He conseguido llegar hasta esta habitación, donde guardo el ordenador. Quizá pueda mandar un último mensaje. Ha sido horrible: al otro lado de la pared, ellos acechan.
Y fui yo mismo quien les invitó, fui yo mismo quien les franqueó confiado las puertas de mi casa. No imaginaba las consecuencias, ¿cómo pude cometer tal locura?
El primero me dio la mano, quizá quería distraerme. Mientras hablábamos, media docena más se infiltraron en el salón. Traían escaleras de asalto, piquetas, mazas, taladradoras...
Retrocedí en buen orden, pero poco a poco fueron acumulando sacos de cemento, descolgando los cuadros, cubriendo los muebles con plásticos en los rincones, ganando terreno en una ofensiva imparable.
Aguanté un tiempo parapetado en la cocina. Tenía botes de pepinillos en vinagre, y sabía cómo usarlos para defenderme. Incluso hubiera recurrido a un arma fruto de la desesperación: la lata de col fermentada.
Cuando quise ir al baño y lo hallé ocupado, supe que habían vencido. Ta tarata taratatatata tarata taratatatata tarata taratatatata, resonaba continuamente en mi cabeza, como miles de martillos golpeando al unísono en las fraguas del Nibelheim...
Y aquí me encuentro, en este último reducto, en estos postreros metros cuadrados de lo que fue mi acogedor hogar. Mientras mis dedos recorren el teclado, los golpes están cada vez más cerca. Pronto querrán entrar. Y no tengo ningún otro sitio al que huir.
Si alguien lee esto, que recuerde mis palabras, que alerte al mundo del peligro, para que otros desventurados se lo piensen dos veces antes de llamar a los albañiles, fontaneros, pintores, electricistas... ¡Quién me mandaría meterme en obras!
Buena música, libros, cosas que me pasan, que recuerdo, que se me ocurren, ficciones, viajes, algunas fotos y qué sé yo cuántas cosas más...
sábado, 27 de noviembre de 2010
miércoles, 24 de noviembre de 2010
La transformación.
Volvía caminando a casa aquella madrugada, y se me ocurrió atajar por el parque. Más que las raquíticas farolas dispersas aquí y allá, arrancando sombras chinescas de los árboles, era la luna llena la que me guiaba. El silencio era total.
De repente, noté los síntomas. ¿Por qué sudaba de esa manera, por qué esos temblores, ese vello erizado? Miré alrededor con alarma: nadie. ¿De verdad no había ojos ocultos observando? Mis pasos se hicieron de plomo. ¿Y si por una vez no luchaba contra ello? ¿Y si dejaba salir a la fiera que vive en mi interior?
No pude contenerme más, el raciocinio me abandonó, fue puro instinto. Sin otros testigos que pudieran acusarme, las lechuzas, los somormujos, puede incluso que alguna ardilla en duermevela, sufrieron las consecuencias de la transformación. De mi garganta brotaron los primeros sonidos: la, la...
Laralalera, laralalaaaa, laralalera, laralalaaaa, largo al factotum della città, largoooo, laralalaralalaralalaaaaa...
De repente, noté los síntomas. ¿Por qué sudaba de esa manera, por qué esos temblores, ese vello erizado? Miré alrededor con alarma: nadie. ¿De verdad no había ojos ocultos observando? Mis pasos se hicieron de plomo. ¿Y si por una vez no luchaba contra ello? ¿Y si dejaba salir a la fiera que vive en mi interior?
No pude contenerme más, el raciocinio me abandonó, fue puro instinto. Sin otros testigos que pudieran acusarme, las lechuzas, los somormujos, puede incluso que alguna ardilla en duermevela, sufrieron las consecuencias de la transformación. De mi garganta brotaron los primeros sonidos: la, la...
Laralalera, laralalaaaa, laralalera, laralalaaaa, largo al factotum della città, largoooo, laralalaralalaralalaaaaa...
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domingo, 21 de noviembre de 2010
Flowers' love.
Junto con otros selectos gourmets, hállome invitado a cenar en casa de dama principal. La anfitriona, que desea conocer con anticipación nuestras preferencias, nos pregunta:
–¿Qué os gusta más, la carne o el pescado?
La primera interpelada responde que a ella le place el pescado, si bien su señor marido se inclina por la carne: regocijo general. Otro sibarita manifiesta catar ambas con mayor o menor delectación: nuevas expresiones risueñas. El tercero de la lista, es decir yo, se muestra dubitativo. A ver, ¿hay aquí algún doble sentido? ¿De qué estamos hablando exactamente?
