif Kureishi viene a darle el milésimo repaso a ese tema tan sencillo y tan complicado de las relaciones de pareja. Todo comienza, en palabras de Jay, el protagonista, "la noche más triste". Dentro de unas horas, cuando Susan, su esposa, vaya a trabajar, la abandonará a ella y a los niños.

"Me obligo a comer. Los próximos días necesitaré reunir todas mis fuerzas. Pero nunca el tomate me había resultado tan poco apetecible. De pronto Susan me acaricia la cara con las puntas de los dedos.
–Tú –dice.
–¿Sí?
Tal vez percibe la velocidad y confusión de mis pensamientos.
–Simplemente tú, Jay. No pasa nada. Simplemente eso.
La miro fijamente. La ternura de su gesto me impacta. Me pregunto si de alguna manera, en cierto modo, me quiere. Y si uno tiene la suerte de ser amado, debería sin duda saber apreciarlo. Yo contaba con que nos pelearíamos. Eso me habría permitido marcharme de casa esta noche. Pero sé que debo hacer esto manteniendo la calma y la compostura, no salir corriendo como si me ardiera el pelo, o como si tuviese una alucinación, o como si quisiera asesinar a alguien.
Esta noche quiero mantener mi irracionalidad bajo control, que no se me vaya de las manos, por favor".

¿Qué le falta para ser feliz? Disfruta de un trabajo exitoso, una buena casa, una familia, amigos... ¿Se atreverá finalmente a hacerlo? ¿De qué manera siente él un matrimonio que para nadie más presenta síntomas de crisis? ¿Es que ya no se aman? Las preguntas se van sucediendo, recuerda, duda, razona, intenta justificarse a sí mismo, porque no está seguro de si las causas en realidad existen, o es que simplemente todo en la vida ha de tener un comienzo y un final.

Con estos mimbres ya se anticipa cierta densidad en la trama, a riesgo de que a veces se convierta en un pequeño embrollo, con excesivos giros sobre las mismas ideas. O quizá sea Kureishi quien busca ese efecto premeditadamente, para trasladarnos la confusión que atormenta al personaje. En cualquier caso, a mí me costó un poco zambullirme en ella, aunque reconozco que la obra en conjunto tiene sus virtudes. El encargado de la librería incluso me felicitó por haberla elegido, cuando fui a pagar.

Nada más por hoy. Otro día, más y mejor.

lunes, 21 de noviembre de 2011

Cómo me quedé calvo.

Vaya, me ha tocado con él. Entre todos los artistas de la tijera y el bigudí que hay en esta peluquería, tenía que ser Boris el único libre. En fin, si no queda otro remedio, vamos allá: a cortarme el pelo se ha dicho.


Boris me recibe con su característica expresión de simpatía. Es exactamente igual a la del encargado de afilar la guillotina, diciéndole a Luis XVI: «Os habéis descuidado con vuestra longitud capilar, sire, pero no os preocupéis, aquí estoy yo para remediarlo».

En realidad no debe de llamarse Boris, pero la frialdad siberiana de su mirada, sus pétreas facciones y un cierto acento transcaucásico me motivan a darle tal nombre. Y el hecho de que alguien con el cráneo totalmente rasurado se dedique a esta profesión, es motivo suficiente para desconfiar.

Comienza el ritual: agua calentita, lavado, toalla, sillón, herramienta en mano... Pregunta retórica: «¿Cómo lo quieres?» Sólo un par de centímetros menos, por favor. Cierro los ojos y me agarro con fuerza a los reposabrazos. A ver si esta vez hay suerte.

Nada, no lo he conseguido: para Boris, el concepto de centímetro no responde a la unidad de medida estándar. En un zip-zip ya me he quedado sin flequillo, y eso es sólo el principio de la poda. Mientras los mechones van cayendo sobre mi regazo, reprimo un suspiro de añoranza: ¡ay, queridos compañeros de azotea...!

Pero no sería de hombres llorar, supongo que con el tiempo volveré a disfrutar de su presencia. O eso espero, al menos; no me gustaría que me ocurriera igual que al personaje imaginado por Arnon Grunberg en Cómo me quedé calvo.

