Se inaugura la exposición de una interesante artista, Diana Hernández Sevilla. Grabados, serigrafías, aguafuertes... Allá que voy, a solazar el espíritu (y llevarme de paso algunas de sus obras).
A la hora de comer, varios de los asistentes al evento nos dirigimos a un restaurante cercano. Una casa baja, muy sencilla. El encargado de las reservas, que también oficia de chef y de sumiller, nos saluda en la puerta y avisa de nuestra presencia a la jefa de cocina:
−¡Mamá, que han llegado clientes, vete calentando la sopa!
Mientras le damos al diente, me fijo en la decoración del lugar. Aparte de pintorescos cachivaches agrícolas, cuelgan de las encaladas paredes varias láminas y óleos. La jefa de cocina, una señora ya mayor, sale a ver cómo va el segundo plato.
−Huy, cuánta gente, hoy hago negocio con ustedes. No les había visto nunca, ¿viven por aquí?
−No señora, es que estábamos al lado, en la Casa de la cultura, en una exposición.
−Ah, pues mi hija también pinta, y mi nieta hace ya sus pinitos, no se crean. Luego tengo un montón de cuadros viejos en el desván, pero no sé si valen algo o son para tirar.
−No tendrá uno como ese, ¿verdad? −pregunta alguien, mientras señala una reproducción del Guernica−. Uno firmado por Picasso, ja, ja, ja...
−Qué va, de Pablo no tengo ninguno. Y mira que podía haberlos comprado, estaban bien de precio.
Repentino silencio.
−¿Cómo?
−Ay, sí, él solía pasear por Biarritz, donde yo vivía. Como estaba exiliado y mi padre también, siempre se paraba a hablar con nosotros. Y en una galería de la ciudad más de una vez me quisieron vender dibujos suyos, incluso los podía pagar a plazos. Pero como yo no entendía de esas cosas, ya ven, contesté siempre que no. A lo mejor hoy me hubieran sacado de pobre.
A lo mejor.
P.D. 1: la sopa no estaba mal. El pollo al ajillo era francamente mejorable.
P.D. 2: las obras de Diana están muy bien de precio. ¿Y si, dentro de unos años...?
Buena música, libros, cosas que me pasan, que recuerdo, que se me ocurren, ficciones, viajes, algunas fotos y qué sé yo cuántas cosas más...
domingo, 27 de febrero de 2011
jueves, 24 de febrero de 2011
Nikita (II).
La chorrada aquella que les escribí hace tiempo a mis compañeros de trabajo, segundo episodio. No estoy para nada mejor...
Un latido, dos latidos, tres. Al fondo, sonó el timbre del ascensor. Flanqueada por jardineras de helechos, una sombra se adelantó sin esperar a que la puerta se abriera del todo. Una sombra de cazador. Sin piedad.
−Nikita, Michael.
Los dos estaban de pie, rígidos, a un metro de distancia entre sí. Reflejos adquiridos.
−Operación Pantumaca retrasada. Hay nuevas instrucciones, a mi despacho.
El Gerente Operativo no solía malgastar palabras. Tampoco tiempo, aunque se permitió una ligera demora observándoles, entrecerrando los párpados, como si esperara descubrir una gota de sudor en alguna sien.
El despacho era sobrio, con paredes recubiertas de un material que debía de servir tan bien para mantener la temperatura, como para ahogar cualquier posible grito en su interior.
−Nuestros contactos nos informan de que la mayor parte de su equipo femenino no podrá acudir a la fiesta del jueves, por encontrarse ocupadas en otras misiones. Si Nikita se presentara, no contaría con el factor camuflaje, sospecharían y cambiarían la combinación que abre el frigorífico. En esas condiciones, es mejor que os toméis la noche libre.
−¿Y si voy yo? −propuso Michael−. Una reunión masculina... Empezaríamos a hablar de fútbol, algún gol anulado, algún penalti no cobrado, en algún momento habría que sacar más cervezas de la nevera y entonces...
−No, Michael −interrumpió Nikita−, la misión es mía. Además, no importa el sexo de sus agentes; incluso aunque sean hombres, están altamente entrenados.