Por fin, doy con la clave: contesto que elijo el vegetarianismo. Así cubro cualquier significado de la conversación.
Pero bueno, ¿de qué se ríen ahora? ¿No saben que las plantas se comen? ¿Y que además... mmmm... se polinizan?
–¿Qué os gusta más, la carne o el pescado?
La primera interpelada responde que a ella le place el pescado, si bien su señor marido se inclina por la carne: regocijo general. Otro sibarita manifiesta catar ambas con mayor o menor delectación: nuevas expresiones risueñas. El tercero de la lista, es decir yo, se muestra dubitativo. A ver, ¿hay aquí algún doble sentido? ¿De qué estamos hablando exactamente?
Por fin, doy con la clave: contesto que elijo el vegetarianismo. Así cubro cualquier significado de la conversación.
Pero bueno, ¿de qué se ríen ahora? ¿No saben que las plantas se comen? ¿Y que además... mmmm... se polinizan?
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jueves, 18 de noviembre de 2010
Primavera mortífera.
Uf, dos años ya, y yo con estos pelos. Con algunos pelos menos, quiero decir. Allá por noviembre de 2008, mi intención era entretenerme comentando libros y discos, lo juro, y de ahí viene incluso el nombre del blog: como habréis adivinado, una paráfrasis de tres corcheas y una negra, el beethoveniano "tema del destino". Venga, con brío, todos a tararear: ta ta ta chaaaaaán...
Y sin embargo, poco a poco, no sé si para bien o para mal, aquella idea primigenia acabó yendo a la deriva. Aunque las propuestas músicales se han mantenido en cierta manera como nexo histórico, ya se encuentran aquí más desvaríos propios que reseñas literarias ajenas.
Pues, aunque sólo sea por un día, vamos a dar un golpe de timón: volvamos al viejo espíritu, al apto para todos los públicos. Con vosotros, Primavera mortífera.
Lajos Zilahy es un autor hijo de su tiempo y de su mundo. Y siendo ese tiempo y ese mundo pródigos en maestros, ¿acaso no merece también él ese calificativo? En las primeras décadas del siglo XX, en los países centroeuropeos, surgieron los Mann, Roth, Kafka, los Zweig, Hesse, Márai, Kosztolányi..., los herederos de una forma de entender la vida que ya no sería la misma tras la Gran Guerra.
Confieso mi predilección por estos genios, por su manera de escribir, por su percepción de las grandezas y las miserias del ser humano, de unas pasiones que, si bien hoy se manifiestan con otros ropajes más modernos, no dejan de ser las mismas que nos han acompañado desde que bajamos del árbol, y aun puede que mucho antes: amor, celos, intereses, desesperación...
Primavera mortífera tiene un poco de todo eso. Publicada en 1922, se trata de una extensa carta que el protagonista, de quien nunca llegamos a saber el nombre, dirige a un amigo de su infancia. Le ha visto llegar al mismo hotel donde él se aloja, ha reconocido a la mujer a su lado como aquella chiquilla que fue compañera de juegos de ambos, y en lugar de saludarlos con gozo ha corrido a ocultarse, a redactar para ellos sus últimas líneas a la luz de una lámpara. Porque, cuando llegue el alba, quiere pegarse un tiro en el corazón.
Un joven apuesto, terrateniente acaudalado en la Budapest imperial, miembro de la élite, con una prometedora carrera en ciernes, ¿qué le impulsa a tomar tal decisión? ¿Quizá Edit von Ralben?
Rememora el momento en que se cruzó con ella en la escalera de casa, la fiesta a la que pudo hacerse invitar, sus primeros paseos en el monte Gellért, arropados por la complicidad de la madre, la primera vez que apoyó la cabeza en su regazo, la primera vez que la vio desnuda... Y también, la primera vez que la vio hablando con el conde Ahrenberg. ¿Su rival?
No es cuestión de desgranar en exceso el argumento, pero a partir de aquí su existencia empieza a resquebrajarse: juego, deudas, desprecio social... Hay una posibilidad de salvación, de olvido, cuando entra en escena Józsa, quien también arrastra secretos de su vida anterior. Ella le ama, pero, ¿será suficiente con ello?
Venga, que es una novela de época estupenda, de verdad, hacedme caso, no os lo penséis más, vuestro destino es leerla. Ta ta ta chaaaaaán...
