jueves, 30 de junio de 2011

Jesús me quiere.

Qué fastidio. Alguien que, burlando el anonimato de este blog, conoce mi identidad secreta, me hace llegar una carta al director manifestando su disconformidad con la línea editorial. En concreto, cuando escribo cosas como "gentiles damiselas, doncellas de gráciles andares, xanas de voz cristalina, dulcineas de feérico porte, apariciones con negras pestañas de hurí..."


La queja consiste en que no le resulta un lenguaje verosímil. Exige detalles tangibles: qué, quién, cómo, dónde, cuándo. Nada de sutilezas, veladuras, discretas alusiones a méritos o –casi siempre– deméritos. No concibe que, a veces, una fugaz mirada de cinco segundos pueda recordarse a través de los años. En resumen, piensa que estoy en las nubes.

Ay, gente de poca fe, tan apegada a las cosas terrenales... Pero bueno, esa falta de credulidad tampoco es nueva bajo el sol. Lo mismo tiene que sufrir Jesús, por ejemplo. Sí, ese mismo, el protagonista de Jesús me quiere, de David Safier.


–Marie, te presento a Joshua. Ha tenido la amabilidad de venir a arreglar el tejado.
Entró un hombre de mediana estatura, vestido con tejanos, camisa y botas de ante. Tenía la tez morena, el pelo largo y ondulado, y llevaba una barba cuidada. Con los ojos lenos de polvo, en una fracción de segundo vi que se parecía un poco a uno de los Bee Gees.

Marie, la figura femenina de la novela, está hecha un lío en el tema afectivo. Aún se acuerda (con pensamientos enfocados en la castración) de Marc, su penúltimo novio, que la engañó con una azafata de la talla 34. Y acaba de dejar plantado a Sven, justo cuando le estaban preguntando eso de ¿quieres a este hombre como esposo?

Tampoco en su entorno encuentra un faro por el que guiarse. Su mejor amigo alberga en secreto otro tipo de sentimiento hacia ella. Su hermana sólo acepta rollos de una noche desde que la abandonó su novia, debido a la grave enfermedad que padece. Su madre acaba de liarse con Gabriel, el pastor protestante que estaba oficiando la frustada ceremonia nupcial. Y su padre, que hasta entonces no había podido superar el trauma del divorcio, ha encontrado a su media naranja ideal, Swetlana, en una web de contactos del Este de Europa.

Pero bueno, la vida te da sorpresas, debe de pensar cuando al día siguiente del fiasco conoce a alguien especial: amable, sensible, una persona que piensa sinceramente en los demás... De pinta un poco hippie. Carpintero de profesión.

Vaya forma de mirar... Y de hablar... Y de sonreír... Y vaya trasero... En la primera cita se entera de quién se trata. Así tenía tantos puntos a favor, claro.

Al principio, Marie desconfía. Es que lo suyo no es normal, seguro que al chico le faltan tres tornillos. Y sin embargo, acaba de convencerse cuando la salva de ahogarse llevándola en brazos... y caminando sobre las aguas. De todas maneras, lo peor no es haberse enamorado de él, sino el poco tiempo que quizá dure esta nueva relación. Porque si no consigue persuadirle de que nos merecemos otra oportunidad, el próximo martes está previsto que llegue el fin del mundo.

Ya en Maldito Karma, Safier nos ofrecía un relato desinhibido y saludable. Pues bien, Jesús me quiere presenta una fórmula similar, con personajes míticos que se mueven sin que lo advirtamos entre nosotros: el propio Creador, por ejemplo, transmutado en Emma Thompson, o Gabriel, que por amor a una mortal ha renunciado a su elevado rango dentro de la jerarquía divina. Y ese que recluta alternativamente con los rasgos de George Clooney o Alicia Keys a los mejores candidatos a jinetes del Apocalipsis, ¿no huele algo a azufre?

Y aunque no alcanzará los cielos de la inmortalidad literaria, tampoco le hace ninguna falta: con hacernos pasar unas agradables horas de lectura aquí abajo, ya es más que suficiente.

lunes, 27 de junio de 2011

La llamada (III).

Eran las 19:37. Y cuatro segundos. El bolsillo de mi pantalón comenzó a vibrar.


