martes, 28 de diciembre de 2010

Todos cometemos errores

Kåseberga, sur de Suecia. Tras visitar las Piedras de Ale, un conjunto megalítico que asemeja la silueta de un barco vikingo, mis primos y yo subimos al coche. Antes de que arranquemos, alguien llama a la ventanilla.

−Hola, esta matrícula es de Madrid, ¿no?

Una sueca, es una sueca. Mis primos vuelven a salir ipso facto del vehículo.

−Pues sí, sí, somos españoles.
−Ah, qué bien, es que yo viví allí cuando era estudiante, y al verla se lo he dicho a mis amigas.

Otro par de nativas trigueñas observan de cerca la escena. Tres suecas, son tres en total. Y nosotros. Caramba, qué coincidencia...

Que nadie me acuse de falta de educación: yo también me apeo, doy los parabienes a la señorita por su perspicacia y pasamos veinte, treinta minutos en amable compañía, intercambiando lenguas.

Quiero decir... que desean comprobar nuestras habilidades orales... A ver si me explico... En fin, que nos obligan a pronunciar continuamente palabras con el fonema local sj, con resultados que parecen deleitarlas: sju, sjö, sjunka, sjuksköterska...

Todo estupendo, hasta que echo un vistazo al reloj. Venga, caballeros, nuestra planificación exige ir a ver ahora tal cosa, después tal otra, luego al camping a dormir, mañana temprano lo de más allá... Despidámonos.

Mis compañeros me miran como si fueran monjes de Lindisfarne en el año de gracia de 793, yo me llamara Olaf y hubiera desembarcado junto con Erik, Sven, Gunnar, Harald, Magnus... Con los ojos como platos.

No acabo de entender por qué se muestran tan remolones. Un plan es un plan, ¿no hemos conversado ya con estas damas todo lo que teníamos que conversar? ¿Es que no hay obras de arte que nos esperan en nuestro periplo? La catedral de Lund, la fortaleza de Älvsborg, los museos de Gotemburgo, la farmacia más antigua de Malmö. Con estos argumentos, razonados, irrefutables, hago valer mi capacidad de liderazgo.

Los destinos de ambos grupos divergen, pues. Las suecas se quedan allí, un tanto perplejas, agitando sus pañuelos mientras nosotros nos alejamos.

¡¿Los museos de Gotemburgo?! ¡¿La farmacia más antigua de Malmö?! Ay, lo siento, lo siento, lo siento, perdonadme, primos, ¿me perdonaréis alguna vez?


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3 comentarios:

Netomancia dijo...

Jaja, ciertas cosas son imperdonables.
Mis mejores deseos para el año que está a punto de comenzar don Mannelig!

Cybeles dijo...

Jajaja! Estuvo bueno el paseo luego? Besos y feliz Año!

Menda. dijo...

Desde luego, no tenéis perdón de Dios por dejar a las damiselas compuestas y sin plan.....