"Llegué a la conclusión de que, con una mujer austriaca, me sería imposible hallar lo que yo buscaba, así que me lancé a recorrer Viena en busca de extranjeras.
En los parques y en los jardines solía echarme a llorar, también apasionadamente, hasta que comprendí que los ojos enrojecidos y las mejillas húmedas no me ayudaban demasiado en mi propósito de conocer a extranjeras.
Recorría la ciudad con las manos a la espalda como un patinador, convencido de que los iniciados me reconocerían de inmediato como un servidor del amour fou.
Después de recorrer la ciudad durante semanas sin ningún resultado, una tarde conocí al fin a unas chicas en una heladería.
Dos muchachas me pidieron que les hiciera una foto. Sin lugar a dudas, eran turistas extranjeras.
Me invadió el pánico, porque sabía que había llegado el momento. Era ahora o nunca."

Marek es un tímido poeta y estudiante de filosofía, que anhela experimentar un amour fou, loco, total, desatado, en el que su fuego vital roce el infinito... Como todo el mundo, claro. Pero aparte del carácter, va a tener ciertos problemillas. El primero es de imagen: la progresiva alopecia. Y el segundo, bastante peor: su... su... eso... no está en proporción con el resto de su cuerpo. Igual que en el peluquero, una cuestión de centímetros.

Así comienza un relato de desventuras con continuos saltos en el tiempo, entre el presente y los años en que las ondas castañas aún adornaban la cabeza del protagonista. Los demás miembros de la familia, padre, hermanos y madrastra, tampoco le ayudan mucho, inmersos en sus propias rarezas, y el ambivalente recuerdo de su madre, desaparecida al resbalar durante una excursión alpina, le acompaña siempre como una sombra. ¿Conseguirá conocer a esa chica de sus afanes?

Según el mensaje de marketing de la contraportada, Grunberg "revolucionó la vida literaria holandesa" con esta novela. La primera edición apareció bajo el seudónimo de Marek van der Jagt, y fue tal el éxito de ventas y los premios, que su verdadera identidad tuvo que salir a la luz para disfrutarlos.

Pues quizá esa vida literaria de los Países Bajos fuera antes más anodina, pero... no voy a poder colocar este libro en el Olimpo de mis favoritos. Tampoco es que sea malo del todo, en cuyo caso ni siquiera me pararía a comentarlo, sólo que no funciona al cien por cien. Se desinfla, abusa del tema de la calva y el "tamaño" hasta que pierden su gracia, y una vez alcanzado ese punto ya no remonta, dejándonos aún con un montón de páginas por delante. Ni siquiera el misterio sobre la muerte de la madre trae de nuevo expectación. Resumiendo, un aprobadillo para premiar el original planteamiento de inicio.

Hasta la próxima.

jueves, 17 de noviembre de 2011

Historia del corazón.

¿Un libro que al terminar de leerlo por primera vez me dejara catatónico, enfebrecido, perdida el habla? ¿Que siempre que vuelvo a abrirlo y paso un par de páginas, ya casi desencuadernadas por el uso, sienta una especie de corriente que me recorre la médula, de arriba abajo? Ah, bien, es fácil: Vicente Aleixandre y su Historia del corazón...




TENDIDOS, DE NOCHE.

Por eso tú,
quieta así, contemplándote,
casi escrutándote, queriendo en la noche mirar muy despacio el color de [tus ojos.
Cogiendo tu cara con mis dos manos mientras tendida aquí yaces,
a mi lado, despierta, despertada, muda, mirándome.

Hundirme en tus ojos. Has dormido. Mirarte,
contemplarte sin adoración, con seca mirada. Como no puedo mirarte.
Porque no puedo mirarte sin amor.
Lo sé. Sin amor no te he visto.
¿Cómo serás tú sin amor?
A veces lo pienso. Mirarte sin amor. Verte como serás tú del otro lado.
Del otro lado de mis ojos. Allí donde pasas,
donde pasarías con otra luz, con otro pie,
con otro ruido de pasos. Con otro viento que movería tus vestidos.
Y llegarías. Sonrisa... Llegarías. Mirarte,
y verte como eres. Como no sé que eres.
Como no eres... Porque eres aquí la que duerme.
La que despierto, la que te tengo.
La que en voz baja dice: «Hace frío». La que cuando te beso murmura
casi cristalinamente, y con su olor me enloquece.
La que huele a vida,
a presente, a tiempo dulce,
a tiempo oloroso.
La que señalo si extiendo mi brazo, la que recojo y acerco.
La que siento como tibieza estable,
mientras yo me siento como precipitación que huye,
que pasa, que se destruye y se quema.
La que permanece como una hoja de rosa que no se hace pálida.
La que me da vida sin pasar, presente,
presente inmóvil como amor, en mi dicha,
en este despertar y dormirse, en este amanecer,
en este apagar la luz y decir... Y callarse,
y quedarse dormido del lado del continuo olor que es la vida.

