domingo, 10 de octubre de 2010

El traje de luces

Salgo de la tienda. Justo al mismo tiempo alguien viene de frente por la calle, a unos treinta metros de distancia.

Resulta un ser humano de cuya contemplación resulta difícil zafarse. De sexo femenino, por más señas. Un ser humano a quien Praxíteles hubiera pagado millones de dracmas por esculpir del natural.

Y no soy el único que piensa lo mismo, a juzgar por los paisanos que están a punto de sufrir una tortícolis permanente en la otra acera. Es bueno comprobar que este es un país de refinados amantes del arte, no todo ha de ser fútbol en la vida.

Según nuestros caminos se aproximan, mayor extrañeza me invade. El vestido más ajustado que jamás he visto, de acuerdo. Unos taconazos a la altura del Empire State, también de acuerdo. Pero ninguna de esas prendas es la causa de que se me arrugue el entrecejo.

Lo que de verdad me choca es la... cómo llamarla... la chaquetilla por encima del vestido. Es que es una chaquetilla de verdad, de las de torear, con sus borlas y alamares, toda de oro y plata.

Claro, la cosa cambia. Mis nulas simpatías taurinas se imponen a cualquier otra consideración. En el momento en que por fin nos cruzamos, ni una pizca de mí reacciona. Igual que si se tratase de un árbol o una farola.

¿He detectado una mirada admirativa por su parte? ¿Un querer darse la vuelta y preguntarme por una dirección, por la hora, por el día de la semana, por el nombre que me gustaría ponerle a nuestros hijos?

Ah, lo siento, tenemos gustos dispares, hubiera sido una relación sin futuro.




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1 comentario:

Erato dijo...

Jajajaaja.Qué cosas te pasan, amigo Mannelig.Tu gozo en un pozo.Ya me gustaría a mi que me pasara la mitad de lo que a ti te acontece por las calles de Madrid, aunque con otro final, claro.Aún así, es cómo lo cuentas lo que me encanta.Un abrazo nada taurino ni cañí.