Unas horas antes, había llovido. El suelo destinado a convertirse en campo de batalla estaba aún perlado de humedad; los primeros rayos del alba se reflejaban en él con el color de desvaídas amapolas, como una premonición.
Revestido en ropajes de ónice, mi contrincante pasó revista a sus tropas. Al frente se situaba la apretada línea de piqueros. Detrás de ellos, domeñados a duras penas, los elefantes barritaban impacientes por entrar en combate.
Él había sido el retador. Ya hacía mucho tiempo que la molicie se había adueñado de mí, que los cantos y danzas de las bayaderas me habían hecho olvidar el espíritu guerrero. Sin embargo, era tal la osadía, la insolencia, la jactancia de sus bravatas, que mandé tocar atabales e izar en mis argénteas torres los pendones del honor.
Ante los preparativos, algunos viajeros de lejanas tierras se detuvieron a observarnos. Me avergoncé un poco, pero en fin... Siempre resulta conveniente para la fama de un adalid que sean compuestos cantares de gesta más allá del Indo.
Ceñí el turbante. Requerí la espada. Musité una plegaria a Shiva. Y a una señal de mi brazo, todo comenzó.
Al principio, avancé con furia incontenible. Los barbados rostros de mis arqueros parecieron infundir pavor, y mis veloces jinetes, sorteando los obstáculos, arrollaron el centro de la falange enemiga. Cierto que sufrí algunas pérdidas en la conquista, pero todo parecía desarrollarse en buen orden.
Quizá fue eso lo que hizo que me confiara. Tomé la mano de mi amada reina y la aproximé a lo más enconado de la contienda. Por dos veces hubo de escuchar el otro maharajá advertencias de victoria surgidas de mis labios orgullosos. Ja, me reí, no te librarás de la tercera. Ordené a mi alfil tomar posiciones en el flanco derecho.
Ooooooh... Un gemido se elevó de los espectadores. Intuí que había cometido un error, un terrible error. Lo que vi a continuación me heló la sangre: la consorte adversaria, agazapada, había atravesado a mi dama de un certero lanzazo. ¡Ah!
Transido por la pena, incrédulo, sacudí la cabeza una y otra vez. Los de una bestia que arremete sin pensar en las consecuencias, así fueron mis siguientes movimientos. Uno a uno, aquellos fieles compañeros de armas fueron sacrificados en el altar de mi ceguera. El final llegó rápidamente, tan abrupto como cesan las lágrimas del monzón.
Desde entonces, me lo digo y me lo repito: tengo que aprender a jugar mejor a esto. Pero claro, luego vuelven a sonar las musicales voces de las bayaderas y...
Buena música, libros, cosas que me pasan, que recuerdo, que se me ocurren, ficciones, viajes, algunas fotos y qué sé yo cuántas cosas más...
jueves, 31 de marzo de 2011
lunes, 28 de marzo de 2011
Rugby.
Entro en el Molly Malone's. En realidad, yo había quedado con una amiga a tomar café, no una jarra de espumosa Kilkenny, pero a ella le apetece saludar a otras conocidas suyas que están allí viendo el torneo Seis Naciones de rugby, así que no le haré ascos a una buena pinta.
Rugidos orgiásticos nos reciben. Interpreto que el partido va viento en popa, me aposento en un taburete y presto atención a la pantalla.
Cinco minutos más tarde, me dirijo a las amigas de mi amiga.
−Mmmm, perdonad, ¿quiénes juegan?
−Francia y Gales.
−Ajá. Y... esto consiste en llevar la pelota hasta la línea de fondo, ¿no?
Se giran hacia mí, sorprendidas.
−Sí, claro. Entonces consigues un ensayo, que son cinco puntos. Además tienes un tiro a los palos; si lo metes, es una transformación, tres puntos más.
−Entiendo. Y los del equipo contrario no quieren que ocurra, ¿verdad? Por eso dan unos abrazos tan efusivos.
Carcajadas.
−Pues no, ellos intentan placar al jugador que lleva el balón. Cuando cae al suelo tiene que soltarlo, y siempre se pasa hacia atrás o los árbitros pitan fuera de juego.
−Vale, ya le voy cogiendo el tranquillo.
−¿No habías visto nunca un partido de rugby?
−Nunca. Y vosotras, ¿con quién vais? −me acerco un poco más.
−¡Con Francia, con Francia! −exclaman entusiasmadas−. ¡Los franceses están buenísimos!
−Bueno −acota una de ellas−, en Inglaterra juega Hook, que tampoco está nada mal, pero vamos, en general los franceses son los más guapos.
−¿Y los galeses no? −pregunto yo.
−¡Nooooooo, los galeses son gnomos, ni punto de comparación!
Aullidos alrededor. Un tal Parra, con camiseta azul, ha hecho algo que es motivo de vitoreo por la concurrencia. Ellas se tornan de nuevo hacia el televisor.
Miro a los apuestos caballeros del deporte. Después, a las señoritas dando botes excitadas. Medito. Y tomo mi decisión.
−¡Vamos, Gales! ¡Gales, Gales, Gales! ¡Uh, uh, uh!
¿Que así no se puede ir por la vida? ¿Que siempre voy a estar tirando por la borda potenciales oportunidades, con esa actitud? Bueno, lo siento. Es que yo defiendo al débil.
P.D. 1: perdimos 28-9.
P.D. 2: ah, y además, a mí lo que me gusta es el fútbol.
Rugidos orgiásticos nos reciben. Interpreto que el partido va viento en popa, me aposento en un taburete y presto atención a la pantalla.
Cinco minutos más tarde, me dirijo a las amigas de mi amiga.
−Mmmm, perdonad, ¿quiénes juegan?
