sábado, 22 de mayo de 2010

El diario de Géza Csáth

No sé si ponerme como meta para este año unos logros similares a los que tenía Géza Csáth a lo largo de 1912. Temblad...
1) Coitos alrededor de 360-380
2) Ingresos: 7.390 coronas
3) La edición de mi libro Schmidt, el panadero de pan de especias
4) La publicación de la edición alemana de Puccini
5) La publicación de Pean
6) Conseguir el puesto en Stubnyafürdő
7) Conseguir 10 mujeres diferentes
8) Entre ellas dos vírgenes
9) La publicación de mi libro Enfermedades mentales p.m.c.
10) El drama Los Horváth
11) Tener éxito en Stubnya
12) Viaje a Viena con la señora O.

Este señor era primo de mi admirado Dezső Kosztolányi, lo que ya significa genes familiares de escritor de primera. Además componía música, tocaba el piano y el violín, pintaba, era médico, psiquiatra... En el prólogo al Diario de Géza Csáth, título bajo el que se han publicado sus fragmentadas memorias, se señala que fue un autor prohibido en Hungría durante la época comunista, debido a su catalogación como "burgués decadente". Sólo el fragmento citado vendría a dar la razón a los férreos inquisidores.

En realidad, más que decadente, lo que ocurrió es que se le fue la azotea. El libro, que originalmente no estaba pensado para salir a la luz, es una descripción en primera persona de ese proceso. Comienza cuando se instala en la consulta del balneario de Stubnya, donde, si hemos de confiar en su veracidad, cualquier paciente, enfermera, camarera, visitante, madre, hija, sobrina, soltera, casada, viuda, era incapaz de resistirse a su pasión. Aparte de su prometida oficial y futura esposa, claro está.

Página a página sigue relatando la gran juerga de su vida. Y no tarda mucho en hacerse visible la coprotagonista de esa existencia: la morfina. Sin problemas para conseguir la droga, dada su profesión, Csáth se convierte así en un yonqui antes de que se hubiese inventado la palabra. Cada vez más dosis, cada vez placeres más desaforados... Al final, paranoico perdido, mata a su mujer y se suicida.

Pensándolo bien, me quedo como estoy.
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martes, 18 de mayo de 2010

Por un par de letras de diferencia...

Con los párpados aún entrecerrados, me encamino de buena mañana a la máquina dispensadora de cafeína. Mis gestos son automáticos: inserto el dinero, elimino el azúcar y selecciono la modalidad. Al cabo de unos segundos suena un pitido, extraigo el vaso de cartón y me dispongo a dar la vuelta. En ese momento, cierto detalle me llama subconscientemente la atención.

Al lado de la máquina hay una puerta con dos ventanucos. Sendos carteles explican su utilidad. Con lentitud, dada la bruma en que se mueven mis facultades cognitivas, leo el de más arriba: Residuos inor... inor... inorgásmicos. Mmmm, no sé lo que será, pero no me interesa. A ver, el de abajo: Residuos orgásmicos.

Hombre, eso suena diferente. Ya que estamos aquí... La dificultad va a ser introducirme por el estrecho hueco. Uf, no quepo, no; ya he metido un pie, pero por más que lo intento, la pierna no entra. Si empiezo por la cabeza... Nada. ¿Tendrá truco? ¿Necesitaré comerme una galleta mágica, como Alicia?

Frustrado, abro un poco más los ojos, lo justo para darme cuenta de un tercer rótulo entre los agujeros, que reza así: Para objetos de gran tamaño, abra la puerta. La importancia de seguir las instrucciones. Lo de los tamaños depende siempre del marco de referencia, pero supongo que en este caso se aplicará a mi entera persona. Dispongámonos pues al goce.

Pero... si esto es un armario con cubos de basura. Ya totalmente despierto, vuelvo a fijarme en todo lo leído hasta entonces. Ah, no se trata de residuos orgásmicos, sino orgánicos. Qué fallo más tonto, con lo bien que podría haber empezado el día. Por un par de letras de diferencia... En fin, miro otra vez con deseo el café, que está diciendo bébeme...


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miércoles, 12 de mayo de 2010

Miauuuuu

–Hermanito mayor, hermanito mayor...
–Dime, hermanita pequeña.
–¿Te apuntas conmigo a estudiar chino?
–¿¡!?
–¿Esa cara es que sí?
–Pero vamos a ver, pequeña saltamontes...
–Di que sí, porfa, porfa, di que sí.
–Tienes que buscar algo más fácil.
–Bueno, entonces... Hermanito mayor, hermanito mayor...
–Dime, hermanita pequeña.
–¿Te apuntas conmigo a Pilates?
–¿Quién? ¿Poncio Pilates?
–No, tonto. Ya verás qué bien te viene.
–Deja que me lo piense.
–Jo. Hermanito mayor, hermanito mayor...
–Dime, hermanita pequeña.
–¡Feliz cumpleaños!
–Muchas gracias, qué detalle acordarte.
–Aquí tienes tu regalo.
–A ver, a ver...
Miauuuuu.
–¿¿¿¿¡!????
–¿A que te gusta? Es de cariñosa... Tienes que ponerle nombre. Y darle el biberón. Y jugar con ella. Y...
–Tenía que haberme apuntado a chino.




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