lunes, 1 de agosto de 2011

Uno, dos, tres

C.R. MacNamara, el gerente de Coca-Cola en Berlín Oeste, tiene algún que otro problemilla.

Su mujer suspira por que le destinen a Atlanta, la sede central de la compañía, después de haber vivido como trotamundos durante años.

Cada vez que se cruzan con él, sus empleados hacen un irritante honor a la fama de cabezas cuadradas prusianos.

La misión comercial rusa intenta birlarle a Fräulein Ingeborg, su secretaria.

Y para colmo, Scarlett, la casquivana hija del director general, a quien han dejado a su cargo, se aventura constantemente al otro lado de la Puerta de Brandemburgo para encontrarse con Otto, comunista convencido con quien se ha casado en secreto y que pretende llevársela a Moscú.

Ahí es donde se demuestran las dotes de mando, en las situaciones críticas.

Uno, conseguir el ascenso y que le trasladen a Londres, Atlanta es sólo para fracasados.

Dos, atender debidamente a su secretaria, añadiendo "extras" a su sueldo, como ese modelito de alta costura que la tiene encandilada.

Tres, convertir al fiel seguidor de las consignas del partido a las mieles del capitalismo. Quizá, si le hiciera pasar por un refinado aristócrata, calmaría el disgusto de sus suegros.

En Uno, dos, tres, Billy Wilder nos regala una obra maestra. A base de humor inteligente, se mofa de todo y de todos: la guerra fría, la incorruptibilidad de "los ideales", los tópicos nacionales alemanes, rusos, norteamericanos...

Tiene frases geniales, como cuando Scarlett, que está embarazada, discute con Otto sobre el porvenir de su vástago:
Cuando cumpla dieciocho años dejaremos que decida qué quiere ser, si un capitalista o un comunista rico.
Y por supuesto, no podemos pasar por alto la celebérrima secuencia sobre técnicas de negociación empresarial, al animado ritmo de la Danza del sable de Khatchaturian. Simplemente, disfrutemos...


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