Pues bien, se me ocurrió entretenerles con un folletín por entregas cada vez que alguien convocaba a los fastos. Aproveché dos personajes de una serie televisiva de espías, Nikita y Michael, que intentaban robarnos las recetas top secret a la vez que vivían una atracción imposible. El resto del elenco éramos nosotros mismos, o más bien nuestros alter ego, agentes secretos dedicados al riesgo, a la adrenalina, a la más pura acción. Mi avatar personal, von Pampelmusen, podía describirse como un tipo contrahecho y de aviesas intenciones hacia la hermosa Nikita; también estaban la Mujer Pantera, el Conde, el Doctor Love, las tres Supernenas, Anushka...
Hasta que llegó un momento en que la serie se interrumpió, retirándose de la cartelera: menor calidad del guión, bajada de audiencia, falta de patrocinadores, etc. etc. Por eso estaba seguro de haberla extraviado, para bien de la humanidad. Pero en fin, los días que no se me ocurra nada mejor, podría publicar por aquí algún que otro episodio. Hoy mismo, sin ir más lejos: con vosotros, las andanzas de Nikita y compañía, primera parte.
−El jueves −dijo él.
Nikita pareció no darse cuenta. Mantuvo la mirada fija a través de la ventana.
−Habrá luna nueva −observó él de nuevo, buscando el reflejo de las luces exteriores en la curva de sus ojos.
Ella tembló, como si un repentino soplo de viento gélido hubiese atravesado el cristal. Un mechón de pelo cayó sobre su frente.
−Sí −contestó−, el jueves..., luna nueva.
−Será muy sencillo, lo hemos ensayado cientos de veces. Te infiltras entre ellos discretamente, y cuando las bebidas hayan hecho su efecto y se encuentren todos adormecidos, consigues una muestra de la fórmula, alcanzas desde el balcón la escalerilla del helicóptero y desaparecemos. No se darán cuenta.
En un segundo, toda la operación pasó ante ella y la devolvió a la realidad, a esa habitación del piso quince con mobiliario ultramoderno, brillantes pantallas de ordenador y una cafetera goteando lentamente. Tampoco ahora dijo nada, pero en sus labios apareció una ligera sonrisa.
−Sabes que lo necesitamos −casi susurró él−. De otro modo seguiremos en desventaja, nunca les alcanzaremos.
−¿Alcanzarles? Jamás nos hemos acercado siquiera. La organización lo ha intentado todo: micrófonos, cámaras infrarrojas, ondas hipnóticas... Sólo quedamos nosotros, Michael.
Saboreó su propio nombre, pronunciado por ella. No estaban seguros de encontrarse solos en el edificio, pero su voz perdió definitivamente la frialdad profesional.
−Nikita... Nikita −repitió−, no podemos fallar. La receta del pan con tomate es su secreto mejor guardado. Debemos conseguir esa muestra y...
No pudo seguir. El cartel publicitario en la azotea de enfrente se apagaba y encendía como un latido. Ella le besó.
(¿Continuará?)
