lunes, 25 de julio de 2011

En la Armada

Por sorteo me hubiera tocado hacer la mili en la Armada. Pero era tan miope como un rinoceronte.

De manera que mi examen con la teniente médico fue más o menos así:

–Teniente: ¿Cuántos dedos distingues en mi mano?
–Yo: Eh, tres... ¡No, cuatro! Cuatro... creo... O dos...
–Teniente: Déjame las gafas.
–Yo: Aquí tiene. ¿Me puedo apuntar de artillero? En un acorazado, creo que ahí usan balas gordas. O en un submarino, con esos pedazo de torpedos.
–Teniente: Hum, ¿algún otro defecto físico?
–Yo: Bueno, defecto, defecto, habría que matizar el término, establecer ciertas bases, analizarlo desde una perspectiva ontológica, teleológica, epistemológica...
–Teniente: Altura, bien. Peso, bien. Sin pies planos.
–Yo: Y los dientes son todos míos.
–Teniente: Por ahora vete a casita. Ya te mandaremos la carta con el resultado.
–Yo: ¡A sus órdenes, señora, sí señora!
–Teniente: ¡Otro!
–Yo: En la Armada, tu patria así protegerás, en la Armada, con tu uniforme de oficial, en la Armada, las chicas tú deslumbrarás, en la Armada, en la Armada... plas, plas, plas... ♪♪♪

Y luego me dijeron que era un inútil. ¿Eso iba con segundas? Con lo bien que hubiera hecho yo de vigía...



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jueves, 21 de julio de 2011

El argentino

El argentino dijo:
–Las argentinas son las más lindas del mundo.

Lo cual apenas fue suficiente para que yo levantara la vista un momento. Trabajo, tenía mucho trabajo, trabajo, trabajo...

Él insistió:
–Acá en España también, ¿eh?, también son muy lindas.

¿Y a mí que me contaba? Trabajo, trabajo, trabajo...

–Pero no lo entiendo. Yo salgo mucho por Huertas, por ejemplo, ¿vos lo conocés?

Asentí levemente con la cabeza.

–¿Y con qué me encuentro siempre? Al final de la noche, las minas se van a casa solas (estiró la ooooo de solas, como un bandoneón porteño).

Lo de las minas me despistó. ¿De cobre, de diamantes, de bauxita? Los dedos dejaron de teclear hasta que até cabos y registré mi nuevo conocimiento semántico.

El argentino, por su parte, miraba hacia la ventana, hacia la luz del atardecer madrileño, con aire de melancolía.
–¡Solas! ¡Es imperdonable!

Enarqué la ceja.

–Eso no puede ser, vos y yo tenemos que remediarlo. ¿Me acompañás? ¿Vamos a Huertas?

De nuevo detuve el tecleo. Me imaginé junto a ese pico de oro, aprovechándome como escudero de las habilidades de seducción que todos les suponen a los nacidos desde Salta a Ushuaia, desde La Plata a Neuquén. Mmmmm.

Hasta que la sobriedad castellana vino a dar un aldabonazo en mi conciencia. ¡Reacciona! ¡Céntrate! ¡Di que no! Trabajo, trabajo, trabajo...

No sé por dónde andará ahora aquel tipo, pero me pregunto: ¿puso Huertas patas arriba? ¿Dejó huella imperecedera? Y sobre todo: ¿realmente tomé la decisión acertada?


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lunes, 18 de julio de 2011

Una chica maravillosa

La conocí hace cinco noches, apoyado en la barra de un bar.

Enseguida me sentí atraído. ¿Y quién no, entre el puñado de fracasados buscavidas que allí nos encontrábamos, intentando descubrir el sentido de cualquier cosa en las alitas de pollo frito y las cañas sin fin?

Me levanté del taburete y se lo cedí. No era digno que soportase mis infames carnes de devorador de colesterol, pudiendo alojar a aquel grácil cuerpo por cuyo roce todos hubiéramos vendido nuestras almas.

Dejó resbalar la mirada por los presentes, que fueron desgranando sus nombres en diminutivo, quizá un primer intento para ganarse su confianza. Por fin me llegó el turno y... ¡No, por favor! Sus ojos tenían que ser de ese color, precisamente ese...

Me sorprendí a mí mismo enviando feromonas a metros de distancia, invitando al resto de machos del local a dejarme el campo libre. Por las buenas o por las regulares, pero esa belleza tenía que caer en mis romas garras. Me invadió un halo de villanía.

¿Entenderían los demás el mensaje? ¿Podía fiarme de mis compañeros? ¿Podía contar con su solidaridad masculina sincera, o por el contrario nos habíamos transformado en fieros competidores por el premio mayor? Yo intentaba acapararla, pero de continuo venía alguien a meter baza en la conversación.

Fue entonces cuando se hizo la luz en mi cabeza. Fue entonces cuando recordé aquella escena de Una mente maravillosa. ¿Cómo era eso de Adam Smith, el padre de la economía moderna? En competencia, la ambición individual sirve al bien común. ¿Y qué contestaba John Nash en la película?




¡Claro! ¡Por supuesto! El mejor resultado, obtener el favor de la dama, es producto de que todos en el grupo hagan lo mejor para sí mismos... ¡y para el grupo!

Lógicamente, dejé de torcer el gesto ante las intrusiones de la demás gentuza. Una vez que lo hube comprendido, la sonrisa se instaló permanentemente en mis labios.

