martes, 29 de junio de 2010

Elegía estonia.

28 de septiembre de 1994. Alrededor de la una de la madrugada, el agua comenzó a entrar a bordo.

No, no puede ser verdad.
Calambres de perplejidad atenazaban aquella mañana la garganta.
Gravedad de plomo en los pies, como si la tierra nos sorbiera hacia sus raíces
igual que el agua los sorbía a ellos, criaturas desnudas, súbitamente,
desde la ensoñación de sus lechos hacia sus senos fríos como el hierro.

3 de octubre de 2003. El poeta fue leyendo, cortando con la roda de su voz el áspero oleaje, el hiriente viento, la noche sin perdón que surgía de las páginas del libro. Por unos momentos, el Estonia volvió a la vida, el gran buque navegó una vez más a través del Báltico. El pasado, el presente, los planes de futuro, los ochocientos cincuenta y dos sueños interrumpidos; por unos momentos, todo retornó con él desde la negra gelidez abisal.

Tras el último silencio, aquellos locos que habíamos acudido a escucharle nos acercamos con nuestros ejemplares. El poeta fue preguntándonos los nombres, charlando unos minutos con cada uno de nosotros, escribiendo la amable dedicatoria en su interior. Era Jüri Talvet, era Elegía estonia y otros poemas.




(Fuente de la imagen: http://impedimentatransit.blogspot.com).

sábado, 26 de junio de 2010

Futuro previsible.

–Colega...
–¿Qué hay?
–Te veo mal.
–Anda, ponte las gafas.
–¿Es que tú no te das cuenta?
–¿De qué, hombre, de qué?
–De lo mal que estás.
–¿Me ha caído alguna mancha encima? ¿Mayonesa, tomate, mostaza?
–Sí, sí, hazte el tonto.
–Pues entonces, ¿de qué puñetas hablas?
–Hablo de ti, de tu Dasein, de tu Weltanschauung...
–¿¿??
–¿De verdad que no te das cuenta?
–De mi entidad como ser humano y de mi visión global de la existencia... No, a veces no les presto mucha atención. Casi nunca. Toma, cómete unas patatas fritas.
–Vas por mal camino.
–A algún sitio llevará.
–Que no, hazme caso, que no. Da la vuelta.
–Demasiado tarde.
–Pues no tienes futuro...

miércoles, 23 de junio de 2010

La otra noche...

No puedo olvidar lo de la otra noche.

Fue la primera vez que experimenté algo así, tan parecido y a la vez tan diferente a lo que ya conocía. Al principio, ni siquiera sabía cómo hacerlo correctamente, mis manos se mostraron torpes, inseguras. Pero cuando conseguí introducirla en el surco, la aguja, quiero decir, todo fue como la seda.

La otra noche pinché el primer LP de mi vida en un tocadiscos. El tacto del vinilo...


sábado, 19 de junio de 2010

Hay veces que te siento.

Hay veces que te siento y eres como el agua,
como una inmensa corriente que me sumerje,
como un manantial del que bebo con avidez,
sin poder llenarme de ti, día tras día.

Hay veces que te siento y eres como el fuego,
como una llama hacia la que extiendo la mano,
como un incendio incontenible que me consume
para después volver a nacer, día tras día.

Hay veces que te siento y eres como la tierra,
como una fronda de helecho y madreselva,
como veredas ocultas en una mirada
donde sin entrar me pierdo, día tras día.

Hay veces que te siento y eres como el aire,
como una ráfaga de viento que me atraviesa,
como un horizonte sin principio ni fin,
lejana, inalcanzable, día tras día.

Y siempre que te siento, ya no siento nada más.

Día tras día.

miércoles, 16 de junio de 2010

Resumen del día en la oficina.

Con la de cosas provechosas que podría haber hecho hoy: componer una sinfonía, escribir una égloga sobre la vida campestre en ciento setenta y tres versículos, corretear desnudo por los verdes prados junto con ninfas y faunos, tocando alegremente el caramillo...


