lunes 26 de diciembre de 2011

Roma y los bárbaros.

Cuando era apenas algo más joven, ejem, solía participar en las representaciones de teatro escolares. Entre las obras que guardo en la memoria, puedo mencionar aquella en que hice de curtido legionario romano con casco, peto y gladius al cinto. Y antes de que se disparen las imaginaciones calenturientas, aclaro: nada de faldita corta. Pantalones, que todos tenemos nuestra pizca de dignidad.




Reconozco que mi personaje apenas tenía diálogo, era bastante secundario. A cambio, la verdad es que no me exigía actuar. Simplemente ser yo mismo, imponer mi fuerza magnética en escena, la expresividad jupiterina de mi mirada, advertir a todos los que venían a postrarse ante el procurador de Judea: "cuidadín, cuidadín, que como no le deis al César lo que es del César, aquí vamos a montar la de Cartago".

Ah, sí, yo fui uno de ellos, los romanos. Cuánto los admiro. Gente práctica, lacónica, que no se andaban con chiquitas. Que se lo pregunten a quienes se toparon con sus huestes: celtas, germanos, griegos, persas, dacios... Todos estos y unos cuantos más tienen voz en Roma y los bárbaros, de Terry Jones y Alan Ereira.


"Si tenemos presentes las fabulosas riquezas de Roma, podría parecer extraño que los romanos se tomaran la molestia de conquistar las empobrecidas naciones bárbaras que limitaban con su imperio. Desde luego, existía el constante imperativo de la seguridad interior, al que se añadía la doctrina de los ataques preventivos, un credo que instaba a los romanos a atacar antes de ser atacados. Ahora bien, ¿es posible que hubiera alguna otra razón? A mediados del siglo I a.C., el caudillo galo Vercingetórix acuñó monedas de oro con su nombre y una efigie idealizada, posiblemente basada en el modelo del padre de Alejandro Magno: Filipo II de Macedonia. Dejando a un lado el hecho de que Vercingetórix no llevaba bigote (pese a la afirmación de Diodoro de Sicilia, quien sostenía que todos los miembros de las clases altas se los dejaban), lo más sorprendente de esta acuñación se hace patente al comparar la moneda con otra pieza romana de oro de la misma época.
Y es que no existe ninguna. Los romanos no tenían suficiente oro como para acuñar monedas con ese metal. No hasta que conquistaron la Galia. Allí era donde se encontraba el oro."

Terry Jones... Quizá, si añadimos que se trata de uno de los Monty Python, guionista, compositor, actor y director de La vida de Brian, se nos fijará mejor su nombre. Junto con Ereira, su visión heterodoxa de la historia consigue como resultado un libro de lo más entretenido.

Con una precisión: entretenido no significa graciosete, descuidado o falto de profundidad, ni mucho menos. En el prefacio ya dejan claras sus intenciones: muchos pueblos a los que Roma tachó de bárbaros, en un exitoso mensaje publicitario que llega hasta nuestros días, estaban en realidad tanto o más avanzados, y fue la perpetua avidez de rapiña del imperio la que provocó que lucharan en defensa propia. Por tanto, ¿cómo describirlos sin utilizar dogmas heredados?

Los celtas son los primeros. Firmemente asentados en gran parte de Europa, incluso pudieron destruir la ciudad eterna en sus albores (cuando las famosas ocas alertaron con sus graznidos a los defensores del Monte Capitolino, según la leyenda). Navegantes, mercaderes, orfebres, campesinos, guerreros... Sus barcos seguían rutas comerciales regulares entre el sur de Iberia y el norte de Irlanda; sus técnicas agrícolas se adelantaban a las cisalpinas; construían calzadas; sus escudos y carros fueron descaradamente copiados por las legiones; los conocimientos de los druidas dejaban en pañales a los augures, y un largo etcétera.

Pero quiso la suerte que cayeran en sucesivas campañas bajo la sandalia del novio de Cleopatra, un tal Cayo Julio César (excepto cierto pueblo galo que todos conocemos, por Tutatis). ¿Y quién escribió para la posteridad sobre dichas campañas? El propio Cayo. Evidentemente, nadie se preocupó de entrevistar a Vercingetórix para conservar las impresiones de los vencidos. De manera que los testimonios del "otro lado" brillan por su escasez.

Cruzando el canal, la descripción de los britanos por Jones y Ereira muestra una sociedad donde la mujer tenía los mismos derechos que el hombre: propiedad, divorcio, poder político... Sin olvidar que eran incluso más feroces que sus contrapartes masculinos cuando iban a la batalla. El caso de Boudicca, por ejemplo, de la que podremos leer sus peripecias junto a las de Cartimandua o Cunobelino.

Germanos: gente campechana, fuertota, con una idea de la guerra basada en la pura competición deportiva, a pecho (con abundante pelambrera) descubierto. Partidarios de la igualdad social, las tierras se repartían rotatoriamente cada año, para que nadie pudiera quejarse de que al vecino le tocaban más o menos fanegas. Aquí tenemos la historia de Hermann (o Arminio, según la versión latina), que tras haber militado en las filas del ejército de Augusto, se pasó de bando para machacarlo en toda regla en los bosques de Teutoburgo.

Si hablamos de los dacios, hay que referirse enseguida a la Columna de Trajano. Sus relieves muestran a los milites entretenidos en no dejar bicho viviente, y ya de paso traerse a casa unas cuantas toneladas de oro y plata, que siempre venían bien para pagar los espectáculos del Coliseo. Los autores reconocen que es complicado poner sobre el papel las costumbres de este pueblo, dado el arrasamiento que sufrió, pero las pistas lo sitúan como un reino próspero y organizado. Tanto a nivel técnico, como artístico y de pensamiento. Al carismático Decébalo se le unen nombres más antiguos como el rey Burebista o el filósofo Salmoxis, cuya importancia religiosa podría haber llegado a ser igual a la de su coetáneo Buda, de acuerdo con el libro.

