domingo, 30 de enero de 2011

Nikita.

Haciendo limpieza de telarañas en el disco duro, me topo con un fichero que creía perdido hace años, los relatos de von Pampelmusen. Me explico: algunos colegas del trabajo, hombres y mujeres jóvenes, en busca de placeres, con ilimitada predisposición al goce de los sentidos, solíamos organizar encuentros para... presumir ante los demás de nuestras habilidades culinarias. Meriendas, creo que se llama a eso. Había diferentes grados, por supuesto, porque a mí lo que mejor se me daba era abrir unas bolsas de patatas fritas y una botella de vino, y que los invitados se sirviesen ellos mismos.

Pues bien, se me ocurrió entretenerles con un folletín por entregas cada vez que alguien convocaba a los fastos. Aproveché dos personajes de una serie televisiva de espías, Nikita y Michael, que intentaban robarnos las recetas top secret a la vez que vivían una atracción imposible. El resto del elenco éramos nosotros mismos, o más bien nuestros alter ego, agentes secretos dedicados al riesgo, a la adrenalina, a la más pura acción. Mi avatar personal, von Pampelmusen, podía describirse como un tipo contrahecho y de aviesas intenciones hacia la hermosa Nikita; también estaban la Mujer Pantera, el Conde, el Doctor Love, las tres Supernenas, Anushka...

Hasta que llegó un momento en que la serie se interrumpió, retirándose de la cartelera: menor calidad del guión, bajada de audiencia, falta de patrocinadores, etc. etc. Por eso estaba seguro de haberla extraviado, para bien de la humanidad. Pero en fin, los días que no se me ocurra nada mejor, podría publicar por aquí algún que otro episodio. Hoy mismo, sin ir más lejos: con vosotros, las andanzas de Nikita y compañía, primera parte.


−El jueves −dijo él.

Nikita pareció no darse cuenta. Mantuvo la mirada fija a través de la ventana.

−Habrá luna nueva −observó él de nuevo, buscando el reflejo de las luces exteriores en la curva de sus ojos.

Ella tembló, como si un repentino soplo de viento gélido hubiese atravesado el cristal. Un mechón de pelo cayó sobre su frente.

−Sí −contestó−, el jueves..., luna nueva.

−Será muy sencillo, lo hemos ensayado cientos de veces. Te infiltras entre ellos discretamente, y cuando las bebidas hayan hecho su efecto y se encuentren todos adormecidos, consigues una muestra de la fórmula, alcanzas desde el balcón la escalerilla del helicóptero y desaparecemos. No se darán cuenta.

En un segundo, toda la operación pasó ante ella y la devolvió a la realidad, a esa habitación del piso quince con mobiliario ultramoderno, brillantes pantallas de ordenador y una cafetera goteando lentamente. Tampoco ahora dijo nada, pero en sus labios apareció una ligera sonrisa.

−Sabes que lo necesitamos −casi susurró él−. De otro modo seguiremos en desventaja, nunca les alcanzaremos.

−¿Alcanzarles? Jamás nos hemos acercado siquiera. La organización lo ha intentado todo: micrófonos, cámaras infrarrojas, ondas hipnóticas... Sólo quedamos nosotros, Michael.

Saboreó su propio nombre, pronunciado por ella. No estaban seguros de encontrarse solos en el edificio, pero su voz perdió definitivamente la frialdad profesional.

−Nikita... Nikita −repitió−, no podemos fallar. La receta del pan con tomate es su secreto mejor guardado. Debemos conseguir esa muestra y...

No pudo seguir. El cartel publicitario en la azotea de enfrente se apagaba y encendía como un latido. Ella le besó.

(¿Continuará?)

jueves, 27 de enero de 2011

Schubertiada III.

Contemplo mi reflejo en la ventana. Le pido en silencio la luz perdida. Y sus labios se mueven en respuesta: Du Doppelgänger!, du bleicher Geselle! Was äffst du nach mein Liebesleid...?

Quizá el reflejo esté a este lado del cristal...



Calma está la noche, las calles en silencio,
en esta casa vivía mi amada;
abandonó la ciudad hace ya mucho,
pero la casa continúa en el mismo lugar.

También hay un hombre, mirando a lo alto,
retorciendo sus manos en violento dolor;
me aterro cuando veo su rostro:
la luna me muestra mi propia figura.

Mi otro yo, pálido compañero,
¿pretendes imitar acaso la pena de mi amor,
la que aquí me atormentó
tantas otras noches, hace tanto tiempo?