−Sin embargo, merece la pena tantear esa estrategia −respondió el Gerente−. Quizá podríais infiltraros los dos, puede que haya eslabones débiles entre ellos. Así tendríamos nás oportunidades. Por si acaso, visitad la sección de armas experimentales, están trabajando en proyectos interesantes para vencer voluntades ajenas: feromonas sintéticas, calzoncillos aerodinámicos, ostras de efectos concentrados...
Por la mente de Nikita cruzó una imagen. La de Michael en calzoncillos aerodinámicos... La piel se le erizó.
−A la orden, señor −dijo Michael−, probaremos esas nuevas armas. Buscaré un sujeto con quien hacer ensayos, alguien de la calle.
El silencio cubrió la habitación. El Gerente seguía intentando adivinar si le ocultaban algo. Michael había cruzado los brazos, aguardando el resto de instrucciones. Nikita, a su vez, se había movido un par de pasos hacia la salida, incómoda.
−Está bien, seguid estudiando al rival. Revisad sus perfiles psicológicos, identificad a alguno de ellos a quien pudiéramos utilizar para nuestros propósitos, preparad un plan B, un plan C, un plan D, lo que sea necesario para conseguir esas recetas. Eso es todo.
Los agentes abandonaron el despacho, dirigiéndose a sus respectivas mesas de trabajo. Ambos intentaron concentrarse en los informes de inteligencia, de acuerdo con las órdenes. Pero de hito en hito, ella miraba a su compañero.
Un latido, dos latidos, tres. Al fondo, sonó el timbre del ascensor. Flanqueada por jardineras de helechos, una sombra se adelantó sin esperar a que la puerta se abriera del todo. Una sombra de cazador. Sin piedad.
−Nikita, Michael.
Los dos estaban de pie, rígidos, a un metro de distancia entre sí. Reflejos adquiridos.
−Operación Pantumaca retrasada. Hay nuevas instrucciones, a mi despacho.
El Gerente Operativo no solía malgastar palabras. Tampoco tiempo, aunque se permitió una ligera demora observándoles, entrecerrando los párpados, como si esperara descubrir una gota de sudor en alguna sien.
El despacho era sobrio, con paredes recubiertas de un material que debía de servir tan bien para mantener la temperatura, como para ahogar cualquier posible grito en su interior.
−Nuestros contactos nos informan de que la mayor parte de su equipo femenino no podrá acudir a la fiesta del jueves, por encontrarse ocupadas en otras misiones. Si Nikita se presentara, no contaría con el factor camuflaje, sospecharían y cambiarían la combinación que abre el frigorífico. En esas condiciones, es mejor que os toméis la noche libre.
−¿Y si voy yo? −propuso Michael−. Una reunión masculina... Empezaríamos a hablar de fútbol, algún gol anulado, algún penalti no cobrado, en algún momento habría que sacar más cervezas de la nevera y entonces...
−No, Michael −interrumpió Nikita−, la misión es mía. Además, no importa el sexo de sus agentes; incluso aunque sean hombres, están altamente entrenados.
−Sin embargo, merece la pena tantear esa estrategia −respondió el Gerente−. Quizá podríais infiltraros los dos, puede que haya eslabones débiles entre ellos. Así tendríamos nás oportunidades. Por si acaso, visitad la sección de armas experimentales, están trabajando en proyectos interesantes para vencer voluntades ajenas: feromonas sintéticas, calzoncillos aerodinámicos, ostras de efectos concentrados...
Por la mente de Nikita cruzó una imagen. La de Michael en calzoncillos aerodinámicos... La piel se le erizó.
−A la orden, señor −dijo Michael−, probaremos esas nuevas armas. Buscaré un sujeto con quien hacer ensayos, alguien de la calle.
El silencio cubrió la habitación. El Gerente seguía intentando adivinar si le ocultaban algo. Michael había cruzado los brazos, aguardando el resto de instrucciones. Nikita, a su vez, se había movido un par de pasos hacia la salida, incómoda.