−Francia y Gales.
−Ajá. Y... esto consiste en llevar la pelota hasta la línea de fondo, ¿no?
Se giran hacia mí, sorprendidas.
−Sí, claro. Entonces consigues un ensayo, que son cinco puntos. Además tienes un tiro a los palos; si lo metes, es una transformación, tres puntos más.
−Entiendo. Y los del equipo contrario no quieren que ocurra, ¿verdad? Por eso dan unos abrazos tan efusivos.
Carcajadas.
−Pues no, ellos intentan placar al jugador que lleva el balón. Cuando cae al suelo tiene que soltarlo, y siempre se pasa hacia atrás o los árbitros pitan fuera de juego.
−Vale, ya le voy cogiendo el tranquillo.
−¿No habías visto nunca un partido de rugby?
−Nunca. Y vosotras, ¿con quién vais? −me acerco un poco más.
−¡Con Francia, con Francia! −exclaman entusiasmadas−. ¡Los franceses están buenísimos!
−Bueno −acota una de ellas−, en Inglaterra juega Hook, que tampoco está nada mal, pero vamos, en general los franceses son los más guapos.
−¿Y los galeses no? −pregunto yo.
−¡Nooooooo, los galeses son gnomos, ni punto de comparación!
Aullidos alrededor. Un tal Parra, con camiseta azul, ha hecho algo que es motivo de vitoreo por la concurrencia. Ellas se tornan de nuevo hacia el televisor.
Miro a los apuestos caballeros del deporte. Después, a las señoritas dando botes excitadas. Medito. Y tomo mi decisión.
−¡Vamos, Gales! ¡Gales, Gales, Gales! ¡Uh, uh, uh!
¿Que así no se puede ir por la vida? ¿Que siempre voy a estar tirando por la borda potenciales oportunidades, con esa actitud? Bueno, lo siento. Es que yo defiendo al débil.
P.D. 1: perdimos 28-9.
P.D. 2: ah, y además, a mí lo que me gusta es el fútbol.
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Cosas que me pasan
jueves, 24 de marzo de 2011
Un recuerdo de la casa pública.
Frisaba yo los dieciséis y claro, esa es una edad complicada. Quería saberlo todo de las cosas de la vida. Por eso frecuentaba ese lugar; en sus discretos salones, a salvo de escándalos, de mohines reprobatorios, cualquiera podía dar rienda suelta a sus fantasías adolescentes. Sólo había que dirigirse a la amable encargada y escribirle una nota: tras breve espera, en apenas unos minutos, ella volvía con sonrisa cómplice y el instrumento de placer solicitado. Y todo pagado por el ayuntamiento, aquello era jauja. Definitivamente, tengo muy buenos recuerdos de la biblioteca pública.
Pues bien, hallábame un día refocilándome sin recato en aquel antro de perdición, cuando un tipo vino a pararse a mi lado. Parecía uno más de nosotros, los enganchados habituales: gafas con el grosor reglamentario, hombros caídos, cierto desapego a las tendencias de la moda en el vestir... Sin embargo, lo que hizo a continuación fue tan sorprendente que nos dejó petrificados. Hubo cabezas que se irguieron, hubo mandíbulas desencajadas, lecturae interruptae, en el culmen puede que incluso alguno ahogase un grito. Él, él... ¡habló en voz alta! Sí, creedlo. Nadie se había atrevido a tanto desde que se levantaron los muros de aquella casa. ¿Sabéis quién fue Solón?, tales fueron sus insólitas palabras.
Parecía que el tiempo hubiese quedado en suspenso; más allá de las respiraciones entrecortadas, ninguno de los presentes daba razón de vida. Hasta que, sobreponiéndome al shock, me enfrenté tímidamente al hereje: ¿un legislador ateniense?, respondí.
Un legislador ateniense..., repitieron sus labios. De todas maneras –me apresuré a añadir–, mejor lo buscas en la enciclopedia. Y tracé un arco con la mano, mostrándole los tomos de la Británica que combaban los anaqueles a mi espalda. Edición de 1912, un tesoro.
Los tropecientos volúmenes, tan incitantes, tan seductores, estaban allí esperándole. ¿Qué ser humano con sangre en las venas habría podido resistirse a acariciar la suave piel de sus cubiertas? Y sin embargo... Aún guardo memoria de sus lentes empañadas y su tez enrojecida, tantos años después. Consumido por la vergüenza, dio media vuelta y desapareció tras la puerta. No volvimos a saber de él.
Pobre muchacho, no se atrevió a dar el paso definitivo. Debía de ser su primera vez...
Pues bien, hallábame un día refocilándome sin recato en aquel antro de perdición, cuando un tipo vino a pararse a mi lado. Parecía uno más de nosotros, los enganchados habituales: gafas con el grosor reglamentario, hombros caídos, cierto desapego a las tendencias de la moda en el vestir... Sin embargo, lo que hizo a continuación fue tan sorprendente que nos dejó petrificados. Hubo cabezas que se irguieron, hubo mandíbulas desencajadas, lecturae interruptae, en el culmen puede que incluso alguno ahogase un grito. Él, él... ¡habló en voz alta! Sí, creedlo. Nadie se había atrevido a tanto desde que se levantaron los muros de aquella casa. ¿Sabéis quién fue Solón?, tales fueron sus insólitas palabras.
Parecía que el tiempo hubiese quedado en suspenso; más allá de las respiraciones entrecortadas, ninguno de los presentes daba razón de vida. Hasta que, sobreponiéndome al shock, me enfrenté tímidamente al hereje: ¿un legislador ateniense?, respondí.