Y sin embargo, poco a poco, no sé si para bien o para mal, aquella idea primigenia acabó yendo a la deriva. Aunque las propuestas músicales se han mantenido en cierta manera como nexo histórico, ya se encuentran aquí más desvaríos propios que reseñas literarias ajenas.
Pues, aunque sólo sea por un día, vamos a dar un golpe de timón: volvamos al viejo espíritu, al apto para todos los públicos. Con vosotros, Primavera mortífera.
"Detrás de la pareja salió una muchachita; se parecía mucho a la madre. También tenía los dientes algo hacia fuera, pero menos que la madre, y ese ligerísimo defecto daba a su rostro una especial expresión que hasta resultaba agradable. No era fea ni guapa, pero emanaban de su persona, como un suave perfume, la juventud, la distinción, la pureza de cuerpo y de alma. Antes de subir las escaleras, consulté en el portal de la casa la lista de inquilinos. Entre los nombres que correspondían al primer piso se podía leer: «Otto von Ralben, General der Cavallerie».
Pensativo, subí por la escalera. Entre el segundo y el tercer piso me detuve, me apoyé en la pared y, tras una breve vacilación, decidí que la muchacha de la dentadura un tanto salida, la hija del general de rostro severo, sería un día mi esposa. Sé perfectamente que todo esto, contado así, debe de parecerte absurdo y hasta ridículo; pero ten por seguro que de esta manera suele decidirse el destino de los hombres y surgen amores mortíferos. Uno vuelve la cabeza en la calle para mirar a una mujer que pasa y se dice: «¡Qué rostro más bello...!». Al día siguiente, volvemos a cruzarnos con ella; al tercer día, mientras estamos comiendo en el restaurante, pensamos en ella; al cuarto, nos hemos acostumbrado a pensar en ella, como los pulmones de un muchacho se acostumbran al humo del tabaco. Y dos meses más tarde, cada una de las fibras de nuestro sistema nervioso está dolorosamente inflamada por un veneno inexorable y mortífero. Pero esto sólo se advierte después, cuando ya es demasiado tarde..."
Lajos Zilahy es un autor hijo de su tiempo y de su mundo. Y siendo ese tiempo y ese mundo pródigos en maestros, ¿acaso no merece también él ese calificativo? En las primeras décadas del siglo XX, en los países centroeuropeos, surgieron los Mann, Roth, Kafka, los Zweig, Hesse, Márai, Kosztolányi..., los herederos de una forma de entender la vida que ya no sería la misma tras la Gran Guerra.
Confieso mi predilección por estos genios, por su manera de escribir, por su percepción de las grandezas y las miserias del ser humano, de unas pasiones que, si bien hoy se manifiestan con otros ropajes más modernos, no dejan de ser las mismas que nos han acompañado desde que bajamos del árbol, y aun puede que mucho antes: amor, celos, intereses, desesperación...
Primavera mortífera tiene un poco de todo eso. Publicada en 1922, se trata de una extensa carta que el protagonista, de quien nunca llegamos a saber el nombre, dirige a un amigo de su infancia. Le ha visto llegar al mismo hotel donde él se aloja, ha reconocido a la mujer a su lado como aquella chiquilla que fue compañera de juegos de ambos, y en lugar de saludarlos con gozo ha corrido a ocultarse, a redactar para ellos sus últimas líneas a la luz de una lámpara. Porque, cuando llegue el alba, quiere pegarse un tiro en el corazón.Un joven apuesto, terrateniente acaudalado en la Budapest imperial, miembro de la élite, con una prometedora carrera en ciernes, ¿qué le impulsa a tomar tal decisión? ¿Quizá Edit von Ralben?
Rememora el momento en que se cruzó con ella en la escalera de casa, la fiesta a la que pudo hacerse invitar, sus primeros paseos en el monte Gellért, arropados por la complicidad de la madre, la primera vez que apoyó la cabeza en su regazo, la primera vez que la vio desnuda... Y también, la primera vez que la vio hablando con el conde Ahrenberg. ¿Su rival?
No es cuestión de desgranar en exceso el argumento, pero a partir de aquí su existencia empieza a resquebrajarse: juego, deudas, desprecio social... Hay una posibilidad de salvación, de olvido, cuando entra en escena Józsa, quien también arrastra secretos de su vida anterior. Ella le ama, pero, ¿será suficiente con ello?
Venga, que es una novela de época estupenda, de verdad, hacedme caso, no os lo penséis más, vuestro destino es leerla. Ta ta ta chaaaaaán...
