jueves, 28 de julio de 2011

La reina Cristina de Suecia.

Después de pasar el último examen, me concedieron el título de experto en lengua sueca. Firmado, rubricado y sellado por las altas instancias educativas, q.D.g. Incautos, no sabían lo que hacían, no sabían las fuerzas que estaban desatando.

¿Significaba ello que me encontraba preparado para empaparme de Strindberg? Bueno... Llevo años desde que empecé un librillo suyo titulado Det Nya Riket, de apenas 132 páginas, y no estoy seguro de si alguna vez...

¿Significaba quizás que iba en vías del Nobel, que cuando Carlos XVI Gustavo me estrechase la mano, sería capaz de decirle en su propio idioma: "Ya ves, majestad, empecé con un blog, unos cuantos coleguitas y..."?

(Aclaro que en esas latitudes, tutear a todo el mundo es lo normal).

¿O bien podría servir para obtener por la patilla descuento en los arenques con salsa de mostaza de la tienda de Ikea, en las galletas de jengibre, en el kalles kaviar?

Nooooooooo. Qué pequeñeces. Qué forma tan ridícula de limitar las inmensas posibilidades que me abre ese reconocimiento académico.

Lo que realmente significa es que, si alguna vez me encuentro con una escandinava de las de quitar el hipo, me habla un poco rápido y me quedo sólo a medias, en lugar de poner cara de tonto estoy capacitado para contestarle:

–Sí, sí, claro que te entiendo. Lo que quieres es revivir conmigo la aventurilla de la reina Cristina de Suecia y el conde de Pimentel, ¿verdad? Je, je, anda, vamos, qué traviesa.
Vem? (¿Quién?)
–Tú Greta Garbo, y yo John Gilbert. Espera, que voy encendiendo la chimenea, nos metemos bajo la funda nórdica y no salimos en tres días hasta que deje de nevar.
Men... (Pero...)
–Perdona, estoy seguro de que eso es lo que has dicho. Es que tengo un diploma, ¿sabes? ¿Qué lado de la cama prefieres, el derecho o el izquierdo?

P.D. Hay quien critica a Gilbert por su actuación "menos brillante" que la Garbo, pero no estoy de acuerdo. La cara que se le queda en la escena de la posada, (la del enlace de más arriba), cuando descubre que el "jovencito" con quien va a compartir lecho tiene sorpresas ocultas, es impagable.


lunes, 25 de julio de 2011

En la Armada.

De no haber surgido circunstancias atenuantes, por sorteo me hubiera tocado hacer la mili en la Armada. Se hubiera cumplido aquello que cantaban premonitoriamente en mi niñez: Podrás pasarlo muy bien, tecnología aprender, tesoros descubrir, en la Armada lograrás tu sueño realizar, en tierra o en el mar...




Pero tales circunstancias fueron: primero las sucesivas prórrogas por estudios, y cuando por fin llegó el momento de la verdad, que tanto estudio me había dejado más miope que un rinoceronte.

Mi examen con la teniente médico fue más o menos así:

–Teniente: ¿Cuántos dedos distingues en esta mano? (enseñándome la suya derecha).
–Yo: Eh, tres... ¡No, cuatro! Cuatro... creo... O dos...
–Teniente: Ya. ¿Usas gafas?
–Yo: Según y dónde. Si los dioses están de buenas y me conceden practicar un poco el sentido del tacto... Para todo lo demás, sí.
–Teniente: Déjamelas, que gradúe la lente.
–Yo: Aquí tiene. ¿Me puedo apuntar de artillero? En un acorazado, creo que ahí usan balas gordas. O en un submarino, con esos pedazo de torpedos.
–Teniente: Hum, ¿algún otro defecto físico que quieras contarme?
–Yo: Bueno, defecto, defecto, habría que matizar el término, establecer ciertas bases, analizarlo desde una perspectiva ontológica, teleológica, epistemológica... Pues no se me ocurre ninguno.
–Teniente: Altura, bien. Peso, bien. Sin pies planos.
–Yo: Y los dientes son todos míos.
–Teniente: Por de pronto, vete a casita. Ya te mandaremos la carta con el resultado.
–Yo: ¡A sus órdenes, señora, sí señora!
–Teniente: ¡Otro!
–Yo: Anda, si esto es un armario. ¿Dónde estará entonces la puerta? Mejor me pongo las gafas. ♪♪♪ En la Armada, tu patria así protegerás, en la Armada, con tu uniforme de oficial, en la Armada, las chicas tú deslumbrarás, en la Armada, en la Armada... plas, plas, plas... ♪♪♪

