viernes, 29 de abril de 2011

Lux aeterna...

Tenía muy pocos años.
Muy pocos.
Le faltó vivir miles de días nuevos.
La última vez que la vi, corría con otros niños.
Y algo era diferente a los demás.
En su cabecita, los cabellos estaban hechos de luz.
De luz transparente.
Invisible.
Una cabecita de sueños. De risas.
De coraje.
Ilimitado.
Eterno.
No había, no podía haber rendición.
Y ahora...

Nuestros ojos ya no son nuestros ojos.
Son lagos de sal.
Una gota de sal por cada día hurtado.
Por cada risa hurtada.
Y ahora...
¿Qué nos queda, ahora?
Ese velo de luz...
Rasgado...
Y todo lo que somos, ¿se derrama?
¿Desaparece?
¿Así, de repente?
¿Dónde estás?
Pequeña...
¿Dónde estás?...



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martes, 26 de abril de 2011

Triple

Nat Dickstein es un agente israelí encargado de una difícil misión: robar uranio para fabricar la bomba atómica. Nadie debe averiguarlo, ni siquiera sospechar de la participación de su país. Porque estamos en el año 68 y Oriente Medio es un polvorín que puede volver a estallar en cualquier momento: egipcios, sirios, palestinos... y los rusos haciendo de las suyas para que la zona caiga definitivamente bajo su influencia.
Nat Dickstein y Pierre Borg se sentaron en la parte trasera de un gran Citroën negro. El guardaespaldas de Borg conducía con su pistola ametralladora junto a él en el asiento delantero. Siguieron a través de la oscuridad sin ver delante de ellos más que el cono de la luz de los faros. Nat Dickstein tenía miedo.

Nunca había llegado a verse a sí mismo como le veían los otros, es decir, como un agente competente, en realidad brillante, que había probado su habilidad para sobrevivir a todo. Más tarde, cuando estuviera metido en el asunto y todos dependieran de su ingenio, y tuviese que luchar a brazo partido para solucionar asuntos de estrategia y enfrentarse a problemas y personalidades, no tendría posibilidades de dar cabida al temor; pero en ese momento en que Borg iba a asignarle una misión, no tenía planes que trazar, ni proyectos que elaborar, ni caracteres que evaluar. Lo único positivo era que debía volver la espalda a la paz y al simple trabajo rudo, a la tierra y al sol y a la ocupación de criar y de sembrar; y que ante él se abrían riesgos terribles, un gran peligro, mentiras y dolor y derramamiento de sangre y, quizá, su muerte. De modo que iba sentado en un extremo del asiento, arrinconado, con los brazos y las piernas entrecruzados, observando la cara levemente iluminada de Borg, mientras el miedo a lo desconocido le revolvía y anudaba el estómago y le sumía en un estado de ansiedad.

Dickstein tiene un pasado oscuro, incluso para sus jefes. Algo le ocurrió cuando estuvo prisionero durante la Segunda Guerra Mundial, que le ha cambiado para siempre. Sus adversarios son antiguos compañeros de estudios en Oxford: Hassan, resentido por la ruina de su familia desde que existe el Estado hebreo, y el coronel de la inteligencia soviética Rostov, con quien solía jugar al ajedrez.

En su bando figura Al Cortone, un mafioso que le debe la vida. Y la figura clave es... Suza. Cuando la conoce, todo se tambalea. ¿Será ella capaz de penetrar en los abismos de su alma? ¿Será la única persona que puede salvarle, al mismo tiempo que el principal peligro que se cierne sobre la operación?

Intriga, tiros, carreras, micrófonos, traiciones, barcos asaltados en alta mar... Se trata de otro tablero, el del gran juego, cuyas piezas de carne y hueso son peones sacrificables si el premio es la victoria.

