martes, 29 de junio de 2010

Elegía estonia

Alrededor de la una de la madrugada, el agua comenzó a entrar a bordo.
No, no puede ser verdad.
Calambres de perplejidad atenazaban aquella mañana la garganta.
Gravedad de plomo en los pies, como si la tierra nos sorbiera hacia sus raíces
igual que el agua los sorbía a ellos, criaturas desnudas, súbitamente,
desde la ensoñación de sus lechos hacia sus senos fríos como el hierro.

El poeta fue leyendo, cortando con la roda de su voz el áspero oleaje, el hiriente viento, la noche sin perdón que surgía de las páginas del libro.

Por unos momentos, el Estonia volvió a la vida. El gran buque navegó una vez más a través del Báltico.

El pasado, el presente, los planes de futuro, los ochocientos cincuenta y dos sueños interrumpidos. Por unos momentos, todo retornó con él desde la negra gelidez abisal.

Tras el último silencio, aquellos locos que habíamos acudido a escucharle nos acercamos con nuestros ejemplares. El poeta fue preguntándonos los nombres, charlando unos minutos con cada uno de nosotros, escribiendo la amable dedicatoria en su interior.

Era Jüri Talvet, era Elegía estonia y otros poemas.
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miércoles, 16 de junio de 2010

Resumen del día en la oficina

Con la de cosas provechosas que podría haber hecho hoy: componer una sinfonía, escribir una égloga sobre la vida campestre en ciento setenta y tres versículos, corretear desnudo por los verdes prados junto con ninfas y faunos, tocando alegremente el caramillo...

Pues no. Permanecí en mi puesto, sirviendo fielmente a la causa laboral hasta la hora de salida. La sinfonía y la égloga tendrán que esperar. A falta de prados, lo más verde que vi en lontananza fueron unas plantas algo mustias. Y en cuanto a lo de corretear desnudo por la oficina... Bueno, hubo algunas quejas.




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domingo, 13 de junio de 2010

Astrid y Veronika

Hoy es un buen día para comentar la novela Astrid y Veronika, de Linda Olsson.
¡Vive, Veronika! ¡Arriésgate! Eso es lo que significa la vida en realidad. Debemos buscar la felicidad. Nadie ha vivido nuestra vida; no existen pautas. Confía en tu instinto. Acepta sólo lo mejor. Pero debes buscar con cuidado. No permitas que se te escurra entre los dedos. A veces las cosas buenas llegan a nosotros sin hacerse notar. Y no hay nada que nos llegue completo. El resultado vendrá determinado por lo que hagamos con aquello que encontremos. Lo que elijamos ver, lo que elijamos conservar. Y también lo que elijamos recordar. Nunca olvides que todo el amor de tu vida está dentro de ti, y siempre lo estará. Nunca podrán quitártelo.

Veronika es una joven escritora que, tras perder a su novio en un accidente, se instala en una casa de campo del interior de Suecia. Su vecina Astrid es una mujer mayor que prácticamente nunca ha salido del pueblo y que no habla con nadie. En apariencia, ambas tienen poco en común, excepto la búsqueda de la soledad.

Y sin embargo, será eso mismo lo que las una de forma imprevista, iniciando una relación de amistad que entrelazará sus respectivos pasados, sus recuerdos y emociones ocultas. Porque, cuando alguien nos ayuda a sacar nuestros secretos a la luz, puede hacer que cambie nuestra vida.

Tras este argumento encontramos una obra muy bien escrita, que no cae en sentimentalismos vacuos. Los personajes son de carne y hueso, y la descripción de todo lo que pasa por su cabeza y de sus reacciones resulta absolutamente verosímil. Seguí con agrado el ritmo intimista de la historia hasta el final, y por ello no tengo dudas en recomendarla.

Como dicen por ahí arriba, Ha det bra! Que os lo paséis bien.
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domingo, 6 de junio de 2010

Elogio apasionado de la sidra

Escanciar acaba agotando, la verdad: levantar la botella por encima de la cabeza, inclinarla, estirar el otro brazo, calcular el ángulo gravitacional de caída teniendo en cuenta el pulso, la fuerza del viento, la presión atmosférica, el movimiento de rotación del orbe... Lo necesario para que el dorado líquido choque contra el borde del vaso a un metro de distancia.

Mucho estrés.

Pero a cambio...

¡Que rica está la sidra!



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jueves, 3 de junio de 2010

Podemos recordarlo todo por usted

Douglas Quail acude a una compañía especializada en implantar recuerdos artificiales pero totalmente vívidos, como los de verdad. Contraviniendo las advertencias de su esposa acerca de gastos inútiles en la economía familiar, desea tener conciencia de una temporada en Marte, en el papel de agente secreto. Todo va bien hasta que los técnicos se encuentran con un problema inesperado: parece que Quail ya hubiera estado antes en el planeta rojo, y que alguien le hubiera bloqueado esa parte de la memoria. A partir de entonces, ¿en quién podrá confiar? Para empezar, su mujer... ¿es realmente su mujer?
Despertó... y deseó estar en Marte.

Pensó en los valles. ¿Qué se sentiría al caminar por ellos? Creciendo incesantemente, el sueño fue en aumento a medida que recuperaba sus sentidos: el sueño y el ansia. Casi llegaba a sentir la abrumadora presencia del otro mundo, que solamente habían visto los agentes del Gobierno y los altos funcionarios. ¿Y un empleado como él? No, no era probable.

–¿Te levantas o no? –preguntó su esposa Kirsten, con tono soñoliento y con su nota habitual de malhumor–. Si estás ya levantado, oprime el botón del café caliente en el maldito horno.

–Está bien –respondió Douglas Quail.

Si estáis familiarizados con el argumento es quizá porque habéis visto la película Desafío total, con Schwarzenegger en la piel del esforzado héroe y los impactantes sones de Jerry Goldsmith surgiendo de los altavoces. No obstante, se trata originalmente de un relato escrito por Philip K. Dick, Podemos recordarlo todo por usted, que confirma a este visionario autor como una de las más caudalosas fuentes de ideas para guiones de Hollywood.

En fin, me voy a dormir, a ver qué sueño.



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