martes, 20 de diciembre de 2011

Dos versiones de la escena

Nuestras miradas se cruzaron. Yo llevaba un esmoquin blanco y ella un vestido de noche, acariciado por la brisa. Se acercó con pasos lentos, felinos, la melena cayendo como una cascada sobre su espalda. Cuando llegó hasta mi mesa, las notas del piano y el bajo comenzaron a sonar. Ella cantó. Sus labios cantaron sólo para mí.

¡Corten! No, esto no queda bien, poco realista. Vamos a rodar otra vez la escena, a ver si ahora la cuentas mejor. ¡Acción!

Se acercó taconeando con unas botarras que no pegaban ni con cola al clima tropical. Ni tampoco la falda de cuero, ni los leggings, ni nada de lo que vestía con escaso gusto, francamente. Cuando llegó hasta mi mesa, el tipo de los teclados y el del bajo empezaron a tocar desafinados. A continuación cantó con voz chirriante y repitiendo el estribillo como cuarenta veces.

Fin.


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