Heinrich Heine.

(Traducción propia).

domingo, 23 de enero de 2011

Schubertiada II.

Recuerdo el salón de actos. Recuerdo al pianista, el leve movimiento de cabeza que hizo hacia mí. Recuerdo lo que empecé a cantar.


Recuerdo. Pero miro las imágenes de aquel día y no me reconozco. No lo entiendo, soy yo... y no lo soy. Un extraño ha usurpado mi rostro, mi sonrisa torcida, mi voz. ¿Quién? ¿Por qué? ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Años? ¿Siglos? Siento como si muchas vidas hubieran dejado sus pátinas sobre un cristal antes transparente, como si las fotografías se hubiesen desdibujado. Y sin embargo, no es una vida completa, ni siquiera la mitad, apenas un pedazo de ella. Vuelvo a mirar con atención, y entonces me doy cuenta: la luz que se adivinaba al otro lado de mis ojos..., ¿la he perdido?

jueves, 20 de enero de 2011

Schubertiada.

La veía a diario.
Se sentaba muy cerca de ella.
Pensaba en ella mientras escribía.

Era maravillosa.

Siempre supo que no iba a corresponderle.
Al fin y al cabo, era una condesa. Y él...
Pobre Franz.



domingo, 16 de enero de 2011

La guerra de la Cochinchina.

Retrocediendo siglo y medio en el tiempo, hasta la época de Isabel II, el general Espartero, el general Prim, el general Serrano, el general O'Donnell y demás nombres de calles y plazas madrileñas, al gobierno le dio por pensar que lo del abandono ultramarino había sido un mero accidente. Puestos a solucionarlo, se organizó una expedición a México junto a británicos y franceses (estos últimos luego se quedaron, para mayor gloria de películas como Veracruz o Dos mulas y una mujer). También se mandó la flota a bombardear el Perú e intercambiar pareceres con los primos chilenos, sin olvidar la aventurilla en Marruecos que dio origen a todo un barrio capitalino, el de Tetuán.


En este contexto tan idílico, al emperador vietnamita Tu Duc no se le ocurrió otra cosa que proscribir a los misioneros cristianos en su territorio, empezando por un obispo español al que envió a mejor vida. Su homólogo en el trono galo, Napoleón III, que precisamente estaba buscando terrenos por la zona, pensó: mon Dieu, aquí tenemos una oportunidad de grandeur.

Así que le pidió un favor a la reina Isabel: total, no te cuesta nada, préstame unos regimientos, que en tres o cuatro meses lo tenemos solucionado. Si es casi una misión divina, anda, anda... Y para allá que se fue la tropa, a desembarcar en Da Nang al mando del coronel Palanca.

Así comenzamos el libro de hoy: La guerra de la Cochinchina, de Luis Alejandre Sintes. Ojo al subtítulo: "Cuando los españoles conquistaron Vietnam".
"(...) en aproximadamente un cuarto de siglo –desde 1832, año en que Cea Bermúdez asumió la presidencia del Consejo de Ministros, hasta 1858, fecha en que O’Donnell subió al poder y dieron comienzo las operaciones en el imperio de Annam– España pasó por veintinueve cambios de gobierno, llegándose a dar el caso de dos o tres en un mismo año. El más breve, conocido como «relámpago» de Cleonard, «militar sin historia y fanático ciego», como le llamaba Romanones, duró veintisiete horas: los ministros juraban su cargo por la mañana y por la noche eran destituidos".

El caso es que llegaron los muchachos y hala, al fregado. Pero de meses, nada: cuatro años se pasaron cubriéndose de heroísmo... y de bichos selváticos, mientras los gobiernos iban cambiando y "olvidándose" del asunto. Las pagas no llegaban, las autoridades de Manila se hacían los longuis, y al coronel lo único que le quedaba era protestar porque los aliados iban plantando la tricolor y diciendo: esto para el tío Napo, y esto, y esto, y esto, merci, mon ami. Al final se firmó un tratado de paz, que incluía el regreso de los misioneros para reparar el honor patrio y el protectorado de París para todo lo demás. Otra guerra tonta a las estanterías de la Historia.

No obstante, su olvido hoy en día es casi total, así que desde el punto de vista divulgativo, el volumen de Alejandre es en principio de agradecer. Como punto fuerte, está muy documentado en cuanto a los personajes, las unidades, las acciones, sin descuidar al mismo tiempo una visión de conjunto sobre el colonialismo decimonónico. El problema es la forma de escribir del autor, un estilo poco ágil, con tendencia a la dispersión, a las repeticiones desordenadas y por ello, en algunos de sus capítulos lindando peligrosamente con la monotonía. Lástima, nadie es perfecto.