Las notas de Schubert, aun matizadas tras la tela de algodón, me sacaron media sonrisa. Un rictus que fue sustituido por otro bien distinto, tan pronto como miré la pantalla del móvil. Mis ojos se achinaron, profundas arrugas nacieron en el entrecejo, los incisivos inferiores mordieron el labio con incertidumbre, sentí cómo las aletas de la nariz se dilataban, intentando que el oxígeno no detuviese su camino hacia los ávidos pulmones…

Desconocido.

Las 19:37, más ocho segundos. ¿Podía...? ¿Podía ser...? O quizás... En mi cabeza se barajaban las opciones, y cualquiera de ellas aterradora. Buenas tardes, le llamamos de... ¿Una operadora de teléfonos? ¿Los del cable? ¿Una compañía de seguros? ¿Un banco? ¿Mi vecina del 3º-6?

Desconocido.

Las 19:37, y doce segundos. Extático por el placer. ¿Y si, por el contrario...? A lo mejor... La memoria evocaba quién más podía poseer mi número: gentiles damiselas, doncellas de gráciles andares, xanas de voz cristalina, dulcineas de feérico porte, apariciones con negras pestañas de hurí...

Desconocido.

Las 19:37. Dieciséis, diecisiete, dieciocho segundos. El dedo acariciando las teclas, verde, rojo, izquierda, derecha, aceptar, rechazar, el dedo cruzando el desgastado puente sobre el precipicio. Última oportunidad.

Silencio.

Tiene una llamada perdida.

Ver llamadas perdidas.

Desconocido.

Ya nunca sabré quién era. Cielo o infierno, la suerte fue echada.

jueves, 23 de junio de 2011

La llamada (II).

La primera llamada no fue ni de lejos tan curiosa como aquella otra ocasión, en la que a punto estuve de formalizar relaciones con una desconocida a través de su convincente prima. Júzguese la banalidad del nuevo caso:

–¿Diga?
–¡Rober...!
–¿Cómo?
–¡Rober...!
–No, me temo que se ha equivocado.
–Ah, perdón.

Quizá, si hubieran preguntado por Robert, con la t al final... Sí, puede que eso hubiera inflamado mi imaginación. Robert Devereux, segundo conde de Essex, por ejemplo. El gran chambelán al otro lado del hilo, convocándome en palacio a los sones de Erich Wolfgang Korngold, por orden de su majestad...




En fin, pocos minutos más tarde llegó la segunda, a priori igual de aburrida:

–¿Diga?
–¡Espera un momento!
–Pero...
–¡Espera, espera!
–(...)
–¡Rober...!
–No, creo que se ha equivocado de nuevo.
–Ah, perdón.

A lo mejor estaba entendiendo mal. ¿Rober? ¿Así, en diminutivo? ¿No sería Robur? Ah, Robur el conquistador, qué bueno era Julio Verne. En un abrir y cerrar de ojos me olvidé de tonterías isabelinas y me vi como el amo del mundo, capitaneando el Albatros, mi máquina voladora. Pero bueno, como ya había colgado... Nada, seguí con mis cosas.

Y al cabo de un cuarto de hora, más o menos, sonó la tercera:

–¿Diga?
–Hola, quería que vinieras a limpiarme la piscina.
–¿¡!?
–Te llamaba para saber qué día te va bien.

Mmmm, lo he visto en la tele: el limpiapiscinas siempre es objeto de deseo por esculturales bañistas en mansiones de Malibú. Apenas está un paso por debajo de los vigilantes de la playa, y además le dan propinas. Tentador, tentador... Necesitaré, veamos, un bañador ajustado que haga honor a mi nueva profesión, unas gafas de sol molonas, un bronceado estilo California...

Pero maldita sea, mi vena seria estaba en plan dominante.

–Lo siento, se ha equivocado.

Dichosa vena seria. Decidí que no podía volver a pasar. Si en el futuro suena otra vez el teléfono, contestaré como es debido:

–Hola, soy el conde de Essex y conquistador del mundo. También puedo limpiarte la piscina, si quieres. Llámame Rober...

lunes, 20 de junio de 2011

En memoria de Jorge Semprún.

Estuve una vez en Buchenwald.

No como Jorge Semprún, claro. Fue más bien una excursión, junto con los demás alumnos de verano del Herder-Institut.

Cerca de Weimar, la ciudad de la cultura: Bach, Liszt, Goethe, Schiller, Herder...

Pero no voy a compartir un recuerdo sobre cultura, sobre música o letras.

Ni tampoco va de política, ni por asomo.

O de moral, o de teología.

O de... yo qué sé...

Ni siquiera es un recuerdo gracioso.

