miércoles, 24 de noviembre de 2010

La transformación

Volvía caminando a casa aquella madrugada, y se me ocurrió atajar por el parque. Más que las raquíticas farolas dispersas aquí y allá, arrancando sombras chinescas de los árboles, era la luna llena la que me guiaba. El silencio era total.

De repente, noté los síntomas. ¿Por qué sudaba de esa manera, por qué esos temblores, ese vello erizado? Miré alrededor con alarma: nadie. ¿De verdad no había ojos ocultos observando? Mis pasos se hicieron de plomo. ¿Y si por una vez no luchaba contra ello? ¿Y si dejaba salir a la fiera que vive en mi interior?

No pude contenerme más, el raciocinio me abandonó, fue puro instinto. Sin otros testigos que pudieran acusarme, las lechuzas, los somormujos, puede incluso que alguna ardilla en duermevela, sufrieron las consecuencias de la transformación. De mi garganta brotaron los primeros sonidos: la, la...

Laralalera, laralalaaaa, laralalera, laralalaaaa, largo al factotum della città, largoooo, laralalaralalaralalaaaaa...


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domingo, 21 de noviembre de 2010

Flowers' love

Junto con otros selectos gourmets, hállome invitado a cenar en casa de dama principal. La anfitriona, que desea conocer con anticipación nuestras preferencias, nos pregunta:

–¿Qué os gusta más, la carne o el pescado?

La primera interpelada responde que a ella le place el pescado, si bien su señor marido se inclina por la carne. Regocijo general.

Otro sibarita manifiesta catar ambas con mayor o menor delectación. Nuevas expresiones risueñas.

El tercero de la lista, es decir yo, se muestra dubitativo. A ver, ¿hay aquí algún doble sentido? ¿De qué estamos hablando exactamente?

Por fin, doy con la clave: contesto que soy vegetariano. Así cubro cualquier significado de la conversación.

Pero bueno, ¿de qué se ríen ahora? ¿No saben que las plantas se comen? ¿Y que además... mmmm... se polinizan?



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jueves, 18 de noviembre de 2010

Primavera mortífera

Hoy nos acompaña un maestro, Lajos Zilahy, con su novela Primavera mortífera.
Detrás de la pareja salió una muchachita; se parecía mucho a la madre. También tenía los dientes algo hacia fuera, pero menos que la madre, y ese ligerísimo defecto daba a su rostro una especial expresión que hasta resultaba agradable. No era fea ni guapa, pero emanaban de su persona, como un suave perfume, la juventud, la distinción, la pureza de cuerpo y de alma. Antes de subir las escaleras, consulté en el portal de la casa la lista de inquilinos. Entre los nombres que correspondían al primer piso se podía leer: «Otto von Ralben, General der Cavallerie».

Pensativo, subí por la escalera. Entre el segundo y el tercer piso me detuve, me apoyé en la pared y, tras una breve vacilación, decidí que la muchacha de la dentadura un tanto salida, la hija del general de rostro severo, sería un día mi esposa. Sé perfectamente que todo esto, contado así, debe de parecerte absurdo y hasta ridículo; pero ten por seguro que de esta manera suele decidirse el destino de los hombres y surgen amores mortíferos. Uno vuelve la cabeza en la calle para mirar a una mujer que pasa y se dice: «¡Qué rostro más bello...!». Al día siguiente, volvemos a cruzarnos con ella; al tercer día, mientras estamos comiendo en el restaurante, pensamos en ella; al cuarto, nos hemos acostumbrado a pensar en ella, como los pulmones de un muchacho se acostumbran al humo del tabaco. Y dos meses más tarde, cada una de las fibras de nuestro sistema nervioso está dolorosamente inflamada por un veneno inexorable y mortífero. Pero esto sólo se advierte después, cuando ya es demasiado tarde...

Se trata de una extensa carta que el protagonista, de quien nunca llegamos a saber el nombre, dirige a un amigo de su infancia. Le ha visto llegar al mismo hotel donde él se aloja, ha reconocido a la mujer a su lado como aquella chiquilla que fue compañera de juegos de ambos, y en lugar de saludarlos con gozo ha corrido a ocultarse, a redactar para ellos sus últimas líneas a la luz de una lámpara. Porque, cuando llegue el alba, quiere pegarse un tiro en el corazón.