Triple, de Ken Follett. Al menos de forma "no oficial", se rumorea que la historia de fondo ocurrió realmente. El talento narrativo del autor rellena los huecos, compone muy buenos personajes y nos mantiene pegaditos a las páginas del libro desde el comienzo hasta el desenlace. Notable.
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sábado, 16 de abril de 2011

Benjamin Park: The End of New York

Benjamin Park escribió, allá por el XIX, una ucronía que ahora resulta rarísima de encontrar, con vagas referencias en la web: The End of New York.

Y como precisamente me ha costado dar con ella, he pensado que voy a hacer un resumen. A lo mejor soy el primero en el último siglo y pico y me convierto en glosador canónico, oye.





A finales de 1881, dos personas desembarcan de un paquebote en los muelles de Nueva York. Se trata de una pareja en apariencia acomodada, que va a alojarse en el hotel Quinta Avenida.

La noche siguiente a su llegada, la dama acude a la recepción manifestando gran ansiedad. Con ayuda de un intérprete, explica que su marido, el señor Manuel Blanco, nombrado cónsul de España en Charleston, ha desaparecido misteriosamente.

Tras las primeras pesquisas, ni el detective del hotel ni la policía saben darle cuenta de su paradero. De hecho, se encuentra en un tren camino de Nueva Orleans, esposado a la muñeca de un agente de la ley de aquella ciudad.

El arresto se debe a una confusión: Chile reclama que se extradite a un tal León Sangrado, peligroso asaltante de caminos que ha arribado en otro vapor con el mismo nombre. Dadas las similitudes físicas y la coincidencia de idiomas entre ambos...

La esposa cae gravemente enferma. El médico que la atiende, un compatriota, ha de esperar varias semanas mientras se recupera, antes de comunicarle la noticia. Cuando lo hace, escucha con sorpresa su versión. ¡Un representante de Su Majestad! ¡Qué ultraje! ¡A la embajada enseguida!

El embajador remite la protesta al secretario de Estado, exigiendo la inmediata liberación de Don Manuel y disculpas oficiales. La respuesta es que nanay, que los enviados del gobierno chileno están seguros de que se trata del criminal y ya se ha cursado la orden de entrega.

Cabreo diplomático. Nueva carta demandando la retirada de los cargos. Y es más, por tocarnos las narices, a mediodía del uno de febrero la rojigualda tiene que ondear simbólicamente en ciertos lugares de la Unión: el puerto neoyorkino, el de Boston, en Washington y en el buque insignia de la flota del Atlántico. Ah, y que se la salude con veintiuna salvas de honor.

Las autoridades norteamericanas, ofuscadas, vuelven a contestar que no. Se rompen las relaciones entre los dos países y al pobre Blanco le empaquetan con grilletes hacia el Cono Sur.

La prensa, el público, el Congreso, el Senado, todos claman por la guerra. Sin embargo, eso no es bueno para los negocios, y cuando se anuncia que cuatro fragatas han abandonado La Coruña con supuesto destino a Cuba, la bolsa se pega un batacazo.

En la urbe de la Gran Manzana se pone a punto la artillería, aunque ciertas voces dudan de que sus proyectiles puedan atravesar las bordas de acero de la armada ibérica. La culpa es de los presupuestos federales, por no haber invertido suficiente dinero en material moderno.

Por si acaso, se hacen unas cuantas propuestas para resolver las carencias. Entre ellas, construir un fuerte submarino cuya guarnición sería un regimiento de buzos y con cañones apuntando hacia arriba. Cuando las quillas enemigas pasasen justo por encima...

También Edison, el reputado inventor, tiene una idea: instalar imanes gigantes que arrastrarían a los barcos hasta los arrecifes. Le hacen notar que algo así ya se describe en Simbad el marino y él acusa al tal Simbad de querer piratearle la patente.

El primer intercambio de guantazos ocurre cerca del cabo Trafalgar, qué casualidad. La Lancaster del contralmirante Nicholson, con más de treinta cañones, se enfrenta a la Tornado, una corveta de hélice con, ejem, seis bocas de fuego. Los yanquis ganan: 1-0.