Y luego me dijeron que era un inútil. ¿Eso iba con segundas? Con lo bien que hubiera hecho yo de vigía...

jueves, 21 de julio de 2011

El argentino.

El argentino dijo:
–Las argentinas son las más lindas del mundo.

Lo cual apenas fue suficiente para que yo levantara la vista un momento. Trabajo, tenía mucho trabajo, trabajo, trabajo...

Él insistió:
–Acá en España también, ¿eh?, también son muy lindas.

¿Y a mí que me contaba? Trabajo, trabajo, trabajo...

–Pero no lo entiendo. Yo salgo mucho por Huertas, por ejemplo, ¿vos lo conocés?

Asentí levemente con la cabeza. Hombre, claro, es un barrio muy animado. Pero no me distraigas, pensé.

–¿Y con qué me encuentro siempre? Al final de la noche, las minas se van a casa solas (estiró la ooooo de solas, como un bandoneón porteño).


Lo de las minas me despistó. ¿De cobre, de diamantes, de bauxita? Los dedos dejaron de teclear hasta que até cabos y registré mi nuevo conocimiento semántico. El argentino, por su parte, miraba hacia la ventana, hacia la luz del atardecer madrileño, con aire de melancolía. ¿Qué pasaba por su cabeza?

Por fin, liberó sus pensamientos:
–¡Solas! ¡Es imperdonable!

Enarqué la ceja.

–Eso no puede ser, vos y yo tenemos que remediarlo. ¿Me acompañás? ¿Vamos a Huertas?

De nuevo detuve el tecleo. La propuesta sonaba mesiánica, una cruzada para reparar mano a mano las injusticias amorosas de la villa y corte. Me imaginé junto a ese pico de oro, bajito y moreno, aprovechándome como escudero de las habilidades de seducción que todos les suponen a los nacidos desde Salta a Ushuaia, desde La Plata a Neuquén. Mmmmm.

Hasta que la sobriedad castellana vino a dar un aldabonazo en mi conciencia. ¡Reacciona! ¡Céntrate! ¡Di que no! Trabajo, trabajo, trabajo...

No sé por dónde andará ahora aquel tipo, pero me pregunto: ¿tuvo éxito en su quijotesco empeño? ¿Puso Huertas patas arriba? ¿Dejó huella imperecedera? Y sobre todo: ¿realmente tomé la decisión acertada?

lunes, 18 de julio de 2011

Una chica maravillosa.

La conocí hace cinco noches, apoyado en la barra de un bar.

Enseguida me sentí atraído. ¿Y quién no, entre el puñado de fracasados buscavidas que allí nos encontrábamos, intentando descubrir el sentido de cualquier cosa en las alitas de pollo frito y las cañas sin fin?

Me levanté del taburete y se lo cedí. No era digno que soportase mis infames carnes de devorador de colesterol, pudiendo alojar a aquel grácil cuerpo por cuyo roce todos hubiéramos vendido nuestras almas.

Dejó resbalar la mirada por los presentes, que fueron desgranando sus nombres en diminutivo, quizá un primer intento para ganarse su confianza. Por fin me llegó el turno y... ¡No, por favor! Sus ojos tenían que ser de ese tono, precisamente ese... Esto no podía estar ocurriéndome...

Me sorprendí a mí mismo enviando feromonas a metros de distancia, invitando al resto de machos del local a dejarme el campo libre. Por las buenas o por las regulares, pero esa belleza tenía que caer en mis romas garras. Me invadió un halo de villanía.

