Lugar: un autoservicio de comidas que no le recomendaría a nadie a este lado del río Pecos. Hora: el día ha sobrepasado ya su cenit. Los habituales del lugar dan vueltas, comprobando el contenido de los diferentes potes, ollas y sartenes, recelosos de acallar los gruñidos del estómago con las poco apetitosas propuestas del cantinero.
Yo también merodeo entre la multitud, oteando dónde podré sentarme. En el horizonte distingo un sitio vacío. A cada paso que doy para alcanzarlo, antes de que otro más rápido me lo arrebate, el cuchillo y el tenedor van entrechocándose sobre mi bandeja con un sonido argénteo, semejante al de las espuelas: clin, clin, clin...
El camino se estrecha, se convierte en un desfiladero: debo pasar entre dos grandes mesas, y sólo cabe una persona a la vez. En ese mismo momento, un grupo viene en sentido contrario, acaudillado por alguien con la misma determinación. Se detiene. Me detengo. Nos miramos escrutadoramente a los ojos...
Los halógenos del techo inciden sobre nuestras facciones, llenándolas de aristas de luz y sombra. A pesar del aire acondicionado, una gota de sudor se forma en las sienes. El tiempo ha quedado casi suspendido: cuando por fin vuelvo a mover los músculos de mis piernas, es como si todo ocurriera a cámara lenta.
Retrocedo. Me aparto. Se cierne sobre mí la amarga derrota, planeando con sus alas de zopilote. Él cruzará primero.
Al fin y al cabo, se trata del presidente de mi empresa. Demasiado sheriff para un humilde pistolero.
Buena música, libros, cosas que me pasan, que recuerdo, que se me ocurren, ficciones, viajes, algunas fotos y qué sé yo cuántas cosas más...
miércoles, 28 de julio de 2010
jueves, 22 de julio de 2010
Fantasía veraniega de oficinista.
Cuando alcé la mirada, su silueta se recortaba en el hueco de la puerta. Era una tarde a finales de julio, lo recuerdo bien. La penumbra de las persianas cubría el despacho, mientras fuera, la ciudad ardía como los carbones del infierno. Desde el escritorio, me esforcé en distinguir mejor a la visitante. Una de sus manos se apoyaba en el pomo con cuidado, como si hubiera meditado largamente antes de decidirse a entrar. La otra se cerraba alrededor de la correa del bolso. Eché un rápido vistazo a la forma de los bultos que se adivinaban en su interior. Podía ocultar un arma, pero mi sexto sentido me dijo que no era del tipo de mujeres que las necesita. Mi sexto sentido y su figura increíblemente perfecta, de las que quitan el aliento... a veces para siempre. Rompiendo el suspense, preguntó:
–¿Señor Spade?
Sobre el opaco cristal de la entrada, figuraba el nombre de la agencia: Spade & Mannelig, investigadores privados.
–Pase, por favor –ajustándome a tientas el nudo de la corbata, me levanté para pulsar el interruptor que iluminara la habitación–. Soy Mannelig. Sam Spade, mi socio, no se encuentra aquí en este momento.
Dio unos pasos adelante, justo cuando en la lámpara del techo se encendieron los hilos incandescentes. Cada detalle se quedó grabado en mi memoria de sabueso: su piel, su melena castaña, su rostro ovalado, la nariz, las cejas, los ojos... Más que caminar, parecía deslizarse a varios centímetros del suelo. Le señalé cortésmente un asiento. Ella también pareció estudiarme, no muy convencida del resultado. Metí tripa y me reproché no haber conseguido un mejor apurado al afeitarme por la mañana. Finalmente se sentó, cruzando las piernas con elegancia.
–¿Puedo ofrecerle algo de beber? ¿Un café? ¿Quizá algo más fuerte?
–Gracias, no tomo café. Y tampoco bebo alcohol.
