sábado, 30 de octubre de 2010

Orihuela, 30 de octubre, 1910.

Hace cien años. Hoy. Siempre. Miguel Hernández.


Yo no quiero más luz que tu cuerpo ante el mío:
claridad absoluta, transparencia redonda,
limpidez cuya entraña, como el fondo del río,
con el tiempo se afirma, con la sangre se ahonda.

¿Qué lucientes materias duraderas te han hecho,
corazón de alborada, carnación matutina?
Yo no quiero más día que el que exhala tu pecho.
Tu sangre es la mañana que jamás se termina.

No hay más luz que tu cuerpo, no hay más sol: todo ocaso.
Yo no veo las cosas a otra luz que tu frente.
La otra luz es fantasma, nada más, de tu paso.
Tu insondable mirada nunca gira al poniente.

Claridad sin posible declinar. Suma esencia
del fulgor que ni cede ni abandona la cumbre.
Juventud. Limpidez. Claridad. Transparencia
acercando los astros más lejanos de lumbre.

Claro cuerpo moreno de calor fecundante.
Hierba negra el origen; hierba negra las sienes.
Trago negro los ojos, la mirada distante.
Día azul. Noche clara. Sombra clara que vienes.

Yo no quiero más luz que tu sombra dorada
donde brotan anillos de una hierba sombría.
En mi sangre, fielmente por tu cuerpo abrasada,
para siempre es de noche: para siempre es el día.


miércoles, 27 de octubre de 2010

El gato al que le gustaba la lluvia.

Nuestro libro de hoy comienza cuando Lukas cumple seis años. Sus padres, Axel y Beatrice, le regalan a Noche, y él se compromete a cuidarlo responsablemente. Su hermano mayor, El Torbellino, no piensa ayudarle; al contrario, para hacerle rabiar, preferiría que echaran al intruso de casa. Y un día al despertar, ha desaparecido. Beatrice intenta tranquilizar a Lukas: no puede haber ido lejos, porque está lloviendo y todo el mundo sabe que a los gatos no les gusta mojarse. Pero, ¿y si el suyo fuese especial? ¿Y si hubiera viajado al País de la lluvia, dentro de una gota de agua gigante? Al menos, esa es la versión de Axel. No, seguro que es un cuento, ha de recuperar a su mejor amigo como sea. Colocará carteles en todo el barrio, ofreciendo un millón de recompensa, aunque primero tenga que averiguar cómo se escribe esa palabra. Y si es necesario, se escapará aún más lejos, con su almohada y dos bocadillos metidos en la mochila del colegio, para seguir buscando.


"Cuando llegó al suelo se dio cuenta de que estaba lloviznando muy suavemente. Pero no se estaba mojando y la lluvia era cálida como si estuviera debajo de una ducha caliente.

Estoy en el País de la lluvia, pensó. Cuando Noche ha comprendido que nunca podría encontrarlo, ha venido él, con el país, a verme en un sueño.

Se oyó el maullido otra vez, ahora más lejos. Lukas lo siguió en silencio y procuró no pisar las hojas secas. Escuchaba la lluvia caliente y le pareció que sonaba como distintas melodías. Las gotas que caían tocaban para él, y era casi tan bonito como cuando su madre Beatrice se ponía a cantar sola."

El gato al que le gustaba la lluvia, de Henning Mankell. ¿Literatura infantil y juvenil? Bien, de acuerdo, así está catalogada esta pequeña novela. ¿Literatura infantiloide? En absoluto. Mankell sabe lo que se hace, tanto en sus famosos títulos policíacos como en sus demás registros. De hecho, puede dirigirse a todo el mundo que no tema leer con otros ojos. Al fin y al cabo, como nota Lukas, "los padres piensan más despacio que los niños, y a veces les cuesta entender cosas sencillas". Quizá tenga razón...

domingo, 24 de octubre de 2010

Kom till meg, kvinna...

¿Qué? ¿Que tengo queeeeé? ¿Eso es malo? Casi mejor no me lo diga, todo lo que acaba en -itis suena fatal. ¿Y qué efectos tiene? ¿Cómo que los párpados enrojecidos? ¿Cómo que unos colirios? ¿Cómo que un gel? ¿Cómo que ya veremos si mejora dentro de un tiempo? Tiene que haber alguna manera más rápida... No doctora, usted no lo entiende, no voy a poder salir de casa. Mándeme lo que sea, de verdad.

