jueves, 29 de septiembre de 2011

Vienen a decirme…

Vinieron a decirme que estabas muy enferma, que desde tu cama, tras años de lucha, tus ojos miraban ya apagados.

Y yo sólo veía imágenes de vida. Sonrisas ante la cámara. Alegría rodeándote. Un ramo de flores blancas. También tú vestida de blanco.

Ahora, vienen a decirme que...



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lunes, 19 de septiembre de 2011

Homo Neanderthalensis

–Los tíos sois lo peor.

Dejo mi taza de café suspendida en el aire. ¿Y eso a qué viene?

–Sois más bastos que un neandertal, sólo os falta ir con la cachiporra.

Sigo atónito con la ventolera que le ha dado a mi amiga.

–Tú mismo. A ver: conoces a alguien, la llamas, la invitas a cenar...
–No.
–No, ¿qué?
–No hago eso. Yo no llamo. Que llame ella.
–¿¡Lo ves, lo ves!? Ya empezamos por ahí. ¿Cómo va a saber ella que estás interesado, si no la llamas?
–Por esa regla de tres, ¿cómo voy a saberlo yo?
–¡Porque sois vosotros quienes tenéis que demostrar algo!

Miro el café con sospecha. ¿Qué variedad alucinógena será la que nos han servido?

–Perdona, esas ideas tuyas resultan un poco... anticuadas.
–Vale, cuando tienes una cita, ¿quién paga la cena?
–Y yo qué sé. Depende...
–¡Mal! ¡Tienes que ser tú! ¿O eres de esos que prefieren que cada uno se pague lo suyo?
–Pues...
–Aunque por lo menos, supongo que al despedirte la llevarás hasta su casa y la dejarás en la puerta, sana y salva, ¿no?
–Sí, claro, en coche de caballos, con uniforme de húsar y una orquesta zíngara detrás, dando ambiente.

El color de su cara pasa por diversas tonalidades de verde. Me estoy ganando una X bien grande en su lista de tipejos despreciables.

–O sea, que no lo entiendes.
–Eh... ¿Cuál era la pregunta?
–No entiendes lo que queremos, no entiendes lo que necesitamos.
–Sí..., no..., a veces...
–Queremos sentirnos especiales. Y tenéis que ganároslo a pulso día tras día, ¿te enteras? ¿O es que te crees que vamos a caer rendidas a los cinco minutos y para siempre, sólo por vuestra cara bonita?

El instinto me indica que, careciendo de cara bonita, por lo menos en este momento estoy más mono callado.

–Y vosotros, vosotros... ¡Cavernícolas! ¡Si nos llamáis es para decirnos que estáis de juerga con los amigos, y que si luego nos queremos ir a la cama! ¡Y además tenéis pánico al compromiso! ¿Eso es para vosotros el amor?

Bueno, bueno, bueno. Ahora empiezo a entender, debe de estar cabreada con alguien. Muy cabreada. Me quedo pensando en su vindicatorio discurso, mientras doy vueltas a la cucharilla.

Pero no, definitivamente no. En realidad, los neandertales eran una especie muy sensible, es injusto presentarlos como simples brutos. ¿Es que nadie ha oído hablar de la cultura musteriense? Por no mencionar el troncomóvil. Ah, y la brontoburger. ¡No sé qué más quieren las mujeres de nosotros, por favor!

¡Vilmaaaaaaaa!


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jueves, 15 de septiembre de 2011

El fútbol a sol y sombra

Pues no sé si habrá mañana mucha polémica, pero esta es mi decisión inapelable: penalti a favor de El fútbol a sol y sombra. Chuta Eduardo Galeano.
En los pies de los legionarios romanos, llegó la novedad a las islas británicas. Siglos después, en 1314, el rey Eduardo II estampó su sello en una real cédula que condenaba este juego plebeyo y alborotador, «estas escaramuzas alrededor de pelotas de gran tamaño, de las que resultan muchos males que Dios no permita». El fútbol, que ya se llamaba así, dejaba un tendal de víctimas. Se disputaba en montoneras, y no había límite de jugadores ni de tiempo ni de nada. Un pueblo entero pateaba la pelota contra otro pueblo, empujándola a patadas y a puñetazos hacia la meta, que por entonces era una lejana rueda de molino. Los partidos se extendían a lo largo de varias leguas, durante varios días, a costa de varias vidas. Los reyes prohibían estos lances sangrientos: en 1349, Eduardo III incluyó al fútbol entre los juegos «estúpidos y de ninguna utilidad», y hay edictos contra el fútbol firmados por Enrique IV en 1410 y Enrique VI en 1447. Cuanto más lo prohibían, más se jugaba, lo que no hacía más que confirmar el poder estimulante de las prohibiciones.

Tenemos aquí un conjunto de artículos que glosan múltiples aspectos del balompié, desde la más simple anécdota que ocurrió en tal o cual partido, hasta la más profunda mística cuando millones de personas alcanzan una comunión de fervor al final de los noventa minutos.

Si bien cada uno presenta un grado de interés variable, la verdad es que la mayoría consigue transportarnos al momento que describen: un remate de Pelé, una parada de Zamora, una jugada gloriosa de algún jugador olvidado de los tiempos del blanco y negro... Gran mérito de la prosa apasionada de Galeano.