¿Entenderían los demás el mensaje? ¿Podía fiarme de mis compañeros? ¿Podía contar con su solidaridad masculina sincera, o por el contrario nos habíamos transformado en fieros competidores por el premio mayor? Yo intentaba acapararla, pero de continuo venía alguien a meter baza en la conversación.

Fue entonces cuando se hizo la luz en mi cabeza. Fue entonces cuando recordé aquella escena de Una mente maravillosa. ¿Cómo era eso de Adam Smith, el padre de la economía moderna? En competencia, la ambición individual sirve al bien común. ¿Y qué contestaba John Nash en la película?




¡Claro! ¡Por supuesto! El mejor resultado, obtener el favor de la dama, es producto de que todos en el grupo hagan lo mejor para sí mismos... ¡y para el grupo! Gracias, Nash, gracias.

Lógicamente, dejé de torcer el gesto ante las intrusiones de la demás gentuza. Una vez que lo hube comprendido, la sonrisa se instaló permanentemente en mis labios.

Y picando información que ella iba dejando caer a uno y otro, aquí y allá, conseguí ensamblar los detalles: edad, profesión, aficiones, estado sentimental... A continuación, hice un primer cálculo: compatibilidad estimada del 92,69%. Buen porcentaje, ¿no?

Ay, qué pronto vienen las parcas a poner en su sitio a los incautos, con qué celeridad se deshacen en el aire las ilusiones del hombre.

Porque olvidé lo fundamental: para que exista cooperación, todos tienen que cumplir las reglas. En cuanto alguien va por libre, el sutil entramado teórico se desarma.

Y fue uno más avispado que yo, quien consiguió su teléfono cuando nos separamos. ¿Con qué intenciones? Miedo me da ese Adam Smith.

De manera que, ejem, oye, querido primo, si tuvieras la bondad de compartir esos interesantes nueve números, si tuvieras la bondad de cooperar...

jueves, 14 de julio de 2011

¡Vive l’Empereur!

El sol que brillaba aquella mañana en Cherburgo proyectaba sobre mí la poderosa sombra del emperador.




Él esperaba que lo hiciese. Sus ojos, contemplándome desde lo alto del caballo, hacían innecesarias las arengas o las voces de mando. No me lo ordenaba, me lo pedía. ¿Acaso no guardaba yo también un bastón de mariscal en la mochila?


Una cadena. Debía sortear una cadena. El símbolo de la opresión del antiguo régimen se cruzaba en mi camino al muelle del ferry. Desvíate unos metros, pasa por otro sitio, parecía desafiarme a dos palmos de altura.

La plaza estaba desierta, sólo las gaviotas desplegaban en el cielo sus alas. Y sentí que eran en realidad aquellas águilas presentes en los cielos de Marengo, de Austerlitz, de Ulm...

Avancé a paso de carga: un breve salto y estaría al otro lado. Después embarcaría hacia Inglaterra, nada ni nadie podría detenerme. Flexioné la rodilla, levanté la pierna, me impulsé en el aire. ¡Allons, allons! ¡Pour la gloire! ¡Vive l’Empereur!

Waterloo... La cadena, hundiendo sus fauces de hierro en mi tobillo, lo esclavizó vilmente. Mi pantalón era un estandarte roto y ensangrentado, y sobre mi cuerpo tendido se depositaba el polvo de la derrota. La ley de la gravedad (escrita evidentemente por un súbdito de Albión), había dictado sentencia.

Desde entonces, bonapartista irredento, cuando en traje de baño muestro a la luz la pálida cicatriz de esa jornada, imagino que cualquier obstáculo a esos dos fatídicos palmos del duro suelo se ríe de mí. Y doy un rodeo. Qué ignominia...

lunes, 11 de julio de 2011

El corazón de las tinieblas.

¿Así que estás casualmente por el delta del Mekong y quieres dejarte caer por determinado punto más allá de, digamos, Chau Doc? Eso es cruzar la frontera vietnamita con Camboya, muchacho, mucho cine has visto tú. Pero bueno, como quieras, súbete a la lancha y vamos río arriba. ¡Yiiiiiiiiiha!