(Vicente Aleixandre).

lunes, 14 de noviembre de 2011

Aburridas memorias veraniegas (VII).

Antes de ponerse el sol, aún tuvimos otras visitas. Pero ni siquiera los reflejos esmeraldas de la laguna de Talay Nai, por ejemplo, me levantaron el ánimo. Haber tenido la miel tan cerca de los labios...

Debí de adormilarme durante el viaje de vuelta. Desperté al notar un ligero balanceo, mientras otra embarcación al pairo nos lanzaba un cabo. ¿Un abordaje? Pero pronto volví a caer en los ronquidos: estos no eran de Spectra. Simplemente, nuestro capitán había parado para hacer la compra en la pescadería.

Y ya está. Desembarcamos y la furgoneta nos condujo a los respectivos hoteles. Aunque Yuri se apeara antes que las chicas, sin duda conservaría el contacto; había demostrado suficiente maña para ello. Yo, por el contrario, tenía la misma sensación que si estuviera por última vez frente a las obras maestras del Hermitage. Proshai, proshai... adiós...

(Títulos de crédito).



Alto. No conviene abandonar la sala antes de que se enciendan las luces. Ya se sabe que los títulos de crédito en ocasiones ocultan escenas adicionales.


Interior del hotel: la cámara sigue mis pasos en dirección a la atractiva recepcionista. Ella junta sus manos en señal de bienvenida.

Sawadee.

Nota: esto viene a significar "hola". Es un gesto muy difundido en todo el sudeste asiático, similar al saludo namaste de la India, ese por el cual uno implícitamente está diciendo: "Yo honro ese lugar en ti donde habita el universo entero, yo honro ese lugar en ti que es un lugar de amor, de verdad, de luz. Y sé que cuando tú estás en ese lugar dentro de ti, y yo estoy en ese lugar dentro de mí, tú y yo somos uno solo" (fuente: Wikipedia). Toma ya.

–Buenas tardes (hay que ver, qué prosaicos somos los occidentales). Habitación número... –intento recordar cuál era.
–Sí, señor: 751. Tenga su tarjeta.

Anda, pues acertó. Vaya memoria, entre tantas docenas de huéspedes.

Me ducho, me cambio de ropa (no insistáis, estas secuencias no las puede sacar la cámara), voy al restaurante, ceno, llamo la atención de la atractiva camarera para pagar.

–¿Desea que carguemos la cuenta a su habitación?
–Sí, la número...
–751, ¿verdad?

Uuuuh... Aquí hay gato encerrado.

Un nuevo día; tras las abluciones matutinas, el desayuno. Atractiva señorita en la puerta del salón, controlando quién entra.

–Buenos días –y no digo nada más.
Sawadee –recorre su lista y al llegar al 751 hace una señal. –¿Desea mesa en el interior o en la terraza?

No sé por qué, ya no me sorprendo.

Voy a la piscina. La atractiva encargada de las toallas me presta una, anota la hora de recogida y solicita mi rúbrica. Advierto que también ha rellenado... sí, efectivamente, el número mágico: 751.

¡No puedo más! ¿Todo el personal (casualmente, femenino) sabe dónde duermo? ¡Si sólo me han visto dos veces! ¡Si llegué anteayer! Tengo que preguntar.

–Perdón, pero ¿cómo...?

Jijijijiji. –Risitas. No hay respuesta.

Ya sé, ya sé, entre las opciones, que me confundan con Brad Pitt o con George Clooney, o bien que les gusten los números primos, siendo objetivos es más plausible lo segundo. Pero aun así... Saco pecho, el ánimo crece de nuevo, no todo está perdido. En algún momento, en alguna otra película... Irina... volverá.

(Fin).


jueves, 10 de noviembre de 2011

Aburridas memorias veraniegas (VI).

Vale, de acuerdo. Era bastante bonito, con aquellas islas surgiendo entre las nubes. Tras conseguir las deseadas instantáneas, mi espíritu se abandonó meditativo a la calma del lugar.

