jueves, 29 de septiembre de 2011

Vienen a decirme…

Vinieron a decirme que estabas muy enferma, que desde tu cama, tras años de lucha, tus ojos miraban ya apagados.

Latido.
...........Latido.
......................Latido.

Y yo sólo veía imágenes de vida. Sonrisas ante la cámara. Alegría rodeándote. Un ramo de flores blancas. También tú vestida de blanco.

Latido.
...........Silencio
.........................Latido.

Ahora, vienen a decirme que...

Latido.
...........Silencio.
........................Silencio.




lunes, 26 de septiembre de 2011

The most beautiful sound...

Edimburgo, en pleno festival. Por las tardes, los asistentes a los cursos de verano del Basil Paterson College alternábamos el teatro, el cine, los conciertos y los mil espectáculos callejeros de todo tipo, color y condición que se montan cada año en la ciudad de sir Walter Scott.

Por las noches, hacíamos de las tabernas de la Royal Mile nuestro segundo hogar.

¿Y por las mañanas? Es un poco vergonzoso, pero... Lo confieso, por las mañanas íbamos a clase a practicar inglés.

También ahí nos entreteníamos, de todas maneras. Un método bastante habitual consistía en interpretar nuestras propias obras dramáticas: las escribíamos en grupo, saltábamos a la palestra y luego a esperar el veredicto en forma de aplausos (o pitos) de nuestros compañeros.

Pues bien, en aquella ocasión me había tocado con una chica suiza y dos japonesas; las profesoras querían que "actualizásemos" a Romeo y Julieta. Romeo quedaba reservado para mí, como es evidente. Una de las niponas daría vida a mi partenaire, y las otras dos miembros del elenco serían las cabezas de familia Montesco y Capuleto.

Enseguida noté que Julieta era muy callada. A cada uno se nos ocurría alguna frase que añadir al diálogo, excepto a ella. Hierática, ni ponía buena cara, ni mala, ni decía sí, ni no, ni todo lo contrario. Quizá se hubiera sentido más en su salsa en una sesión de kabuki que en nuestra parodia sespiriana.

Ay, y en cuanto a actuar... La pobre leía sus líneas con la misma gracia que Schwarzenegger, sin levantar la vista del papel. Así no podía surgir la química. Nunca antes en la historia estuvieron los amantes de Verona peor representados, iban a llover sobre nosotros los tomates, seguro.

Hasta que de repente, sentí la llamada de la improvisación: vencer o morir sobre el escenario. Había llegado un turno de réplica adecuado, y sin pensármelo...




Eh... pues eso, West Side Story. Total, es la misma historia. Me puse de rodillas y le canté lo de The most beautiful sound I ever heard, etc. etc., a ritmo de Leonard Bernstein. Qué le vamos a hacer, estaba de vacaciones y me dejé llevar.

Lo que mejor recuerdo a continuación no es el batir de palmas del respetable. No, lo que me ha quedado en la memoria es cómo empezó a reírse la doncella Capuleto. Primero se le pusieron los ojos a la occidental, redondos, y luego, las convulsiones que sacudieron incontrolablemente sus hombros demostraron que era humana, al fin y al cabo.

Y me pregunto: ya que dicen que la vida es puro teatro, ¿no deberíamos dejarnos llevar más a menudo y conseguir que las personas a nuestro alrededor también lo hicieran? ¿Me atreveré a llegar mañana al trabajo y, en vez de dar apagadamente los buenos días, plantarme encima de la mesa y lanzar un retador ¡maaaaaambo!, por ejemplo?

Mejor no...

jueves, 22 de septiembre de 2011

Una sugerencia...

Recuerdo cuando me explicaron qué era la economía. No obstante, para no equivocarme voy a repasar algún libro sobre el tema. Veamos esa definición...