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Libros (novela)
domingo, 14 de noviembre de 2010
Moras.
Sube al vagón y se sienta a mi lado. Abre la tartera y empieza a comerlas, al principio deprisa, casi con ansia, luego más lentamente, como si su sabor le susurrase algo al oído.
Moras. Negras, maduras, dulces. Ecos de mis veranos infantiles en el pueblín de los abuelos. La misma avidez al cogerlas de los zarzales, la misma calma después.
Veo el camino que abandona las últimas casas, bordeando las cercas de piedra, los campos de maíz, los prados de manzanilla. Veo las moras que brotan silvestres en las lindes.
Ya estoy cerca del acantilado. Enfrente de mis ojos, el mar. El mar… Más allá, la torre del faro. A mi espalda, en el horizonte, se dan la mano las cimas de las montañas.
Si continúo caminando llegaré hasta la vieja ermita, junto a la cueva con dibujos en las paredes: peces, ciervos, búfalos, caballos, un mamut con su nítido corazón...
Y cruzando el bosquecillo, junto a los regatos, las ruinas de arcos medievales se alzan como si fueran sillares de un castillo donde poner a prueba mi espada de madera, la que me ha tallado el abuelo.
He llegado ya a mi estación, me levanto para salir. Miro a la desconocida: las moras descansan aún en su regazo y sonríe levemente, con los ojos entrecerrados. ¿En qué piensa? Me gustaría llevar en este momento una cámara mágica. Una que pudiera sacar una imagen de nuestro interior...
Moras. Negras, maduras, dulces. Ecos de mis veranos infantiles en el pueblín de los abuelos. La misma avidez al cogerlas de los zarzales, la misma calma después.
Veo el camino que abandona las últimas casas, bordeando las cercas de piedra, los campos de maíz, los prados de manzanilla. Veo las moras que brotan silvestres en las lindes.
Ya estoy cerca del acantilado. Enfrente de mis ojos, el mar. El mar… Más allá, la torre del faro. A mi espalda, en el horizonte, se dan la mano las cimas de las montañas.
Si continúo caminando llegaré hasta la vieja ermita, junto a la cueva con dibujos en las paredes: peces, ciervos, búfalos, caballos, un mamut con su nítido corazón...
Y cruzando el bosquecillo, junto a los regatos, las ruinas de arcos medievales se alzan como si fueran sillares de un castillo donde poner a prueba mi espada de madera, la que me ha tallado el abuelo.
He llegado ya a mi estación, me levanto para salir. Miro a la desconocida: las moras descansan aún en su regazo y sonríe levemente, con los ojos entrecerrados. ¿En qué piensa? Me gustaría llevar en este momento una cámara mágica. Una que pudiera sacar una imagen de nuestro interior...
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Cosas que recuerdo,
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jueves, 11 de noviembre de 2010
Mi gran secreto.
Estoy en una casa que supongo es la mía, pese a su aspecto victoriano, peinando a un niño. Él protesta, le gustaría llevar el pelo alborotado. Qué curioso, se parece a mí de pequeño; quizá se trate de mi hijo, aunque no recuerdo tener ninguno. Es todo un poco confuso.
Alguien llama a la puerta. El timbre suena con una melodía familiar y extraña a la vez, no sé cómo explicarlo. Rápidamente le digo al niño que esconda la piedra. Es fundamental protegerla de ellos, no puede caer en sus manos. Asiente y desaparece por un hueco disimulado bajo la escalera.
Abro. Son ellos, como esperaba, vestidos de negro. Les guío hasta el salón y nos sentamos alrededor de la mesa. Su líder me aconseja que acepte la oferta: es muy generosa, iremos al cincuenta por ciento. Quieren la piedra, quieren el misterioso texto grabado en ella desde tiempos remotos.
Se escucha de nuevo el timbre. Adivino que es una señal, una alarma, resuena en mi cabeza como si me avisara de algo muy importante, pero no acabo de... Les digo que salgan por detrás. Aceptan, pero me advierten de que seguirán vigilándome.
Vuelvo a abrir. El sheriff espera en el umbral. Viene con sus ayudantes y con... Ah, por fin una cara conocida, un compañero de trabajo. Les saludo y les invito a ocupar los mismos asientos que han dejado vacíos hace unos segundos los hombres de negro.
El representante de la ley mira furtivamente a su alrededor y comienza a hablar. Saben lo de la piedra y saben que la tengo yo. Pero no debo preocuparme, están aquí para protegerme. Siempre, claro está, que... vayamos al cincuenta por ciento. De lo contrario... ¿Cuál es mi respuesta?