Y llegamos a los godos. El saqueo de Roma en 410 d.C., que se considera tradicionalmente el fin del mundo, se interpreta aquí como "un lance tergiversado", ya que ni destruyeron la urbe ni diezmaron a sus habitantes. De hecho, Alarico, el caudillo que lo llevó a cabo, era cristiano. ¿Qué ocurrió entonces en realidad?

Jones y Ereira nos ponen en situación: al conquistar la Dacia, que no disponía de defensas naturales, el imperio habría cavado su propia tumba. Los godos llegaron hasta allí presionados por los nómadas de las estepas, justo cuando los romanos lo estaban pasando mal en sus conflictos con los persas. Valente, emperador de Oriente, concedió asilo a aquella masa humana con la intención de sacar provecho de ellos como vigilantes de la frontera. Pero Lupicino y un tal Máximo, sus legados, les hicieron pasar tanta hambre y humillaciones, que se rebelaron. En la batalla de Andrinópolis, la imprudencia de Valente condujo al desastre, y la caballería goda se impuso sobre las tácticas de infantería clásicas. Cayeron dos terceras partes de todos los efectivos disponibles.

Así que Teodosio, el sucesor, hizo la paz, concediendo como precio la actual Bulgaria y el deber de participar en el ejército contra otros romanos, los del imperio de Occidente, con los que había ciertos roces. Pasados los años, los godos se aburrieron nuevamente; Alarico y los suyos bajaron hasta Grecia a entretenerse.

Estilicón, el general que llevaba la voz cantante en Roma (que, por cierto, era de origen vándalo), se movilizó para hacerles frente. Y si ya de paso podía hacerse con la debilitada Constantinopla, mmmm...

La jugada fue respondida por Eutropio, el regente oriental, otorgando más espacio a los godos y altos títulos nobiliarios a su líder. Después de variados acontecimientos, pasando por que a Estilicón se lo cargase su jefe Honorio, los godos sitiaron Roma y pactaron respetar la vida de los ciudadanos a cambio de sus bienes. Era la fecha de 408 d.C.

¿Cómo es que se recuerda entonces 410 en el calendario? Pues porque Honorio atacó a Alarico cuando se dirigía a Rávena para confirmar los tratados de paz. Él se sintió ofendido, dio media vuelta y saqueó otra vez Roma. Todo lo que no había podido llevarse antes, pero sin romper apenas nada. Especialmente, los edificios y objetos sagrados. Hasta San Agustín, no obstante lamentar el hecho, reconoció esta clemencia, motivada, según él, por la confesión religiosa del "bárbaro".

Muchas, muchísimas otras aventuras se cuentan en el resto del libro. Pero como apenas he llegado a la mitad de sus páginas en el comentario, y me doy cuenta de que ya me he extendido más de lo habitual, tendré que dejar a los sofisticados helenos, tolerantes persas, hábiles partos, incomprendidos vándalos, alegres pastorcillos hunos, etc., etc., para que los lectores los descubran por sí mismos. Mis disculpas por la prolijidad, y mi sincera y entusiasta recomendación. Os dejo, he quedado para tomar unas libaciones con mi amigo Pijus Magnificus...

8 comentarios:

luis dijo...

Un buen trabajo de critica y presentación de la obra. No me cabe duda la compraré para que los Reyes Mags me la dejen en la mesilla de noche y así poder disfrutar como un enano.
Gracias amigo y que toda la felicidad que te mereces te acompañe.
Un abrazo

Edurne dijo...

A mí la Historia ne pirria, me vuelve loca. Y soy muy de romanos, ya te digo...

En el insti, es que yo soy de Letras, pero del Bachiller "antiquo" (que una ya tiene su edad...), traducía La Gerra de las Galias y Las Catilinarias de Cicerón, sin diccionario ni ná...
Ayy, qué tiempos aquellos!

Me interesaría este libro, ya lo creo que sí!
Muchas gracias por tu extensa información y reseña.

Y Feliz Año!
Besos
;)

La Dame Masquée dijo...

Menudo repaso, monsieur.
Pero lo de los pantalones vestido de romano no pega mucho. Eso sí, lo arregló usted con la frase antológica, que seguro declamó con gran pericia y arrancó el aplauso de todo el auditorio.
Bueno, el libro no tiene mala pinta.

Espero que este teniendo unas felices fiestas, y le deseo una mejor entrada de año aún. No me olvido de usted, aunque cada vez disponga de menos tiempo para andar por aquí.

Bisous

Monique LaMer dijo...

Gracias por la recomendación, que me apunto. Te deseo felices fiestas y una feliz salida y entrada de año. Un abrazo.

Lola Mariné dijo...

Buena recomendación.
Feliz 2012!!!!

Miguel Baquero dijo...

Te recomiendo los libros sobre Grecia, Roma y la Edad Media de Indro Montanelli. No están al novel "humorístico" del que reseñas, pero tienen una gracia a la hora de contar las cosas sencillamente genial

Netomancia dijo...

Como siempre, se agradece la recomendación.
Lo saludo para estas fiestas don Mannelig y ojalá el 2012 le proporcione alegrías.

Georgina Hübner dijo...

¡Están locos estos romanos! Que en el nuevo año que va a comenzar te reciban las musas como te mereces :)