Aunque en uno de los edificios, alguien quiso hacer un chiste.

En ese edificio...

Frente a nosotros, los portillos abiertos de los hornos crematorios.

A su lado, una fotografía del mismo lugar tomada en 1945, cuando se liberó el campo. Sí, esos esqueletos hacinados eran hombres. O lo habían sido.

Y otro soltó una risotada como respuesta. El aire que exhaló durante esos segundos entrecortados, llevaba dentro toda la podredumbre de la humanidad.

Porque ellos dos también eran hombres, ¿no?

"El mal radical, el hombre es capaz de practicarlo, porque es un hombre libre.

Pero también es capaz de lo contrario. Yo he visto a un deportado, por obtener una ración suplementaria de pan, delatar a un compañero a las SS (...) Pero también he visto lo contrario (...) También he visto a un deportado compartir su trozo de pan, miserable trozo de pan, con otro que está más débil que él, más enfermo que él, sabiendo perfectamente que dar ese trozo de pan le quita varios días o meses de vida, aceptar ese sacrificio para ayudar a otro. O sea, yo prefiero elegir esa posibilidad de la libertad humana que es la del bien..."


(Jorge Semprún, 1923 - 2011).


jueves, 16 de junio de 2011

Son cosas del destino (II)...

Sí, es ella, ese rayo de luna que acaba de pasar por delante, apenas alejada unos metros de mí, sorpresiva visión que me paraliza, que detiene el movimiento del mundo, promesa de felicidad durante el resto de nuestras vidas, es ella...




Ella, la misma que rompió mis cadenas, negando que tuviera que plegarme como un esclavo a los dictados del destino. ¿No tenía pendiente venir a ponerme a su entera disposición, besando su mano en agradecido gesto a aquellas palabras? Quizás ahora es el momento. Si apresuro mis pasos...

Alguien dice su nombre. El eco me llega como el tañir de una campana de cristal. Y a continuación, escucho un adiós. Ella se da la vuelta, sonriendo, y en respuesta lleva a sus labios esa mano que yo pretendía mancillar con los míos. El gesto es inconfundible: he llegado tarde. Tarde, tarde, tarde...

Intento distinguir quién es el afortunado, sin conseguirlo. Siento vértigo. A mi alrededor todo se mueve de nuevo, el mundo recupera lo que era suyo. Cuando vuelvo a mirar en su dirección, también ella ha desaparecido en la multitud.

Negra estrella. Negro destino que resurge para forjar los eslabones rotos, ese peso familiar de grilletes que arrastro otra vez por el camino...

lunes, 13 de junio de 2011

Breve historia de un amor eterno.

Ya he contado alguna vez que mi experiencia estudiando húngaro, si bien saldada con un vergonzoso abandono, a punto de sufrir un delirium tremens cerebral no provocado por el alcohol, me dejó como poso una sensibilidad especial hacia los escritores magiares (por no hablar de mi sensibilidad hacia el vino de Tokaj). Así pues, ¿qué frenazo darían las suelas de los zapatos cuando llegué a la feria del libro y vi la caseta número cuatro?

¡Todos, estaban todos! Márai, Kosztolányi, Bánffy, Zilahy, Kertész, Krasznahorkai... Hice un riguroso análisis presupuestario (ya sabemos cómo se ha puesto Bruselas con el control del déficit), carraspeé para terminar de convencerme a mí mismo y hala...




Resultó la primera de tres visitas a dicha caseta. La segunda, me tenían preparado un dossier con todo tipo de documentación literaria. La tercera, sacaron una caja de bombones y me invitaron a entrar (es una sensación curiosa, ver la feria desde el lado interno del espejo).

Bueno, pues como era previsible, no pude resistirme. Acabé llevándome unas cosillas de Esterházy, Földényi, Szenkuthy, Ágnes Heller, János Zádori, János Háy, Szilárd Rubin...


"Sobre las diez había ido con Orsolya al quiosco de los baños; sin embargo, su madre y una tía suya del lugar permanecían sentadas a la mesa en vano equipadas con impertinentes, incluso con anteojos, y en vano vestía Orsolya un traje blanco de batista que se distinguía fácilmente entre los árboles: no podía estar quieta en la pista de baile de cemento. Vi lo que estaba pasando en su interior. Su cara tímida e inocente, propia de la galería de un claustro al amanecer, estaba enrojecida de la excitación; sus ojos buscaban los rincones en sombra del parque. En un momento, sin ser advertidos, salimos de entre las parejas con una pirueta y nos deslizamos sigilosamente en la oscuridad. «Tengo calor –me susurró–, ¡vamos a bañarnos!» Nos quitamos la ropa atropelladamente entre los matorrales, y muy despacio para que el agua no chapoteara nos sumergimos en la piscina."