"La economía es el estudio de la manera en que los individuos y la sociedad deciden emplear los recursos escasos que podrían tener usos alternativos para producir diversos bienes y distribuirlos para su consumo, presente o futuro, entre las diversas personas y grupos de la sociedad".
(Economía, de Paul Samuelson y William Nordhaus).

Mmmm, demasiado árido. Para que se entienda mejor voy a poner tres o cuatro fotos, que siempre adornan. El ciclo de un producto básico, no sé, el arroz o el trigo, quedaría así:

Primero se ara y se siembra. Conviene echar un vistazo previo a la bolsa de cereales de Chicago, para saber cómo cotizan los contratos de futuros.



Llegado el momento, se recoje el fruto (o lo subcontratamos, depende de lo que la mano de obra nos pida a cambio).



El mayorista nos lo compra y se lo lleva al almacén. Transporte, seguros, manipulado, distribución... Es una cadena de valor añadido. No metamos subvenciones, lobbies ni zarandajas, porque ya se lía.



Si el precio de mercado cuadra, es decir, lo que la gente está dispuesta a pagar resulta interesante, ese arroz o ese trigo acaba en las tiendas, en los restaurantes, en los estómagos. Si no, se queda en el almacén.



Evidentemente, hay una serie de detalles que permanecen constantes: llueve cuando tiene que llover, sale el sol cuando corresponde, nada de pedrisco, sequía, guerras, terremotos, hay una cierta capacidad adquisitiva, etc.

¿Cómo, que no sea tan simplón? ¿Que todo es en realidad más complejo? ¿Que me olvide un poco de las definiciones de libro y baje de las nubes?




Sí, puede ser. Por eso, sólo si nos sobra, por supuesto, podríamos hacernos socios de Médicos sin fronteras o mandarles un donativo, que anda la cosa muy mal por esos mundos. Apenas una sugerencia...

lunes, 19 de septiembre de 2011

Homo Neanderthalensis.

–Los tíos sois lo peor.

Dejo mi taza de café suspendida en el aire. ¿Y eso a qué viene?

–Sois más bastos que un neanderthal, sólo os falta ir con la cachiporra, uh, uh, uh. No sabéis tratar de otra forma a las mujeres.


Sigo atónito con la ventolera que le ha dado a mi amiga.

–Tú mismo. A ver: conoces a alguien, la llamas, la invitas a cenar...
–No.
–No, ¿qué?
–No hago eso. Yo no llamo. Que llame ella.
–¿¡Lo ves, lo ves!? Ya empezamos por ahí. ¿Cómo va a saber ella que estás interesado, si no la llamas?
–Por esa regla de tres, ¿cómo voy a saberlo yo?
–¡Porque ella es la chica, pedazo de bruto! ¡Eres tú quien tiene que demostrar algo! Nosotras podemos tener a quien queramos; para que nos den besos y abrazos nos vale cualquiera, pero buscamos algo más.

Miro el café con sospecha. ¿Qué variedad alucinógena será la que nos han servido?

–Bueno, perdona, esas ideas tuyas resultan un poco... anticuadas.
–Vale, cuando tienes una cita, ¿quién paga la cena?
–Y yo qué sé. Depende...
–¡Mal! ¡Tienes que ser tú! ¿O eres de esos que prefieren que cada uno se pague lo suyo?
–Pues...
–Aunque por lo menos, supongo que al despedirte la llevarás hasta su casa y la dejarás en la puerta, sana y salva, ¿no?
–Sí, claro, en coche de caballos, con uniforme de húsar y una orquesta zíngara detrás, dando ambiente. Si hubiéramos quedado en el centro y ella viviera en la otra punta de la ciudad, por ejemplo, quizá fuera más práctico que...

El color de su cara pasa por diversas tonalidades de verde. Me estoy ganando una X bien grande en su lista de tipejos despreciables.