Un legislador ateniense..., repitieron sus labios. De todas maneras –me apresuré a añadir–, mejor lo buscas en la enciclopedia. Y tracé un arco con la mano, mostrándole los tomos de la Británica que combaban los anaqueles a mi espalda. Edición de 1912, un tesoro.
Los tropecientos volúmenes, tan incitantes, tan seductores, estaban allí esperándole. ¿Qué ser humano con sangre en las venas habría podido resistirse a acariciar la suave piel de sus cubiertas? Y sin embargo... Aún guardo memoria de sus lentes empañadas y su tez enrojecida, tantos años después. Consumido por la vergüenza, dio media vuelta y desapareció tras la puerta. No volvimos a saber de él.
Pobre muchacho, no se atrevió a dar el paso definitivo. Debía de ser su primera vez...
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Cosas que recuerdo
lunes, 21 de marzo de 2011
Cantata-fantasía...
Giran las aspas de los molinos. Las voces del viento llaman a un hombre derrotado, a un capitán de la nada.
Suenan las trompetas. Ya llega, ya llega.
A la luz del amanecer, una sombra cabalga por las llanuras de La Mancha. Junto a él, Sancho Panza. Dentro de él, Dulcinea.
Canta Don Quijote. Si ella pronunciara su nombre, aunque fuera sólamente una vez...
Todo por ella, la más hermosa de ínsulas y reinos. Ningún encantador podrá jamás impedirlo.
Su escudero no le comprende. ¿Por qué tantas penas y quebrantos? ¿Es que acaso él no tiene los mismos sentimientos? ¿Es que acaso a él no le espera en casa su fiel Teresa?
Desde lo profundo de un espejo donde el caballero vio por primera vez su imagen, Dulcinea aparece. De repente, el sueño se ha hecho realidad.
Dulcinea, de Lorenzo Palomo. Cantata-fantasía para un caballero enamorado.
Suenan las trompetas. Ya llega, ya llega.
A la luz del amanecer, una sombra cabalga por las llanuras de La Mancha. Junto a él, Sancho Panza. Dentro de él, Dulcinea.
Canta Don Quijote. Si ella pronunciara su nombre, aunque fuera sólamente una vez...
Dulcineadme, señora,Los gigantes agitan amenazadores sus brazos. Visera calada. Lanza en ristre. No huyáis, cobardes y viles criaturas...
el alma, el yelmo y el filo
de esta espada que ahora dejo
ante sus plantas rendido.
Todo por ella, la más hermosa de ínsulas y reinos. Ningún encantador podrá jamás impedirlo.
Su escudero no le comprende. ¿Por qué tantas penas y quebrantos? ¿Es que acaso él no tiene los mismos sentimientos? ¿Es que acaso a él no le espera en casa su fiel Teresa?
Desde lo profundo de un espejo donde el caballero vio por primera vez su imagen, Dulcinea aparece. De repente, el sueño se ha hecho realidad.
¿No son reales mis brazosPero la realidad no existe, dice Sancho, y también las otras voces, las del viento: nada en el mundo es real.
abiertos para abrazar,
ni estos labios que pronuncian
lentamente amor y amar?
Dulcinea, de Lorenzo Palomo. Cantata-fantasía para un caballero enamorado.
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Música
jueves, 17 de marzo de 2011
Los hermanos Corazón de León.
Este libro nos lo mandó leer la profesora en mi época de estudiante de sueco: Bröderna Lejonhjärta, de Astrid Lindgren. O lo que es lo mismo, Los hermanos Corazón de León.
Karl Lejon tiene diez años y no va a cumplir más. La enfermedad le mantiene recluido en casa, donde le cuidan su madre y su hermano de trece, Jonatan. Echa de menos ir a la escuela.
El miedo se apodera de él cuando escucha una conversación en la que el médico anuncia su próximo fin. Pero Jonatan le tranquiliza: sólo va a alcanzar otra vida, en el lejano mundo de Nangijala, donde las limitaciones físicas no existen, donde sólo reina la fantasía.
Karl abandona el temor. Su pena es ahora que pasará mucho tiempo antes de que Jonatan vaya a reunirse con él, ya de viejo. Ninguna aventura valdrá la pena si no pueden compartirla. Aunque quizá el reloj allí se mueva tan rápido que noventa años normales se conviertan en dos días...
De repente, un incendio destruye su hogar. El bravo hermano mayor salta por la ventana con él en brazos. Karl se salva. Será Jonatan quien primero vaya a Nangijala.
¿Y si todo fuera mentira? ¿Y si le hubieran contado una historia falsa? La duda es muy fuerte, hasta que una paloma mensajera le trae palabras de calma: el otro lado es tal como Jonatan le había dicho. Al poco, ambos están juntos de nuevo.
Nangijala, tierra de magia, hermosa tierra para recorrerla cabalgando, para disfrutar de sus praderas, ríos, montes y valles. Tierra que Tengil, señor de las fuerzas del mal, desea sojuzgar con su ejército y su dragón Katla. Algunos de sus habitantes, como Sofia, están dispuestos a luchar por la libertad, sólo esperan a alguien que les ayude a enfrentarse al peligro. Necesitan héroes. Necesitan a los hermanos Corazón de León...
Que esta novela esté catalogada como juvenil es algo discutible. Si pensamos en Pippi Calzaslargas, la obra más conocida de Lindgren, quizá podrían apreciarse ciertas similitudes, como el contraste entre el mundo que ven los niños y el de los adultos. Sin embargo, tener bien presente el tema de la muerte, incluso mostrándola en primer plano como parte natural de nuestro ciclo, resulta atípico en este género.