Pero lo más curioso es que ni siquiera hay que ser practicante activo de la religión pelotera para disfrutar de estas historias. Porque son como parábolas extrapolables a cualquier aspecto de la vida (la gloria efímera, el valor del esfuerzo, el triunfo de lo inesperado). Todas las pasiones humanas acaban viéndose reflejadas en la cancha, listas para jugar el partido.

¡Goooooooool!
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lunes, 12 de septiembre de 2011

La llamada (IV)

Vi con alarma cómo se apresuraba hacia mí, a pesar de sus tacones altos y su traje de falda estrecha. ¿Qué pretendía, practicar en el último segundo el salto del tigre? ¿Debía yo por tanto adoptar la tsuru ashi dachi, más conocida en términos de defensa personal como postura de la grulla? Aiooooooo...

–Perdona, ¿puedes hacerme una perdida?

Tenía el sol de frente, por eso no pude fijarme bien en sus pupilas. ¿Estaban dilatadas? ¿Nos conocíamos de algo? Lo de hacerle una perdida, ¿se trataba de algo lúbrico? Las preguntas se sucedían en mi interior.

–¿Cómo?
–Ay, es que no sé dónde tengo el móvil –abrió el bolso y empezó a revolver su abigarrado contenido–. Llámame, a ver si lo encontramos. Mi número es el 660...

Vaya, eso lo explicaba todo: el viejo truco del intercambio de números de teléfono. Debía de haber experimentado un flechazo a distancia, para correr a pedírmelo con tanta urgencia.

Marqué los dígitos delectándome, con el pecho hinchado de orgullo como un pollo de corral. Pulsé el botón. La miré. Me miró. Momento de gran intensidad emocional: ¿sonarían violines como fondo de nuestra primera comunicación?

–Yo no oigo nada.
–Ni yo. ¿Lo habré metido en la funda del PC?

Abrió el maletín de su ordenador portátil. Sus dedos palparon, acariciaron, recorrieron apasionadamente el interior. Mmmm, no, seguía sin vibrar el aire.

–Entonces es que me lo he dejado encima de la mesa. Me voy corriendo, muchas gracias. Eres un encanto.

De nuevo el acompasado y veloz golpear de sus tacones contra el pavimento, esta vez alejándose. ¿Eso era todo? ¿Me abandonaba así, después de utilizarme para sus fines?

Alrededor de una hora más tarde, el 660... apareció en mi pantalla.

–Hola, tengo una llamada tuya. Eres el mecánico, ¿no?
–Eh, no, creo que soy el tipo al que paraste antes en la calle. No sé si te acuerdas...
–Aaaaah.
–Deduzco que recuperaste el teléfono.
–Sí, sí. Bueno, te dejo, que estoy esperando al mecánico. Gracias otra vez, eres un encanto. Clic.

Pues definitivamente, soy un encanto. Preferiría haber sido el mecánico, pero... algo es algo.


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martes, 6 de septiembre de 2011

El libro de las maravillas

Un barco pirata navegando por las arenas africanas. Un mago harto de los ruidos de Londres, que encarga a su acólito el ingrediente necesario para hacerla desaparecer.
Escalaron la colina y pusieron el caldero sobre el suelo; echaron en él todo lo necesario y encendieron una fogata con hierbas que ningún farmacéutico vendería ni ningún jardinero decente cultivaría; luego removieron el caldero con el espetón dorado. El mago se apartó un poco y murmuró, luego avanzó hacia el caldero y, cuando todo estaba listo, abrió de repente el cofre y dejó caer dentro la cosa carnosa para que hirviera.

Nómadas aterrados porque saben quién ha encendido la luz en la cámara superior, mientras intentan robar la Caja Dorada. El destino del señor Thomas Shap tras coronarse rey.

Por qué el lechero se estremece cuando divisa la aurora. La profecía sobre aquel que ha de llegar a la ciudad de Jamás.

Una inquietante tienda donde los clientes acuden a intercambiar sus males. Los celos entre un ídolo centenario y la nueva imagen que los sacerdotes colocan cerca de su pedestal…

Estas son algunas de las historias que se ocultan tras las tapas de El libro de las maravillas, de Lord Dunsany.

Historias breves, subyugantes, que desearemos leer con un vaso en la mano junto al vivificador fuego de una posada, mientras fuera… quizá algo con lo que no conviene encontrarse merodea en la oscuridad.
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viernes, 2 de septiembre de 2011

Via dell'...

Es una calle que muchos buscan.

A veces, deambulando por callejones que vagamente se le parecen.

Otros no. Llegan a ella de forma inesperada y simplemente entran.

Aunque hay quienes la evitan. Tienen miedo a caminar por ella.

Puede ser arriesgado, es cierto.

Porque nunca se divisa adónde conduce. Y la respuesta no figura en ningún mapa.

Incluso con la luz del día más transparente, cuando nada puede ocultarse detrás de las esquinas, en alguno de sus recovecos, hay quienes se asoman a ella con recelo, a través de ventanas con vidrios emplomados.

En el familiar silencio de sus casas, se saben seguros.

No abren las cerraduras. No cruzan los umbrales. No muestran la llave a nadie. Podrían perder tanto...

Y la vida pasa silbando como el viento. Y no vuelve atrás, jamás vuelve atrás, en Via dell'...



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