Breve historia de un amor eterno: aquí lo tenemos, recién salido de imprenta. Attila y Orsolya, sus personajes principales, disfrutan de una pasión juvenil, aunque a priori las circunstancias les den la espalda: finalizada la Segunda Guerra Mundial, las viejas damas de la familia de ella aún hablan en alemán, como la nobleza del antiguo imperio, mientras él, con ardor proletario, da la bienvenida a los rusos que vienen a imponer un nuevo orden.

Pero, ¿qué les importan las normas sociales, sean antiguas o modernas, a una pareja que sólo sabe de juegos e ilusiones? En compañía de sus amigos, otros estudiantes que desean recuperar la alegría bohemia, ellos aprenden a conocerse, ajenos a cualquier preocupación.

Y va pasando el tiempo. En un entorno que no se comporta como cabía esperar (ella, la hija de los ricos, va a la universidad popular; él se ve sin embargo apartado, por oscuros motivos políticos), su relación evoluciona paralelamente. Los capítulos del libro nos van relatando cuadros de una historia cada vez más profunda, cada vez menos inocente.

Noviazgo, separación, matrimonio, divorcio... Attila lo confiesa: no puede vivir sin Orsolya. Y ella, por su parte... Ella le ama. Ella le odia.

Si tuviera que resumirlo aún más, denominaría a esta obra una crónica de la destrucción, de una dependencia obsesiva que les anula a los dos mutuamente.

La estructura formal, con Attila como narrador, contribuye a mostrar ese proceso: un chico enamorado, escritor, idealista, que como el famoso retrato de Dorian Gray, es consciente de estar acumulando sobre sí capas de decadencia física y espiritual, hasta llegar a cualquier cosa por seguir cerca de ella. Y Orsolya, que intenta liberarse casándose con otro hombre, tampoco es capaz de romper las ataduras en su fuero interno, para apartarle definitivamente de su lado. Ambos son víctimas y ambos son verdugos.

Me ha gustado, aunque quizá el final quede demasiado abierto, impreciso. Ya sabéis: una vez más, a leer.

P.D.: y para aprender mucho sobre las letras a orillas del Danubio, entrad en el enlace de LHO (literatura húngara online). Hay un pequeño gran mundo por explorar.

jueves, 9 de junio de 2011

En la arena.

Lo que más recuerdo es la luz, aquella luz brillante e irreal. El calor me hacía sudar. Y también recuerdo a la plebe, agolpándose a ambos lados. Recuerdo sus facciones deformadas por el ansia: ansia por ocupar un buen sitio, por acercarse a nosotros hasta casi tocarnos, por llegar a sentir nuestra respiración. Ansia por que saliéramos al fin a la arena...




Se hizo un breve silencio, teatral, solemne. El orador se adelantó y anunció al público lo que iban a presenciar. Para eso habían venido, ¿no es verdad?, eso era lo que deseaban, por eso estaban ahí. ¿Querían divertirse? Pues no se irían defraudados. A continuación, con un gesto de cabeza, nos dio la señal. De dos en dos, tal como nos habían enseñado, comenzamos el desfile.


"En este conjunto, la chaqueta azul de corte cruzado se realza con cordones en hilo de plata. El pantalón gris marengo y el jersey blanco de cuello vuelto aportan una nota marinera de gran frescura. Se completa con unos mocasines que..."

Qué vergüenza, por favor... Ah, pero las fotos que pueden comprometerme están bien guardadas. Nadie vendrá a acusarme, nadie será capaz de airear esos trapos sucios de mi pasado. De aquella ominosa ocasión cuando me dijeron: mira al frente, cuida el paso y sobre todo, sonríe, sonríe, no dejes de sonreír. Y encendieron los focos.

La verdad, aún me pregunto por qué me eligieron a mí para desfilar por la pasarela. Quiero decir, puestos a buscar niños a quienes embutir en la última moda de trajes de primera comunión y exponerlos a los pulgares aprobatorios, supongo yo que debía de haberlos con aspecto mucho más mono, más querube, pero bueno...

lunes, 6 de junio de 2011

Son cosas del destino…

–No, no es así. Hay veces en que el destino te dice que vayas a la derecha y tú puedes elegir ir hacia la izquierda.