−Está bien, seguid estudiando al rival. Revisad sus perfiles psicológicos, identificad a alguno de ellos a quien pudiéramos utilizar para nuestros propósitos, preparad un plan B, un plan C, un plan D, lo que sea necesario para conseguir esas recetas. Eso es todo.
Los agentes abandonaron el despacho, dirigiéndose a sus respectivas mesas de trabajo. Ambos intentaron concentrarse en los informes de inteligencia, de acuerdo con las órdenes. Pero de hito en hito, ella miraba a su compañero.
(Continuará −a lo mejor−).
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Ficciones
domingo, 20 de febrero de 2011
Cuestión de tiempo.
La gota cae, resbala, encuentra el punto exacto, se detiene.
Horada.
Sin oposición, sin resistencia.
La piel es demasiado débil.
Atraviesa.
Lenta.
Fría.
Increíblemente fría.
No existen palabras para describir su frialdad.
Se acerca.
Cada golpe que resuena contra el pecho le va indicando el camino.
Y al final...
Alcanza su meta.
Sólo era cuestión de tiempo.
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Ficciones
jueves, 17 de febrero de 2011
Me casé.
−Hola.
−Hola, ¿qué tal?
−Vas a ser mi marido.
−Ah. Bueno...
La verdad es que tiene unos ojos muy bonitos, eso me desarma. Y el resto tampoco está nada mal, mmmm. Además demuestra buen gusto: me ha elegido a mí entre todas las opciones a mano. Seremos una pareja feliz.
−¿Y ahora qué hacemos?
−Pues te tengo que decir tres cosas.
−Dímelas, amor mío, dímelas.
−Lo primero, que siempre te olvidas de ponerle agua al perro.
−¿Tenemos perro?
−Sí, se llama Grun.
−Curioso nombre.
−Y a veces, tampoco vienes a mediodía para pasearle.
−Hum, ¿y si adoptamos un gatito, que se pasea él solo?
−Mira, al fin y al cabo el que insistió en tener perro fuiste tú, así que te toca cuidarlo.
−Vaya, si fui yo, entonces tienes razón.
−Y lo tercero...
−Last but not least...
−Estoy harta de que no recojas la cocina.
−La cocina...
−Me dejas todos los carrachos sin fregar. ¿A ti te parece que la pila está de adorno, o qué?
−Bueno, es que uno anda por las mañanas medio dormido, con tantas prisas, que al final se dejan las tazas en cualquier sitio.
−¡Anda! O sea, que yo madrugo una hora más que tú, te dejo en la cama tumbado tan ricamente cuando salgo de casa, ¿y ni siquiera eres capaz de ordenar un poco?
−No, cariño, no quería decir eso. Es que... Nada, me pongo a ello desde hoy mismo.
−A ver si es verdad.
−Venga, no te enfades, un besito, mua, mua, mua...
−Oye, tú, se supone que esto es teatro.
−Claro, por eso hay que darle realismo, mua, mua, mua...
Contexto: seminario sobre inteligencia emocional, cosas de la empresa. Ejercicio: elegir a cualquier otro alumno, convertirle en alguien a quien conozcas de verdad y decirle lo que te gustaría decir a esa persona. Objetivo: comprobar cómo te sientes después. Resultado: para mí, que esta chica está casada con un vago. Déjale y vente conmigo, que te voy a dejar la vajilla como los chorros del oro...
−Hola, ¿qué tal?
−Vas a ser mi marido.
−Ah. Bueno...
La verdad es que tiene unos ojos muy bonitos, eso me desarma. Y el resto tampoco está nada mal, mmmm. Además demuestra buen gusto: me ha elegido a mí entre todas las opciones a mano. Seremos una pareja feliz.
−¿Y ahora qué hacemos?
−Pues te tengo que decir tres cosas.
−Dímelas, amor mío, dímelas.
−Lo primero, que siempre te olvidas de ponerle agua al perro.
−¿Tenemos perro?
−Sí, se llama Grun.
−Curioso nombre.
−Y a veces, tampoco vienes a mediodía para pasearle.
−Hum, ¿y si adoptamos un gatito, que se pasea él solo?
−Mira, al fin y al cabo el que insistió en tener perro fuiste tú, así que te toca cuidarlo.