Ah, pero el partido no ha terminado. La mañana del 9 de abril de 1882, se avista un navío cerca de la Costa Este. En su mastelero ondea la cruz de San Jorge. Así que ingleses, ¿eh? Ya, ya... Por allí se encuentra patrullando la Franklin, que no se fía demasiado. Su capitán enarbola el mismo pabellón y se acerca para echar un vistazo.

A cuatro millas de distancia, los contendientes abaten las máscaras. Son izados sus respectivos colores: sangre y oro contra barras y estrellas. Ratatatatata, los tambores resuenan sobre el puente, zafarrancho de combate, el olor a pólvora quemada llena los pulmones.

Cuando el humo se disipa, la Franklin descansa en el fondo del océano: 1-1. El blindaje de la Numancia ha resultado decisivo frente al maderamen adversario. Tras reunirse con la Zaragoza, la Arapiles y la Vitoria (Vittoria en el texto original), la escuadra continúa navegando.

En Nueva York, el general Hancock constata que la cosa está fea. Los españoles, gallardamente, desean parlamentar. Las condiciones son: rendición absoluta y cincuenta millones de dólares como pago por las molestias. Si no, en veinticuatro horas se iniciará el bombardeo.

Hancock protesta. ¡Sólo veinticuatro horas! ¡No hay tiempo de evacuar! El cónsul británico se une a su indignación. Bien, negociemos: ¿cuarenta y ocho, quizás? No, no, cinco días por lo menos. Ni para ti ni para mí, dejémoslo en tres. Cinco, cinco, o la Royal Navy tomará cartas en el asunto.

Las multitudes se ponen en movimiento para huir (menos los irlandeses, hay que enviar al ejército para echarlos). Al cumplirse el plazo, la Numancia enfila sus piezas hacia la batería de Coney Island. Se armó el follón.

El relato está dividido en capítulos; el cuarto y el quinto se dedican a describir la batalla, pero podemos pasar un poco de puntillas, por aligerar el ritmo. Simplemente, andanada tras andanada va quedando todo como un erial, no se salva ni Central Park. Además, un nuevo jugador llega desde Vigo: el más poderoso acorazado del mundo, el mejor armado, el más impenetrable. Recién salido de los astilleros... ¡El Cid!

Y si antes habíamos visto unas muestras de la inventiva estadounidense con el fuerte submarino y los imanes gigantes, ahora aparece su equivalente cañí: para desactivar las minas por donde pasan las afiladas proas, se mandan lanchas en vanguardia. Lo original es que no van tripuladas, se las maneja mediante cables de control remoto.

Otra innovación bélica consiste en lanzar globos. Calculando la velocidad del viento y adosándoles unos relojes que, a su debido tiempo, dejen caer cargas de nitroglicerina, los efectos son...

El general Grant, ya retirado, toma el mando de las operaciones de defensa. Él y su inseparable cigarro. Pero por fin se produce lo inevitable: la ciudad capitula, el orgullo de la República se derrumba bajo el taconeo de un zapateado. El almirante Vizcarro (sic) echa el ancla y concede cinco días adicionales para recaudar la indemnización.

La suerte cambia entonces de bando, y es que tenemos la negra con eso de los elementos: una de las peores tempestades que se recuerdan azota el lugar. Al despuntar la mañana, el Cid está embarrancado, la Vitoria camino de La Habana para reponer munición, la Zaragoza y la Arapiles pugnando por recuperarse, no se sabe dónde, y sólo la Numancia ha aguantado en su sitio, a duras penas, el embate de las olas.

De repente, se escuchan explosiones. ¿Alguien ha roto el armisticio? La niebla cubre la bahía, de manera que resulta difícil adivinarlo hasta que el horizonte se aclara un poco. Entonces... ¡sorpresa! La Numancia, pillada desprevenida, ha volado por los aires, y tres extraños buques se están cebando sobre la pobre Arapiles.