Pues no. Permanecí en mi puesto, sirviendo fielmente a la causa laboral hasta la hora de salida. La sinfonía y la égloga tendrán que esperar. A falta de prados, lo más verde que vi en lontananza fueron unas plantas algo mustias. Y en cuanto a lo de corretear desnudo por la oficina... Bueno, hubo algunas quejas...

domingo, 13 de junio de 2010

Astrid y Veronika.

Feria del Libro de Madrid y tiempo lluvioso: la secuencia de todos los años. Sin embargo, las nubes típicas de estas fechas suelen pillar desprevenidos a quienes se acercan de visita desde otras latitudes. Me estoy acordando, por ejemplo, de aquella media docena de suecas a las que en cierta ocasión hube de acompañar en sus paseos de exploración capitalina. Fue un favor acometido sin muchas ganas, la verdad. Sólo me convenció el pensamiento altruista de que todo sacrificio hacia un semejante significa contribuir al bien de la humanidad en su conjunto. Cuánto más, entonces, hacia seis semejantes.

¿Os lo querréis creer? ¿Podéis imaginarlo? Aparecieron las mozuelas con sus sandalias, sus minúsculos shorts, sus vaporosas camisetillas de finos tirantes... Sí, supongo que habréis puesto la misma cara que yo en aquel momento. De incredulidad, básicamente. Y claro, después de un rato de ir pastoreándolas, el lugar de interés turístico más demandado acabaron siendo unos grandes almacenes, para comprar prendas de abrigo. A quién se le ocurriría, caramba, aterrizar en época de Feria con tanta pierna al descubierto, tanto ombligo al aire, tantas carnes turgentes y de aterciopelado tacto sin la debida protección térmica. Estas escandinavas...




¿Una anécdota de suecas? ¿Una preciosa canción de Lisa Ekdahl, mi cantautora nórdica favorita? Son imágenes adecuadas para introducir a su compatriota Linda Olsson. En concreto, su novela Astrid y Veronika.

"¡Vive, Veronika! ¡Arriésgate! Eso es lo que significa la vida en realidad. Debemos buscar la felicidad. Nadie ha vivido nuestra vida; no existen pautas. Confía en tu instinto. Acepta sólo lo mejor. Pero debes buscar con cuidado. No permitas que se te escurra entre los dedos. A veces las cosas buenas llegan a nosotros sin hacerse notar. Y no hay nada que nos llegue completo. El resultado vendrá determinado por lo que hagamos con aquello que encontremos. Lo que elijamos ver, lo que elijamos conservar. Y también lo que elijamos recordar. Nunca olvides que todo el amor de tu vida está dentro de ti, y siempre lo estará. Nunca podrán quitártelo".

Veronika es una joven escritora que, tras perder a su novio en un accidente, se instala en una casa de campo del interior de Suecia. Su vecina Astrid es una mujer mayor que prácticamente nunca ha salido del pueblo y que no habla con nadie. En apariencia, ambas tienen poco en común, excepto la búsqueda de la soledad. Y sin embargo, será eso mismo lo que las una de forma imprevista, iniciando una relación de amistad que entrelazará sus respectivos pasados, sus recuerdos y emociones ocultas. Porque, cuando alguien nos ayuda a sacar nuestros secretos a la luz, puede hacer que cambie nuestra vida.

Tras este argumento, encontramos una obra bien escrita, que no cae en sentimentalismos vacuos. Los personajes son de carne y hueso, y la descripción de las circunstancias, de lo que pasa por su cabeza y de sus reacciones, resulta totalmente verosímil. Seguí con agrado el ritmo intimista de la historia hasta el final, y por ello no tengo dudas en recomendarla.

Como dicen los suecos, ha det bra! Que os lo paséis bien.

jueves, 10 de junio de 2010

Física y Química.

Cena de antiguos alumnos del cole. El azar, lo mismo que me destina a no ganar la lotería, quiere que me siente al lado de los profesores. Para más inri, compruebo que en esa esquina los comensales somos aquéllos que el resto de la clase calificaría, digamos, de empollones. ¿Cómo diablos nos hemos agrupado así?

–Vosotros sí que erais buenos. Para que salga hoy uno igual... Acaban secundaria y no saben ni la mitad de cosas que vuestra generación.