−Vaya, si fui yo, entonces tienes razón.
−Y lo tercero...
−Last but not least...
−Estoy harta de que no recojas la cocina.
−La cocina...
−Me dejas todos los carrachos sin fregar. ¿A ti te parece que la pila está de adorno, o qué?
−Bueno, es que uno anda por las mañanas medio dormido, con tantas prisas, que al final se dejan las tazas en cualquier sitio.
−¡Anda! O sea, que yo madrugo una hora más que tú, te dejo en la cama tumbado tan ricamente cuando salgo de casa, ¿y ni siquiera eres capaz de ordenar un poco?
−No, cariño, no quería decir eso. Es que... Nada, me pongo a ello desde hoy mismo.
−A ver si es verdad.
−Venga, no te enfades, un besito, mua, mua, mua...
−Oye, tú, se supone que esto es teatro.
−Claro, por eso hay que darle realismo, mua, mua, mua...
Contexto: seminario sobre inteligencia emocional, cosas de la empresa. Ejercicio: elegir a cualquier otro alumno, convertirle en alguien a quien conozcas de verdad y decirle lo que te gustaría decir a esa persona. Objetivo: comprobar cómo te sientes después. Resultado: para mí, que esta chica está casada con un vago. Déjale y vente conmigo, que te voy a dejar la vajilla como los chorros del oro...
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Cosas que me pasan
domingo, 13 de febrero de 2011
Fiesta para una mujer sola.
Ah, qué gusto. Llegar a casa, quitarse los zapatos y tirarse en plancha encima del sofá. Momento de descanso, de paz, con arpas celestiales y coros de voces blancas surgiendo de los altavoces...
¡Anda! ¿Dónde están los delicados glissandi de las arpas? ¿Quién me ha colado aquí a Peter Herbolzheimer y sus huestes tocando como descosidos La fiesta? ¿Es una indirecta? ¿Jarana, sarao, bacanal, juerga, cóctel, soirée? Uf, no sé, la verdad, no sé. Es que, sólo de pensar que me cae una mancha en la alfombra nueva..., qué escalofríos.
Lo que sí seguro que voy a hacer, dando una vuelta de tuerca al título de la canción, es aprovechar para recomendar un libro. Uno bueno, bueno de verdad...
Fiesta para una mujer sola, de Ángel Vázquez, es una novela que no debería pasarse por alto, entre los miles de ofertas que uno encuentra en los estantes. ¿La razón? Al menos, dos. Primero, por méritos puramente literarios, por su hábil estructura, su riqueza expresiva, sus diálogos, su capacidad para conseguir que el lector se sienta inmerso en los ambientes y en los estados de ánimo de los personajes. Y segundo, porque fue mal vista por la censura cuando se publicó (1964), y si no prohibida, al menos obstaculizada, en un intento por desterrarla al olvido. Ello significa que se salía demasiado de los cauces, que su canto a la libertad resultaba incomodo a algunos.
Paula está casada con Derrik, un inglés acomodado, pero únicamente por conveniencia social. A los cincuenta años, la monotonía la rodea en su presente, su pasado y su futuro; sólo sobrevive organizando fiestas para invitados tan contenidos como ella misma, que durante unas horas hacen algo más delgados los muros de la realidad.
Damián desea ver mundo y acepta un traslado laboral desde Madrid, donde vive con sus dos tías solteras, presas a su vez de tiempos y esperanzas incumplidas. Mucho más joven que Paula, él desea sin embargo la soledad, algo difícil de conseguir cuando se es un hombre atractivo, a quien todos buscan, un polo que atrae con fuerza a los demás a su alrededor.
El encuentro de ambos tiene lugar en Tánger, un lugar con venas de diferentes culturas, recién perdido su estatus como ciudad franca. Javier, quien ya de adolescente había presentido que no era como los demás; Julieta Grisson, risueña dama anacrónica; Santi, el diplomático; Nadia e Irene, las amigas de Paula..., todos van a acompañarles en un juego ¿inocente?, marcado por las estrictas convenciones de la época, en la que hombres y mujeres conocían bien los caminos que se podían y no se podían transitar.