Por su parte, como novela de aventuras es totalmente recomendable para cualquier edad. Hay algún eco de Tolkien o de Lewis, por supuesto, pero también sería posible identificar las acciones de la Resistencia frente a los nazis, o las antiguas eddas y sagas escandinavas. Incluso la idea metafísica de la reencarnación continua. Lealtad, solidaridad y esperanza se quedan en nuestra retina como valores por los que guiarnos, y si algo malo nos sucediera, si tuviéramos que cerrar los ojos también en Nangijala... Más allá nos espera Nangilima.
Karl Lejon tiene diez años y no va a cumplir más. La enfermedad le mantiene recluido en casa, donde le cuidan su madre y su hermano de trece, Jonatan. Echa de menos ir a la escuela.
El miedo se apodera de él cuando escucha una conversación en la que el médico anuncia su próximo fin. Pero Jonatan le tranquiliza: sólo va a alcanzar otra vida, en el lejano mundo de Nangijala, donde las limitaciones físicas no existen, donde sólo reina la fantasía.
Karl abandona el temor. Su pena es ahora que pasará mucho tiempo antes de que Jonatan vaya a reunirse con él, ya de viejo. Ninguna aventura valdrá la pena si no pueden compartirla. Aunque quizá el reloj allí se mueva tan rápido que noventa años normales se conviertan en dos días...
De repente, un incendio destruye su hogar. El bravo hermano mayor salta por la ventana con él en brazos. Karl se salva. Será Jonatan quien primero vaya a Nangijala.
¿Y si todo fuera mentira? ¿Y si le hubieran contado una historia falsa? La duda es muy fuerte, hasta que una paloma mensajera le trae palabras de calma: el otro lado es tal como Jonatan le había dicho. Al poco, ambos están juntos de nuevo.
Nangijala, tierra de magia, hermosa tierra para recorrerla cabalgando, para disfrutar de sus praderas, ríos, montes y valles. Tierra que Tengil, señor de las fuerzas del mal, desea sojuzgar con su ejército y su dragón Katla. Algunos de sus habitantes, como Sofia, están dispuestos a luchar por la libertad, sólo esperan a alguien que les ayude a enfrentarse al peligro. Necesitan héroes. Necesitan a los hermanos Corazón de León...
Que esta novela esté catalogada como juvenil es algo discutible. Si pensamos en Pippi Calzaslargas, la obra más conocida de Lindgren, quizá podrían apreciarse ciertas similitudes, como el contraste entre el mundo que ven los niños y el de los adultos. Sin embargo, tener bien presente el tema de la muerte, incluso mostrándola en primer plano como parte natural de nuestro ciclo, resulta atípico en este género.
Por su parte, como novela de aventuras es totalmente recomendable para cualquier edad. Hay algún eco de Tolkien o de Lewis, por supuesto, pero también sería posible identificar las acciones de la Resistencia frente a los nazis, o las antiguas eddas y sagas escandinavas. Incluso la idea metafísica de la reencarnación continua. Lealtad, solidaridad y esperanza se quedan en nuestra retina como valores por los que guiarnos, y si algo malo nos sucediera, si tuviéramos que cerrar los ojos también en Nangijala... Más allá nos espera Nangilima.
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Libros (aventura)
lunes, 14 de marzo de 2011
Il pericolo numero uno.
Yo estaba bajo una sombrilla, repantigado en la más completa ataraxia, en una playa mexicana.
Fue entonces cuando mi sexto sentido me avisó. No los ojos, completamente cerrados, ni los oídos, adormecidos por el rumor de las olas del Caribe. Se trató de algo diferente, unas vibraciones en el aire, un mensaje de alerta de la pituitaria al cerebro más profundo y primitivo: ¡peligro, peligro, peligro!
Entreabrí los párpados con cuidado, quizá se tratara del camarero con otra piña colada. Error. Cuando me quise dar cuenta, era ya demasido tarde: ninguna salida, me hallaba atrapado sin remedio.
–Hola, necesitamos a otro jugador para un partido de volley, ¿te apuntas?
Ya quisiera yo ver a cualquiera de los que estáis ahora mismo sonriendo, en mi misma circunstancia. ¿Y eso era todo?, pensaréis. ¿Una simple pachanga de volley playa? ¿Cuál era ese peligro agazapado tan sibilinamente?
Ante mi cuerpo en posición horizontal se había materializado una italiana en bikini..., ay, ¿cómo la describiría yo?... Mamma mia. Sí, exactamente igual que os la estáis imaginando. Il pericolo numero uno, vamos. La donna...
Cada centímetro de mis músculos se tensó en respuesta al requerimiento. Resultado: múltiples calambres, tirones y principios de esguince. No obstante, contestar con una negativa hubiera supuesto un insulto. Yo era el representante, el paladín, el campeón de todos los hombres heteros de la playa. Es más, enarbolaba la bandera del honor de todo el sexo masculino sobre la Tierra. Así pues, me levanté dispuesto a lo que fuera. ¡Avanti!
¿Realmente he de relatar lo sucedido a continuación? ¿Realmente he de dejar plasmada la humillación sufrida por mi ego? El honor por los suelos. Literalmente. No habrá nadie entre mis semejantes que me perdone haberme arrastrado de tal manera por la arena, en pos de la dichosa pelotita. Situado en la retaguardia del terreno de juego, los puntos fueron cayendo en nuestra contra, una y otra vez, hasta que perdimos el partido. Mi compañera acabó mirándome con un mohín de desprecio: no había sabido satisfacer sus expectativas. No conozco una sensación peor.
Y es por eso que os prevengo. Sí, a vosotros, a quienes antes sonreíais con suficiencia. Haced ejercicio, no dejéis de entrenar, día y noche, noche y día, a cualquier hora y en toda situación. Porque en el momento menos pensado, tendréis que demostrar vuestras condiciones de atleta. ¿Estáis preparados? Per la donna...