Yo empiezo a pensar en integrales, que ya no tengo ni idea de resolver; bajo el listón a las derivadas, que me suenan a chino; me esfuerzo en comprender qué cosa era un logaritmo neperiano y tiro finalmente la toalla cuando hasta las raíces cuadradas se chancean de mí. Lo sabía, juro que lo sabía. Pero si no ha pasado tanto tiempo...


–Disculpe –me dirijo a mi añorante interlocutor, el amo absoluto de la Física y la Química.
–No, hombre, ya no hace falta que me trates de usted.
–Gracias. Ahora que ya le puedo... ahora que ya te puedo tutear, je, je, me estoy acordando del terror que sentía al salir a la pizarra a solucionar aquellos problemas de fuerzas y poleas. Repasabas la lista de arriba abajo y yo aguardaba sin aliento, con la cabeza gacha, rezando "que no me toque, que no me toque"...
–¿Ah, sí? Pero tú eras de ciencias, ¿no?
–Bueno, pero como siempre llevaba tu asignatura peor que mal, me cambié el último año a mixtas. ¡Qué liberación!
–¿Cómo? O sea, que fuiste un desertor.
–Eh, depende. Es que a mí lo que me gusta de verdad es el arte, la música, la poesía…
–¿...Las... cosas... de... letras...?

Silencio. Mirada de profunda estupefacción. Oveja negra. Los contertulios más próximos, físicos e ingenieros de pro, expertos en ecuaciones de vigésimo grado, parecen enrojecer de vergüenza ajena. Debería sentirme como si estuviera de nuevo en el pupitre, pero mi grado de autoconfianza ha subido desde entonces hasta niveles infinitos. En vez de agachar la cabeza, me dedico a dar orgullosa cuenta de la sangría, las croquetas y los calamares a la romana, qué caramba...

domingo, 6 de junio de 2010

Elogio apasionado de la sidra.

Recuerdo que me postré a los pies de la nobleza.

No es que quisiera humillar la cerviz ante el conde de Rivadedeba, sino que el pedestal escalonado de su estatua en la plaza del pueblo me venía estupendo para descansar. Porque escanciar tantos culines de sidra a la manera asturiana acaba agotando, la verdad: levantar la botella por encima de la cabeza, inclinarla, estirar el otro brazo, calcular el ángulo gravitacional de caída teniendo en cuenta el pulso, la fuerza del viento, la presión atmosférica, el movimiento de rotación del orbe... Lo necesario para que el dorado líquido choque contra el borde del vaso a un metro de distancia, perdiéndose la mínima cantidad posible en el proceso. Mucho estrés.

Poco a poco, pese a los decibelios musicales que campaban libremente por la zona, empezó a aquejarme una sensación de sopor de las que requieren un mullido lecho, pantuflas, camisa de dormir y osito de peluche. Y fue justo entonces cuando me apercibí de que no estaba solo. Cierto que no lo había estado en toda la noche, es lo que suele ocurrir en las fiestas populares, pero esas dos mozas se habían sentado tan juntitas a mí, que en la época del señor conde habrían saltado los monóculos.

–Hola, ¿eres de aquí?
–No.
–¿Estás de vacaciones?
–Sí.
–Nosotras también.
–Ah.
–Oye...
–Dime...
–¿Bailas?


¿Cómo? ¿Ejecutar movimientos acompasados con los pies? Vamos, anda, y qué más. ¿Por qué no me pedía a cambio elaborar una teoría sobre el origen y el propósito del universo? Tengo un par de ideas creativas al respecto.

Así que, como si estuviera de nuevo escanciando, puse en funcionamiento la calculadora mental: estudié la oferta, sopesé las opciones, medí pros y contras, ponderé las trampas ocultas de mi adversaria, analicé el coste de oportunidad y al fin di con una réplica elegante a la par que contundente.

–No sé.

Resultado: ambas amigas, o cualquiera que fuese su grado de parentesco, tuvieron que salir a danzar por su cuenta. Creí que con eso quedaba todo arreglado. Pasó otro rato, y aunque el bullicio y la algarabía de la feria continuaban sin visos de llegar a puerto, consideré que debía de ser la hora de recogerse.