Y no digo más. Sólo que hay que hacerle justicia a este autor, que en su momento llegó a ganar el premio Planeta. Leer el libro es un buen comienzo, y seguir la idea que late en sus profundidades, vivir y dejar vivir, aprovechar cada uno de los días que nos han sido concedidos, tampoco ha de ser malo.
¡Anda! ¿Dónde están los delicados glissandi de las arpas? ¿Quién me ha colado aquí a Peter Herbolzheimer y sus huestes tocando como descosidos La fiesta? ¿Es una indirecta? ¿Jarana, sarao, bacanal, juerga, cóctel, soirée? Uf, no sé, la verdad, no sé. Es que, sólo de pensar que me cae una mancha en la alfombra nueva..., qué escalofríos.
Lo que sí seguro que voy a hacer, dando una vuelta de tuerca al título de la canción, es aprovechar para recomendar un libro. Uno bueno, bueno de verdad...
"Por las noches, ya en la cama con él, pensaba en los hombres que había visto por la calle, en aquellos que temperalmente encajaban. Eso era todo. No lo había engañado nunca. Ni siquiera le había pasado por la imaginación que aquello podía resultar fácil. Tenía prejuicios. Y miedo. Miedo a una sociedad a la que en verdad le hubiera importado su conducta un comino. Pero desde niña le inculcaron el orgullo y la satisfacción del buen comportamiento. Y se lo habían premiado siempre. Sabía que «hacer algo que no estaba bien» iría, tarde o temprano, seguido de un castigo. En el fondo de todo aquello vagaba la sombra autoritaria de la madre."
Paula está casada con Derrik, un inglés acomodado, pero únicamente por conveniencia social. A los cincuenta años, la monotonía la rodea en su presente, su pasado y su futuro; sólo sobrevive organizando fiestas para invitados tan contenidos como ella misma, que durante unas horas hacen algo más delgados los muros de la realidad.
Damián desea ver mundo y acepta un traslado laboral desde Madrid, donde vive con sus dos tías solteras, presas a su vez de tiempos y esperanzas incumplidas. Mucho más joven que Paula, él desea sin embargo la soledad, algo difícil de conseguir cuando se es un hombre atractivo, a quien todos buscan, un polo que atrae con fuerza a los demás a su alrededor.
El encuentro de ambos tiene lugar en Tánger, un lugar con venas de diferentes culturas, recién perdido su estatus como ciudad franca. Javier, quien ya de adolescente había presentido que no era como los demás; Julieta Grisson, risueña dama anacrónica; Santi, el diplomático; Nadia e Irene, las amigas de Paula..., todos van a acompañarles en un juego ¿inocente?, marcado por las estrictas convenciones de la época, en la que hombres y mujeres conocían bien los caminos que se podían y no se podían transitar.
Y no digo más. Sólo que hay que hacerle justicia a este autor, que en su momento llegó a ganar el premio Planeta. Leer el libro es un buen comienzo, y seguir la idea que late en sus profundidades, vivir y dejar vivir, aprovechar cada uno de los días que nos han sido concedidos, tampoco ha de ser malo.
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Libros (novela),
Música
jueves, 10 de febrero de 2011
Brevísima declaración de amor…
... a las corbatas de Unquera.
Acercas a ella tu mano trémula y el tiempo se detiene. Con el mismo asombro de un niño, la despojas centímetro a centímetro de su ropaje transparente. Su olor penetra en ti, el aroma de su piel, de cada una de sus capas de hojaldre. Su cintura es un lazo que tus labios ansían desatar. Tu boca roza ya el azúcar y las almendras. Y después...
Acercas a ella tu mano trémula y el tiempo se detiene. Con el mismo asombro de un niño, la despojas centímetro a centímetro de su ropaje transparente. Su olor penetra en ti, el aroma de su piel, de cada una de sus capas de hojaldre. Su cintura es un lazo que tus labios ansían desatar. Tu boca roza ya el azúcar y las almendras. Y después...
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Cosas que se me ocurren
domingo, 6 de febrero de 2011
Cuestión de nombres.