A ver... No me fastidia salir derrotado en un intercambio de opiniones filosóficas, ni mucho menos. Lo que me hace refunfuñar es no haberme preparado lo suficiente, adolecer de un bagaje teórico que me permitiera representar un papel digno en el debate.

La conversación había comenzado por los cauces de un encuentro casual: hola, ¿cómo estás?, hola, cuánto tiempo... Pero en vez de transcurrir por lugares comunes y desembocar en un me alegro de verte, yo también, hasta otra, la pregunta que surgió de sus labios fue:

–¿Qué tal te va el amor?

Debo mencionar que esos labios pertenecen a una de las señoritas más bellas que tengo el gusto de conocer, aunque por desgracia ese conocimiento sea bastante lejano. Por lo tanto, su inquisición me pilló desprevenido. Terrible dilema: ¿con qué grado de veracidad contestarle?

–Pues bien, gracias.

Esta sería la respuesta más objetiva. Y sin embargo... ¿sería quizás preferible darme algo de autobombo?

–No doy abasto.

¿O, por el contrario, la estrategia adecuada pasaría por tirar a la baja?

–Fatal, nada de nada.

Cada una de ellas abriría a su vez un abanico de posibilidades. La primera en realidad quiere decir: "¿por qué quieres saberlo, estás... eh... interesada?" Por si acaso, se aconseja meter tripa e hinchar el pecho al mismo tiempo; si hay que dejar de respirar, se deja y ya está.

La segunda es más agresiva. Significa: "mira, nena, estoy que me salgo, me miro al espejo y realmente os comprendo a todas, pero por ser tú te haría un huequecito..." Arriesgado, sin duda, pero puede funcionar.

La tercera, finalmente, es la técnica Calimero. Aquel pollo cabezón de dibujos animados que siempre decía "nadie me quiere". El objetivo es obvio: conseguir que ella suelte una lagrimita y piense "huy, pobre, vamos a acariciarle un poco el plumaje".

Mmmm... Preferí ganar algo de tiempo hasta saber adónde conducía todo aquello. Por tanto, me limité a esbozar un gesto enigmático. La pelota volvió a estar en su tejado.

Y algunas frases de cortesía más tarde...

–Si no estuvieras saliendo con nadie, sería porque tú no quieres.

No debo mirarle a los ojos, a esos ojos color de bosque y manantial, no debo...




–Bueno... En realidad... Ni sí, ni no... Ya sabes... Eso no es algo que se busque o se rehuya... Son cosas del destino...
–No, no es así. Hay veces en que el destino te dice que vayas a la derecha y tú...

Etc., etc. Ahí ya me quedé sin réplica. Yo creo que el fallo estuvo en que no definimos las bases sobre las que tenía lugar el diálogo. ¿Estábamos hablando del destino según Spinoza, por ejemplo? Es decir, si somos o no libres, si conocemos las causas de nuestros actos. ¿O más bien en el sentido de Leibniz, de la armonía preestablecida y las mónadas como componentes últimos de la realidad, moviéndose a ciegas pero con cierta conciencia de cuál es su meta?

Dado lo cual, tras haber repasado ya estos importantes conceptos, pienso ir a verla mañana o pasado y decirle: "mira, nena, por ser tú te haría un huequecito..."

jueves, 2 de junio de 2011

Vidas elevadas.

Hago flashback. Pincho en el botón "Ficciones" y compruebo que efectivamente están ahí. Mis poesías, mis letras apasionadas, mis momentos de éxtasis, mi corpus de desolación.

(Aplausos ante esta frase, por favor...).

Ya no me queda sangre en las venas, decía, ni versos en el tintero. Me siento a escribir una silva y me sale un gurruño; un soneto, y las rimas son como castañas; intento que la musa toque para mí su arpa y parece que tuviera los oídos encerados.


Y además son pocas, es extraño. Debo de estar atravesando una racha prosaica, porque en tiempos juveniles surgían como hongos (o como malas hierbas, según se mire). Por ejemplo, en la época universitaria, recuerdo que al coincidir tres compañeros con el mismo nombre de pila en cierto curso de verano, a mí me motejaron "el poeta" (siendo los otros dos "el filósofo" y "el pelos", de acuerdo con sus rasgos más notables).