Fue entonces cuando mi sexto sentido me avisó. No los ojos, completamente cerrados, ni los oídos, adormecidos por el rumor de las olas del Caribe. Se trató de algo diferente, unas vibraciones en el aire, un mensaje de alerta de la pituitaria al cerebro más profundo y primitivo: ¡peligro, peligro, peligro!
Entreabrí los párpados con cuidado, quizá se tratara del camarero con otra piña colada. Error. Cuando me quise dar cuenta, era ya demasido tarde: ninguna salida, me hallaba atrapado sin remedio.
–Hola, necesitamos a otro jugador para un partido de volley, ¿te apuntas?
Ya quisiera yo ver a cualquiera de los que estáis ahora mismo sonriendo, en mi misma circunstancia. ¿Y eso era todo?, pensaréis. ¿Una simple pachanga de volley playa? ¿Cuál era ese peligro agazapado tan sibilinamente?
Ante mi cuerpo en posición horizontal se había materializado una italiana en bikini..., ay, ¿cómo la describiría yo?... Mamma mia. Sí, exactamente igual que os la estáis imaginando. Il pericolo numero uno, vamos. La donna...
Cada centímetro de mis músculos se tensó en respuesta al requerimiento. Resultado: múltiples calambres, tirones y principios de esguince. No obstante, contestar con una negativa hubiera supuesto un insulto. Yo era el representante, el paladín, el campeón de todos los hombres heteros de la playa. Es más, enarbolaba la bandera del honor de todo el sexo masculino sobre la Tierra. Así pues, me levanté dispuesto a lo que fuera. ¡Avanti!
¿Realmente he de relatar lo sucedido a continuación? ¿Realmente he de dejar plasmada la humillación sufrida por mi ego? El honor por los suelos. Literalmente. No habrá nadie entre mis semejantes que me perdone haberme arrastrado de tal manera por la arena, en pos de la dichosa pelotita. Situado en la retaguardia del terreno de juego, los puntos fueron cayendo en nuestra contra, una y otra vez, hasta que perdimos el partido. Mi compañera acabó mirándome con un mohín de desprecio: no había sabido satisfacer sus expectativas. No conozco una sensación peor.
Y es por eso que os prevengo. Sí, a vosotros, a quienes antes sonreíais con suficiencia. Haced ejercicio, no dejéis de entrenar, día y noche, noche y día, a cualquier hora y en toda situación. Porque en el momento menos pensado, tendréis que demostrar vuestras condiciones de atleta. ¿Estáis preparados? Per la donna...
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Cosas que recuerdo,
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Viajes
jueves, 10 de marzo de 2011
Monina.
Primera hora de la mañana. Monina, rasgos finísimos, palmito privilegiado, andares de alfombra roja, entra en el ascensor. Es toda una reina.
A veces nos cruzamos a la hora del almuerzo, pero claro, no es lo mismo. El ascensor es un territorio donde se imponen las distancias cortas, la audacia, la osadía, donde toda decisión ha de tomarse en escasos segundos, entre que se abren y se cierran las puertas. Monina pulsa el botón del piso nueve.
El regio brillo de Monina refulge en las metalizadas paredes mientras nos elevamos. ¿He dicho nos? Sí, hay un tercer jugador en escena: otro individuo ha entrado detrás de nosotros, y su entusiasmo monárquico queda enseguida de manifiesto. Monina se dirige a él con una sonrisa:
−Ay, cuánta hambre estoy pasando esta semana. No he ido a la compra y no me queda más remedio que comer cualquier sándwich de la máquina −y sus pestañas tintinean: clinc, clinc, clinc.
−Pero, ¿cómo no me lo habías dicho antes? Si he preparado una cazuela entera de espaguetis. Toma, llévatela −y le tiende una bolsa.
−¿Síiiiiii? ¿De verdaaaaad? Qué encanto…
Yo pienso en las setas a la plancha que llevo en la tartera. ¿Seré capaz de cubrir el envite, de ver la apuesta? La duda nubla mis sentidos, que se lanzan a una competencia feroz entre ellos: estómago, corazón, cerebro..., estómago, corazón, cerebro... ¿Cuál será el vencedor?
−Y como vivimos en el mismo barrio, puedes venir a mi casa cuando quieras y llevarte lo que necesites.
Vaya, eso es un órdago de verdad; si cuela, sería una jugada maestra por su parte. Desconozco si yo también soy vecino de Monina, a lo mejor podría ofrecerle ese tarro de garbanzos que guardo como reserva de emergencia en el congelador... Ricos, ricos.
En esas, el ascensor decelera: alguien ha llegado a su destino. Anda, ¿soy yo? Qué mala suerte, no he tenido tiempo para nada. ¿Por qué habré pulsado el botón de la planta tres?
Bueno, da igual. Aquí, entre vosotros y yo, Monina no es mi tipo.
A veces nos cruzamos a la hora del almuerzo, pero claro, no es lo mismo. El ascensor es un territorio donde se imponen las distancias cortas, la audacia, la osadía, donde toda decisión ha de tomarse en escasos segundos, entre que se abren y se cierran las puertas. Monina pulsa el botón del piso nueve.
El regio brillo de Monina refulge en las metalizadas paredes mientras nos elevamos. ¿He dicho nos? Sí, hay un tercer jugador en escena: otro individuo ha entrado detrás de nosotros, y su entusiasmo monárquico queda enseguida de manifiesto. Monina se dirige a él con una sonrisa:
−Ay, cuánta hambre estoy pasando esta semana. No he ido a la compra y no me queda más remedio que comer cualquier sándwich de la máquina −y sus pestañas tintinean: clinc, clinc, clinc.