¿Exagerando? ¿Exagerando yo? Bueno, le explico: cualquier potencial éxito amatorio de mi carrera pasa obligatoriamente por este órgano. Los ojos, claro, ¿qué se creía? O sea, yo me sitúo a distancia visual de la elegida, ladeo un poco la cabeza, me paso el dedo por los labios, envío vibraciones sin decir nada, así, exactamente, la miro con intensidad y entonces ella...




Doctora, doctora, contrólese por favor, que era sólo un ejemplo. Y devuélvame la camisa, que soy muy friolero. Gracias. ¿Entiende ahora? No puedo tener los párpados irritados, necesito mi mirada de siempre, limpia y clara, necesito mi sex-appeal. Si no, podría acabar como Rolf Wikström, subido en un escenario guitarra en mano y cantándole al público algo parecido a "ven conmigo, guapetona, necesito a alguien como tú", esperando que alguien se apiadase. Sería tan humillante para mi autoestima...

domingo, 17 de octubre de 2010

Normas de caballero.

Voy subiendo las escaleras hacia mi puesto de trabajo, con ganas mañaneras de fortalecer los músculos del tren inferior: isquiotibiales, glúteos, cuádriceps y demás. Me preceden unos cuantos compañeros en animada charla:

−¿Qué tal el cursillo de turismo que estás haciendo?
−Muy bien, nos enseñan cosas interesantes. Temas de cortesía, y tal.
−¿Por ejemplo?
−Pues que en una escalera, un caballero nunca debe subir detrás de una dama.

No me lo puedo creer, ¿he vivido ignorante de ello hasta ahora? ¿He estado quebrantando las reglas de la etiqueta como un salvaje cualquiera, incivilizado, vándalo, antropoide sin rastro de sofisticación, como el Brutus de Popeye?


Ah, no, hay que ponerle remedio enseguida, desde mañana mismo. Aunque, si me paro a considerarlo... ¿Cuál será la razón de tal norma? ¿Que no nos fijemos en los músculos de las damas que suben por delante, isquiotibiales, glúteos, etc. etc.? Y sin embargo, ellas sí que pueden ponderar a gusto los nuestros. Qué injusto...

miércoles, 13 de octubre de 2010

Un mundo extraño.

Cené una vez en Amsterdam con ellos. La chica era alta, rubia, muy guapa. El chico, en apariencia alguien del montón. Habían sido compañeros de estudios, hacía años; ya entonces todos seguían cada paso de ella, alabando su físico perfecto, su simpatía, su inteligencia, buscando acercarse lo más posible. Él, sin embargo, se ocultaba tras esa legión de admiradores, creyendo que no tenía nada que ofrecer. Hasta que un día se le ocurrió la estupidez de escribirle una carta. Mejor que fuera anónima, de todas maneras acabaría en el cubo de la basura... Ella se puso en pie frente a la clase y preguntó quién le había enviado aquellas palabras. Silencio. Volvió a preguntar. En un segundo, él tuvo que elegir entre continuar callado, a salvo, o afrontar la humillación, las sonrisas irónicas, la burla pública. Contestó: he sido yo.


Cuando los conocí, estaban casados. Este es un mundo extraño, imprevisible, igual que cada una de las personas que lo habitamos. Y a veces, maravilloso.


domingo, 10 de octubre de 2010

El traje de luces.

Salgo del Sabores patagónicos, la rotisería argentina donde algún que otro viernes por la tarde compro empanadas para comer en casa. No, alfajores de chocolate no, que engordan. Justo al mismo tiempo, alguien viene de frente por la calle, a unos treinta metros de distancia.

Incluso para mí, a veces más dado a las ensoñaciones que a lo tangible, resulta un ser humano de cuya contemplación resulta difícil zafarse. De sexo femenino, por más señas. Un ser humano a quien Praxíteles hubiera pagado millones de dracmas por esculpir del natural.

Y no soy el único que piensa lo mismo, a juzgar por los paisanos que están a punto de sufrir una tortícolis permanente mientras caminan por la otra acera. Es bueno comprobar que éste es un país de refinados amantes del arte, no todo ha de ser fútbol en la vida.