Francamente, es un rollo esto de carecer de objeto de inspiración. Puedo tirar de oficio, claro, de hecho es lo más habitual, pero también más... aburrido. Esa es la palabra. Qué apatía. Ay, quizá nunca vuelva a sentir esa llamada, ese cosquilleo del alma, cuando sabes que volar es posible, que unos labios son la única razón para estar vivo o que las brumas de la tristeza se convierten en dagas ávidas por alcanzar tu pecho descubierto.

(Mmmm, esta otra frase tampoco está mal. Me la apunto para el futuro, por si acaso).

Vaya, que de este vate dominguero os libráis por el momento. Sin embargo, os presento a tres colegas que sí aspiran con fuerza a tomar el testigo de la lírica moderna: con vosotros, Pedro María Vioque, Víctor de Pingarrón y Lucio Valverde.

"Sentado en la terraza del Danieli, tomando un Amaretto,
contemplo el deslizarse de las góndolas, pasar un vaporetto,
el lago se engalana con la luz que pintó Tintoretto,
las horas se demoran suntuosas, in tempo de minuetto".

Vioque, el primero de ellos, acaba de trasladarse a un estudio del centro de Madrid. Prevé que la mudanza beneficiará sus aspiraciones en el mundillo literario, ya que no es lo mismo residir en el meollo del espíritu bohemio, que en Leganés. ¿Quién ha visto nunca una placa de "Aquí vivió..." en las fachadas de una ciudad dormitorio?

Se trata de una pluma fértil, por lo menos tres poemas al día. El nuevo manantial de la sensibilidad, el nuevo espíritu al servicio de la palabra, el nuevo... El nuevo presidente de su comunidad de vecinos.

No es este un cargo que se adecue a sus excelsas condiciones naturales. ¿Para eso se ha cambiado el nombre? (Pedro Pérez sonaba un poco... hum...). De todas maneras, no le queda otro remedio que aceptar el manojo de llaves del edificio como símbolo de autoridad terrenal. De lo que menos ha de preocuparse, le informan, es del ascensor. Cierto que depende de él prestar auxilio si algún inquilino se queda atrapado dentro, pero vamos, no se ha estropeado nunca desde que se instaló, hace ya... Y siempre que sea necesario puede apoyarse en la vicepresidenta, esa joven casadera en bata y esquijama del 4º A.

Por su parte, Pingarrón, compañero de bares y rondas nocturnas, ha dado un paso más en la escala hacia el reconocimiento universal por su renovación de la estética: disfruta de una subvención pública. No menos prolífico que Vioque, títulos suyos como Ojo conmigo o A troche y moche le han abierto las puertas a tal honor. ¿No se trata acaso del fundador de ese movimiento en ciernes, el panlirismo?

Sólo que, si de verdad quiere alcanzar la inmortalidad, es necesario que amplíe horizontes. La bohemia madrileña está bien, pero... Túnez, ah, Túnez..., un año recorriendo las callejuelas de sus medinas, hollando las arenas del desierto en compañía de los beduinos, atisbando ojos negros al otro lado de las celosías, ese es el secreto de la gloria. Y puede que el país tampoco se encuentre tan lejos como muestra el mapamundi...

Finalmente, tenemos al aclamado, el gurú, el sumo sacerdote Valverde. Su voz se escucha desde la cúspide. Los lectores le aman, los editores le adoran, los críticos le idolatran. Incluso el alcalde del pueblo manchego donde se refugia para ir dando los últimos toques a su nueva obra (ganadora ex-ante de un prestigioso premio literario) le visita humildemente para expresarle su admiración. Claro que antes tiene que franquear la verja del chalet, a los perros, los vigilantes de seguridad, los secretarios...

Todas estas figuras y alguna más cruzan sus destinos en Vidas elevadas, de Miguel Baquero. "Novela gamberra", la denomina su autor. Y no está mal dicho, a tenor de su enfoque socarrón. Lo que más salta a la vista es cómo consigue adaptar la forma de expresarse de los personajes a su psicología de "creadores", con un lenguaje paródicamente barroco. Destaca también el conocimiento del tema de fondo (yo, al menos, me creo que no siempre los éxitos o los fracasos editoriales dependan precisamente del talento). Por supuesto, sin dejar de lado el desasosiego que consiguió transmitirme en sus apenas ciento treinta y cuatro páginas, ya que no dejaba de pensar: este tío explicará antes de llegar al punto final qué pasó con el ascensor, ¿no?

Pues nada, un divertimento fresco y agradable. ¿Qué más se puede pedir?