Un joven apuesto, terrateniente acaudalado en la Budapest imperial, miembro de la élite, con una prometedora carrera en ciernes, ¿qué le impulsa a tomar tal decisión? ¿Quizá Edit von Ralben?

Rememora el momento en que se cruzó con ella en la escalera de casa, la fiesta a la que pudo hacerse invitar, sus primeros paseos en el monte Gellért, arropados por la complicidad de la madre, la primera vez que apoyó la cabeza en su regazo, la primera vez que la vio desnuda... Y también, la primera vez que la vio hablando con el conde Ahrenberg. ¿Su rival?

A partir de aquí su existencia empieza a resquebrajarse: juego, deudas, desprecio social... Hay una posibilidad de salvación cuando entra en escena Józsa, que arrastra sus propios secretos. Ella le ama, pero, ¿será eso suficiente?

Venga, que es una novela estupenda, de verdad, hacedme caso, no os lo penséis más. Vuestro destino es leerla.
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domingo, 14 de noviembre de 2010

Moras

Sube al vagón y se sienta a mi lado. Abre la tartera y empieza a comerlas, al principio deprisa, casi con ansia, luego más lentamente, como si su sabor le susurrase algo al oído.

Moras. Negras, maduras, dulces. Ecos de mis veranos infantiles en el pueblín de los abuelos. La misma avidez al cogerlas de los zarzales, la misma calma después.


Veo el camino que abandona las últimas casas, bordeando las cercas de piedra, los campos de maíz, los prados de manzanilla. Veo las moras que brotan silvestres en las lindes.

Ya estoy cerca del acantilado. Enfrente de mis ojos, el mar. El mar… Más allá, la torre del faro. A mi espalda, en el horizonte, se dan la mano las cimas de las montañas.

Si continúo caminando llegaré hasta la vieja ermita, junto a la cueva con dibujos en las paredes: peces, ciervos, búfalos, caballos, un mamut con su nítido corazón...

Y cruzando el bosquecillo, junto a los regatos, las ruinas de arcos medievales se alzan como si fueran sillares de un castillo donde poner a prueba mi espada de madera, la que me ha tallado el abuelo.

He llegado ya a mi estación, me levanto para salir. Miro a la desconocida: las moras descansan aún en su regazo y sonríe levemente, con los ojos entrecerrados. ¿En qué piensa? Me gustaría llevar en este momento una cámara mágica. Una que pudiera sacar una imagen de nuestro interior.


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domingo, 7 de noviembre de 2010

Propuesta a la Real Academia

Omóplato u omoplato.

(Del lat. omoplăte, y este del gr. ὠμοπλάτη).

1. m. Anat. Cada uno de los dos huesos anchos, casi planos, situados a uno y otro lado de la espalda, donde se articulan los húmeros y las clavículas.

2. Sobre el mar de tu espalda, junto al borde del mundo de tus hombros, dos olas. Cuando mueves los brazos se alzan interrogantes, inquietas, alegres, y luego vuelven suavemente a caer. Qué mano pudiera acercarse a ellas, nadar entre ellas, trazar sobre ellas círculos de espuma...




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jueves, 4 de noviembre de 2010

Un dólar

− One dollar, sir, one dollar, you get one, two, three, four, five, five for one dollar...

Y tú continúas tu camino, no has venido hasta el otro lado del mundo para comprar pulseras con cuentas de madera, quieres ver piedras, templos, palacios, construcciones de leyenda en medio de la selva.

− Monsieur, monsieur, très beaux, très beaux, un, deux, trois, quatre, cinq... Très beaux.

Vaya, también habla francés, es una cría muy espabilada. Consigue sacarte una sonrisa mientras trota a tu lado con su pequeña cesta de abalorios.

− Señor, un dólar, muy bonitas, señor, una, dos, tres, cuatro, cinco, sólo un dólar, señor.

Y te detienes, y parece contenta de haber dado por fin con el idioma adecuado, y se pone en la muñeca los adornos para mostrarte qué bien quedan. Y sigue contando: una, dos, tres, cuatro, cinco... por un dólar.

Y el sagrado papel con la efigie de Washington sale de tu cartera y a ella se le ilumina la mirada cuando lo depositas en su mano, y te hace una reverencia, muchas gracias, señor, y se va para entregárselo a alguien a quien no ves.

Y eres tú quien de los dos se siente más pobre por dentro.



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