lunes, 18 de julio de 2011

Una chica maravillosa

La conocí hace cinco noches, apoyado en la barra de un bar.

Enseguida me sentí atraído. ¿Y quién no, entre el puñado de fracasados buscavidas que allí nos encontrábamos, intentando descubrir el sentido de cualquier cosa en las alitas de pollo frito y las cañas sin fin?

Me levanté del taburete y se lo cedí. No era digno que soportase mis infames carnes de devorador de colesterol, pudiendo alojar a aquel grácil cuerpo por cuyo roce todos hubiéramos vendido nuestras almas.

Dejó resbalar la mirada por los presentes, que fueron desgranando sus nombres en diminutivo, quizá un primer intento para ganarse su confianza. Por fin me llegó el turno y... ¡No, por favor! Sus ojos tenían que ser de ese color, precisamente ese...

Me sorprendí a mí mismo enviando feromonas a metros de distancia, invitando al resto de machos del local a dejarme el campo libre. Por las buenas o por las regulares, pero esa belleza tenía que caer en mis romas garras. Me invadió un halo de villanía.

¿Entenderían los demás el mensaje? ¿Podía fiarme de mis compañeros? ¿Podía contar con su solidaridad masculina sincera, o por el contrario nos habíamos transformado en fieros competidores por el premio mayor? Yo intentaba acapararla, pero de continuo venía alguien a meter baza en la conversación.

Fue entonces cuando se hizo la luz en mi cabeza. Fue entonces cuando recordé aquella escena de Una mente maravillosa. ¿Cómo era eso de Adam Smith, el padre de la economía moderna? En competencia, la ambición individual sirve al bien común. ¿Y qué contestaba John Nash en la película?




¡Claro! ¡Por supuesto! El mejor resultado, obtener el favor de la dama, es producto de que todos en el grupo hagan lo mejor para sí mismos... ¡y para el grupo!

Lógicamente, dejé de torcer el gesto ante las intrusiones de la demás gentuza. Una vez que lo hube comprendido, la sonrisa se instaló permanentemente en mis labios.

Ay, qué pronto vienen las parcas a poner en su sitio a los incautos, con qué celeridad se deshacen en el aire las ilusiones del hombre.

Porque olvidé lo fundamental: para que exista cooperación, todos tienen que cumplir las reglas. En cuanto alguien va por libre, el sutil entramado teórico se desarma.

Y fue uno más avispado que yo quien consiguió su teléfono cuando nos separamos. ¿Con qué intenciones? Miedo me da ese Adam Smith...
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6 comentarios:

Monique LaMer dijo...

Espero sinceramente que "esto" tenga segunda parte....

Netomancia dijo...

Y no, habrá que pasar de la lógica de la ley de Nash, a la violencia de la ley de la selva y arrebatarle ese papel como sea a esa persona!

Saludos!

Winnie0 dijo...

¿no recuerdas? En el amor y la guerra está todo permitido!!! bss

PABLO FRANKO dijo...

Córrala antes de que doble la esquina! y ya vera que nada podra hacer el del triste papel con el número (que hasta quizas sea falso)
venga lA continuación, un abrazo

luis dijo...

Amigo mío, tienes demasiadas operaciones en la mente cuando se trata de ser el más rápido.
De este modo el día que pilles cacho será para siempre pero...
Abrazos ¡Ah se me olvidaba! Eres genial con las letras.

Lola Mariné dijo...

Hay ocasiones en que es más práctico dejarse llevar por el instinto.
Tanto calculo no puede ser bueno...
Feliz semana