miércoles, 21 de abril de 2010

La ignorancia

Con vosotros, La ignorancia, de Milan Kundera.
También él se alegraba de ese encuentro; ella se mostraba amistosa, coqueta y agradable, guapa a los cuarenta, y él no tenía ni idea de quién era. Suele ser molesto decirle a una persona que no te acuerdas de ella, pero esta vez era doblemente molesto, porque no es que la hubiera olvidado, sino que ni siquiera la reconocía. Y confesarle algo así a una mujer es una trastada de la que él no se veía capaz. Por otra parte, había entendido muy rápido que la desconocida no podría saber si él la recordaba o no y que nada era más fácil que conversar con ella. Pero en el momento en que prometieron volver a verse y ella quiso darle su número de teléfono, se había sentido incómodo: ¿cómo iba a llamar a alguien cuyo nombre desconocía? Sin dar explicaciones, él le había dicho que prefería que le llamara ella y le había pedido que anotara el número de su hotel en la ciudad de provincias.

En esta novela, la memoria es la verdadera protagonista. Mejor dicho, las diferentes caras de la memoria, porque los mismos hechos tienen significados dispares para cada personaje.

Irena y Josef se cruzan en París, en el aeropuerto, tiempo después de su primer encuentro praguense de juventud. Son dos exiliados checos que viajan a su país de origen tras la caída del muro, un pais del que las calles y hasta la forma de hablar de la gente les parecen ahora ajenas.

Ella reconoce a aquel hombre que una vez la miró intensamente en una cervecería. Él no la recuerda en absoluto, pero no se atreve a confesárselo.

Irena está ilusionada. Quizá pudiera ocurrir algo entre ellos, al fin. Quedan en llamarse para salir a cenar la noche anterior al vuelo de regreso. Hasta entonces, cada uno recorrerá de nuevo su vida, las personas que han dejado atrás, las sensaciones, los detalles en apariencia insignificantes que les han convertido en quienes son. ¿Y quiénes son en realidad?

Decir Kundera es referirse a un escritor de los que se elevan muy por encima de la mayoría. De esos elegidos que, incluso cuando producen una obrita "menor", nos regalan algo especial. ¿Se me nota la admiración? Pues eso.
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8 comentarios:

La Dame Masquée dijo...

En este coincidimos, monsieur: a mi tambien me gusta Kundera.

Tambien coincidimos en lo del despiste para recordar rostros. O mas bien para asociarlos correctamente a las debidas circunstancias.
Creo que no pongo mucho interés en esas cosas, no se.

Buenas noches, monsieur

Bisous

Luis dijo...

A mí me sucede lo mismo. No soy capaz de retener en la memoria ni un solo nombre de los amigos más recientes, esos que has conocido en el centro de rehabilitación o en la piscina para viejitos. Pero bueno es que la edad marca mucho. Tomo nota de la lectura de aquel gran escritor de la levedad del ser. Un saludo.

i am... dijo...

Siempre que entro al blog se me olvida dejar un comentario, hoy que por fin he recordado hacerlo, se me ha olvidado lo que queria comentar.

Magah dijo...

Me ha pasado, en el primer reencuntro luego de 20 años, que muy a pesar de que el susodicho me dijera su nombre, yo ni siquiera, con cara y nombre, pudiera saber de quien se trataba, ni ubicarlo en el lugar en que se sentaba.

Rescato de tus palabras:"...Mejor dicho, las diferentes caras de la memoria, porque los mismos hechos tienen significados dispares para cada personaje."

Iré por el autor, del cual aún no he leído nada.


Saludos!

Winnie0 dijo...

Tomo muy buena nota del libro porque tiene una pinta estupenda. GRacias por la recomendación. Besos

yoyoyo dijo...

Kundera... ¡qué gustirrinín! Levanto la mano y corroboro tu despiste.

Lua dijo...

Mi memoria es de las selectivas en extremo.
Puedo recordar un rostro de hace quince años, qué hacía esa persona, qué dijo, nombre y detalles.
Asimismo otras situaciones, cosas, personas me resultan imposibles de recordar.
Tuve la misma reunión con ex-compañeros del colegio. Hacía 20 años habíamos terminado la escuela primaria. Llegué a la reunión, y en un estado confuso de gentes en grupitos hablando... bueno, saludé a gente de otra reunión en el mismo lugar... desde ese momento me apodaron la besucona.

Erato dijo...

Esas situaciones deben ser tremendas. A mi no suele pasarme porque al cabo de un rato reconozco el gesto o algo característico que se me clavó para bien o para mal en alguna parte de mis entretelas.Entonces me viene de súbito el nombre y respiro.Qué correctísimos somos todos y cómo mantenemos el tipo en sociedad :( Por otro lado, soy una profunda admiradora de las letras de kundera.Así que tomo nota.Besotes