–O sea, que no lo entiendes.
–Eh... ¿Cuál era la pregunta?
–No entiendes lo que queremos, no entiendes lo que necesitamos.
–Sí..., no..., a veces...
–Queremos sentirnos especiales. Y tenéis que ganároslo a pulso día tras día, ¿te enteras? ¿O es que te crees que vamos a caer rendidas a los cinco minutos y para siempre, sólo por vuestra cara bonita?

Estoy a punto de replicar con mi experiencia en pro de la igualdad de sexos, pero el instinto me indica que, careciendo de cara bonita, por lo menos en este momento estoy más mono callado.

–Y vosotros, vosotros... ¡Cavernícolas! ¡Si nos llamáis es para decirnos que estáis de juerga con los amigos, y que si luego nos queremos ir a la cama! ¡Y además tenéis pánico al compromiso! ¿Eso es para vosotros el amor?

Ahora empiezo a entender, debe de estar enfadada con alguien. Me quedo pensando en su vindicatorio discurso, mientras doy vueltas a la cucharilla. Ciertas palabras giran también como un carrusel en mi cabeza: cama, amor, compromiso, cama, amor, compromiso... ¿Y si mi amiga tuviera razón en la queja?

Noooooo. Menos mal que la sensatez me golpea con la cachiporra de los neanderthales. En realidad, estos eran una especie muy sensible, es injusto presentarlos como simples brutos. ¿Es que nadie ha oído hablar de la cultura musteriense? Por no mencionar el troncomóvil. Ah, y la brontoburger. ¡No sé qué más quieren las mujeres de nosotros, por favor!

¡Vilmaaaaaaaa!

jueves, 15 de septiembre de 2011

El fútbol a sol y sombra.

De pequeño, como cualquier chico del barrio, hubiera podido aspirar a las más altas cimas, a los honores más señalados, al reconocimiento y envidia de la sociedad. Porque de pequeño hubiera podido convertirme en... ¡jugador de fútbol!


En el descampado poníamos a prueba nuestras vocaciones. Particularmente consideré inútil aprender los entresijos del regate, las sutilezas de las paredes en el borde del área, las bicicletas y gambeteos cuya moda han impuesto en nuestros días las estrellas de chichinabo. Mi estilo era recibir el balón en el medio campo y meter la directa hacia la portería.

¡Ah, aquellas carreras por la banda derecha, galopadas sin control ni oposición posible, velocidad que el alado Hermes proporcionaba a mis piernas (a falta de fondo físico para volver después diligentemente a la defensa)!...

Hasta que todo cambió. Según transcurrían los años, las cimas se hicieron más y más lejanas, hasta desaparecer por detrás del horizonte. Nunca las alcanzaría. Para intentar olvidar el fracaso, me refugié en los libros. Fue el golpe definitivo: los honores se me negaron, el reconocimiento y la envidia de la sociedad se transformaron en lástima y compasión.

Qué triste, qué triste. Y sin embargo, ¿podría redimirme? ¿Podría juzgar aquí y ahora como un árbitro imparcial, para que ambos mundos se dieran la mano con fair play?

Pues no sé si habrá protestas del público, pero esta es mi decisión inapelable: penalti a favor de El fútbol a sol y sombra. Chuta Eduardo Galeano.


"En los pies de los legionarios romanos, llegó la novedad a las islas británicas. Siglos después, en 1314, el rey Eduardo II estampó su sello en una real cédula que condenaba este juego plebeyo y alborotador, «estas escaramuzas alrededor de pelotas de gran tamaño, de las que resultan muchos males que Dios no permita». El fútbol, que ya se llamaba así, dejaba un tendal de víctimas. Se disputaba en montoneras, y no había límite de jugadores ni de tiempo ni de nada. Un pueblo entero pateaba la pelota contra otro pueblo, empujándola a patadas y a puñetazos hacia la meta, que por entonces era una lejana rueda de molino. Los partidos se extendían a lo largo de varias leguas, durante varios días, a costa de varias vidas. Los reyes prohibían estos lances sangrientos: en 1349, Eduardo III incluyó al fútbol entre los juegos «estúpidos y de ninguna utilidad», y hay edictos contra el fútbol firmados por Enrique IV en 1410 y Enrique VI en 1447. Cuanto más lo prohibían, más se jugaba, lo que no hacía más que confirmar el poder estimulante de las prohibiciones".