–Comprendo –agradecí que Sam hubiera escondido la botella de bourbon en el cajón con la etiqueta B del archivador–. ¿En qué puedo ayudarla? –continué, adoptando una postura de profunda atención.
–Yo... –nuevamente, pareció dudar. El ligero temblor de sus pupilas aumentó mis pulsaciones. En aquel momento, no envidiaba en absoluto a mi socio, ocupado con un asunto sin demasiado interés: la estatuilla de un pajarraco negro de Malta, o algo así.
–¿Sí?
–¿Puede asegurarme que todo lo que hablemos no saldrá fuera de estas paredes?
–Cuente con ello, la discreción es la norma fundamental de nuestro negocio. –Y pensé: ya lo creo, muñeca, aquí sabemos cómo comportarnos, mientras pasaba la mano sobre la funda de mi Smith & Wesson bajo la americana...
–Oye, ¿has terminado ya esos informes?
–¿Qué?
–Que si has terminado ya los informes que te pedí.
–Eh, informes, sí, no, estaba justo en ello.
–Pues date un poco más de prisa, que te noto como distraído. ¿En qué estás pensando? Venga, trabaja, trabaja...
–¿Señor Spade?
Sobre el opaco cristal de la entrada, figuraba el nombre de la agencia: Spade & Mannelig, investigadores privados.
–Pase, por favor –ajustándome a tientas el nudo de la corbata, me levanté para pulsar el interruptor que iluminara la habitación–. Soy Mannelig. Sam Spade, mi socio, no se encuentra aquí en este momento.
Dio unos pasos adelante, justo cuando en la lámpara del techo se encendieron los hilos incandescentes. Cada detalle se quedó grabado en mi memoria de sabueso: su piel, su melena castaña, su rostro ovalado, la nariz, las cejas, los ojos... Más que caminar, parecía deslizarse a varios centímetros del suelo. Le señalé cortésmente un asiento. Ella también pareció estudiarme, no muy convencida del resultado. Metí tripa y me reproché no haber conseguido un mejor apurado al afeitarme por la mañana. Finalmente se sentó, cruzando las piernas con elegancia.
–¿Puedo ofrecerle algo de beber? ¿Un café? ¿Quizá algo más fuerte?
–Gracias, no tomo café. Y tampoco bebo alcohol.
–Comprendo –agradecí que Sam hubiera escondido la botella de bourbon en el cajón con la etiqueta B del archivador–. ¿En qué puedo ayudarla? –continué, adoptando una postura de profunda atención.
–Yo... –nuevamente, pareció dudar. El ligero temblor de sus pupilas aumentó mis pulsaciones. En aquel momento, no envidiaba en absoluto a mi socio, ocupado con un asunto sin demasiado interés: la estatuilla de un pajarraco negro de Malta, o algo así.
–¿Sí?
–¿Puede asegurarme que todo lo que hablemos no saldrá fuera de estas paredes?
–Cuente con ello, la discreción es la norma fundamental de nuestro negocio. –Y pensé: ya lo creo, muñeca, aquí sabemos cómo comportarnos, mientras pasaba la mano sobre la funda de mi Smith & Wesson bajo la americana...
–Oye, ¿has terminado ya esos informes?
–¿Qué?
–Que si has terminado ya los informes que te pedí.
–Eh, informes, sí, no, estaba justo en ello.
–Pues date un poco más de prisa, que te noto como distraído. ¿En qué estás pensando? Venga, trabaja, trabaja...
Etiquetas:
Ficciones
lunes, 19 de julio de 2010
South Pacific.
Una isla del Pacífico Sur, Segunda Guerra Mundial. Nellie, una enfermera de la marina estadounidense, y Emile, francés, dueño de una plantación. Los dos se han enamorado. Los dos creen que no son correspondidos.
¿Cómo podría quererme? –piensa Nellie–. Es tan atento, tan culto, tan cosmopolita, y yo sin embargo no había salido nunca de Arkansas. Jamás se fijaría en alguien como yo.