Según nuestros caminos se aproximan, mayor extrañeza me invade. El vestido más ajustado que jamás he visto sobre un cuerpo, de acuerdo. Unos taconazos a la altura del Empire State, también de acuerdo. Pero ninguna de esas prendas es la causa de que se me arrugue el entrecejo.

Lo que de verdad me choca es la..., cómo llamarla..., la chaquetilla por encima del vestido. Es que es una chaquetilla de verdad, pero de las de torear, con sus borlas y sus alamares, y demás profusos barroquismos de oro y plata cubriendo toda su superficie.

Claro, la cosa cambia. Ya, si hay temas de cuernos de por medio... La ética es la ética: mis nulas simpatías taurinas se imponen a cualquier otra consideración. En el momento en que por fin nos cruzamos, ni una pizca de mí reacciona. Igual que si se tratase de un árbol o una farola.

¿He detectado una mirada admirativa por su parte? (resultado evidente de una dieta pobre en alfajores de chocolate). ¿Un querer darse la vuelta y preguntarme por una dirección, por la hora, por el día de la semana, por el nombre que me gustaría ponerle a nuestros hijos? Ah, lo siento, tenemos gustos dispares, hubiera sido una relación sin futuro...

jueves, 7 de octubre de 2010

Más historias de la Cochinchina.

Hablábamos hace poco del Caodaísmo, si no recuerdo mal. Hoy vamos a comentar algo más conocido: el Taoísmo. Este resumen de sus creencias me lo hicieron rodeado por volutas de incienso, mientras visitaba un templo del barrio chino de Saigón. Ya me tenían medio convencido, un poco más y levito. Ooooooooommmmmm...




Lo más importante es el concepto de la reencarnación: hay que pasar por una serie de niveles o vidas intermedias, antes de que el alma purificada y perfecta encuentre el camino definitivo al nirvana.

Así que uno se muere y se convierte en espíritu. Desde luego, es un problema: resulta que no puede doblar las rodillas (por eso las puertas de los templos tienen un escalón que impide atravesarlas y dar sustos a los de dentro), y se siente solo y aburrido.

Entonces decide reencarnarse. Si se lo merece, será en una persona de nuevo; en caso contrario, suerte que le toque un escarabajo pelotero. ¿Qué necesita para ello? ¿Qué es lo que busca con ansia para sus fines? Chasquea los dedos et voilà, aparece a la velocidad del rayo en el lugar idóneo: ahí lo tiene.


Mejor dicho, ahí los tiene. Lo que viene bien a sus planes es una pareja de amantes. No resulta difícil encontrarla, parece que medio planeta está dándole al tema (pero bueno, ¿aquí quién trabaja?) Aunque es importante que primero se cerciore de la elección.

Da unas cuantas vueltas alrededor, sin perderse detalle. Ay, cómo añora volver a ser un ente de carne y hueso. Y hace uso de otra de sus características sobrenaturales: la capacidad de leer el pensamiento. A ver, a ver, lo que está pasando ahora mismo por la cabeza de estos dos...

¿Que no os lo creéis? A mí es lo que me han contado, las reclamaciones al maestro armero. El resultado es que, si todo está a su gusto, ¡bang!, en el momento preciso el espíritu se cuela dentro de la madre, y nueve meses más tarde (en ausencia de medios contraceptivos) viene júnior al mundo.

En cuanto a los detalles del nacimiento... Si tras su estudio psicológico prefirió los pensamientos del padre, lo hará convertido en niño. Y viceversa, si le parecieron mejor los de la madre, en niña. Ah, un momento, que estos taoístas tienen respuestas para casi todo, los tíos.

¿Que salen mellizos, trillizos, cuatrillizos? Varios fantasmas que rondaban al mismo tiempo y se quedaron convencidos. ¿Y si, independientemente de ser varón o hembra, la criatura es gay? Se debe a que le gustaron tanto los pensamientos de ambos progenitores, que no supo por cuál de ellos decidirse.

En resumen, si alguna vez os dicen "cariño, tengo una sensación como si nos estuvieran mirando", que sepáis que tiene un porqué. Procurad pensar cosas buenas en general, pero especialmente en algunas circunstancias. Yo, por mi parte, voy a seguir haciendo méritos para el nirvana: me he traído a casa un cargamento de esos palitos de incienso. Ooooooooommmmmm...