En tierra, los vigías no salen de su asombro, preguntándose por la bandera de los recién llegados: rojo, blanco, una estrella solitaria sobre fondo azul... ¡Por Júpiter!, exclama uno de ellos, ¡si son los muchachos de Chile!

El Huáscar, el Almirante Cochrane y el Blanco Encelada (se supone que en la vida real sería el Blanco Encalada) se han hecho dueños de la situación. Un torpedero local termina el trabajo, alcanzando al inmovilizado El Cid bajo la línea de flotación. Game over.

Seis meses después, un marinero del Huáscar observa a un grupo de trabajadores retirando escombros. Por desgracia un proyectil enterrado estalla, causando varias víctimas. El marinero ayuda a recogerlas y reconoce a una de ellas. Con tristeza, pide que le sea entregado el cuerpo. Cuando le preguntan la razón, explica: «Era mi hermano, León Sangrado».
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lunes, 11 de abril de 2011

Ging heut Morgen übers Feld

Es cierto, puede achacárseme que yo estaba de más en la escena. Eso de que tres son multitud...

En el sofá de la residencia de estudiantes, en Viena, la otra española contemplaba al sueco con ganas de darse un festín. Objetivamente, tampoco es que el muchacho pareciera nada del otro mundo, pero con las cosas de comer es lo que ocurre, que cada cual tiene su plato favorito.

Centímetro a centímetro fue acercándose a él. El brillo de su mirada, su sonrisa relamiéndose con anticipación, sus gestos de huy, tienes una arruguita en la camisa, déjame que te la alise, resultaban signos evidentes. Incluso podía notar su comunicación telepática conmigo: piérdete, cretino.

Y lo hubiera hecho. En circunstancias normales, el espíritu solidario con una compatriota habría prevalecido. Ah, pero es que justo en ese momento el sueco y yo estábamos hablando de música, y cuando empezó a cantar un lied de Mahler, me sentí incapaz de retirarme a mis aposentos.

Reconocí la melodía enseguida. No me sabía de memoria la letra, pero eso carecía de importancia. De forma inevitable, tarareando, comencé a seguir su canto. Mi voz de tenor se unió a la suya de barítono igual que se encuentran dos amigos bajo la luz de una farola, en una noche de niebla.

Él era feliz. Yo era feliz. Ella me odiaba.

Algún tiempo después, ya de regreso en Madrid, coincidimos de nuevo: cruzaba la plaza de Felipe II y nuestros pasos nos llevaron frente a frente. Alcé la mano, quise saludarla, pero sus ojos atravesaron mi cuerpo como si fuese de cristal, sin detener un segundo su camino.

Hay cosas que una mujer no perdona nunca en la vida. Ni siquiera por Mahler.


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jueves, 7 de abril de 2011

La muchacha de los cabellos de lino

Ocurrió un día a finales del invierno. Junto con otro compañero, salí de trabajar. La calle era un mosaico de teselas monocromas, abrazadas a un cielo ceniciento. Moloch insaciable, la boca del ferrocarril subterráneo nos aguardaba. Aguardaba su tributo.

Puertas que se deslizan a cada lado del vagón. Filas de viajeros que, consumidas las horas diurnas, retornan a su hogar. Un pitido de aviso. El túnel.

Pusimos el pie en la escalera mecánica. Los roces y crujidos de los engranajes acompañarían nuestro último recuerdo de la jornada. Fue en ese postrer momento, mientras descendíamos lentamente, cuando mis ojos se dirigieron a lo alto, anhelantes de un fugitivo rayo de sol...

Allí estaba ella, al otro lado de la balaustrada.

Caminaba hacia nosotros.

Con su cabellera al viento.

Dudando de mí mismo, pedí a mi compañero que me confirmase la visión. ¿Quién era? ¿Quién podía ser? ¿Acaso las hijas de los dioses se muestran así ante los hombres, se convierten en partícipes voluntarias de nuestra grisura?

Ocurrió un día a finales del invierno. Pero en el horizonte alboreaba el color, la alegría, la vida. En el horizonte venía hacia nosotros la primavera.



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