¿Cómo podría quererme? –piensa Emile–. Es tan joven, tan natural, está tan llena de vida... Podría tener a quien ella quisiera. Jamás se fijaría en alguien como yo.
El teniente Cable llega desde Guadalcanal para preparar con otros oficiales una peligrosa misión. Emile ha vivido en la zona adonde se dirige, ocupada ahora por los japoneses, les vendría muy bien que fuera su guía.
Nellie piensa que, en realidad, apenas conoce a ese hombre. Asegura a las demás enfermeras que va a quitárselo de la cabeza sin problemas. Vuelven a encontrarse y él se juega el todo por el todo: le pide que se casen. Ella acepta.
Hay tramas paralelas con el marinero Billis, mujeriego empedernido, y Bloody Mary, vendedora tonkinesa de faldas de hoja de palma, así como con su hija Liat y el teniente Cable.
Emile rechaza tomar parte en la misión que le solicitan, no quiere separarse de Nellie. Organiza una fiesta para que conozca a sus amigos. No pueden contener su felicidad por estar juntos y rememoran todo lo ocurrido los últimos días.
Finalmente, le presenta a Jerome y Ngana, dos niños encantadores. ¡Sorpresa!, son sus hijos. Y su piel no es blanca, Emile había estado casado con una mujer nativa. En el mundo de Nellie, los blancos están a un lado y los demás al otro, no se puede cruzar esa línea. No tiene más remedio que abandonarle.
El teniente Cable también ama a Liat, y también sabe que es algo imposible. Le explica a Emile que Nellie o él mismo no han nacido con prejuicios raciales, sino que les han sido inculcados por la sociedad desde pequeños. No les es fácil evitarlos.
Emile acepta entonces acompañarle en su misión, ya nada importa. Gracias a ellos, los bombarderos hunden unos buques enemigos que molestaban y comienza una gran ofensiva. A cambio, zeros nipones acribillan a Cable. Emile escapa milagrosamente, pero es dado por desaparecido.
Nellie conoce los informes. Arrepentida, desesperada, se da cuenta de su error. ¿Es demasiado tarde? Los niños le enseñan una canción: Dites-moi, pourquoi la vie est belle. Emile llega y se une al coro. Familia feliz, público feliz, final feliz. Ooooohhh…
South Pacific. Música: Richard Rodgers. Letra: Oscar Hammerstein II. Musical clásico de Broadway.
¿Cómo podría quererme? –piensa Nellie–. Es tan atento, tan culto, tan cosmopolita, y yo sin embargo no había salido nunca de Arkansas. Jamás se fijaría en alguien como yo.
¿Cómo podría quererme? –piensa Emile–. Es tan joven, tan natural, está tan llena de vida... Podría tener a quien ella quisiera. Jamás se fijaría en alguien como yo.
El teniente Cable llega desde Guadalcanal para preparar con otros oficiales una peligrosa misión. Emile ha vivido en la zona adonde se dirige, ocupada ahora por los japoneses, les vendría muy bien que fuera su guía.
Nellie piensa que, en realidad, apenas conoce a ese hombre. Asegura a las demás enfermeras que va a quitárselo de la cabeza sin problemas. Vuelven a encontrarse y él se juega el todo por el todo: le pide que se casen. Ella acepta.
"Some enchanted evening you may see a stranger, you may see a stranger across a crowded room, and somehow you know, you know even then, that somewhere you'll see her, again and again. Who can explain it?, who can tell you why?, fools give you reasons, wise men never try... Some enchanted evening, when you find your true love, when you feel her call you across a crowded room, then fly to her side and make her your own, or all through your life you may dream all alone... Once you have found her, never let her go, once you have found her, never let her go."
Hay tramas paralelas con el marinero Billis, mujeriego empedernido, y Bloody Mary, vendedora tonkinesa de faldas de hoja de palma, así como con su hija Liat y el teniente Cable.