Lo intenté, bien es cierto que lo intenté, pero la sociedad se negó a aceptarlo. Incluso aquellos que me demostraban simpatía, aquellos efímeros compañeros de viaje a quienes no les hubiera costado nada cumplir mi deseo, se olvidaron enseguida de él, atrapados en la tela de araña de la costumbre.
¿Y qué importaba lo que dijera mi carné de identidad? ¿Es que acaso un conjunto de signos anotados por algún funcionario en su oscura oficina marcan nuestra frontera? ¿Acaso tienen el papel y el plástico más importancia que nuestro íntimo ser?
En Vietnam, me contaron, al nacer se concede a los niños un nombre que simbolice la fuerza de la naturaleza que llevan dentro, como bosque, montaña o río. Y a las niñas se les llama igual que a las flores más bellas: orquídea, loto, nenúfar...
Por eso, igual que la piedra se transforma cuando sabe llegado su momento, desplegando inéditos colores ante el mundo, yo también quise dejarlo todo atrás, comenzar otra vez y brillar con un fuego incandescente.
Prestad atención, dije. A partir de ahora, llamadme según mi verdadero yo, el que estaba oculto y se digna mostrarse ante vosotros, todo estruendo y llamaradas; a partir de este momento, llamadme ¡Volcán!
Sí, sí, claro, contestaron. Pero no hubo manera, al cabo de un rato todos volvieron a lo antiguo. Imposible hacerles entender. Mi estruendo se fue apagando, mi llama haciéndose cenizas, mi lava solidificándose poco a poco...
¡Pero cuidado! Puede que sólo esté dormido, puede que bajo mi plácida imagen de postal, un Krakatoa, un Vesubio o un Mauna Loa aguarden su oportunidad. Es más, quizá debieran serme ofrecidos algunos sacrificios para aplacarme. Empezaremos con cestas de frutos exóticos y guirnaldas de flores; luego unos daiquiris, unas bailarinas hawaianas y tal...
¿Y qué importaba lo que dijera mi carné de identidad? ¿Es que acaso un conjunto de signos anotados por algún funcionario en su oscura oficina marcan nuestra frontera? ¿Acaso tienen el papel y el plástico más importancia que nuestro íntimo ser?
En Vietnam, me contaron, al nacer se concede a los niños un nombre que simbolice la fuerza de la naturaleza que llevan dentro, como bosque, montaña o río. Y a las niñas se les llama igual que a las flores más bellas: orquídea, loto, nenúfar...
Por eso, igual que la piedra se transforma cuando sabe llegado su momento, desplegando inéditos colores ante el mundo, yo también quise dejarlo todo atrás, comenzar otra vez y brillar con un fuego incandescente.
Prestad atención, dije. A partir de ahora, llamadme según mi verdadero yo, el que estaba oculto y se digna mostrarse ante vosotros, todo estruendo y llamaradas; a partir de este momento, llamadme ¡Volcán!
Sí, sí, claro, contestaron. Pero no hubo manera, al cabo de un rato todos volvieron a lo antiguo. Imposible hacerles entender. Mi estruendo se fue apagando, mi llama haciéndose cenizas, mi lava solidificándose poco a poco...
¡Pero cuidado! Puede que sólo esté dormido, puede que bajo mi plácida imagen de postal, un Krakatoa, un Vesubio o un Mauna Loa aguarden su oportunidad. Es más, quizá debieran serme ofrecidos algunos sacrificios para aplacarme. Empezaremos con cestas de frutos exóticos y guirnaldas de flores; luego unos daiquiris, unas bailarinas hawaianas y tal...
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Cosas que se me ocurren
jueves, 3 de febrero de 2011
El vendedor de alfombras.
−Hola, buenas. En esta tienda venden alfombras, ¿verdad?
−Sí señor.
−Quería mirar un momento, a ver si encuentro alguna que me guste.
−Cómo no, permítame guiarle. ¿Dónde piensa colocarla?
−Frente al sofá.
−Entonces tenemos este modelo Carlos IV, que usted sabrá valorar en su justa medida. Observe las delicadas cenefas rojas, conseguidas con tintes naturales. Precisamente, yo tenía una granja en África...