Lo definiría como una enciclopedia del balompié, si no fuera por que su formato es más rapsódico que enciclopédico. Se trata de un conjunto de artículos que glosan múltiples aspectos de este deporte, desde la más simple anécdota que ocurrió en tal o cual partido, hasta la más profunda mística cuando millones de personas alcanzan una comunión de fervor al final de los noventa minutos.

Esta táctica, dando rienda suelta a la fantasía, evitando el catenaccio de capítulos temáticos, puede confundir algo al principio. Porque también el interés de cada entrada resulta variable, evidentemente. Y sin embargo, la mayoría consigue un efecto de visualización del momento que describen (un remate de Pelé, una parada de Zamora, una jugada gloriosa de algún jugador olvidado de los tiempos del blanco y negro), mérito sin duda de la prosa apasionada de Galeano.

Y lo más curioso es que ni siquiera hay que ser practicante activo de la religión pelotera. En realidad, las decenas de microhistorias son como parábolas extrapolables a cualquier aspecto común de la vida (la gloria efímera, el valor del esfuerzo, el triunfo de lo inesperado). Todas las pasiones humanas acaban viéndose reflejadas en la cancha, listas para jugar el partido.

Curioso texto, como digo. ¡Goooooooool!

lunes, 12 de septiembre de 2011

La llamada (IV).

Vi con alarma cómo se apresuraba hacia mí, a pesar de sus tacones altos y su traje de falda estrecha. ¿Qué pretendía, practicar en el último segundo el salto del tigre? ¿Debía yo por tanto adoptar la tsuru ashi dachi, más conocida en términos de defensa personal como postura de la grulla? Aiooooooo...


–Perdona, ¿puedes hacerme una perdida?

Tenía el sol de frente, por eso no pude fijarme bien en sus pupilas. ¿Estaban dilatadas? ¿Nos conocíamos de algo? Lo de hacerle una perdida, ¿se trataba de algo lúbrico? Las preguntas se sucedían en mi interior.

–¿Cómo?
–Ay, es que no sé dónde tengo el móvil –abrió el bolso y empezó a revolver su abigarrado contenido–. Llámame, a ver si lo encontramos. Mi número es el 660...

Vaya, eso lo explicaba todo: el viejo truco del intercambio de números de teléfono. Debía de haber experimentado un flechazo a distancia, para correr a pedírmelo con tanta urgencia.

Marqué los dígitos, delectándome, con el pecho hinchado de orgullo como un pollo de corral. Pulsé el botón. La miré. Me miró. Momento de gran intensidad emocional: ¿sonarían violines como fondo de nuestra primera comunicación?

–Yo no oigo nada.
–Ni yo. ¿Lo habré metido en la funda del PC?

Abrió el maletín de su ordenador portátil. Sus dedos palparon, acariciaron, recorrieron apasionadamente el interior. Mmmm, no, seguía sin vibrar el aire.

–Entonces es que me lo he dejado encima de la mesa. Me voy corriendo, muchas gracias. Eres un encanto.

De nuevo el acompasado y veloz golpear de sus tacones contra el pavimento, esta vez alejándose. ¿Eso era todo? ¿Me abandonaba así, igual que se arroja un pañuelo, después de utilizarme para sus fines?

Alrededor de una hora más tarde, el 660... apareció en mi pantalla.

–Hola, tengo una llamada tuya. Eres el mecánico, ¿no?
–Eh, no, creo que soy el tipo al que paraste antes en la calle. No sé si te acuerdas...
–Aaaaah.
–Deduzco que recuperaste el teléfono.
–Sí, sí. Bueno, te dejo, que estoy esperando al mecánico. Gracias otra vez, eres un encanto. Clic.

