Recuerdo que me postré a los pies de la nobleza.
No es que quisiera humillar la cerviz ante el conde de Rivadedeba, sino que el pedestal escalonado de su estatua en la plaza del pueblo me venía estupendo para descansar. Porque escanciar tantos culines de sidra a la manera asturiana acaba agotando, la verdad: levantar la botella por encima de la cabeza, inclinarla, estirar el otro brazo, calcular el ángulo gravitacional de caída teniendo en cuenta el pulso, la fuerza del viento, la presión atmosférica, el movimiento de rotación del orbe... Lo necesario para que el dorado líquido choque contra el borde del vaso a un metro de distancia, perdiéndose la mínima cantidad posible en el proceso. Mucho estrés.
Poco a poco, pese a los decibelios musicales que campaban libremente por la zona, empezó a aquejarme una sensación de sopor de las que requieren un mullido lecho, pantuflas, camisa de dormir y osito de peluche. Y fue justo entonces cuando me apercibí de que no estaba solo. Cierto que no lo había estado en toda la noche, es lo que suele ocurrir en las fiestas populares, pero esas dos mozas se habían sentado tan juntitas a mí, que en la época del señor conde habrían saltado los monóculos.
–Hola, ¿eres de aquí?
–No.
–¿Estás de vacaciones?
–Sí.
–Nosotras también.
–Ah.
–Oye...
–Dime...
–¿Bailas?
¿Cómo? ¿Ejecutar movimientos acompasados con los pies? Vamos, anda, y qué más. ¿Por qué no me pedía a cambio elaborar una teoría sobre el origen y el propósito del universo? Tengo un par de ideas creativas al respecto.
Así que, como si estuviera de nuevo escanciando, puse en funcionamiento la calculadora mental: estudié la oferta, sopesé las opciones, medí pros y contras, ponderé las trampas ocultas de mi adversaria, analicé el coste de oportunidad y al fin di con una réplica elegante a la par que contundente.
–No sé.
Resultado: ambas amigas, o cualquiera que fuese su grado de parentesco, tuvieron que salir a danzar por su cuenta. Creí que con eso quedaba todo arreglado. Pasó otro rato, y aunque el bullicio y la algarabía de la feria continuaban sin visos de llegar a puerto, consideré que debía de ser la hora de recogerse.
–¿Qué tal? Ya estamos de vuelta.
–¿Mmmm?
–Por cierto, yo me llamo de tal manera, vivo en tal sitio, estudio tal cosa, ¿y tú?
–Zzzzzz...
–¿Y TÚ?
–¿Eh, qué? Sí, sí, lo que tú digas, yo también.
En ese momento, más allá de la modorra que se abatía sobre mis párpados, hice un descubrimiento singular. Me explico: el ser humano tiene estadísticamente dos manos, aunque hay quien por nacimiento, accidente o discusión a bastonazos, como Valle-Inclán, se salga de la norma hacia abajo. Pues creedme, me dio la impresión de que mi número había subido a tres. Si aquellas que me resultaban más familiares se acomodaban a derecha e izquierda, como siempre, ¿de dónde había salido esa tercera que tentaba palmo a palmo la solidez de construcción de mi pierna, más arriba de la rodilla?
Empujado por el afán de conocimiento, cavilé y volví a cavilar, sin hallar una respuesta del todo satisfactoria. La miré detenidamente. Después, al firmamento infinito. ¿Mutación espontánea por rayos gamma, quizás? Era una hipótesis de trabajo, necesitaba más pistas.
–Pero bueno, ¿qué?
–¿Mmmm?
Y la autora de la enigmática pregunta se fue con su compañera, aparentemente indignada. Cualquiera entiende la razón.
¿Cuál es la moraleja de esta historia? Pues que la sidra es natural y refrescante, con reconocidas propiedades medicinales. Y además está de rica...