viernes, 26 de marzo de 2010

Hace mucho tiempo...

Intuí la presencia del mal nada más entrar, con aquellos hombres de negro señalándome la dirección. Sin atreverme a desobedecer recorrí pasillos, bajé escaleras, crucé pesadas puertas metálicas y al fin desemboqué en la gran sala. Allí busqué el sitio que me habían asignado, entre miles de otros adeptos.

Pasaron cerca de veinte minutos, mientras el recinto seguía llenándose. De vez en cuando llegaban a mis oídos gritos guturales, inarticulados, no completamente animales, no completamente humanos. Sin embargo, algo en mi interior los identificaba como amigos. Quizá tuviera alguna oportunidad, después de todo.

No. Enseguida esos sonidos familiares se convirtieron en una ominosa respiración. Me sentí transportado de nuevo a la infancia, cuando la oscuridad tenía otro significado, cuando extrañas y amenazadoras máscaras poblaban los sueños y el súbito centelleo de un haz de luz roja podía ser lo último que viera. Él estaba cerca, muy cerca. Él...

La tensión se hizo insoportable. El momento había llegado, tenía que elegir definitivamente entre dos caminos, y uno de ellos podía proporcionarme habilidades que hay quien considera de carácter innatural. Una sombra frente a mí alzó los brazos y todo empezó. Hace mucho tiempo, en una galaxia muy lejana...




Siiiiiiiií, siiiiiiiií, estuve el sábado pasado en el concierto de La Guerra de las Galaxias, en el Palacio de los Deportes de Madrid. Lleno hasta la bandera, una pantalla gigante proyectando imágenes de la saga, Anthony Daniels, el actor que hacía de C3PO, como narrador, y la Royal Philharmonic tocando a John Williams en directo. Si lo mío fue un pedazo de subidón de adrenalina musical, no sé cómo denominar la reacción de los dos tipos a mi lado, que desde luego sobrepasaban los diez años de edad, y los veinte, y los treinta, cuando se pusieron a dar alaridos y brincos espasmódicos mientras sonaba como bis la marcha imperial de Darth Vader. ¿Qué lado de la Fuerza escoger? ¡Ay, qué duda…!
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martes, 23 de marzo de 2010

In memoriam (2004)

Recuerdos.

Hay ciertos momentos en que cerramos los párpados del presente, abrimos a cambio los ojos del alma y respiramos y vivimos...

De recuerdos.



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sábado, 20 de marzo de 2010

La llamada

Sonó el teléfono y una voz dibujó en el aire mi nombre. Contesté afirmativamente. A continuación se presentó: era la prima de la chica con la que yo había salido el fin de semana en las fiestas del pueblo.

Perplejidad. ¿Qué? ¿Quién? ¿Dónde? ¿Cuándo? Mis intentos de aclarar las circunstancias, de entender si el verbo "salir" se refería a casto beso en la mejilla, a flirteo tanguero o si habíamos llegado a mayores, chocaron contra su indignación: ¿Cómo que no te acuerdas de mi prima? ¿Cómo que no sabes de lo que te estoy hablando? ¿Cómo puedes decir eso, después de lo que ella me ha contado? ¿Es que no significa nada para ti?

Argumentos tan contundentes que me hicieron dudar: ¿quizá me había desdoblado en sueños y mi otro yo se había ido de farra? ¿Había sufrido como consecuencia una cogorza monumental, incluyendo una laguna en el hilo de los acontecimientos? ¿Cómo podía estar ofendiendo así a la señorita al otro lado del hilo? Qué actitud tan poco receptiva, por favor...

Después de un rato de tira y afloja, llegamos a la conclusión de que probablemente haya muchísimas personas que se llamen igual por ahí, en diversos grados de sobriedad, y si incluimos realidades paralelas en un universo multidimensional, ya para qué contar. Y no todos estuvieron presentes en las susodichas fiestas, empezando por mi propio ser.

Fue entonces su turno para azorarse, pidiendo mil disculpas. No hay por qué, prima, si casi habíamos llegado a ser de la familia. Además, así voy entrenándome por si acaso alguna vez olvido un aniversario, una cita, una promesa de matrimonio o algo de relativa importancia por el estilo, y tengo que tragarme la correspondiente bronca a distancia.

Hay que ver, qué gran invento para ciertas cosas el de Alexander Graham Bell.