¿Vas buscando a alguien? ¿Al coronel Kurtz, quizás? Ya sabrás que está inspirado en un personaje de El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad, una historia extraordinaria. ¿La has leído, verdad? ¿Hace mucho? Tienes que hacerlo otra vez.


"Nada parecido al cambio que sobrevino sobre sus rasgos había visto hasta entonces y espero no volver a ver algo así jamás. Oh, pero no me conmovió, me fascinó. Fue como rasgar un velo. Vi en aquel rostro de marfil una expresión de sombrío orgullo, de poder despiadado, de vehemente terror, de una intensa y vencida desesperación. ¿Volvería a revivir en aquel momento de supremo conocimiento toda su vida, cada detalle de sus deseos, de sus tentaciones, de su claudicación? Gritó en un susurro, ante alguna imagen, ante alguna visión. Gritó dos veces, en un grito que no fue más que un hilo de voz:
–¡El horror! ¡El horror!"

Charlie Marlow, patrón de una embarcación plácidamente anclada en el Támesis, rememora cuando, años atrás, pilotó un bote de vapor en las aguas del Congo. Su misión: remontar el río para encontrar al señor Kurtz, tratante de marfil. Las imágenes acuden vívidas a su mente, como si de nuevo se encontrara allí.

Kurtz... Personaje misterioso y admirado, nadie ha conseguido unos resultados comerciales tan espectaculares. Y tampoco nadie pregunta de qué manera; simplemente, sus envíos del codiciado material le sitúan en lo más alto del aprecio de sus jefes.

Van quedando atrás las factorías en las riberas, habitadas por colonos europeos que deben enseñar a las hordas de nativos las ventajas de abolir sus bárbaras costumbres. Colonos que, según van avanzando hacia el interior, muestran cada vez más signos de agotamiento. Físico y sobre todo... moral.

Una selva profunda y brutal se abre a proa y se cierra de nuevo nada más pasar ellos. Y el nombre de Kurtz va haciéndose cada vez más grande, inmenso, como un dios, esperándoles en su destino. Hasta que, una vez alcanzado, lo que encuentran allí es...




Ya hemos llegado al control de aduanas. Anda, págale al señor oficial con gafas de espejo los veintitrés dólares. ¿Que en el sello del visado dice veinte? Mucho te fijas tú en los detalles, eso es que no sabes contar. En fin, aquí nos separamos, que te vaya bien. Ah, y no te olvides de leer de nuevo lo que te he dicho.

jueves, 7 de julio de 2011

Resumen.

Soy un tipo feliz.

Si me paro a pensarlo, creo que he tenido éxito en la vida. Confío en no haber llegado ni siquiera a la mitad, pero si realmente hoy tuviera que hacer un resumen, si tuviera que decir ¿ha valido la pena?, cerraría los ojos y, en el tiempo de un parpadeo, recordaría...

El olor a madera vieja, muy vieja, de la casa de mis abuelos en verano. El carro apoyado contra el muro. El verde recién segado en el pajar.

La patada en la espinilla a aquella profesora que insistía en que me echara la siesta. El gato con botas que me regaló a fin de curso.

A mi primera amiga, aunque ya no sea capaz de ponerle cara.

A los que vinieron después de ella. Los que tomaron otros rumbos y los que aún están aquí.

Los boletines de notas. Jamás conseguí sobresaliente en matemáticas...

La bicicleta BH. Aquel portal que se acercaba, se acercaba, se acercaba, al final de mi camino a alta velocidad...

Los clicks de Famobil. El tente. ¡Guau, el tente! Si me hubieran encargado a mí diseñar la 6ª flota...

Vickie el vikingo. Sandokán. El Jabato. Batman.

Aquel sábado por la mañana que puse la tele y salía una orquesta. Vaya rollo... Bueno, voy a dejarla encendida. ¿Haydn? Mmmm... ¿Ese quien será?