Bueno, y hasta aquí ha llegado este tema tan marcial. Sigamos escuchando a Plácido Domingo: con la fortuuuuna me he desposaaaaado, buena compañía para ser soldaaaadoooo...

martes, 11 de enero de 2011

A veces, las apariencias…

–A ver, ladies and gentlemen, guarden la fila. Un poquito de orden o llamo a mi hermano, el hombre fuerte de la familia.

Visita al Parlamento de Londres. El agente de la entrada nos observa con el rictus de un personaje de cuento. Concretamente, ese que se desayuna cada mañana a media docena de niños malos: el ogro. Ayuda al símil su aspecto físico; el rapado cráneo sobresale a una altura como la estatua de Nelson en Trafalgar Square, debe de alcanzar sobradamente los ciento y pico kilos en la báscula y sus pectorales parece que vayan a reventar el chaleco antibalas ¿O son sus abdominales?




Y basándome en su apariencia, ¿le he entendido bien? ¿No tendré los oídos llenos de carbonilla? Habla en inglés, claro, pero ¿lo que ha dicho hace un momento era un chiste?

–Depositen sus bolsas y cámaras en la cinta, y pasen por el detector.

Sí, su dicción es bastante clara. Mi duda estriba ahora en si puedo conservar encima ciertos complementos que definen a todo hombre elegante: gafas de sol, reloj o hebilla del cinturón, por ejemplo. Con las mejores intenciones me dirijo al guardián de los Comunes, al protector de los súbditos de su Graciosa Majestad, a esa copia viviente de Shrek:

–Em, excuse me, sir, yo quisiera saber, si no es molestia, claro, y presentando los debidos respetos a su señora jefa, God save the Queen, si tengo que despojarme de todas las cosas metálicas, como en los aeropuertos…

¿Pero tú qué preguntas, Pulgarcito?, parecen contestarme sus ojos. ¿Es que quieres que te meta en el cuarto oscuro? Y su voz resuena de nuevo, potente como las campanas de Saint Paul.

–Una cosa más, dear visitors. Todos quienes lleven un Rolex o similar en la muñeca, deben dármelo primero a mí. Los demás pueden pasar con el reloj puesto.

Ah, pues eso debe de ser otro chiste, porque la gente se ríe. Incluso el mismo que yo consideraba ogro deja ver en toda su amplitud dos hileras de blancos y pulidos dientes. Al final resulta un grandullón simpático, y es que a veces las apariencias…

jueves, 6 de enero de 2011

Una lección.

Voy por la calle con un paquete voluminoso, incómodo de transportar. Paso cerca de alguien sentado en un banco. Me llama:

−Oye, ¿tienes suelto para un bocadillo?

Un chaval joven, no tiene aspecto de mendigo, parece "normal". Resoplo molesto por la interrupción, farfullo que no y continúo mi camino.

−Gracias, y perdona.

Treinta segundos después, esas dos palabras siguen resonándome dentro.


A los cinco minutos llego a casa. Dejo el paquete en la entrada y vuelvo a salir. Compro pizza y refrescos para los dos y me dirijo al mismo banco de antes: está vacío. Busco con la mirada, recorro los alrededores. Nadie. Ha pasado en total un cuarto de hora.

Lección del día: si alguna vez quieres echarle una mano a alguien, actúa en el momento, no dejes las cosas para quince minutos más tarde. Puede que entonces ya sea inútil.

sábado, 1 de enero de 2011

Año nuevo.

2011. Os deseo...

Que encontréis lo que buscáis.
Y si no sabéis lo que buscáis, que ese algo os encuentre a vosotros.
Que nadéis en el aire, caminéis por los mares, respiréis de la tierra.
Porque la libertad, a menudo, significa atreverse a soñar.
Que no queráis ser perfectos, sólo humanos, incluso si cometéis errores.
Y a pesar de ellos, que vuestra mirada en el espejo os devuelva una imagen limpia.
Que al encajar un golpe, tengáis presente que no será el primero ni el último.
Y aunque duela, no os rindáis, porque sólo el último es el que podrá derrotaros.
Que améis y seáis amados.
Y si no hay suerte, que por intentarlo no quede.
Que consigáis ser felices. Un poco al menos.
Vivir. Nada más. Buen año.