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miércoles, 17 de marzo de 2010

Hormiguero

Hoy tenemos una hermosa novela de Margit Kaffka: Hormiguero.
Las dos muchachas adultas, recostadas contra el tronco, estallan en una risa cómplice.
–¿La has visto?
–¿Qué le habrá pasado a la Vieja? ¿Se ha producido un milagro? ¿O se ha vuelto loca?
–Qué va. Mira el camino. ¿Quién viene por allí?
–Claro, es Virginia, ya lo comprendo. El amor convierte al tigre en paloma.
–¡Deja de decir estas cosas, que las detesto!
Lo dice una muchacha de pelo moreno, ondulado, de figura esbelta y de una belleza extraña, luego se estrecha contra la otra. Es una rubia de cara suave, redonda, de mirada inteligente, con pechos y caderas de mujer. Las dos son del último curso.
–Qué sorpresa, mi pequeña –dice alegremente la rubia–. Sólo hace dos años que ibas corriendo detrás de la bella sor Bernarda.
–Sí, pero aquello fue entonces. Una lleva encerrada aquí años y años, pues se mortifica como puede, y es que tenemos mucho corazón o fantasía, como tú dices. A una, sin querer, se le pegan esas estupideces. Pero tú llegaste el año pasado y me has quitado los pájaros de la cabeza.

Publicada por primera vez en 1917, la acción tiene lugar en el interior de un convento de monjas. Allí coinciden hermanas de todos los rincones del Imperio Austro-Húngaro, con sus respectivas lenguas y costumbres, así como jóvenes novicias y alumnas de magisterio. Los únicos hombres con quienes tienen un trato habitual visten sotana.

Asistimos en ese escenario a la enfermedad de la madre superiora, ya anciana y que habrá de ser pronto sustituida en asamblea. Subrepticiamente al principio, y de forma declarada según se acerca el momento de las votaciones, se van formando bandos que empujan en favor de una modernización acorde a los tiempos, o abogan por mantenerse en las tradiciones.

Y el apoyo a uno u otro grupo tiene mucho que ver con las admiraciones que despiertan las candidatas. Unas simpatías que se demuestran en detalles sutiles: miradas, susurros, sonrisas, roces con la mano. En su micromundo, esas mujeres experimentan las mismas emociones básicas que el resto de la humanidad.

Porque los afectos pueden ser arrinconados, pero no es tan fácil hacerlos desaparecer.
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martes, 2 de marzo de 2010

La bruja de abril

Un comentario sobre La bruja de abril, de Majgull Axelsson.
Bruja de abril, dicen los benandanti. Eres casi como nosotros, pero no uno de nosotros. Yo dejo a mis aves de mal agüero –una gaviota o una urraca, un cuervo o una corneja– abrir las alas y hacerme una irónica reverencia. Lo sé. Soy casi como ellas, pero sé que no soy una de ellas.

Algunas de ellas me envidian. Tengo más facultades y sé moverme por superficies más extensas. Los benandanti siempre tienen un cuerpo que funciona, sus vidas son vidas normales en el mundo de la normalidad, y la mayor parte de ellos sólo abandonan sus cuerpos en ocasiones solemnes, cuatro veces al año. Algunos de ellos ni siquiera saben lo que son. Cuando cambian las estaciones y ellos se levantan por la mañana después de haberse pasado la noche vagando en la Procesión de los Muertos, apenas conservan pálidos recuerdos de rostros cadavéricos y sombras grises. Se convencen a sí mismos de que han soñado.

La bruja de abril es otra cosa. Ella sabe lo que es. Y cuando ha llegado a familiarizarse con sus facultades, sabe ver a través del tiempo que se cierne por el espacio, sabe esconderse en gotas de agua y en insectos tan livianos que llega incluso a tomar posesión de seres humanos. Pero no tiene vida propia. Su cuerpo es siempre tenue, incompleto, inmóvil.

Desirée, la protagonista y narradora, fue abandonada de pequeña debido a una lesión cerebral que ha ido empeorando con el tiempo. Ya sólo puede comunicarse soplando por un tubo conectado a un ordenador.

La única persona que se interesa por ella es el doctor Hubertsson, que casualmente había conocido a su madre. Esta, que nunca quiso saber nada de su hija, acogió sin embargo a otras tres niñas hasta que una enfermedad la postró en una cama de hospital y obligó a que fueran devueltas a sus familias biológicas o reubicadas en otras nuevas.

Gracias a la información que le suministra el doctor, Desirée se determina a averiguar cuál de aquellas niñas, ahora ya mujeres, está disfrutando de la que hubiera debido ser "su vida". Ayuda a su propósito un don único: la capacidad de liberar su espíritu y abandonar ese cuerpo que no funciona, introduciéndose en otros, viéndolo todo a través de ojos ajenos. El destino de todos tendrá inexorablemente que cruzarse.

Relato complejo, intenso, absorbente. Plenamente recomendable.
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