Emile rechaza tomar parte en la misión que le solicitan, no quiere separarse de Nellie. Organiza una fiesta para que conozca a sus amigos. No pueden contener su felicidad por estar juntos y rememoran todo lo ocurrido los últimos días.
Finalmente, le presenta a Jerome y Ngana, dos niños encantadores. ¡Sorpresa!, son sus hijos. Y su piel no es blanca, Emile había estado casado con una mujer nativa. En el mundo de Nellie, los blancos están a un lado y los demás al otro, no se puede cruzar esa línea. No tiene más remedio que abandonarle.
El teniente Cable también ama a Liat, y también sabe que es algo imposible. Le explica a Emile que Nellie o él mismo no han nacido con prejuicios raciales, sino que les han sido inculcados por la sociedad desde pequeños. No les es fácil evitarlos.
"I touch your hands and my heart grows strong, like a pair of birds that burst with song. My eyes look down at your lovely face, and I hold a world in my embrace. Younger than springtime are you, softer than starlight are you, warmer than winds of June are the gentle lips you gave me. Gayer than laughter are you, sweeter than music are you, angel and lover, Heaven and Earth are you to me. And when your youth and joy invade my arms and fill my heart as now they do, then younger than springtime am I, gayer than laughter am I, angel and lover, Heaven and Earth am I with you!..."
Emile acepta entonces acompañarle en su misión, ya nada importa. Gracias a ellos, los bombarderos hunden unos buques enemigos que molestaban y comienza una gran ofensiva. A cambio, zeros nipones acribillan a Cable. Emile escapa milagrosamente, pero es dado por desaparecido.
Nellie conoce los informes. Arrepentida, desesperada, se da cuenta de su error. ¿Es demasiado tarde? Los niños le enseñan una canción: Dites-moi, pourquoi la vie est belle. Emile llega y se une al coro. Familia feliz, público feliz, final feliz. Ooooohhh…
South Pacific. Música: Richard Rodgers. Letra: Oscar Hammerstein II. Musical clásico de Broadway.
Etiquetas:
Música
viernes, 16 de julio de 2010
La fuga de Logan.
La fuga de Logan, novela escrita al alimón por William F. Nolan y George Clayton Johnson, dio origen a una película y a una serie televisiva. Sus protagonistas viven en el año 2116, en una sociedad donde las necesidades de los ciudadanos están previstas y cubiertas por el Pensador, un cerebro electrónico omnisciente. Para ser feliz, no hay más que dejarse llevar.
La única pega sería que todos han de morir a los veintiún años. Perdón, morir no: someterse al Sueño. Debido a la superpoblación y las guerras de siglos pasados, los recursos del planeta están limitados a un número fijo de personas. Un cristal implantado en la palma de la mano cambia de color para avisar de que va llegando el momento.
¿Nadie se opone? ¿Nadie se pregunta si existen otras posibilidades? El triunfo del sistema es haber conseguido que la gente lo haya interiorizado, que prefieran seguir los eslóganes. Mejor evitarse cualquier esfuerzo, cualquier enojosa responsabilidad que les aleje del puro ocio. Hay que pasárselo bien mientras se pueda.
Excepto un grupo de rebeldes, que siempre tienen que surgir para fastidiar. Para eso existen los vigilantes, encargados de velar por el orden. Cierto rumor hace referencia a un santuario donde vive Ballard, un viejo de más de veintiuno; una leyenda sin fundamento, claro está, cuentos para niños. Pero Jessica 6 cree en ella, y quiere escapar.
Logan 3, por su parte, es un vigilante. Tras abatir a uno de los rebeldes, hermano gemelo de Jessica, comienza a investigar en su entorno, lo cual resulta ser bastante peligroso. Y bueno, como suele ocurrir, chico conoce a chica, qué bonito es el amor, chica cambia la forma de ver el mundo de chico. Un incentivo añadido: su propio cristal empieza ya a parpadear del rojo al negro.