Miro incrédulo a mi compañero. ¿Existe algo en el mundo que la corrupción no haya infectado con sus garras? Él se aclara la voz: ha venido por otro asunto que no tiene que ver con la piedra, necesita urgentemente mi ayuda, no puede ocuparse él solo. Tenemos que recuperar el dinero.
¿El dinero? ¿Pero qué dinero? Me explica que han desaparecido los planes de pensiones para empleados de la empresa; el encargado de custodiar los fondos ha perdido la cabeza por una hermosa mulata cubana y ha huido al Caribe con los millones. Debemos montar una operación para rescatarlos.
Ese timbre que por alguna razón tanto me atormenta... Salgo de la habitación y me deslizo por el mismo hueco por el que había desaparecido el niño al principio. Recorro un túnel de húmedas paredes y llego al lugar donde guardo mi automóvil. Visto una especie de uniforme y arranco el motor.
Siento la velocidad cuando hundo el pie en el acelerador, siento el poder de la máquina de acero. Mis músculos se tensan, el ceño fruncido tras la máscara indica mi determinación. Porque mi gran secreto, lo que todos ignoran, los hombres oscuros, el sheriff, sus ayudantes, mi compañero de trabajo, es que... ¡yo soy Batman!
Y según me aproximo al final de la batcueva, una luz se vislumbra en forma de rendija, se amplía, se hace cada vez más grande y brillante... Hum, qué raro, aún no debería haber amanecido. Comprobemos qué hora marca el despertador.
¡Aaaaaah, me he quedado dormido! ¡Tengo que salir pitando de la cama, voy a llegar tardísimo! Y el despertador habrá sonado tres o cuatro veces, ¿cómo es posible que no me haya dado cuenta? Seguro que estaba soñando, a ver si lo escribo antes de que se me olvide...
Alguien llama a la puerta. El timbre suena con una melodía familiar y extraña a la vez, no sé cómo explicarlo. Rápidamente le digo al niño que esconda la piedra. Es fundamental protegerla de ellos, no puede caer en sus manos. Asiente y desaparece por un hueco disimulado bajo la escalera.
Abro. Son ellos, como esperaba, vestidos de negro. Les guío hasta el salón y nos sentamos alrededor de la mesa. Su líder me aconseja que acepte la oferta: es muy generosa, iremos al cincuenta por ciento. Quieren la piedra, quieren el misterioso texto grabado en ella desde tiempos remotos.
Se escucha de nuevo el timbre. Adivino que es una señal, una alarma, resuena en mi cabeza como si me avisara de algo muy importante, pero no acabo de... Les digo que salgan por detrás. Aceptan, pero me advierten de que seguirán vigilándome.
Vuelvo a abrir. El sheriff espera en el umbral. Viene con sus ayudantes y con... Ah, por fin una cara conocida, un compañero de trabajo. Les saludo y les invito a ocupar los mismos asientos que han dejado vacíos hace unos segundos los hombres de negro.
El representante de la ley mira furtivamente a su alrededor y comienza a hablar. Saben lo de la piedra y saben que la tengo yo. Pero no debo preocuparme, están aquí para protegerme. Siempre, claro está, que... vayamos al cincuenta por ciento. De lo contrario... ¿Cuál es mi respuesta?
Miro incrédulo a mi compañero. ¿Existe algo en el mundo que la corrupción no haya infectado con sus garras? Él se aclara la voz: ha venido por otro asunto que no tiene que ver con la piedra, necesita urgentemente mi ayuda, no puede ocuparse él solo. Tenemos que recuperar el dinero.
¿El dinero? ¿Pero qué dinero? Me explica que han desaparecido los planes de pensiones para empleados de la empresa; el encargado de custodiar los fondos ha perdido la cabeza por una hermosa mulata cubana y ha huido al Caribe con los millones. Debemos montar una operación para rescatarlos.
Ese timbre que por alguna razón tanto me atormenta... Salgo de la habitación y me deslizo por el mismo hueco por el que había desaparecido el niño al principio. Recorro un túnel de húmedas paredes y llego al lugar donde guardo mi automóvil. Visto una especie de uniforme y arranco el motor.
Siento la velocidad cuando hundo el pie en el acelerador, siento el poder de la máquina de acero. Mis músculos se tensan, el ceño fruncido tras la máscara indica mi determinación. Porque mi gran secreto, lo que todos ignoran, los hombres oscuros, el sheriff, sus ayudantes, mi compañero de trabajo, es que... ¡yo soy Batman!
