jueves, 14 de julio de 2011

¡Vive l’Empereur!

El sol que brillaba aquella mañana en Cherburgo proyectaba sobre mí la poderosa sombra del emperador.

Él esperaba que lo hiciese. Sus ojos, contemplándome desde lo alto del caballo, hacían innecesarias las arengas o las voces de mando. No me lo ordenaba, me lo pedía. ¿Acaso no guardaba yo también en la mochila un bastón de mariscal?

Una cadena. Debía sortear una cadena. El símbolo de la opresión del antiguo régimen se cruzaba en mi camino al muelle del ferry. Desvíate unos metros, pasa por otro sitio, parecía desafiarme a dos palmos de altura.

La plaza estaba desierta, sólo las gaviotas desplegaban en el cielo sus alas. Y sentí que eran en realidad aquellas águilas presentes en los cielos de Marengo, de Austerlitz, de Ulm...

Avancé a paso de carga: un breve salto y estaría al otro lado. Después embarcaría hacia Inglaterra, nada ni nadie podría detenerme. Flexioné la rodilla, levanté la pierna, me impulsé en el aire. ¡Allons, allons! ¡Pour la gloire! ¡Vive l’Empereur!

Waterloo... La cadena, hundiendo sus fauces de hierro en mi tobillo, lo esclavizó vilmente. Mi pantalón era un estandarte roto y ensangrentado, y sobre mi cuerpo tendido se depositaba el polvo de la derrota. La ley de la gravedad (escrita evidentemente por un súbdito de Albión), había dictado sentencia.

Desde entonces, bonapartista irredento, cuando en traje de baño muestro a la luz la pálida cicatriz de esa jornada, imagino que cualquier obstáculo a esos dos fatídicos palmos del duro suelo se ríe de mí. Y doy un rodeo. Qué ignominia...



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3 comentarios:

Winnie0 dijo...

Orgullo de una cicatriz....Muy bueno.
Besos y buenas noches

luis dijo...

Si es que no escarmientas amigo.
Mira que conoces tus límites (que son pocos) y a pesar de todo continúas metiendo los pies en macetas ajenas.
Genial, amigo.

Miguel Baquero dijo...

Jajaja, te dejaste llevar por ensueños napoléonicos y de pronto te caíste de bruces en la cruda y asfaltada realidad