Ahora toca correr por medio mundo a la pareja, mientras buscan pistas que les conduzcan al mítico santuario. Francis, el antiguo compañero de Logan, enfadado por su traición, les pisa los talones. Rápido, rápido...
Pues eso, otro clásico.
"Una constelación de puntos semejantes a luciérnagas parpadeaba hasta perderse en la distancia. Un inmenso silencio electrónico reinaba en el lugar. La interminable y luminosa opacidad incidía en las más distintas zonas, llegaba a todos los lugares: Tánger, Londres, Macao, Capri y Beirut, El Quederef, Chateau-Chinon y Wounded Knee. De aquella caverna partía la fuerza capaz de mover los aparatos de un dispensario en Chemnitz, o las instalaciones de una Casa de Cristal en Shropshire, o un dispositivo de llamada en Billings, Montana... El inmenso cerebro dentro de la montaña difundia sus señales por todo el sistema nervioso del globo terráqueo, alcanzando los más remotos parajes, ciudades, villas, pueblos... poniendo orden donde no lo había y llevando la calma a lugares sumidos en la confusión."
La única pega sería que todos han de morir a los veintiún años. Perdón, morir no: someterse al Sueño. Debido a la superpoblación y las guerras de siglos pasados, los recursos del planeta están limitados a un número fijo de personas. Un cristal implantado en la palma de la mano cambia de color para avisar de que va llegando el momento.
¿Nadie se opone? ¿Nadie se pregunta si existen otras posibilidades? El triunfo del sistema es haber conseguido que la gente lo haya interiorizado, que prefieran seguir los eslóganes. Mejor evitarse cualquier esfuerzo, cualquier enojosa responsabilidad que les aleje del puro ocio. Hay que pasárselo bien mientras se pueda.
Excepto un grupo de rebeldes, que siempre tienen que surgir para fastidiar. Para eso existen los vigilantes, encargados de velar por el orden. Cierto rumor hace referencia a un santuario donde vive Ballard, un viejo de más de veintiuno; una leyenda sin fundamento, claro está, cuentos para niños. Pero Jessica 6 cree en ella, y quiere escapar.
Logan 3, por su parte, es un vigilante. Tras abatir a uno de los rebeldes, hermano gemelo de Jessica, comienza a investigar en su entorno, lo cual resulta ser bastante peligroso. Y bueno, como suele ocurrir, chico conoce a chica, qué bonito es el amor, chica cambia la forma de ver el mundo de chico. Un incentivo añadido: su propio cristal empieza ya a parpadear del rojo al negro.
Ahora toca correr por medio mundo a la pareja, mientras buscan pistas que les conduzcan al mítico santuario. Francis, el antiguo compañero de Logan, enfadado por su traición, les pisa los talones. Rápido, rápido...
Pues eso, otro clásico.
Etiquetas:
Cine,
Libros (ciencia ficción)
martes, 13 de julio de 2010
Tal como lo vi...
Como cada hijo de vecino, cuando el árbitro pitó el final salí al balcón a hacer ondear la bandera, para demostrar mi orgullo de patriota.
Era una noche calurosa, iba sin camisa.
En otra terraza del patio de manzana, media docena de féminas saltaban con fervor, haciendo ondear sus sujetadores.
A igualdad de torsos desnudos, me ganaron en patriotismo por goleada.
Era una noche calurosa, iba sin camisa.
En otra terraza del patio de manzana, media docena de féminas saltaban con fervor, haciendo ondear sus sujetadores.
A igualdad de torsos desnudos, me ganaron en patriotismo por goleada.
Etiquetas:
Cosas que me pasan
domingo, 11 de julio de 2010
Alumno distraído.
Me cuenta una profesora de dibujo que, de repente, uno de sus mejores alumnos ha bajado mucho el rendimiento. Básicamente, se distrae en clase. En un intermedio, le pregunta si todo va bien, si tiene algún problema, y un compañero que anda cerca responde en su lugar: «Es que se ha enamorado, seño». Él asiente. La profesora se le queda mirando, aguantando como puede la risa. Al fin y al cabo tiene doce años, así que desde su punto de vista se trata de una circunstancia importante, incluso trascendental. Desde luego, bastante más que la perspectiva caballera o la isométrica.