Pues definitivamente, soy un encanto. Preferiría haber sido el mecánico, pero... algo es algo.

martes, 6 de septiembre de 2011

El libro de las maravillas.

Hace unos días, iba yo por Mandalay...


No, el comienzo no es una excusa para escuchar la canción. Es que, literalmente, hace unos días iba yo por Mandalay. Y por Amarapura, Rangún, el lago Inle...

Navegué por el río Irrawaddy; contemplé la imagen de Mahamuni, cubierta de oro, zafiros y esmeraldas; me uní a los fieles que oraban en las estupas de Shwedagon; subí los escalones hasta la cima del Monte Meru; saludé a los gatos de Phaung Daw Oo.




Crucé el puente de U Bein, con sus pilares de teca hundidos en las aguas, apenas divisando su fin; en Bagan, la ciudad fantasma de las mil pagodas, el crepúsculo turbó mis ojos; me adentré bajo la lluvia en los olores y colores de Inpawkhon.




Visité Chaukhatgyi, Bargayar y Kuthodaw la blanca; deambulé lentamente por Htilominlo; con los pies descalzos, hollé la pirámide de Dhammayangyi; el sonido de los cascos del caballo me acompañó hasta las puertas de Menu Okkyaung.




A veces, el solo eco de nombres como estos puede hacer que tiempo después nuestros ojos cerrados vuelvan a recorrer calles, mercados, inmensos templos, palacios, torres y murallas infranqueables...

A veces, ese mismo eco crea siluetas en el horizonte, sombras lejanas que no aparecen en los mapas comunes, cuya existencia sólo algunos elegidos conocen.

Lord Dunsany lo sabía mejor que nadie. Edward John Moreton Drax Plunkett, XVIII barón de Dunsany. Por eso, también hace unos días, acompañándome en mi viaje por el confín del mundo, llevaba un libro suyo en la mochila: El libro de las maravillas. Cuentos asombrosos.

Un barco pirata navegando por las arenas africanas; un mago harto de los ruidos de Londres, que encarga a su acólito el ingrediente necesario para hacerla desaparecer; nómadas aterrados porque saben quién ha encendido la luz en la cámara superior, mientras intentan robar la Caja Dorada; cómo pudo llegar aquél que estaba profetizado a la Ciudad de Jamás; el destino del señor Thomas Shap tras coronarse rey; una inquietante tienda donde los clientes acuden a intercambiar sus males; los celos entre un ídolo centenario y la nueva imagen que los sacerdotes colocan cerca de su pedestal...

Estas son sólo algunas de las historias que se ocultan tras las tapas. Historias breves, subyugantes, que desearemos relatar con un vaso en la mano junto al vivificador fuego de una posada, mientras fuera... quizá algo con lo que no conviene encontrarse merodea en la oscuridad. ¿Hablo de fantasía? Sólo quizá.


viernes, 2 de septiembre de 2011

Via dell'...

Es una calle que muchos buscan.




A veces, deambulando por callejones que vagamente se le parecen.

Otros no. Llegan a ella de forma inesperada y simplemente entran.

Aunque muchos otros la evitan. Tienen miedo a caminar por ella.

Puede ser arriesgado, es cierto.

Porque nunca se divisa adónde conduce. Y la respuesta no figura en ningún mapa.





Incluso con la luz del día más transparente, cuando nada puede ocultarse detrás de las esquinas, en alguno de sus recovecos, hay quienes se asoman a ella con recelo, a través de ventanas con vidrios emplomados.

En el familiar silencio de sus casas, se saben seguros.

No abren las cerraduras. No cruzan los umbrales. No muestran la llave a nadie. Podrían perder tanto...

Y la vida pasa silbando como el viento. Y no vuelve atrás, jamás vuelve atrás, en Via dell'...