−¿Cómo?
−Que tenía una granja en Costa de Marfil para la cría de cochinillas, que... bla, bla, bla..., de ahí se saca el tinte, bla, bla, bla..., y como fabricaba alfombras para su gobierno, un día fue el ministro y me dijo bla, bla, bla..., y al final me nombraron cónsul honorario.
−Qué historia tan curiosa. Volviendo a lo de antes, el sofá es azul. No creo que el color rojo...
−En ese caso, este otro modelo isabelino se adaptará mucho mejor a sus necesidades. Compruebe cómo se entrelazan armoniosamente los motivos vegetales. Después de las cochinillas, me dediqué al cultivo de los pimientos. Porque no puede ser que haya tanta hambre en el mundo, siendo tan fácil trabajar la tierra, y bla, bla, bla..., las multinacionales, los oligopolios, bla, bla, bla..., y otro día fue el sobrino del ministro y me dijo bla, bla, bla..., y ya silbaban las balas, así que escapé corriendo.
−Una vida increíble la suya. Pero yendo otra vez hacia atrás, yo pensaba en algo más sencillo.
−Ajá, es usted práctico a la par que refinado. El modelo Savonnerie, ese es el que le conviene. Imagínese en su hogar mientras esta alfombra acaricia su vista, le transporta a otros horizontes, a un mundo de sensaciones insospechadas, igual que la sabana africana al atardecer. Esto me recuerda aquella ocasión que...
−Bien, bien, perfecto, me gusta, es muy bonita. ¿Qué precio tiene?
−Veamos... por ser usted, podría hacerle un 40% de descuento.
−Me la llevo.
−En cuanto entró por la puerta, supe que se iría satisfecho. Porque yo soy de un pueblo de Burgos donde sabemos distinguir a las personas. Además, me ocurrió una vez una cosa en mi pueblo que le voy a contar...
−Sí señor.
−Quería mirar un momento, a ver si encuentro alguna que me guste.
−Cómo no, permítame guiarle. ¿Dónde piensa colocarla?
−Frente al sofá.
−Entonces tenemos este modelo Carlos IV, que usted sabrá valorar en su justa medida. Observe las delicadas cenefas rojas, conseguidas con tintes naturales. Precisamente, yo tenía una granja en África...
−¿Cómo?
−Que tenía una granja en Costa de Marfil para la cría de cochinillas, que... bla, bla, bla..., de ahí se saca el tinte, bla, bla, bla..., y como fabricaba alfombras para su gobierno, un día fue el ministro y me dijo bla, bla, bla..., y al final me nombraron cónsul honorario.
−Qué historia tan curiosa. Volviendo a lo de antes, el sofá es azul. No creo que el color rojo...
−En ese caso, este otro modelo isabelino se adaptará mucho mejor a sus necesidades. Compruebe cómo se entrelazan armoniosamente los motivos vegetales. Después de las cochinillas, me dediqué al cultivo de los pimientos. Porque no puede ser que haya tanta hambre en el mundo, siendo tan fácil trabajar la tierra, y bla, bla, bla..., las multinacionales, los oligopolios, bla, bla, bla..., y otro día fue el sobrino del ministro y me dijo bla, bla, bla..., y ya silbaban las balas, así que escapé corriendo.
−Una vida increíble la suya. Pero yendo otra vez hacia atrás, yo pensaba en algo más sencillo.
−Ajá, es usted práctico a la par que refinado. El modelo Savonnerie, ese es el que le conviene. Imagínese en su hogar mientras esta alfombra acaricia su vista, le transporta a otros horizontes, a un mundo de sensaciones insospechadas, igual que la sabana africana al atardecer. Esto me recuerda aquella ocasión que...
−Bien, bien, perfecto, me gusta, es muy bonita. ¿Qué precio tiene?
−Veamos... por ser usted, podría hacerle un 40% de descuento.
−Me la llevo.
−En cuanto entró por la puerta, supe que se iría satisfecho. Porque yo soy de un pueblo de Burgos donde sabemos distinguir a las personas. Además, me ocurrió una vez una cosa en mi pueblo que le voy a contar...
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