−Pero, ¿cómo no me lo habías dicho antes? Si he preparado una cazuela entera de espaguetis. Toma, llévatela −y le tiende una bolsa.
−¿Síiiiiii? ¿De verdaaaaad? Qué encanto…
Yo pienso en las setas a la plancha que llevo en la tartera. ¿Seré capaz de cubrir el envite, de ver la apuesta? La duda nubla mis sentidos, que se lanzan a una competencia feroz entre ellos: estómago, corazón, cerebro..., estómago, corazón, cerebro... ¿Cuál será el vencedor?
−Y como vivimos en el mismo barrio, puedes venir a mi casa cuando quieras y llevarte lo que necesites.
Vaya, eso es un órdago de verdad; si cuela, sería una jugada maestra por su parte. Desconozco si yo también soy vecino de Monina, a lo mejor podría ofrecerle ese tarro de garbanzos que guardo como reserva de emergencia en el congelador... Ricos, ricos.
En esas, el ascensor decelera: alguien ha llegado a su destino. Anda, ¿soy yo? Qué mala suerte, no he tenido tiempo para nada. ¿Por qué habré pulsado el botón de la planta tres?
Bueno, da igual. Aquí, entre vosotros y yo, Monina no es mi tipo.
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Cosas que me pasan
lunes, 7 de marzo de 2011
La página en blanco.
"Los hombres creen que controlan su destino. Cuánto se ríen los dioses al oír esto..."
El compositor intenta crear. Quiere escribir una ópera: miles de notas, miles de texturas, miles de líneas, armonías, instrumentos, mundos inabarcables de posibilidades sonoras entrecruzándose en su mente...
Su mujer aparece en la blanca habitación, seguida de dos operarios de mudanzas. De entre los pájaros disecados que cubren la pared, va seleccionando aquellos que quiere llevarse. Le reprocha al compositor que sólo le importe su trabajo, y le recuerda que, en tanto no se firme el acuerdo de divorcio, todo lo que él haga le pertenece también a ella. Y cuando muera, se encargará de destruirlo. El mundo perderá la memoria de quién ha sido, jamás entrará en la eternidad.
En el ordenador suena el aviso de un correo electrónico. Alguien desconocido envía al compositor una imagen de la misma partitura que acaba de anotar. Pero, pero... ¿cómo es posible? Y a continuación de la misma, una página nueva. Una página en blanco…
Ni siquiera su mejor amigo, un experto informático, puede ofrecerle una explicación. Pero tiene que tranquilizarse, tiene que poner un poco de orden en los acontecimientos, porque en seguida va a conocer a la protagonista de su ópera, una joven soprano que le ha sido impuesta por el director del teatro. Ensayan. Ella lee, canta y no comprende. ¿Dónde está el problema? −pregunta él−. ¿Qué simbolos del papel son los que no entiende? No sé dónde está el alma de esta música −responde ella−.
Él quiere volver a verla. Ella le promete que se encontrarán siempre que lo necesite.
Ha pasado un tiempo. En una especie de sótano, el director del teatro acude a su cita con la cantante. ¿A qué se debe tanta prisa? ¿Por qué esa llamada tan urgente? Ella duda de poder continuar: el compositor se muestra cada vez más atraído sentimentalmente...
¡Perfecto entonces!, todo transcurre como esperaban. Ella protesta, no quiere herirle así. Pero no es momento para dudas, no es momento de flaquear, necesitan que termine la ópera. El amigo del compositor se une a ambos. Y también su mujer. Trae a un periodista, muy interesado en formar parte de sus planes. De la conspiración...
Imágenes sacadas de un cuadro de El Bosco se ponen en movimiento. Pequeñas formas de pesadilla. Las palabras latinas del Apocalipsis resuenan, pronunciadas por múltiples voces. Primero desde arriba, más tarde desde la profundidad.
El compositor sigue recibiendo los correos anónimos. Nadie ha estado en su casa durante semanas, y sin embargo, le envían exactamente aquello que acaba de escribir. Y siempre, acompañándolo, una página en blanco. Quizá haya dispositivos ocultos que le vigilan.
Su amigo le insta a utilizar un autómata, un robot. ¿Qué es lo que sabe hacer? No sólo las mismas cosas que podría hacer él mismo, sino... todo aquello que apenas puede soñar. Es un ser avanzado. Es perfecto. Es superior.
Avanza, avanza, avanza. La inspiración le desborda. Siente como nunca antes había sentido. La cantante, somnolienta, le pide que vuelva a la cama.
Se ha enamorado de ella.
Cuando la ópera está finalizada, todas las energías de su vida han confluido en ese punto. La ópera y ella son una misma cosa. Cuánta esperanza, cuánto futuro dentro de su habitación blanca...
En otro sótano, el compositor aparece sujeto a una extraña silla. Su cabeza está vendada. El amigo, el director del teatro, su mujer, el periodista, se congratulan del resultado. Tienen la partitura en su poder. Es algo histórico, en adelante podrán conservar la creatividad de los grandes genios... aunque ya no estén.
Desde que el compositor sufrió el accidente y quedó en coma irreversible, no había producido nada.
Pero con los neurotransmisores conectados a su cerebro, con el mundo de realidad virtual creado especialmente para él, y sobre todo con la motivación adecuada...
Porque es sabido que la fuerza más poderosa, la que es capaz de activar el pensamiento de una persona hasta sus niveles máximos... es el amor.
Todos felicitan a la joven y eminente doctora que ha sido la pieza clave en el proceso.
Lástima que el cuerpo del compositor ya no sea útil. Pasará a la sección de post-investigación.
