domingo, 16 de enero de 2011

La guerra de la Cochinchina

Retrocediendo siglo y medio en el tiempo, al emperador vietnamita Tu Duc no se le ocurrió otra cosa que proscribir a los misioneros cristianos en su territorio, empezando por un obispo español al que envió a mejor vida. Su homólogo en el trono galo, Napoleón III, que precisamente estaba buscando terrenos por la zona, pensó: mon Dieu, aquí tenemos una oportunidad de grandeur.

Así que le pidió un favor a la reina Isabel II: total, no te cuesta nada, préstame unos regimientos, que en tres o cuatro meses lo tenemos solucionado. Si es casi una misión divina, anda, anda... Y para allá que se fue la tropa, a desembarcar en Da Nang al mando del coronel Palanca.

Así comenzamos el libro de hoy: La guerra de la Cochinchina, de Luis Alejandre Sintes.
(...) en aproximadamente un cuarto de siglo –desde 1832, año en que Cea Bermúdez asumió la presidencia del Consejo de Ministros, hasta 1858, fecha en que O’Donnell subió al poder y dieron comienzo las operaciones en el imperio de Annam– España pasó por veintinueve cambios de gobierno, llegándose a dar el caso de dos o tres en un mismo año. El más breve, conocido como «relámpago» de Cleonard, «militar sin historia y fanático ciego», como le llamaba Romanones, duró veintisiete horas: los ministros juraban su cargo por la mañana y por la noche eran destituidos.

El caso es que llegaron y hala, al fregado. Pero de meses, nada: cuatro años se pasaron cubriéndose de heroísmo... y de bichos selváticos, mientras los gobiernos iban cambiando y olvidándose del asunto. Las pagas no llegaban y al coronel lo único que le quedaba era protestar porque los aliados iban plantando la tricolor y diciendo: esto para el tío Napo, y esto, y esto, y esto, merci, mon ami.

Al final se firmó un tratado de paz que incluía el regreso de los misioneros para reparar el honor patrio, y el protectorado de París para todo lo demás. Otra guerra a las estanterías de la historia.

No obstante, su olvido es hoy en día casi total, así que desde el punto de vista divulgativo el volumen de Alejandre es de agradecer. Como punto fuerte, está muy documentado en cuanto a los personajes, las unidades y las acciones, sin descuidar al mismo tiempo una visión de conjunto sobre el colonialismo decimonónico.

El problema es la forma de escribir del autor, un estilo poco ágil, con tendencia a la dispersión, a las repeticiones desordenadas y por ello, en algunos de sus capítulos, lindando peligrosamente con la monotonía. Lástima, nadie es perfecto.
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2 comentarios:

Edurne dijo...

Jajaja! me encanta esta crónica tan dicharachera del orgullo patrio y tal y tal...
Y además una sorpresa por eso de encontarnos hasta en el mismísimo Vietnam! Caramba!

Tontos, que eran unos tontos por apuntarse a tanta guerra, y al final, "paná"!

La música, lo mejor sin lugar a dudas.

hala, pues y un dos tres... besos marciales, oiga!
A su órdenes, mi capitán!
;)

luis dijo...

Eres capaz de meter el gusanillo de la lectura hasta al más "negao" con tus anotaciones al margen.
Eres increible amigo.
Gracias por tu recomendación.