Una vez hube repuesto fuerzas, inicié el retorno. Si había conseguido superar todas las pruebas de la jornada, ¿qué hazaña podría resistírseme? ¿Qué meta no cruzaría con los brazos en alto? Lo que plasmado en términos inmediatos, tenía un nombre propio: ¿me recibiría Irina con guirnaldas de flores, mientras Yuri se mordía los puños de envidia? ¿Qué merecido premio le esperaba al campeón en la playa?

Bajar resultaba menos cansado que subir, si bien no mucho más cómodo. Pero la idea de la recompensa era un poderoso aliciente, y un chapuzón tampoco le iba a la zaga para darme alas. Si aparte hubiera un chiringuito donde pedir una ración de bravas y unas cañas, ya sería el paraíso terrenal.

Fotograma a fotograma, el cuento de la lechera se desarrolló ante mí: en sueños, ya veía a Irina surgiendo de la espuma del mar. Sostenía una redecilla llena de caracolas y se acercaba lentamente, luciendo una amplia sonrisa de admiración. Yo la esperaba en la orilla con el punto de condescendencia propio de los triunfadores, ese gesto relajado que expresa sin palabras: "qué suerte tienes de haberme conocido, nena"...


Y cuando dejé atrás la espesura...

Tumbada boca abajo, los párpados cerrados de Irina le impedían disfrutar la emoción del reencuentro. A cambio, otro tipo de sensaciones parecían mantenerla ocupada: concretamente, las que le proporcionaba el artero Yuri mientras extendía crema sobre sus hombros, en falsamente inocentes movimientos circulares.

O sea, primero me incita a pegarme la paliza, sin importarle mi evidente falta de forma, y luego resulta que era una treta para alejarme del escenario de operaciones. ¿Y si me hubiera dado un tirón, eh? ¡Qué falta de ética deportiva! ¡Cuánto desprecio por el juego limpio!

Para colmo, las demás beldades se habían ido a practicar kayak, y por supuesto, en un parque natural bravas y cañas brillaban por su ausencia. En suma, una victoria pírrica; el baño era lo único que restaba para aliviar mi decepción. Las olas me acogieron vivificadoras en su seno.

(Continuará).


lunes, 7 de noviembre de 2011

Aburridas memorias veraniegas (V).

Aunque Irina, que llegaba en aquel momento, también había perdido un poco de glamour. Un poco, sólo un poco, con la blusa empapada ciñéndose a su cuerpo.

.....................

¿Qué estaba yo diciendo? Ah, sí, algo sobre el calor y la humedad relativa del aire. Es que me he quedado un momento con la mente en blanco.

Saqué el kit de supervivencia que previsoramente había llevado conmigo, y le ofrecí un trago de agua. El pulso me temblaba. Una sola palabra suya, un simple aleteo de pestañas, e incluso hubiera compartido el bocadillo de queso. Reblandecido, eso sí, pero... ¿acaso no era suficiente prueba de mi devoción?

¿Y qué pensaréis que ocurrió? No daba crédito a mis oídos: tras un intercambio de impresiones con Yuri, ella renunció asimismo a continuar. ¿Por qué? Estaba a punto de ofrecerme a llevarla a caballito, cuando lo absurdo de la idea se hizo patente: la cámara de fotos. La cámara iba en la mochila, y la mochila a mi espalda, por lo tanto ya ocupada. Sin imágenes gráficas no sería capaz de demostrar haber cumplido la misión; no me quedaba más remedio que sacrificar la compañía de Irina a cambio de las esperadas vistas.


Está claro que en nuestro mundillo de agentes secretos tenemos dos horas de deber (hacia la reina, el primer ministro, el gabinete y la commonwealth en pleno), y sólo al final, si todo ha ido bien, un par de minutos de placer. Ya podía ser al revés, ya. De verdad que este trabajo no sale a cuenta.

Así pues, allí los dejé a los dos, recuperando el aliento, mientras yo proseguía la escalada. Ignorando sus quejas, obligué a cada fibra, a cada músculo, a darlo todo. Lo más escarpado aguardaba cerca de la cumbre; con pies y manos si era necesario, pero la alcanzaría. Hasta que de repente, me encontré sobre una plataforma de madera. En jarras, con el pecho resonando en medio de aquella soledad, contemplé el horizonte. ¿Habría valido la pena?

(Continuará).