Aunque... ella no parece contenta. Desata las correas. La doctora. La cantante. La amada.
Los atados son ahora los demás, protagonistas de la ópera imaginada por el compositor. Vuelven a moverse las extrañas figuras de El Bosco. Vuelve a sonar el coro de voces del Apocalipsis.
Teatro Real. No todos los días puede uno asistir al estreno de una ópera; en comparación con otros siglos, quizá ocurra incluso una vez en la vida. La página en blanco, de la asombrosa y polifacética artista Pilar Jurado, ha sido mi caso. Compositora, escritora del libreto, soprano... Lo he contado a mi manera, intentando describir las escenas tal como las recuerdo más de una semana después, envueltas en una música de gran fuerza expresiva. Por eso no hay que tomarlo como una reseña al pie de la letra; es más, no estoy seguro de no haber confundido el orden o descuidado algún aspecto que merece destacarse para entender mejor la historia (el papel del robot, por ejemplo). Lo único que sé es que ha ocurrido y que estuve allí.
P.D.: para los interesados, además del vídeo promocional anterior, recomiendo la charla de José Luis Téllez disponible en este otro enlace. Aclarará muchos puntos de manera infinitamente más amena e informada.
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Cosas que me pasan,
Música
jueves, 3 de marzo de 2011
El pesquero y El camarada.
El otro día, una manifestación contra el despido de varios compañeros me dejó baldado. Pancartas, banderas, gritos de ni un paso atrás, llamamientos a la solidaridad entre trabajadores... Lo normal en las huelgas, vamos. Luego amanecí con fiebre y la garganta como untada con pez, pero peor lo están pasando los que se han quedado en la calle.
Vaya por delante que los clichés de derechas e izquierdas, rojos y azules, me parecen el mayor timo desde que Ulises jugaba con caballitos. En el mundo de hoy, una simple excusa para que algunos, además de llenarse la boca con eslóganes, se llenen también los bolsillos. En lo que yo intento creer es en la ética, en lo que es justo frente a lo que no lo es, en que no deberíamos vivir como si la sombra de los buitres estuviera permanentemente sobre nuestras cabezas, felicitándonos porque en esa ocasión no nos ha tocado a nosotros, sino al de al lado. Pero en fin, tampoco pretendo dar un mitin. No es lo mío.
Lo que sí quería, aunque tampoco sea lo mío, es aprovechar la introducción para comentar un par de libros de Takiji Kobayashi. Efectivamente, estamos que lo tiramos: dos por el precio de uno. Comencemos por El pesquero.
Y lo que hizo fue poner su talento narrativo al servicio de la causa. Es decir, en El pesquero hay trabajadores buenos a quienes sólo falta abrazar esa misma causa, otros trabajadores buenos que les enseñan, trabajadores temerosos de arriesgar lo que tienen (contratos precarios y salarios bajos, ¿a alguien le suena?), patrones sin escrúpulos que se aprovechan de ello y figuras en la sombra, moviendo los hilos, convirtiendo el sudor y la sangre en una riqueza de la que sólo ellos se aprovechan.
Sin embargo, pese al peligro latente de escribir un panfleto más que una novela (estamos en época stalinista, no lo olvidemos), no ocurre así. El posicionamiento del autor a la hora de transmitir simpatías y antipatías está claro, pero no cae en el maniqueísmo: buenos y malos son como los personajes de cualquier otro relato, y sobre todo, ese relato es creíble, puede ocurrir perfectamente de verdad.
Ah, la sinopsis: un barco dedicado a la captura y envasado de carne de cangrejo ha de navegar hasta latitudes septentrionales, donde la dureza de la mar y de las condiciones laborales pone a prueba a los marineros, cobrándose tributo en su salud e incluso su vida. Un destructor de la Marina Imperial vigila para que nada se salga de sus cauces. Pero los hombres que aún no han caído, aquellos hombres sencillos que habían aceptado los riesgos por llevar el sustento a sus familias, empiezan a conspirar. Quizá no deberían pagar ese precio tan alto...
Parece ser que la obra fue un éxito de ventas en el Japón, al reeditarse no hace mucho. Como me gustó, decidí leer también otra del mismo autor: El camarada.
Aquí el argumento se centra en el día a día de un infiltrado en una importante fábrica. Su labor consiste en redactar y distribuir octavillas denunciando abusos. Cientos de despidos se avecinan, y la dificultad de encontrar empleo en otro lugar mantiene a la gente amedrentada. Cuando uno de sus contactos es detenido y su propio domicilio allanado, el protagonista tiene que moverse rápidamente; en un ambiente de suspense, cualquiera a quien se acerque puede ser amigo... o enemigo.
Más explícito que El pesquero, pierde quizás algo del equilibrio de aquél. Es decir, se centra más en el objetivo de la "concienciación de las masas", sacrificando el desarrollo de tramas paralelas que pudieran distraer del mismo. Por eso, literariamente resulta más seco. Y no obstante, consigue muy bien ese suspense del que hablaba, como una novela negra de perseguidores y perseguidos. Seguramente tenemos aquí vivencias del propio autor, ya que era el manuscrito en el que estaba trabajando cuando fue capturado.
En resumen, dos títulos cuyo retorno a la luz merece la pena. Por lo que se ve en ellos, hay cosas que no han cambiado mucho...
Vaya por delante que los clichés de derechas e izquierdas, rojos y azules, me parecen el mayor timo desde que Ulises jugaba con caballitos. En el mundo de hoy, una simple excusa para que algunos, además de llenarse la boca con eslóganes, se llenen también los bolsillos. En lo que yo intento creer es en la ética, en lo que es justo frente a lo que no lo es, en que no deberíamos vivir como si la sombra de los buitres estuviera permanentemente sobre nuestras cabezas, felicitándonos porque en esa ocasión no nos ha tocado a nosotros, sino al de al lado. Pero en fin, tampoco pretendo dar un mitin. No es lo mío.