Y según me aproximo al final de la batcueva, una luz se vislumbra en forma de rendija, se amplía, se hace cada vez más grande y brillante... Hum, qué raro, aún no debería haber amanecido. Comprobemos qué hora marca el despertador.
¡Aaaaaah, me he quedado dormido! ¡Tengo que salir pitando de la cama, voy a llegar tardísimo! Y el despertador habrá sonado tres o cuatro veces, ¿cómo es posible que no me haya dado cuenta? Seguro que estaba soñando, a ver si lo escribo antes de que se me olvide...
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Cosas que me pasan
domingo, 7 de noviembre de 2010
Propuesta a la Real Academia.
Omóplato u omoplato.
(Del lat. omoplăte, y este del gr. ὠμοπλάτη).
1. m. Anat. Cada uno de los dos huesos anchos, casi planos, situados a uno y otro lado de la espalda, donde se articulan los húmeros y las clavículas.
2. Sobre el mar de tu espalda, junto al borde del mundo de tus hombros, dos olas. Cuando mueves los brazos se alzan interrogantes, inquietas, alegres, y luego vuelven suavemente a caer. Qué mano pudiera acercarse a ellas, nadar entre ellas, trazar sobre ellas círculos de espuma...
(Del lat. omoplăte, y este del gr. ὠμοπλάτη).
1. m. Anat. Cada uno de los dos huesos anchos, casi planos, situados a uno y otro lado de la espalda, donde se articulan los húmeros y las clavículas.
2. Sobre el mar de tu espalda, junto al borde del mundo de tus hombros, dos olas. Cuando mueves los brazos se alzan interrogantes, inquietas, alegres, y luego vuelven suavemente a caer. Qué mano pudiera acercarse a ellas, nadar entre ellas, trazar sobre ellas círculos de espuma...
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Ficciones
jueves, 4 de noviembre de 2010
Un dólar.
− One dollar, sir, one dollar, you get one, two, three, four, five, five for one dollar...
Y tú continúas tu camino, no has venido hasta el otro lado del mundo para comprar pulseras con cuentas de madera, quieres ver piedras, templos, palacios, construcciones de leyenda en medio de la selva.
− Monsieur, monsieur, très beaux, très beaux, un, deux, trois, quatre, cinq..., très beaux.
Vaya, también habla francés, es una cría muy espabilada, consigue sacarte una sonrisa mientras trota a tu lado con su pequeña cesta de abalorios.
− Señor, un dólar, muy bonitas, señor, una, dos, tres, cuatro, cinco, sólo un dólar, señor.
Y te detienes, y parece contenta de haber dado por fin con el idioma adecuado, y se pone en la muñeca los adornos para mostrarte qué bien quedan. Y sigue contando: una, dos, tres, cuatro, cinco... por un dólar.
Y el sagrado papel con la efigie de Washington sale de tu cartera y a ella se le ilumina la mirada cuando lo depositas en su mano, y te hace una reverencia, muchas gracias, señor, y se va para entregárselo a alguien a quien no ves.
Y eres tú quien de los dos se siente más pobre por dentro. Porque sabes que no tardará en llegar el olvido...
Y tú continúas tu camino, no has venido hasta el otro lado del mundo para comprar pulseras con cuentas de madera, quieres ver piedras, templos, palacios, construcciones de leyenda en medio de la selva.
− Monsieur, monsieur, très beaux, très beaux, un, deux, trois, quatre, cinq..., très beaux.
Vaya, también habla francés, es una cría muy espabilada, consigue sacarte una sonrisa mientras trota a tu lado con su pequeña cesta de abalorios.
− Señor, un dólar, muy bonitas, señor, una, dos, tres, cuatro, cinco, sólo un dólar, señor.
Y te detienes, y parece contenta de haber dado por fin con el idioma adecuado, y se pone en la muñeca los adornos para mostrarte qué bien quedan. Y sigue contando: una, dos, tres, cuatro, cinco... por un dólar.
Y el sagrado papel con la efigie de Washington sale de tu cartera y a ella se le ilumina la mirada cuando lo depositas en su mano, y te hace una reverencia, muchas gracias, señor, y se va para entregárselo a alguien a quien no ves.
Y eres tú quien de los dos se siente más pobre por dentro. Porque sabes que no tardará en llegar el olvido...
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