La primera grabación que me compró mi padre. Enciclopedia Salvat de los grandes temas de la música, fascículo 16. Conciertos para clave de Bach y Poulenc.


Los libros, todos los libros que había en casa. Tesoros sin fin.

Uno de ellos, con dibujos: Cómo nacen los niños. Oooooooh, ¿es así?

El primer rechazo.
–Hola, ¿quieres venir al cine conmigo?
–No.


La primera aceptación.
–Hola.
–Hola...


La universidad. Tomar el autobús que pasaba a las siete y dieciocho. Regresar a las cuatro. A las cinco, escuela de idiomas. A las siete de la tarde, otra vez de vuelta.

El primer viaje por mi cuenta.

La mala época, cuando no había manera de encontrar trabajo.

El día que por fin me llamaron de una empresa. Era la hora de comer (judías pintas con arroz):
–Enhorabuena, has sido seleccionado.
Diez minutos más tarde:
–Nos hemos equivocado de persona, no has sido seleccionado.
Diez minutos más tarde:
–Nos hemos equivocado al decirte que nos habíamos equivocado...

Muchas de las personas que he conocido desde entonces. A algunas les caí bien, a algunas indiferente, supongo que a otras mal.

Errores: ¡es un número alto!

Aciertos: ¿por qué extraña razón, a veces los dejamos olvidados detrás de la esquina o debajo de la alfombra?

Aspiraciones. Decepciones. Sueños. Despertares. Más sueños. Porque la vida no es en blanco ni en negro. ¡Es en color! Azules, verdes, rojos, naranjas...

Años que pasan...

Y al abrir los ojos de nuevo, vería el camino que aún queda por delante: llanos, valles, cuestas. Quizá alguien a quien coger de la mano, quizá no, eso nunca se sabe. Respiraría hondo y...

Soy un tipo feliz.


lunes, 4 de julio de 2011

"Yo nunca me he enamorado".

Fin de la jornada laboral. Entro en el vagón y distingo un hueco hecho a medida, como si una azafata del metro comprobara mi abono y me dijera: es un placer recibirle a bordo, le estábamos esperando, hemos reservado un espacio exclusivo para usted.

Vaya, cuando la vida nos ofrece sus favores, hay que tomarlos con agradecimiento. ¿En qué página del libro me había quedado esta mañana?

–Yo nunca me he enamorado.


Eso lo ha dicho alguien justo a mi derecha. La primera frase que todo novelista (o bloguista, en su defecto) desea para empezar su obra. Hago como si fuera leyendo, pero en realidad afino bien los oídos. Parece que promete...

–He estado mucho tiempo con un chico, pero... los dos sabíamos de qué iba lo nuestro.

La interlocutora parece algo escéptica sobre ese tipo de relaciones.

–Tía, esos son los peores. Luego te llaman a cualquier hora para quedar y...
–O yo a él.

Risas de ambas. Al menos, están de acuerdo en algo.

–Pero se quería ir a vivir a Los Ángeles, así que cortamos.

A hacer carrera en Hollywood, evidentemente.

–Entonces, ¿este otro?
–Es majo. A ver si funciona.
–¿Dónde le has conocido?
–En el bar donde voy a tomar café.
–¿Está bueno?
–Mmmm, sí. Un poco viejo...
–¿Cuántos años tiene?
–Treinta y muchos.
–Hala, tía, ¿tantos? Te has pasado.
–Yo ya tengo treinta, no te creas.
–Pues pareces más joven.
–Ay, gracias, a él le dije veintinueve.

Estoy a punto de deprimirme, me tiemblan las rodillas; me agarro bien a la barra, por si fuera falta de calcio. Menos mal que la fortuna viene en mi ayuda, en forma de siguiente estación.

–Vale, me bajo aquí. Ya me contarás qué tal te va.
–Un beso. Muá, muá...

Sólo quedan otras dos hasta el transbordo, de manera que no pediré a nadie que se levante y me ceda el asiento. Según acabo de descubrir, habiendo dejado atrás ciertas edades tendría sobrado derecho. En fin, la próxima entrada la escribiré desde el asilo.