Lo que sí quería, aunque tampoco sea lo mío, es aprovechar la introducción para comentar un par de libros de Takiji Kobayashi. Efectivamente, estamos que lo tiramos: dos por el precio de uno. Comencemos por El pesquero.
–Vamos hacia el infierno.Kobayashi fue un comunista convencido que murió por sus ideas, ya que le mató la policía secreta japonesa en 1933.
Apoyados en la barandilla de cubierta, dos pescadores contemplaban la ciudad de Hakodate, cuya bahía abrazaba el mar como el caparazón de un caracol. Uno de ellos escupió los restos de un cigarrillo que había apurado hasta quemarse los dedos. La colilla hizo unos cómicos tirabuzones y cayó rebotando por el costado del barco. El cuerpo del hombre apestaba a sake.
Los barcos de vapor flotaban sobre sus anchas panzas rojas; otros, que todavía estaban en proceso de carga, se inclinaban hacia un lado igual que si desde el mar algo les tirara de la manga. Como si el frío mar fuera un extraño tapiz, sobre él se mecían anchas chimeneas amarillas, grandes boyas en forma de campana, lanchas yendo y viniendo entre barco y barco como chinches, hollín y trozos de pan y fruta podrida. El viento empujaba las olas y un humo con un pesado olor a carbón. De vez en cuando se oía, retumbando directamente sobre las olas, el ruido de un torno.
Y lo que hizo fue poner su talento narrativo al servicio de la causa. Es decir, en El pesquero hay trabajadores buenos a quienes sólo falta abrazar esa misma causa, otros trabajadores buenos que les enseñan, trabajadores temerosos de arriesgar lo que tienen (contratos precarios y salarios bajos, ¿a alguien le suena?), patrones sin escrúpulos que se aprovechan de ello y figuras en la sombra, moviendo los hilos, convirtiendo el sudor y la sangre en una riqueza de la que sólo ellos se aprovechan.Sin embargo, pese al peligro latente de escribir un panfleto más que una novela (estamos en época stalinista, no lo olvidemos), no ocurre así. El posicionamiento del autor a la hora de transmitir simpatías y antipatías está claro, pero no cae en el maniqueísmo: buenos y malos son como los personajes de cualquier otro relato, y sobre todo, ese relato es creíble, puede ocurrir perfectamente de verdad.
Ah, la sinopsis: un barco dedicado a la captura y envasado de carne de cangrejo ha de navegar hasta latitudes septentrionales, donde la dureza de la mar y de las condiciones laborales pone a prueba a los marineros, cobrándose tributo en su salud e incluso su vida. Un destructor de la Marina Imperial vigila para que nada se salga de sus cauces. Pero los hombres que aún no han caído, aquellos hombres sencillos que habían aceptado los riesgos por llevar el sustento a sus familias, empiezan a conspirar. Quizá no deberían pagar ese precio tan alto...
Parece ser que la obra fue un éxito de ventas en el Japón, al reeditarse no hace mucho. Como me gustó, decidí leer también otra del mismo autor: El camarada.
Mientras me estaba lavando las manos en el baño, justo debajo de la ventana, vi salir a la gente de la nave número 2; a pesar del ruido que hacían las sandalias de madera y los zapatos de todos ellos, se oían sus voces. En ese momento, Suyama, a mi espalda, me preguntó: «¿Todavía no has acabado?».
Él trabajaba en la nave número 2. Con la cara completamente enjabonada, me giré y le miré con gesto severo. Nosotros dos habíamos pactado no volver jamás juntos de la fábrica. Si lo hacíamos, llamaríamos la atención de los demás hombres y, además, no lograríamos que el sacrificado fuera sólo uno, pero Suyama incumplía el pacto de vez en cuando.
–No te enfades tanto, hombre –se rió amigablemente.
Suyama era un chico simpático y risueño al que era tan difícil odiar que yo también terminé sonriendo, pero lo cierto es que atravesábamos un período importante, razón por la que traté de recuperar la seriedad. Además, aquel día íbamos a reclutar a un nuevo miembro en alguna cantina... Con todo, advertí al instante que Suyama no se mostraba tan alegre como siempre. Entonces, de repente, tuve ese presentimiento que sólo pueden tener quienes se dedican a lo mismo que nosotros.
Aquí el argumento se centra en el día a día de un infiltrado en una importante fábrica. Su labor consiste en redactar y distribuir octavillas denunciando abusos. Cientos de despidos se avecinan, y la dificultad de encontrar empleo en otro lugar mantiene a la gente amedrentada. Cuando uno de sus contactos es detenido y su propio domicilio allanado, el protagonista tiene que moverse rápidamente; en un ambiente de suspense, cualquiera a quien se acerque puede ser amigo... o enemigo.Más explícito que El pesquero, pierde quizás algo del equilibrio de aquél. Es decir, se centra más en el objetivo de la "concienciación de las masas", sacrificando el desarrollo de tramas paralelas que pudieran distraer del mismo. Por eso, literariamente resulta más seco. Y no obstante, consigue muy bien ese suspense del que hablaba, como una novela negra de perseguidores y perseguidos. Seguramente tenemos aquí vivencias del propio autor, ya que era el manuscrito en el que estaba trabajando cuando fue capturado.
En resumen, dos títulos cuyo retorno a la luz merece la pena. Por lo que se ve en ellos, hay cosas que no han cambiado mucho...
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