Nuestras miradas se cruzaron. Yo llevaba un esmoquin blanco y ella un vestido de noche, acariciado por la brisa. Se acercó con pasos lentos, felinos, la larga melena cayendo como una cascada sobre su espalda. Cuando llegó hasta mi mesa, las notas del piano y el bajo comenzaron a sonar. Ella cantó. Sus labios cantaron sólo para mí.
–No, hombre, no, que no fue así. Venga, rebobina la película y cuéntala de verdad.
Dichosa conciencia Pepito Grillo... Con lo bien que me había quedado la escena. Bueno, en realidad ocurrió de esta otra manera:
Se acercó taconeando con unas botas que no pegaban ni con cola al clima tropical. Ni tampoco la falda de cuero, ni los leggings, ni nada de lo que vestía con escaso gusto, francamente. Cuando llegó hasta mi mesa, el tipo de los teclados y el del bajo empezaron a tocar desafinados. A continuación, ella cantó algo que no me sonaba de nada, con voz un pelín chirriante y repitiendo el estribillo como cuarenta veces.
Nada más finalizar, me preguntó:
–¿Has venido solo?
–¡Aaaaaaaaah!
Para entender el grito de desesperación, tendremos que rebobinar otra vez. ¡Ahí, para la imagen! Justo ahí estoy entrando en el restaurante.
Había sido un flechazo, lo reconozco. Era tan bonita, tan atrayente... Hablo de... de... bueno, de una mesa, ¿qué pasa? De aquella mesa en el restaurante de la playa. Ya la había visto antes, en medio de la arena, mientras yo salía del agua. Me invadió el deseo. Tenía que conseguirla. Tenía que asentar junto a ella mis posaderas.
De forma que al anochecer, me dirigí al lugar. Esmoquin blanco... hum... ¿Valen a cambio bermudas y camiseta?
–Hola, buenas noches.
–Buenas noches, señor. ¿Desea cenar?
–Exacto.
–¿Ha venido solo?
Giré la cabeza a mi derecha. Después a mi izquierda. Hacia atrás.
–Ajá.
–Pase por aquí.
La mesa que me ofrecía el maitre era vulgar, del montón, bajo techo. Nada que ver con la deseada.
–Perdón, pero, ¿podría sentarme fuera? Allí.
Detecté un tono de incomprensión.
–¿Dijo que ha venido solo?
Iba a echar un nuevo vistazo alrededor para sumar, pero me contuve. Estaba razonablemente seguro de que seguíamos siendo los mismos: yo. Vamos, seguro al 99%.
–Sí.
–Es que se trata de la mesa Luna de miel.
Brinco. Sobresalto. Pelo erizado. Uh, eso se avisa, caramba.
–Pero si le gusta, no hay ningún problema. Hoy no está reservada.
Ah, la tentación fue demasiado fuerte. Sentía que la mesa me llamaba, ven, ven... Y claro, cuando estas cosas pasan, hay que acudir a la llamada. No somos de piedra.
Así pues, el maitre me acomodó, me presentó las cartas y regresó a la puerta. Tomó el relevo la camarera.
–Buenas noches, señor.
–Hola, ¿qué tal?
–¿Desea algo de beber?
–Pues sí, un cóctel de estos de color azul.
–Excelente. ¿Y su acompañante?
Mi seguridad en haber salido a cenar conmigo mismo descendió un punto. Se quedó en el 98%.
–No, no espero a nadie. Creo.
–Oh –nuevo tono de incomprensión. –¿Ha venido solo? Es que esta es la mesa Luna de miel.
Asentí, resignado. En fin... El sol se ponía en el horizonte, el aire del mar inundaba mis pulmones, el rumor de las olas mis oídos y el líquido azul que me trajeron estaba bastante bueno. Para darle gusto a todos los sentidos, quedaba apenas el del tacto. Dejé que mi mano reposara sobre la superficie de la mesa, que las yemas de mis dedos tocaran su suave barniz...
–Buenas noches, señor.
Vaya, otra camarera diferente. ¿No se daría cuenta de que estaba chafándome el momento?
–Buenas.
–¿Ha elegido ya?
–Pescado a la plancha.
–¿Y para...? –señaló a la silla vacía.
–¿Para...? –encogimiento de hombros, pero seguridad decreciendo al 97%.
–(Con el sempiterno tono). ¿Ha venido solo?
Empecé a tamborilear. Por unos segundos, hasta que pude controlarlo, el párpado tuvo vida propia, lo que suele decirse un tic nervioso.
–Es que esta es la mesa... –quiso terminar la frase.
–Ya sé, ya sé, Luna de miel, ¿verdad?
Y cuando creía haber alcanzado la paz y la comprensión del universo, apareció la cantante. Menos mal que estaba en los postres. Tuve que tragarme la cancioncita, e incluso un par añadido mientras me traían la cuenta, pero conseguí salir de allí como alma que lleva el diablo.
Conclusión: no vayáis a cenar nunca solos, además de ser más divertido hacerlo en compañía, es mejor para los nervios. Pero si no es posible evitarlo, manteneos en un rincón, agazapados bajo la protección de las sombras. Jamás, jamás se os ocurra sentaros en la mesa equivocada. Especialmente, una que lleve por nombre Luna de miel...
4 comentarios:
Los que hemos tenido ocasión de viajar solos, solemos tener momentos como el que tu describes; yo nunca me senté en una mesa Luna de Miel, pero no se me olvidará nunca la cara de los empleados de un pequeño y maravilloso restaurante en Vignale Monferrato cuando pedí una reserva para una persona....claro que mientras cenaba pensé que era un pecado hacerlo en soledad.
Un abrazo
Es buen consejo, de verdad. Nunca me ha ocurrido (creo) pero seguramente por instinto buscaría un rincón apartadito. Da como vergüencita, supongo, cenar solo
Nunca he viajado sola, vamos viajes de días... y eso de comer o cenar sola, menos, a mí como a Miguel, un poco de vergüencita ya me daría.
Y lo de la mesa Luna de Miel, jajajajaja! también es quehay que probar de todo en la vida, así que miram tú ya tienes la experiencia!
Abrazote!
Y Feliz Navidad! Aunque sea típico tópico de la época...
;)
Si esa es la mesa, la de la foto, ha tenido usted un buen par de corajes, para sentarse allí. Yo siempre que voy solo me meto en bares en donde miran futbol. Necesito la hermandad para comer...
Me encanto la dinámica del relato, mucho.
Un abrazo
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