Pues no, chaval, no, así no vamos a ninguna parte. Tienes que concentrarte, tienes que ignorar estoicamente cualquier factor que perturbe tu objetivo: estudiar, estudiar y estudiar. De esa manera te harás un adulto hecho y derecho, de los que pagan sus impuestos. No puedes, no debes dejar que te domine el ánimo algo tan simple como la cadencia de unos pasos, el sonido de una voz, una figura adivinada de soslayo, el movimiento de una mano para apartar el pelo que cae sobre los ojos, unos ojos que parpadean, unos ojos que... que... Me he distraído, ¿qué estaba yo diciendo...?
Pues no, chaval, no, así no vamos a ninguna parte. Tienes que concentrarte, tienes que ignorar estoicamente cualquier factor que perturbe tu objetivo: estudiar, estudiar y estudiar. De esa manera te harás un adulto hecho y derecho, de los que pagan sus impuestos. No puedes, no debes dejar que te domine el ánimo algo tan simple como la cadencia de unos pasos, el sonido de una voz, una figura adivinada de soslayo, el movimiento de una mano para apartar el pelo que cae sobre los ojos, unos ojos que parpadean, unos ojos que... que... Me he distraído, ¿qué estaba yo diciendo...?
Etiquetas:
Otras cosas
miércoles, 7 de julio de 2010
Crepúsculo.
Adiós.
Y nada más escuchar esa palabra,
hoy igual que ayer,
hoy igual que mañana...
Tinieblas.
Porque súbitamente,
lo sabes.
La certeza se aloja dentro de ti,
te quiebra la columna,
te da la bienvenida a la realidad.
El crepúsculo se apodera
del mundo,
de tu mundo.
No contestas.
No te mueves.
No puedes respirar.
Porque sabes lo que significa,
hoy igual que ayer,
hoy igual que mañana...
Jamás.
sábado, 3 de julio de 2010
En el banco.
Paso a primera hora de la mañana por el banco, a hacer una gestión. Ningún otro cliente, sólo la señorita que me atiende y la directora de la sucursal, hablando por teléfono en su despacho. Entro y expongo el motivo de mi visita. La señorita asiente comprensivamente. Varios fajos de billetes alineados sobre su escritorio indican que se fía de mí, es como si me estuviera enviando un mensaje: venga, agarra el dinero, ráptame, huyamos en un deportivo rojo descapotable y hagamos locuras. Yo seré tu Bonnie y tú serás mi Clyde...
Pero siéntate, por favor. La directora ha salido del despacho y rompe el momento. Has venido a invertir, ¿a que sí? Déjame que te explique: bonos, fondos, planes de pensiones, bla, bla, bla...
No, no, no... Prefiero la imagen anterior. ¿Cuántos habrán sucumbido a ese perverso plan de los agentes del capital? ¿Cuántos habrán llegado aquí únicamente para recoger o entregar tal o cual papel y han sido convencidos de entregar sus escuetos ahorros a la voraz maquinaria del sistema? Ah, pero no podréis conmigo. Vámonos, Bonnie...
Pero siéntate, por favor. La directora ha salido del despacho y rompe el momento. Has venido a invertir, ¿a que sí? Déjame que te explique: bonos, fondos, planes de pensiones, bla, bla, bla...
No, no, no... Prefiero la imagen anterior. ¿Cuántos habrán sucumbido a ese perverso plan de los agentes del capital? ¿Cuántos habrán llegado aquí únicamente para recoger o entregar tal o cual papel y han sido convencidos de entregar sus escuetos ahorros a la voraz maquinaria del sistema? Ah, pero no podréis conmigo. Vámonos, Bonnie...
Etiquetas:
Cosas que me pasan
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