Ay, qué pronto vienen las parcas a poner en su sitio a los incautos, con qué celeridad se deshacen en el aire las ilusiones del hombre.

Porque olvidé lo fundamental: para que exista cooperación, todos tienen que cumplir las reglas. En cuanto alguien va por libre, el sutil entramado teórico se desarma.

Y fue uno más avispado que yo quien consiguió su teléfono cuando nos separamos. ¿Con qué intenciones? Miedo me da ese Adam Smith...
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jueves, 14 de julio de 2011

¡Vive l’Empereur!

El sol que brillaba aquella mañana en Cherburgo proyectaba sobre mí la poderosa sombra del emperador.

Él esperaba que lo hiciese. Sus ojos, contemplándome desde lo alto del caballo, hacían innecesarias las arengas o las voces de mando. No me lo ordenaba, me lo pedía. ¿Acaso no guardaba yo también en la mochila un bastón de mariscal?

Una cadena. Debía sortear una cadena. El símbolo de la opresión del antiguo régimen se cruzaba en mi camino al muelle del ferry. Desvíate unos metros, pasa por otro sitio, parecía desafiarme a dos palmos de altura.

La plaza estaba desierta, sólo las gaviotas desplegaban en el cielo sus alas. Y sentí que eran en realidad aquellas águilas presentes en los cielos de Marengo, de Austerlitz, de Ulm...

Avancé a paso de carga: un breve salto y estaría al otro lado. Después embarcaría hacia Inglaterra, nada ni nadie podría detenerme. Flexioné la rodilla, levanté la pierna, me impulsé en el aire. ¡Allons, allons! ¡Pour la gloire! ¡Vive l’Empereur!

Waterloo... La cadena, hundiendo sus fauces de hierro en mi tobillo, lo esclavizó vilmente. Mi pantalón era un estandarte roto y ensangrentado, y sobre mi cuerpo tendido se depositaba el polvo de la derrota. La ley de la gravedad (escrita evidentemente por un súbdito de Albión), había dictado sentencia.

Desde entonces, bonapartista irredento, cuando en traje de baño muestro a la luz la pálida cicatriz de esa jornada, imagino que cualquier obstáculo a esos dos fatídicos palmos del duro suelo se ríe de mí. Y doy un rodeo. Qué ignominia...



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lunes, 11 de julio de 2011

El corazón de las tinieblas

¿Así que estás casualmente por el delta del Mekong y quieres dejarte caer por determinado punto más allá de, digamos, Chau Doc? Eso es cruzar la frontera vietnamita con Camboya, muchacho, mucho cine has visto tú. Pero bueno, como quieras, súbete a la lancha.

¿Vas buscando a alguien? ¿Al coronel Kurtz, quizás? Ya sabrás que está inspirado en un personaje de El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad. La has leído, ¿verdad?
Nada parecido al cambio que sobrevino sobre sus rasgos había visto hasta entonces y espero no volver a ver algo así jamás. Oh, pero no me conmovió, me fascinó. Fue como rasgar un velo. Vi en aquel rostro de marfil una expresión de sombrío orgullo, de poder despiadado, de vehemente terror, de una intensa y vencida desesperación. ¿Volvería a revivir en aquel momento de supremo conocimiento toda su vida, cada detalle de sus deseos, de sus tentaciones, de su claudicación? Gritó en un susurro, ante alguna imagen, ante alguna visión. Gritó dos veces, en un grito que no fue más que un hilo de voz:
–¡El horror! ¡El horror!

Charlie Marlow rememora cuando, años atrás, pilotó un bote de vapor en las aguas del Congo. Su misión era remontar el río para encontrar al señor Kurtz, tratante de marfil. Las imágenes acuden vívidas a su mente, como si de nuevo se encontrara allí.

Kurtz... Personaje misterioso y admirado, nadie había conseguido antes unos resultados comerciales tan espectaculares. Y tampoco pregunta nadie de qué manera lo hace.

Una selva profunda y brutal se abre a proa y se cierra de nuevo nada más pasar. Van quedando atrás las factorías en las riberas, habitadas por colonos que deben enseñar a las hordas de nativos a abolir sus bárbaras costumbres.

Colonos que, según avanzan hacia el interior, muestran cada vez más signos de agotamiento. Físico y sobre todo... moral.

Y el nombre de Kurtz sigue creciendo, inmenso, como el de un dios esperándoles en su destino. Hasta que, una vez alcanzado, lo que encuentran allí es...
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lunes, 4 de julio de 2011

En el metro (II)

Primero: las piernas de ella descansan sobre las pantorrillas de él.

Mal.

O nos sentamos correctamente, en ángulo recto, o cuando lleguemos a los ochenta vamos a tener problemas de espalda.

Segundo: ella hace experimentos con el tupé de él. se lo peina hacia abajo, hacia arriba, a la derecha, a la izquierda...

Mal.

A ver, ¿desde cuando un gallo de corral se deja toquetear así la cresta? Y lo que vale para un gallo tiene que valer para un humano, digo yo.

Tercero: después llega el turno de la pelambrera occipital. ¿Pero qué buscará esta chica dibujandole ochos en la nuca con tanto ahínco?

Mal.

Le va a dejar calvo de tanto sobarle, y ya verás luego qué gracia le hace.

Cuarto: «Mi quesito bonito».

Mal. Muy mal.

No puedo creer lo que le ha llamado. ¡Mi quesito bonito! Le quito puntos extra por la cara de atontolinado que pone.

Por favor, qué cursi viene el metro últimamente.



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