–¿Qué tal? Ya estamos de vuelta.
–¿Mmmm?
–Por cierto, yo me llamo de tal manera, vivo en tal sitio, estudio tal cosa, ¿y tú?
–Zzzzzz...
–¿Y TÚ?
–¿Eh, qué? Sí, sí, lo que tú digas, yo también.

En ese momento, más allá de la modorra que se abatía sobre mis párpados, hice un descubrimiento singular. Me explico: el ser humano tiene estadísticamente dos manos, aunque hay quien por nacimiento, accidente o discusión a bastonazos, como Valle-Inclán, se salga de la norma hacia abajo. Pues creedme, me dio la impresión de que mi número había subido a tres. Si aquellas que me resultaban más familiares se acomodaban a derecha e izquierda, como siempre, ¿de dónde había salido esa tercera que tentaba palmo a palmo la solidez de construcción de mi pierna, más arriba de la rodilla?

Empujado por el afán de conocimiento, cavilé y volví a cavilar, sin hallar una respuesta del todo satisfactoria. La miré detenidamente. Después, al firmamento infinito. ¿Mutación espontánea por rayos gamma, quizás? Era una hipótesis de trabajo, necesitaba más pistas.

–Pero bueno, ¿qué?
–¿Mmmm?

Y la autora de la enigmática pregunta se fue con su compañera, aparentemente indignada. Cualquiera entiende la razón.

¿Cuál es la moraleja de esta historia? Pues que la sidra es natural y refrescante, con reconocidas propiedades medicinales. Y además está de rica...

jueves, 3 de junio de 2010

Podemos recordarlo todo por usted.

Douglas Quail acude a una compañía especializada en implantar recuerdos artificiales, pero totalmente vívidos, como los de verdad. Contraviniendo las advertencias de su esposa acerca de gastos inútiles en la economía familiar, él desea tener conciencia de una temporada en Marte, en el papel de agente secreto. Una petición bastante sencilla. Todo va bien en el proceso, hasta que en mitad del mismo los técnicos se encuentran con un problema inesperado: parece que Quail ya hubiera estado antes en el planeta rojo, y que alguien le hubiera bloqueado de forma interesada esa parte de la memoria. De manera que, a partir de entonces, ¿a quién podrá decir realmente que conoce? ¿En quién podrá confiar? Para empezar, su mujer... ¿es realmente su mujer?


Despertó... y deseó estar en Marte.

Pensó en los valles. ¿Qué se sentiría al caminar por ellos? Creciendo incesantemente, el sueño fue en aumento a medida que recuperaba sus sentidos: el sueño y el ansia. Casi llegaba a sentir la abrumadora presencia del otro mundo, que solamente habían visto los agentes del Gobierno y los altos funcionarios. ¿Y un empleado como él? No, no era probable.

–¿Te levantas o no? –preguntó su esposa Kirsten, con tono soñoliento y con su nota habitual de malhumor–. Si estás ya levantado, oprime el botón del café caliente en el maldito horno.

–Está bien –respondió Douglas Quail.

Descalzo, se dirigió desde el dormitorio a la cocina. Allí, tras haber hecho presión, obedientemente, sobre el botón del café caliente, tomó asiento ante la mesa, extrajo un bote pequeño, de color amarillo, de buen Dean Swift. Inhaló profundamente y la mezcla Beau Nash le produjo picor en la nariz y al mismo tiempo le quemó el paladar. Pero continuó inhalando; el producto le despertó y permitió que sus sueños, sus nocturnos deseos, sus ansias esporádicas se condensaran en algo parecido a la racionalidad.

–¡Iré! –se dijo a sí mismo–. Antes de morir, veré Marte.

Si estáis familiarizados con el argumento, es quizá porque habéis visto la película Desafío total (Total Recall), con Schwarzenegger en la piel del esforzado héroe y los impactantes sones de Jerry Goldsmith surgiendo de los altavoces. No obstante, se trata originalmente de un relato breve escrito por Philip K. Dick, Podemos recordarlo todo por usted, que confirma a este visionario autor como una de las más caudalosas fuentes de ideas para guiones de Hollywood: Blade Runner, Minority Report, Paycheck, El show de Truman, Infiltrado, etc. En fin, me voy a dormir, a ver qué sueño.